Un CEO muy provocador Capítulo 39
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Capítulo 39

Alana

La maternidad me transformó de formas que no esperaba.

Yo había leído los libros, había asistido a los cursos, había escuchado los testimonios de otras madres.

Creía saber, más o menos, lo que venía: el cansancio, el amor desbordante, la reorganización completa de la vida.

Y en cierto modo sabía. Pero nadie me había hablado de la transformación interior, de esa mutación profunda que ocurre en el ADN de una mujer cuando tiene un hijo.

Porque no se trata solo de amar. Se trata de convertirte en otra cosa.

Me volví más protectora. Feroz, incluso.

Descubrí en mí una capacidad que no sabía que existía: la de matar por mi hijo.

Lo digo literalmente. Una tarde, en el parque, un perro suelto se acercó corriendo a David, que gateaba por la hierba, y yo atravesé los veinte metros que nos separaban en un tiempo que habría impresionado a un velocista olímpico, con una concentración de adrenalina que, de haber habido un peligro real, habría servido para derribar a un búfalo.

El perro resultó ser un labrador anciano y pacífico, pero no se lo eché en cara: me había presentado a mí misma.

Pero esa misma madre feroz era capaz de llorar por una canción tonta de anuncio de pañales.

En serio. Había uno en el que una madre despedía a su hijo en la puerta del colegio el primer día, con una melodía de piano de fondo, y no había manera humana de que yo lo viera sin acabar deshecha.

Paul tenía órdenes de cambiar de cadena en cuanto apareciera, y aun así a veces me lo dejaba ver, porque, decía, le hacía gracia verme llorar con la toallita del pañal en la mano.

Mi cuerpo también cambió. Quedaron las estrías, esas bandas plateadas que se me extendían por el vientre y las caderas como ríos en un mapa, y kilos de más que me costaba perder, que se quedaron instalados en mi cuerpo con esa comodidad de inquilino que no paga alquiler.

Hubo un tiempo, en los primeros meses, en que me miré al espejo y no reconocí lo que veía.

Los pijamas de maternidad, el pelo recogido con pinza porque no había tiempo de secarlo, el cuerpo blando y cambiado.

Pero Paul me deseaba igual. O más, según decía él. Una noche, cuando David por fin dormía un tramo largo y yo me miré en el espejo del baño con esa cara de cansancio infinito, Paul se me acercó por detrás, me envolvió la cintura con los brazos y me dijo al oído:

—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

—Llevo tres días con el mismo pelo —dije—. Y esto —señalé mi vientre— parece un mapa de carreteras.

—Eso es un mapa de lo que hiciste —respondió él, girándome hacia él—. Trajiste a David al mundo. Cada una de esas líneas es una medalla. Y para mí, ser la madre de mi hijo… eso es la esencia de la feminidad. No hay cuerpo de revista que se le acerque.

Y lo decía mirándome de esa manera que me conocía de sobra, la manera que me dejaba sin argumentos y sin ropa. Porque Paul nunca mentía con los ojos. Y sus ojos, cada vez que me miraban, decían exactamente eso.

David creció rápido. Todo el mundo lo dice, «crecen rápido, disfrútalo», y todo el mundo tiene razón, pero nadie puede prepararte para la velocidad real del asunto. Es como si la infancia tuviera un botón de avance rápido y alguien lo estuviera pisando sin misericordia.

A los seis meses, gateaba por todo el ático.

Y cuando digo todo el ático, lo digo en serio: David era un explorador incansable, un individuo con una agenda propia y una determinación de conquistador.

No había rinconcito que se le resistiera, no había mueble que no intentara escalar, no había cable que no intentara comerse.

Tuvimos que blindar la casa entera con protectores de esquinas, redes para los enchufes y cerraduras de seguridad, y aun así encontraba huecos que yo juro que no existían.

A los nueve meses dijo papá. Antes que mamá. El muy traidor.

Estábamos cenando, David en su trona con la cara entera de puré de calabacín, cuando de pronto, con total naturalidad, miró a Paul y soltó: «papá».

Paul se quedó con la cuchara a medio camino de la boca, me miró a mí, miró a David, y su cara se iluminó como una central nuclear.

Al día siguiente, David había dicho papá unas cuatrocientas veces más, porque una vez que descubrió que la palabra causaba ese efecto en su padre, la usaba como botón mágico.

—Y a mí ¿cuándo? —protestaba yo, presentándome frente a él diciendo «ma-má, Da-vid, ma-má».

Él me miraba, sonreía con sus cuatro dientes, y decía: «papá».

Paul no ayudaba. Se hacía el que no escuchaba, con esa sonrisa de superioridad masculina que yo le quería borrar de la cara con la cuchara del puré.

—No es una competición, cariño —decía.

—Llevas cuatrocientos «papás» de ventaja. Es una competición.

Cuando por fin dijo mamá, un mes después, yo lloré como si hubiera dicho un discurso de investidura. Paul grabó la escena con el móvil. La tengo aún. Vale la pena.

Para su primer cumpleaños ya caminaba tambaleante agarrado a los muebles.

Daba pasos sueltos entre el sofá y la mesa de centro, con esa técnica de ebrio adorable de los bebés: brazos en alto, piernas inciertas, una determinación absoluta de llegar, aunque el mundo entero se inclinara.

Y cuando caía, porque caía, constantemente, miraba a su alrededor para ver si alguien le había visto, y si nadie le hacía caso, se levantaba él solo y seguía.

Ya entonces tenía ese orgullo de Blackwood.

La fiesta de su primer cumpleaños fue pequeña pero memorable.

Emma, que se había autoproclamado su profesora oficial, le enseñó a aplaudir, y David aplaudió por primera vez delante de toda la familia, con esa torpeza de bebé que no consigue juntar las manos del todo.

Mis padres lloraron. La madre de Paul lloró.

Yo lloré. Paul no lloró, pero le tembló la mandíbula de manera sospechosa.

Mi agencia seguía funcionando. Fue una de las decisiones que más miedo me dio y que mejor salió: dejar la gestión diaria en manos de Carmen, mi mano derecha, y pasar a supervisar desde casa.

Al principio llamaba cada hora, revisaba cada campaña, me metía en cada decisión con esa necesidad de control que me caracteriza.

Carmen tuvo la paciencia de un santo y la firmeza de una roca.

—Alana —me dijo una vez, en una videollamada en la que David aparecía en mi regazo intentando comerse el cable del ordenador—, o me dejas dirigir, o vamos mal. No puedes hacer las dos cosas. Y no puedes hacerlo porque tienes un hijo comiéndose un cable.

Tenía razón. Y, de hecho, resultó que dirigía de maravilla. La agencia creció, ganó cuentas, se mudó a una oficina más grande. Yo supervisaba desde casa, en las siestas de David y por las noches, y descubrí que un poco de distancia no me alejaba de mi empresa, sino que me dejaba verla mejor.

Y Paul hizo algo que nunca le voy a agradecer lo suficiente: redujo su jornada a cuatro días.

El presidente de una empresa como Blackwood Industries , el hombre que durante años se quedaba hasta las diez de la noche revisando contratos, decidió un día, el mismo día, más o menos, en que David dijo papá por primera vez, que los viernes eran sagrados.

Los viernes no había reuniones, ni llamadas, ni correos.

Los viernes Paul era padre a tiempo completo: nos llevaba al parque, cocinaba, daba paseos con David en la mochila portabebés, montaba bloques en el suelo del salón durante horas.

Éramos una familia. Una unidad. Un equipo. Y por primera vez en mi vida, entendí lo que significa esa palabra: no una suma de individuos, sino un organismo vivo donde cada uno era indispensable y ninguno estaba completo sin los otros.

Pero la vida siempre tiene sorpresas.

Cuando David tenía un año y medio, empecé a sentirme rara.

Cansada de una manera distinta al cansancio normal de madre de un bebé, con unas náuseas leves que achacaba a una gastroenteritis, con esos pechos sensibles que ya conocía de la primera vez.

Me hice la prueba una tarde, mientras David dormía la siesta, más para descartar que para confirmar.

Dos líneas.

Me senté en el borde de la bañera, con la prueba en la mano, y me quedé un buen rato mirándolas.

Esta vez no había lágrimas de ansiedad ni de alivio.

Esta vez era distinto: no lo buscábamos, no lo habíamos planificado, con David año y medio y la agencia en plena expansión y la vida por fin encajada en una rutina que funcionaba.

Y, sin embargo, mirando esas dos líneas, lo que sentí fue una sonrisa.

Una sonrisa que se me fue haciendo grande sola, sin permiso.

Esa noche se lo dije a Paul. Esperamos a que David estuviera dormido, y me lo encontré en el sofá con un expediente de trabajo, y me senté a su lado sin saber muy bien cómo empezar.

—Paul.

—¿Hmm? —no levantó la vista del papel.

—Estoy embarazada.

Levantó la vista despacio. Miró mi cara, buscó la broma en mis ojos, no la encontró.

Y ahí vi la secuencia completa: primero se puso pálido, pálido de verdad, con esa palidez de quien acaba de ver moverse el suelo; luego parpadeó dos veces; y luego, como una marea que sube, se le fue llenando la cara de una sonrisa que acabó convertida en la sonrisa más loca y más feliz que le he visto jamás.

—¿Otro? —dijo.

—Otro —confirmé.

—¿Estás feliz? —preguntó, cogiéndome la cara entre las manos.

—Locamente —dije.

Y me besó, y nos reímos besándonos, y en algún punto del beso nos dijimos las dos cosas a la vez: «¿Cómo lo vamos a hacer?» y «No me importa cómo, hagámoslo».

Paul durmió esa noche, según me confesó después, unas cuatro horas, y pasó el resto despierto mirando el techo, haciendo cuentas: cuartos del ático que redistribuir, coches que cambiar, horarios que reinventar.

Yo dormí como un tronco. Uno de nosotros tenía claro que esto se resolvía caminando, y no iba a ser él.

El segundo embarazo fue diferente. Mucho más fácil.

Sin preeclampsia, sin miedo paralizante, sin las noches en vela googleando catástrofes.

Tenía una energía que no había tenido la primera vez, quizás porque ya sabía lo que venía, quizás porque David me mantenía tan ocupada que no me dejaba espacio para la ansiedad.

Correteaba tras un niño de dos años con un barrigón de seis meses y me sentía, francamente, imparable.

Y esta vez sabíamos lo que hacíamos. Más o menos.

Sabíamos que los bebés no venían con manual, que las noches serían duras pero pasajeras, que el amor no se dividía cuando llegaba un segundo hijo: se multiplicaba.

Paul esta vez no pintó una habitación en un mes; montó el moisés en una tarde, como quien hace ya un recorrido conocido.

Yo esta vez no leí treinta libros de crianza; leí ninguno.

Teníamos algo mejor que libros: habíamos hecho las prácticas.

Elena nació en un amanecer de junio. Un parto de ocho horas, ocho, frente a las veinte de David; le dije a Paul que era la diferencia entre estrenar y repetir, tranquilo, bien llevado.

Y cuando la pusieron en mis brazos, y oí su llanto, distinto al de David, más agudo, más melódico, comprendí que cada hijo es un mundo.

Literalmente. Elena llegó con su propio clima, su propia personalidad, su propia manera de mirar el mundo desde el primer segundo.

David nos siguió la misma tarde a la habitación del hospital, de la mano de Paul, con esa cara seria de dos años y medio que ponía cuando procesaba información importante.

Le presentamos a su hermana, y él se acercó a mirarla dentro del Brasero de la cuna de hospital con la concentración de un científico evaluando un experimento.

—Bebé —dijo al fin.

—Bebé —confirmó Paul—. Es Elena. Tu hermana.

David la miró unos segundos más. Y luego hizo la cosa más David que se podía hacer: sacó de su bolsillo una de sus canicas, su posesión más valiosa, su tesoro, por la que había llorado mañanas enteras, y la dejó con mucho cuidado dentro de la cuna, junto a la mano de Elena.

—Para ella —anunció.

En ese momento supe que los celos durarían poco.

Y duraron, en efecto, un par de semanas de pautas de comportamiento que se disolvieron en cuanto Elena sonrió por primera vez, a él, claro, porque los niños son así de clarividentes.

A partir de ahí se convirtió en el hermano mayor más protector y cariñoso del mundo: la vigilaba cuando dormía, le traía cosas, canicas, bloques, migas de galleta, un oso de peluche decapitado, y si alguien que no era de la familia se acercaba a su cuna, se plantaba delante con los brazos en jarra, como un guardia de seguridad de metro setenta y cinco.

Una noche, meses después, Paul y yo nos quedamos mirando desde la puerta del cuarto de los niños cómo David, que debía estar dormido hacía una hora, estaba de puntillas junto a la cuna de Elena, chismorreándole en su idioma de dos años y medio, y Elena, con cinco meses, lo miraba como si fuera la cosa más interesante del universo.

—Lo hemos hecho bien —susurró Paul a mi oído.

—Creo que ellos lo están haciendo bien —respondí yo.

Porque era verdad. Los habíamos traído al mundo, sí. Pero lo que estaba pasando ahí dentro, en aquella habitación amarilla, entre un hermano chismoso y una hermana que lo miraba como a un dios, ya no lo estábamos haciendo nosotros.

Era suyo. Era de ellos.

Y nosotros teníamos el mejor papel que se puede tener en la historia de alguien: el de mirar, proteger y no estorbar demasiado.