Un CEO muy provocador Capítulo 35
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Capítulo 35

Alana

El embarazo fue una montaña rusa de emociones.

Así es como mejor podría describirlo, mirando hacia atrás desde la distancia que me da la memoria.

Una montaña rusa con subidas vertiginosas de felicidad, caídas libres de terror, giros inesperados que me dejaban sin aliento.

Y como en toda montaña rusa, había momentos en los que solo podía cerrar los ojos y aferrarme a Paul, confiando en que él me sostendría a través de todo.

Las primeras semanas después de confirmar el embarazo fueron una mezcla de euforia y parálisis.

Euforia, porque por fin, después de meses de espera y decepción, el milagro había ocurrido.

Parálisis, porque de repente me di cuenta de que la prueba había dado positivo y ahora todo era real.

Había una vida creciendo dentro de mí. Una vida diminuta, frágil, completamente dependiente de mi cuerpo para existir.

Y el miedo me atacó sin piedad.

Tenía miedo de perderlo. Un miedo visceral, atávico, que me despertaba por las noches con el corazón latiendo a mil.

Soñaba con sangrados, con pérdidas, con ambulancias y urgencias médicas.

Me despertaba empapada en sudor frío, buscando con la mano el calor de Paul, necesitando tocarlo para recordarme que yo no estaba sola.

Cada vez que iba al baño, revisaba obsesivamente si había algún resto de sangre.

Cada dolor leve en el vientre, por mínimo que fuera, me llevaba a Google, donde leía páginas y páginas de foros de embarazadas con historias terribles de abortos espontáneos y embarazos ectópicos y complicaciones que nunca había sabido que existían.

Me volví hipocondríaca con la ansiedad, convirtiendo cada síntoma normal en señal de catástrofe inminente.

—Alana —me dijo Paul una mañana, encontrándome otra vez con el móvil en la mano, leyendo sobre desprendimientos de placenta a las seis de la mañana—. Cariño, tienes que dejar de buscar en internet. Te vas a volver loca.

—No puedo evitarlo —admití, con los ojos irritados de tanto llorar y tanto leer—. ¿Y si algo va mal? ¿Y si lo pierdo como mi madre perdió a los otros?

Paul se sentó a mi lado en la cama, tomándome el móvil de las manos con gentileza, pero firmeza.

—Mira —dijo, mirándome a los ojos—. Lo que sea que pase, lo pasaremos juntos. Si el bebé está bien, celebraremos. Si algo va mal, lo enfrentaremos. Pero no puedes pasar el embarazo entero viviendo con miedo. Eso no es bueno ni para ti ni para el bebé.

—Es más fácil decirlo que hacerlo —murmuré.

—Lo sé —admitió él, besándome la frente—. Pero yo voy a estar aquí para recordártelo. Cada día. Cada hora si es necesario.

La primera ecografía fue un momento que nunca olvidaré.

Llegamos a la clínica con Paul más nervioso que yo, lo cual era decir mucho.

Nos sentamos en la sala de espera, con las manos entrelazadas, y cuando la enfermera llamó mi nombre, Paul se levantó conmigo, como si no pudiera dejar de estar a mi lado ni un segundo.

La sala de ecografías era pequeña, luminosa, con una pantalla colocada de manera que el médico y el paciente pudieran verla cómodamente. El técnico me aplicó el gel frío en el vientre, me pidió que respirara profundo, y entonces, cuando movió el transductor sobre mi piel, sucedió.

Apareció en la pantalla un punto brillante. Pequeño, diminuto, apenas un grano de arena en el vasto paisaje negro de mi útero. Pero latía. Un latido rápido, constante, como un tambor diminuto tocando una canción de bienvenida.

—Ahí está —dijo el técnico, sonriendo—. Y ese latido… perfecto. Fuerte y regular.

Me giré hacia Paul, y vi que tenía las lágrimas rodando por las mejillas, sin que él pareciera darse cuenta.

Estaba absorto en la pantalla, mirando ese punto brillante que era nuestro hijo, y su expresión era una mezcla de asombro, devoción y algo que no supe nombrar en ese momento pero que ahora reconozco como amor absoluto, incondicional, sin límites.

—Es real —susurró, como si hablar más fuerte pudiera romper el hechizo—. Es real, Alana.

—Es real —confirmé, y me eché a llorar también, riendo y sollozando al mismo tiempo—. Tenemos un bebé, Paul.

Ese punto brillante cambió algo en mí. De repente, el miedo no desapareció del todo, pero se hizo más pequeño, más manejable.

Porque ya no era una idea abstracta de embarazo.

Era un ser real, con un corazón que latía, un ser que dependía de mí pero que también ya existía, ya tenía su lugar en el mundo.

El primer trimestre fue una prueba de fuego física.

Las náuseas matutinas me atacaron con una ferocidad que no había anticipado.

No eran solo por las mañanas, por cierto, a pesar del nombre.

Eran a cualquier hora, en cualquier momento, a menudo sin previo aviso.

Un olor cualquiera, ya fuera café, perfume o incluso mi champú habitual, podía desencadenar una crisis.

Llegué a odiar el olor del café, que siempre había amado, y a no poder pasar por la sección de pescado del supermercado sin tener que salir corriendo.

Pero Paul fue un ángel. Un ángel paciente, amoroso, creativo.

Aprendió a hacer té de jengibre desde cero, pelando y cortando la raíz con esa precisión suya de cirujano.

Me lo traía en una taza grande, con limón y una cucharada de miel, y me lo sostenía mientras lo bebía lentamente, en sorbos pequeños, cuando el estómago se rebelaba.

—¿Mejor? —preguntaba cada vez, con esa ternura suya.

—Mejor —confirmaba yo, aunque a veces las náuseas seguían allí, menos feroces pero persistentes.

También aprendió a cocinar platos suaves que no me provocaran arcadas, a abrir las ventanas antes de que yo entrara en la cocina para que el olor a comida no me golpeara, a llevarme galletas saladas a la cama para comerlas antes de levantarme, como recomendaban todos los libros.

Se convirtió en mi enfermero personal, mi chef, mi ángel guardián de las náuseas.

Y luego estaban las hormonas. Dios mío, las hormonas.

Lloraba por todo. Lloraba viendo anuncios de pañales en la televisión, con esos bebés redonditos y esas madres sonrientes.

Lloraba viendo películas que nunca me habían hecho llorar antes.

Lloraba cuando Paul me decía cosas bonitas, y lloraba cuando no las decía.

Lloraba cuando veía a una madre con su hijo en el parque, y lloraba cuando Emma me mandaba dibujos al móvil.

A veces lloraba sin motivo aparente, simplemente porque las lágrimas estaban allí, pidiendo salir.

—¿Qué pasa ahora? —me preguntó Paul una noche, encontrándome llorando delante de la televisión.

—Es que… es que el bebé del anuncio —sollocé—. Es que tiene unos calcetines tan pequeños…

Paul se sentó a mi lado, me atrajo hacia él, y no dijo nada. Solo me abrazó, me acarició el pelo, y me dejó llorar hasta que las lágrimas se agotaron. Y entonces, cuando me calmé, me dijo con una sonrisa:

—¿Sabes qué? Creo que nunca te había visto tan hermosa como ahora, llorando por calcetines de bebé.

—Cállate —dije, golpeándole suavemente el brazo, pero sonriendo.

Mi cuerpo cambió. Al principio fue sutil: los pechos más sensibles, una ligera hinchazón que hacía que mis pantalones se sintieran más ajustados.

Luego, alrededor del cuarto mes, el vientre empezó a redondearse, a emerger como una pequeña colina bajo mi ropa.

Y con él, mi percepción de mí misma cambió también.

Siempre había sido crítica con mi cuerpo.

Demasiado esto o aquello, nunca lo suficientemente delgado, tonificado, perfecto.

Pero el embarazo transformó esa relación.

Mi cuerpo ya no era algo que debía estar a la altura de estándares imposibles.

Era un santuario. Un hogar temporal para una vida creciente.

Y cada curva, cada cambio, cada estiramiento de piel, era parte de un milagro en proceso.

Me sentí hermosa. Realmente hermosa, por primera vez en mi vida.

No la belleza superficial de las revistas, sino una belleza profunda, orgánica, conectada con algo más grande que yo misma.

Me sentí poderosa, capaz de crear vida, de sostener otra existencia con mi solo cuerpo.

Era una sensación casi divina, de conexión con todas las mujeres que habían pasado por esto antes que yo, de pertenencia a una hermandad silenciosa de creadoras.

—Estás radiante —me decía Paul constantemente, mirándome con esa devoción que me hacía sentir como la mujer más deseada del mundo.

—Estoy gorda y con acné —protestaba yo, mirándome en el espejo.

—Estás preciosa —insistía él, abrazándome por detrás, con las manos sobre mi creciente vientre—. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Y cada día que pasa, lo eres más.

Y lo creía. Eso era lo mejor. No lo decía por compromiso o por amabilidad. Lo creía de verdad, con cada fibra de su ser, y eso me hacía creerlo también.

Nuestras familias reaccionaron con una alegría desbordante.

Mis padres, que habían esperado nietos durante años sin presionarme, se derritieron en lágrimas de felicidad cuando les dimos la noticia. Mi madre me abrazó durante minutos, sollozando «por fin, por fin», mientras mi padre nos miraba con los ojos húmedos y una sonrisa enorme.

—Voy a ser abuelo —decía una y otra vez, como si necesitara repetirlo para creerlo—. ¡Por fin voy a tener un nieto!

—No podrías haber elegido mejor momento, papá —le dije, riendo.

—El mejor momento es ahora —respondió él, con una firmeza que me conmovió—. Cada momento es el mejor momento para un nieto.

Los padres de Paul reaccionaron con la misma euforia.

Su madre, una mujer elegante y reservada, lloró de alegría y me abrazó con una fuerza que no esperaba.

Su padre nos felicitó con un apretón de manos que se convirtió en abrazo, y me dijo, con la voz quebrada, que era la mejor noticia que habían recibido en años.

Pero quizás la reacción más adorable fue la de Emma. La sobrina de Paul, con su personalidad desbordante, se convirtió instantáneamente en la futura prima mayor más entusiasta del embarazo.