Capítulo 37
Alana
El octavo mes fue el más largo de mi vida.
Confinada en casa, reducida a un territorio que se extendía desde el sofá hasta el dormitorio con alguna incursión valiente hasta la cocina, me convertí en una experta en el arte de la espera.
Veía series aburridas, al extremo de que llegué a ver un documental de doce capítulos sobre la fabricación de relojes suizos, y juro que no sé ni cómo acabé ahí, comía sano con una dedicación casi religiosa, y medía mi tensión cada hora con esa diligencia obsesiva de quien teme que el aparato le traiga una mala noticia.
Pero lo curioso, lo que nadie me había contado de los reposos forzosos, es que también pueden ser un tiempo de intimidad profunda.
Porque cuando el mundo se reduce, cuando las carreras y las prisas desaparecen de tu vida, queda espacio para las conversaciones que nunca había tiempo de tener.
Y Paul y yo hablamos. Hablamos muchísimo.
Hablamos de nuestros miedos como futuros padres, esas confesiones nocturnas que se hacen con la voz baja, como si decirlos fuerte pudiera invocarlos.
Yo confesé que temía ser demasiado ansiosa, demasiado protectora, criar a un niño con miedo al mundo.
Paul confesó algo más profundo: que temía no saber querer, que su historia de hijo distante con un padre frío le hacía dudar de que tuviera los instintos necesarios.
Le dije que estaba loco, que había visto cómo trataba a Emma, y aunque se rio, sé que esa duda le acompañó durante meses.
Hablamos de cómo queríamos educar: con límites, pero sin gritos, con reglas, pero con diálogo, enseñándole a ser fuerte pero también amable.
Paul defendía la disciplina con firmeza; yo defendía la libertad con cariño.
Acabamos negociando, como en todo lo que hacíamos, y llegamos a la conclusión de que probablemente nuestro hijo nos manipularía a ambos con esa destreza natural que tienen los niños para con sus padres primerizos.
Y hablamos de los nombres.
Ese fue el gran tema del octavo mes. Teníamos una lista interminable: Lucas, Mateo, Hugo, Daniel para niño; Lucía, Martina, Sofía, Valeria para niña.
Las tachábamos, las rescatábamos, las discutíamos.
Paul vetó un nombre porque había tenido un compañero de colegio desagradable con el mismo.
Yo veté otro porque me sonaba a antibiótico.
Estábamos en un punto muerto amistoso cuando una noche, mientras Paul me hacía masaje en los tobillos, se me ocurrió decirlo.
—Si es niña —dije, mirando el techo—, quiero llamarla Elena. Como mi madre.
—Elena Blackwood —probó Paul, y asintió—. Suena perfecto. Es un nombre precioso. Y tu madre se morirá de la alegría.
—Se morirá literal —reí—. Tendremos que llevarla a urgencias por exceso de felicidad.
—¿Y si es niño? —preguntó él.
Me quedé en silencio un momento, ensayando la frase mentalmente, porque sabía lo que aquella palabra iba a significar para él. Entonces me apoyé en los cojines, busqué sus ojos, y la dije:
—Si es niño, quiero llamarlo David. Como tu hermano.
Paul se quedó completamente quieto. Sus manos, que estaban envolviendo mi tobillo, se detuvieron en el aire. Lo observé mientras su rostro pasaba por varias expresiones: sorpresa, incredulidad, y luego algo que se quebró en el fondo de sus ojos.
—¿De verdad? —preguntó, con voz rota—. ¿Le pondrías David a nuestro hijo?
—Es un nombre hermoso —dije, tomándole la cara entre las manos—. Y es hora de que dejes de castigarte, Paul. David no murió por tu culpa. Fue un accidente. Y él querría que fueras feliz. Sé que querría que fueras feliz.
Paul rompió a llorar. Es algo que solo había visto una vez antes, el día de nuestra boda, cuando le vi las lágrimas brillando mientras yo caminaba hacia el altar.
Mi marido, ese hombre fuerte y controlado que dirigía empresas y negociaba contratos multimillonarios, se derrumbó en nuestra cama con la cabeza apoyada en mi barriga, llorando en silencio mientras yo le acariciaba el pelo.
—Gracias —dijo al cabo de un rato, con la voz pegada a mi piel—. Gracias por darme esto. Por darme… por devolverme a mi hermano de esta manera.
—David Blackwood —dije yo, probando el nombre en el aire, y sentí al bebé moverse dentro de mí, como si ya supiera que se estaba hablando de él—. Le queda bien, ¿verdad?
—Le queda perfecto —murmuró Paul, y por primera vez en mucho tiempo, al decir el nombre de su hermano, su voz no tembló.
La madrugada del veinte de noviembre, dos semanas antes de la fecha prevista, el mundo se detuvo.
Me desperté a las tres y cuarenta de la mañana con un dolor agudo en el costado.
No era como los dolores que había sentido antes, no era la presión del peso ni una patada mal colocada.
Era algo profundo, visceral, que me atravesó como una electricidad.
Y entonces lo sentí de nuevo, diez minutos después, y supe. Simplemente supe.
—Paul —dije, tocándole el hombro en la oscuridad—. Paul, despierta.
Se incorporó de golpe, con esa capacidad suya de pasar de la inconsciencia a la alerta total en medio segundo.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Creo que… —otra contracción me interrumpió, y agarré la sábana—. Creo que son contracciones. Paul, es pronto. Quedan dos semanas…
Ya estaba fuera de la cama, encendiendo la lámpara, buscando el teléfono. Llamó al médico de guardia, describió los síntomas, los intervalos. Lo escuché decir «sí», «entendido», «ahora mismo». Colgó y se giró hacia mí con una calma que sospechaba que era un esfuerzo supremo.
—Son contracciones —dijo—. Tenemos que ir al hospital. Ya.
El trayecto fue el más largo de mi vida.
Paul conducía como un loco, con una mano en el volante y la otra apoyada en mi pierna, repitiendo «respira, cariño, respira» cada vez que otra contracción me doblaba.
Yo intentaba aplicar las técnicas del curso de preparación al parto, las respiraciones que había practicado con tanta dedicación, pero en el momento de la verdad resultaban absurdas, inútiles, como intentar apagar un incendio con un vaso de agua.
—No puedo —jadeé en una contracción especialmente fuerte—. Paul, no puedo.
—Sí puedes —dijo él, apretando mi pierna—. Eres la mujer más fuerte que conozco. Y falta poco. Ya casi llegamos.
Llegamos al hospital y todo se convirtió en un torbellino de luces, pasillos y voces.
Me llevaron directamente a dilatación, en una silla de ruedas que Paul empujaba a toda velocidad mientras yo me agarraba al vientre y rezaba a todos los santos que se me ocurrían.
El bebé era prematuro. Había riesgos. Las enfermeras hablaban en códigos técnicos que yo no entendía: treinta y ocho semanas, monitoreo fetal, protocolo de prematuro tardío.
Pero no había vuelta atrás. Nuestro hijo había decidido que ya era hora.
Veinte horas.
Veinte horas de parto. Veinte horas que me enseñaron el verdadero significado de la palabra dolor y también, paradójicamente, el verdadero significado de la palabra amor.
Las primeras horas fueron de espera. Contracciones cada siete minutos, luego cada cinco, cada tres.
Caminé por la habitación apoyada en Paul cuando me lo permitieron, me balanceé en la silla, respiré como me habían enseñado.
La enfermera revisaba cada pocas horas y daba las cifras: dos centímetros, cuatro, seis.
A partir de las doce horas, cuando la dilatación avanzaba, pero el dolor se hacía insoportable, perdí la compostura.
Grité. Insulté. Y juro que le dije a Paul cosas que no repetiré jamás, cosas sobre su herencia genética y su idea de llevarme a un hospital tan lejos, lloré, pedí la epidural y luego dudé de que la epidural funcionara.
Y Paul estuvo allí. Todo el tiempo. No salió, no se apartó, no se desmayó, cosa que yo le había pronosticado con una semana de antelación.
Sostenía mi mano en cada contracción, me secaba la frente con un paño frío, me susurraba al oído que era la mujer más fuerte del mundo, que estábamos a punto de conocer a nuestro hijo, que él estaba allí, que no se iba a mover de ahí ni aunque el edificio se viniera abajo.
—Tú puedes, Alana —decía, con los ojos rojos al verme sufrir—. Tú puedes con todo. Y yo estoy aquí. Siempre.
En las últimas horas, cuando las fuerzas me abandonaban y el cansancio pesaba como mil piedras, hubo un momento en que pensé que no podía más.
Se lo dije. Le dije al doctor que no podía, que me dejara en paz, que me dejara rendirme.
Y él, ese hombre paciente que había visto mil partos, se inclinó hacia mí y dijo:
—Ya casi está. Con el próximo empujón, lo vas a tener en brazos.
El próximo empujón. Y el siguiente. Y el siguiente. Cada uno de ellos me arrancaba de las últimas fuerzas, cada uno era un abismo que había que cruzar. Paul sujetaba mi espalda, apoyaba mi cabeza, contaba conmigo, y con su voz rota de lágrimas repetía: «ya está, ya está, ya está».
Y entonces, finalmente, con un último empujón que me dejó sin fuerzas, sin pensamientos, sin nada más que un cuerpo hecho pedazos y un corazón que latía a mil, oí el llanto.
Fuerte. Indignado. Perfecto.
Nunca en mi vida había oído un sonido así. Era un llanto enfadado, protestón, el llanto de alguien que acababa de ser expulsado de un lugar cálido y acogedor y no le hacía ninguna gracia. Y era el sonido más hermoso que había escuchado en toda mi existencia.
—Es un niño —dijo el doctor Reynolds, sosteniendo aquel bultito rojo y moviéndose que las enfermeras estaban secando con una manta—. Un niño sano. Llorando como un campeón.
Y luego lo pusieron sobre mi pecho, y el mundo entero se redujo a eso: el peso increíble de un cuerpo diminuto, la piel cálida contra la mía, esos pulmones indignados que se iban calmando poco a poco, y unos ojos entrecerrados que apenas veían pero que, de alguna manera que no sabría explicar jamás, miraban hacia mí.
—Hola —susurré, y mi voz salió destrozada, unida a las lágrimas que me caían sin control—. Hola, cariño. Ya estás aquí.
Paul estaba a mi lado, mirando al bebé con una expresión que me partió el corazón de amor. Tenía las lágrimas corriendo libremente por las mejillas, sin intentar contenerlas, y una mano posada con delicadeza infinita sobre la espaldita de nuestro hijo.
—Hola, David —dijo, y su voz era un susurro—. David Blackwood. Hemos estado esperándote.
Miré a mi marido por encima de la cabecita de nuestro hijo, y vi algo que no había visto nunca del todo: la paz.
Ese hombre que había cargado una culpa durante años, que había temido castigos divinos y herencias de dolor, estaba mirando a su hijo, a David, a su David, y encontraba en sus brazos algo que no supo nombrar pero que yo sí reconocí: la redención.
El pequeño David abrió la boca en un bostezo gigantesco, se arrugó todo entero como un anciano huraño, y luego, agotado por tanto drama, se quedó dormido contra mi pecho, con una manita cerrada en puño apoyada en mi piel.
—Está perfecto —dijo el doctor, revisando sus constantes—. Treinta y ocho semanas, casi tres kilos, todo excelente. Para ser dos semanas antes, es un bebé que viene con un carácter importante.
—Es un Blackwood —dijo Paul, sonriendo a través de las lágrimas—. Lo del carácter está en los genes.
Cuando llegaron a visitarnos al día siguiente, mis padres arrasando con lágrimas, la madre de Paul perdiendo el pulso con su nieto en brazos, Emma declarando solemnemente que su primo era «muy pequeño pero muy bonito», la habitación del hospital se llenó de amor y ruido.
Pero yo recuerdo, sobre todo, un momento. Un momento en medio del caos de esas primeras visitas, cuando todos estaban hablando a la vez y David dormía en mis brazos y el mundo entero parecía estar celebrando su llegada.
Paul se inclinó hacia mí, posó los labios en mi frente, y susurró:
—Gracias por el nombre. Y gracias por él. Y gracias por ti.
—Gracias a ti —respondí yo, mirando a nuestro hijo—. Nos lo ha dado la vida. Pero nosotros hemos hecho el resto.
Y fuera, la ciudad seguía su curso, con su tráfico y su ruido y su indiferencia, sin saber que acababa de llegar alguien nuevo. Alguien que se llamaba como un hombre que se fue demasiado pronto, que tenía la nariz de su padre y el carácter, decían todos, de su madre.
David Blackwood había llegado.
Y nuestro mundo, para siempre, ya era otro.