Capítulo 34
Paul
Pasaron seis meses. Seis meses de calendarios marcados, de pruebas apiladas en el botiquín como soldaditos derrotados, de esa danza silenciosa de esperanza y desilusión que se repetía cada veintiocho días con la puntualidad cruel de un metrónomo.
Alana decía que no pasaba nada. Que era normal, que los médicos tardan en promedio un año en el primer hijo, que teníamos tiempo.
Lo decía con esa sonrisa suya, la de la fuerte, la que usaba cuando no quería que me preocupara.
Pero yo la conocía demasiado bien. Veía la decepción en sus ojos cada vez que el test daba negativo, esa microexpresión de dolor que duraba apenas un segundo antes de que ella se recomponga y sonriera y dijera algo como el próximo mes seguro.
Veía cómo sus hombros se caían ligeramente cuando bajaba la regla, cómo evitaba mirarme directamente a los ojos durante unas horas, como si fuera su culpa, como si ella estuviera fallándome en algo.
Y lo peor era que yo no podía hacer nada para evitarlo.
Yo intentaba ser positivo. Lo intentaba de verdad.
Le recordaba que éramos jóvenes, que el estrés no ayudaba, que teníamos toda una vida por delante.
Le organizaba cenas románticas para despejar su mente, le hacía masajes cuando los dolores de espalda la mataban, le decía todas las noches que la amaba sin condiciones, con hijos o sin ellos.
Y eso era verdad, por supuesto que era verdad.
Pero por dentro, yo también empezaba a preocuparme.
Y algo peor. Algo que no había contado a nadie, ni siquiera a Ethan en nuestras conversaciones de bar o a Alana en nuestros momentos de intimidad.
Porque ahí, en el silencio de mi mente, en esas horas de insomnio cuando el mundo duerme y los miedos salen a pasear, yo albergaba un pensamiento irracional, absurdo, casi infantil. Pero que no me dejaba en paz.
¿Y si no podíamos tener hijos? ¿Y si mi pasado, mi culpa, mi karma pendiente, se traducía en esterilidad como castigo divino?
Era una idea estúpida. Lo sabía. No creo en un Dios castigador, no creo en el karma ni en la justicia cósmica.
Pero David me había dejado una carga que no había podido soltar del todo, esa culpa sorda de haber sobrevivido cuando él no pudo, de haber seguido adelante cuando él se quedó parado en el tiempo.
Y en mis noches más oscuras, me preguntaba si el universo tenía una cuenta pendiente conmigo, si mi felicidad actual era demasiado para alguien que había fallado tan miserablemente a su hermano menor.
—¿En qué piensas? —me preguntó Alana una noche, mientras yo miraba el techo con los ojos abiertos.
—En nada —mentí.
—Paul —dijo ella, con esa voz suya de «no me tomes por tonta».
Suspiré, girándome hacia ella.
—Pensaba en… en si esto es culpa mía. Si yo soy el problema.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo? Ni siquiera hemos hecho pruebas…
—Exacto —admití—. Y debería hacerlas. Porque llevo meses diciéndote que tengas paciencia, que no pasa nada, y en realidad lo estoy haciendo por miedo. Miedo a enterarme de que el problema soy yo. Miedo a que mi cuerpo también me traicione, como me traicionó cuando más importaba.
No le expliqué la parte de David, la parte del castigo divino. Pero ella entendió algo, porque se acercó y me abrazó, y no dijo nada durante un largo rato.
—Hagamos las pruebas —dijo finalmente—. Los dos. Porque esto es cosa de dos, y quiero saber que estamos en el mismo barco.
Al día siguiente, llamé a una clínica de fertilidad que tenía muy buenas referencias.
Pedí cita para los dos, aunque en realidad sabía que las pruebas más intensas serían para mí.
El análisis de semen era rápido, indoloro, vergonzoso en su parte práctica pero científicamente simple.
El de Alana sería más complejo, con análisis hormonales y ecografías, pero también más informativo.
Cuando se lo propuse, Alana accedió, aunque estaba aterrorizada. Lo vi en sus manos temblorosas, en la forma en que mordía su labio inferior, en la rigidez de sus hombros durante los días previos a las citas.
—¿Tienes miedo? —le pregunté la noche antes de la primera visita.
—Aterrorizada —admitió, sin rodeos—. Y no del procedimiento. Del resultado. De enterarme de que mi cuerpo está roto, de que soy como mi madre, de que…
—No estás rota —la interrumpí, tomándole la cara entre las manos—. Y si lo estuvieras, no significaría nada malo. Significaría que buscaremos otras opciones. Pero no vas a estarlo. Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te conozco —respondí, besándole la frente—. Y porque tu cuerpo es tan fuerte como tu mente. Y tu mente es de las más fuertes que conozco.
Los análisis se hicieron en dos semanas.
Yo primero, con aquella habitación pequeña y clínica donde me entregaron un vaso de plástico y una revista de dudoso gusto.
Alana después, con las extracciones de sangre y las ecografías y toda la batería de pruebas que los médicos consideran necesarias antes de pronunciarse.
Y luego, la espera. Dos semanas interminables en las que intenté distraerme con el trabajo, con el gimnasio, con cualquier cosa que no fuera pensar en los resultados.
Pero era imposible. Cada vez que el móvil sonaba, mi corazón daba un vuelco.
Cada vez que Alana miraba el teléfono con expectación, yo contenía la respiración.
La llamada llegó un martes por la tarde. Yo estaba en una reunión de consejo, pero cuando vi el nombre de la clínica en la pantalla, pedí disculpas y salí al pasillo. Contesté con el corazón en la garganta.
—Buenas tardes, ¿hablo con Paul Blackwood? —dijo una voz femenina.
—Sí, soy yo.
—Le llamo de la clínica para comunicarle los resultados de las pruebas. ¿Puede acudir a la consulta esta semana? Preferimos dar estas noticias en persona.
—¿Hay algún problema? —pregunté, y mi voz sonó más tensa de lo que pretendía.
—No hay nada que deba preocuparle, señor Blackwood. Pero preferimos comentar los resultados en consulta. ¿Les vendría bien el jueves a las cinco?
Acepté el jueves a las cinco y colgué con el corazón latiendo a mil por hora. No había nada malo, había dicho. Pero el «preferimos comentar en persona» me dejó con una sensación ambigua, entre el alivio y la angustia.
El jueves, fuimos juntos a la consulta. El doctor Reynolds era un hombre de unos cincuenta años, canoso, con una sonrisa amable y una reputación impecable. Nos recibió en su despacho, nos invitó a sentarnos, y con un tono tranquilo y profesional, nos dio las noticias.
—Buenas noticias para los dos —dijo, revisando su Tablet—.
Sus análisis están perfectos, señor Blackwood.
Calidad de semen excelente, movilidad y morfología dentro de los parámetros óptimos.
Y usted, señora Blackwood, tiene un sistema hormonal perfecto.
Óvulos de buena calidad, trompas permeables, útero en condiciones ideales para la implantación.
Físicamente, no hay nada que impida un embarazo natural.
Alana y yo intercambiamos una mirada de incredulidad.
—Entonces ¿por qué…? —empezó ella, y el doctor Reynolds sonrió.
—A veces, la naturaleza es caprichosa. A veces, simplemente necesita más tiempo.
Y a veces —añadió, mirando a Alana con comprensión—, el factor humano interfiere.
El estrés no ayuda, señora. La ansiedad, la presión que se imponen las parejas, puede afectar los ciclos hormonales y dificultar la concepción.
Mi recomendación es que se relajen. Disfruten del proceso.
Dejen de pensar en bebés y concéntrense el uno en el otro.
El cuerpo sabe lo que tiene que hacer; solo hay que dejarle espacio para hacerlo.
Salimos de la consulta con una mezcla de emociones indescriptibles.
Alivio, por supuesto. Alivio inmenso al saber que no había nada malo en ninguno de los dos.
Pero también una especie de frustración leve, porque la respuesta no era «aquí está el problema y aquí está la solución», sino «no sé, sigue intentándolo y relájate».
Pero para Alana, creo que el alivio era lo dominante.
Porque en cuanto cruzamos la puerta de la clínica y nos encontramos en la acera, con el sol de la tarde bañando la ciudad, se detuvo en seco y se echó a llorar.
No fue un llanto contenido. Fue un llanto liberador, con sollozos profundos que le sacudían el cuerpo entero.
Me abrazó con una fuerza que me sorprendió, enterrando la cara en mi pecho.
—No estoy rota —dijo, entre lágrimas—. Paul, no estoy rota.
La abracé, acariciándole el pelo, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba contra el mío.
—No lo estás —confirmé, y mi voz también sonó algo entrecortada—. Nunca lo estuviste. Y si al final no podemos tener hijos biológicos, adoptaremos. O seremos los tíos molones de Emma. O compraremos un perro gigante. Lo que sea, mientras estemos juntos.
Alana levantó la cabeza y sus ojos, húmedos, brillantes y llenos de algo que no sabía nombrar, me miraron con una intensidad que me partió el alma.
—Te quiero tanto —susurró.
Y entonces, sin previo aviso, me besó. En medio de la acera, con gente pasando, con coches tocando la bocina, con un mundo entero que no le importaba lo más mínimo.
Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de gratitud, amor y alivio, y yo lo devolví con la misma intensidad, envolviéndola en mis brazos y levantándola un poco del suelo.
—Y yo a ti —dije cuando nos separamos, con la respiración entrecortada—. Más de lo que las palabras pueden expresar.
Esa noche hicimos el amor.
No como lo habíamos hecho en los últimos seis meses, con ese trasfondo de propósito, esa calculadora mental de días fértiles, esa presión invisible de «tenemos que conseguirlo».
No. Esa noche hicimos el amor simplemente por placer, por amor, por conexión.
Sin calendarios, sin calculadoras, sin la palabra bebé rondando en nuestras mentes.
Fue diferente. Más libre. Más ligero. Hubo risas en medio de caricias, susurros tontos que no tenían sentido pero que nos hacían reír, una desinhibición que no habíamos sentido desde los primeros meses de nuestro matrimonio.
Y cuando finalmente llegamos al clímax, juntos y entrelazados, fue como una explosión de luz, como si algo se hubiera desbloqueado en ambos.
Nos quedamos dormidos poco después, con las piernas entrelazadas y las respiraciones sincronizadas. Y no pensé en test, ni en ciclos, ni en probabilidades. Solo pensé en lo afortunado que era, en lo mucho que amaba a esa mujer, en lo que fuera que viniera después.
Dos semanas después, era un sábado por la mañana.
Recuerdo que había despertado tarde, cerca de las diez, y que Alana ya no estaba en la cama.
No le di importancia; a veces se levantaba antes que yo los fines de semana, para hacer yoga o preparar el desayuno.
Me quedé un rato más tumbado, disfrutando del silencio, y luego me levanté para buscarla.
La casa estaba en silencio. Extrañado, fui hacia el baño de nuestra suite, pensando que quizás estaba en la ducha. Y justo cuando iba a llamar a la puerta, esta se abrió.
Alana salió. Y la primera cosa que noté fue su sonrisa. No era su sonrisa habitual, ni la de la mujer fuerte, ni la de la empresaria exitosa. Era algo más. Algo que iluminaba toda la habitación, que le transformaba la cara entera, que me dejó sin aliento durante un segundo completo.
—Paul —dijo, con voz temblorosa—. Ven aquí.
Me acerqué, confundido, con el corazón empezando a latir más rápido sin saber por qué. Ella me cogió de la mano y me colocó frente a ella, y entonces levantó la otra mano, mostrándome algo que sostenía entre los dedos.
Un test de embarazo. Y había dos líneas.
—Vas a ser padre —dijo ella, y las lágrimas le caían por las mejillas, pero sonreía, Dios mío, sonreía como nunca la había visto sonreír—. Estoy embarazada.
El mundo se detuvo.
Por un momento, no pude respirar. Miré el test, las dos líneas que significaban todo lo que habíamos esperado durante meses, y luego miré a Alana, a esa mujer que llevaba dentro de ella algo que habíamos creado juntos, y sentí que algo se rompía dentro de mí.
No algo malo. Algo que había estado contenido, encerrado, a la espera de su momento.
Algo que se liberaba ahora con una fuerza que me hizo temblar.
—¿Estás…? —empecé, pero se me cortó la voz por la emoción.
—El médico me lo confirmó ayer por teléfono —dijo ella, asintiendo—. Pero quería decírtelo en persona. Quería ver tu cara cuando te enteraras.
Y entonces reí. Reí como hacía años que no reía, con una alegría pura, desbordante, que no cabía en mi cuerpo. La abracé con todas mis fuerzas, levantándola del suelo, girándola mientras ambos reíamos y llorábamos al mismo tiempo.
—Vas a ser padre —repitió contra mi cuello, y las palabras me sonaban a música, a promesa, a futuro.
—Vas a ser madre —respondí, besándole la cara, la frente, los ojos húmedos—. Alana, joder, vas a ser madre.
Nos quedamos así, abrazados en el pasillo de nuestro ático, con el sol entrando por las ventanas y el mundo entero esperándonos fuera.
Y en ese momento, todo lo que había pasado, los meses de espera, las lágrimas, los miedos, la culpa de David que me había atormentado en las noches oscuras, dejó de importar.
Porque íbamos a ser padres. Y eso, al final, era lo único que importaba.