Un CEO muy provocador Capítulo 31
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Capítulo 31

Paul

El primer año de matrimonio no se parecía en nada a lo que había imaginado. Y eso era, curiosamente, lo mejor que podía decirse de él.

Cuando era soltero y veía a parejas casadas hablar de su día a día con esa mezcla de resignación y cariño que parecía propia del estado civil, solía pensar que yo sería diferente.

Que mi matrimonio sería una luna de miel continua, que Alana y yo mantendríamos esa chispa eléctrica que nos había unido desde el principio, sin que se contaminara con calcetines sucios ni con discusiones sobre quién olvidó comprar la leche.

Qué iluso era, joder.

El primer año fue, más que una luna de miel perpetua, un máster intensivo en convivencia real.

Y no la convivencia de los fines de semana románticos ni las escapadas a Bali, donde todo era sexo, puestas de sol y cócteles con sombrillitas.

Hablo de la convivencia auténtica, la de los martes por la mañana, cuando tienes que levantarte a las seis para ir al gimnasio y descubres que tu mujer ha puesto cinco alarmas seguidas, todas con intervalos de cinco minutos, y ninguna de ellas la ha logrado despertar.

—Alana, cariño —recuerdo haber dicho una de esas mañanas, sacudiéndola suavemente por el hombro—, creo que el edificio entero ya ha escuchado tu tercera alarma. ¿No crees que deberías levantarte?

Ella gruñó algo incomprensible, se tapó la cabeza con la almohada y yo suspiré, contemplando el techo de nuestro dormitorio.

Habíamos comprado el ático hacía cuatro meses, un espacio amplio y luminoso en uno de los barrios más bonitos de la ciudad, y, aun así, a veces sentía que el espacio se reducía cuando descubría alguna de sus manías.

Como esa necesidad suya de programar múltiples alarmas, o su costumbre de canturrear mientras preparaba el desayuno.

El canturreo, Dios mío. No es que Alana tuviera mala voz, exactamente.

Es que no tenía voz en absoluto cuando intentaba cantar.

Era un murmullo desafinado, una especie de zumbido melodioso que ella parecía considerar música y que a mí me provocaba algo entre la ternura y la urgencia de buscar tapones para los oídos.

—¿Sabes que cantas fatal? —le dije una mañana, sentado en la isla de la cocina mientras ella movía una espátula con desenfreno.

—Lo sé —respondió sin inmutarse, girándose para guiñarme un ojo—. Mi madre siempre me lo decía. Pero me relaja, así que tendrás que aguantarlo, maridito.

Maridito. Esa palabra, al salir de su boca, seguía provocándome algo en el pecho que no sabía definir.

Era afecto, sin duda, pero también una especie de posesión tranquila, de satisfacción profunda ante la certeza de que ella era mía y yo era suyo, y de que estábamos construyendo algo que trascendía el romance pasajero.

Pero el primer año también me reveló mis propias imperfecciones, que Alana descubrió con la misma mezcla de paciencia y humor que yo aplicaba a sus cinco alarmas.

Descubrió, por ejemplo, que roncaba. No siempre, solo cuando estaba especialmente cansado, pero lo suficiente como para que ella me grabara un audio en el móvil una noche y me lo reprodujera a la mañana siguiente con cara de póker.

—Eso eres tú —dijo, mostrándome la pantalla—. Parece un oso hibernando con sinusitis.

—Exagerada —protesté, aunque el sonido era, efectivamente, vergonzoso.

También descubrió mi obsesión por el orden de los calcetines.

No es que fuera un maniático compulsivo, pero sí tenía un sistema: calcetines negros para la oficina, grises para el gimnasio, azul marino para el fin de semana.

Y debían estar perfectamente doblados y organizados en el cajón correspondiente.

Cuando Alana, en su prisa matutina, revolvía el cajón buscando un par cualquiera y dejaba el resto hecho un desastre, sentía una contracción en el estómago.

—Paul, son calcetines —me decía, incrédula, cuando le señalaba el desorden—. No documentos clasificados de Blackwood Industries .

—El orden en los detalles refleja el orden en la mente —recitaba yo, imitando la voz de mi padre.

—Pues tu mente debe ser un caos, porque ayer dejaste los zapatos en medio del salón.

Y tenía razón. Aprendimos, poco a poco, a navegar esas aguas.

A ceder en lo accesorio y a mantener la firmeza en lo esencial.

Aprendí a dormir con tapones ocasionalmente, ella aprendió a doblar los calcetines después de lavarlos.

Aprendí a controlar mi irritación matutina con los noticiarios, esa costumbre mía de gritarle al televisor cuando algún político o comentarista decía algo especialmente estúpido, y ella aprendió a no programar más de dos alarmas seguidas.

Pero también hubo momentos de pura magia doméstica.

Descubrir que Alana lloraba con todas las películas de Pixar, sin excepción.

Incluso con Cars, joder, una película sobre coches antropomórficos.

La encontraba en el sofá, con una manta sobre las piernas, las mejillas mojadas, mirando la pantalla con una mezcla de devastación y adoración.

—¿Estás llorando porque el coche de carreras ha aprendido una lección sobre la amistad? —pregunté una vez, sentándome a su lado.

—Cállate —respondió ella, sonándose la nariz—. Es que… es que el pueblo era tan bonito, y el abuelo del camión…

Y yo la abrazaba, riendo por dentro, pero sintiendo una ternura tan intensa que casi me dolía. Esa era mi mujer. Compleja, contradictoria, capaz de enfrentarse a directivos de multinacionales con una seguridad envidiable y de desmoronarse ante una película de animación.

Seis meses después de nuestra boda, Sofía y Ethan se casaron.

Fue una celebración diferente a la nuestra, más grande, más ruidosa, con trescientos invitados y una fiesta que duró hasta el amanecer.

Yo fui padrino, Alana dama de honor, y recuerdo mirarlos durante la ceremonia, a Ethan sudando bajo el sol, a Sofía radiante en un vestido que debía costar más que mi primer coche, y sentir una profunda satisfacción.

Habíamos sobrevivido juntos al chantaje de Vanessa, a los rumores de la empresa, a la presión de la prensa.

Y ahora estábamos aquí, testigos de que el amor podía, de hecho, prevalecer.

La boda fue un éxito. Bailamos hasta que nos dolieron los pies, bebimos champán francés hasta que el mundo se volvió borroso y cálido, e hicimos el amor en el baño de los novios porque no podíamos esperar a llegar a casa, algo que Ethan nunca supo y que espero que siga ignorando.

Pero la vida no se detiene en los momentos de gloria. Y a veces, el pasado golpea cuando menos lo esperas.

Fue un martes cualquiera. Recuerdo que había sido un día complicado en Blackwood Industries , con una reunión de consejo que se había extendido hasta las ocho de la tarde.

Llegué a casa agotado, con la tensión acumulada en los hombros, esperando encontrar a Alana en su estado habitual: en pijama, con una taza de té, viendo alguna serie que yo no entendía pero que ella adoraba.

Pero algo estaba diferente. Lo noté nada más cruzar la puerta.

Ella estaba en el sofá, sí, pero su postura era rígida, demasiado erguida.

Tenía el teléfono en la mano, pero no miraba la pantalla.

Lo sostenía como si fuera algo pesado, algo incómodo.

Y sus ojos… tenían esa expresión que había visto antes, esa mezcla de confusión y dolor que recordaba a los primeros meses de nuestra relación, cuando todavía lidiaba con las secuelas de su relación anterior.

—¿Alana? —pregunté, dejando el maletín sobre el mueble del recibidor.

Ella se sobresaltó, casi dejando caer el teléfono.

—Paul. No te había oído llegar.

Me acerqué despacio, como se acerca uno a un animal asustado. Sentí que el corazón me empezaba a latir más rápido, no por celos, sino por miedo. Miedo a que algo hubiera roto esa paz que habíamos construido con tanto esfuerzo.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome a su lado y acariciándole la espalda.

Ella tensó los hombros bajo mi mano.

—Nada. Solo es cansancio.

La miré fijamente. Alana era muchas cosas: inteligente, creativa, apasionada, pero mentirosa, no; era una mala actriz. Sus ojos se desviaban, sus dedos jugueteaban con el borde de su camiseta, y su respiración era demasiado superficial.

—Mientes fatal, cariño —dije con suavidad.

Suspiró. Fue un suspiro largo, derrotado, como si hubiera estado conteniendo algo durante horas y finalmente se hubiera rendido.

—Ha llamado mi ex —dijo, mirando al suelo—. El… el que me engañó. Con una amiga mía.

Sentí que se me helaba la sangre, pero no por los celos que ella probablemente esperaba. Era algo más profundo, más protector. Era la rabia de saber que alguien que había herido a mi mujer, que le había destrozado la confianza y el corazón, se atrevía a aparecer de nuevo en su vida.

—¿Qué quería? —pregunté, controlando mi voz para que no sonara tan furiosa como me sentía.

—Quiere verme —respondió, y vi cómo le temblaban las manos—. Dice que ha cambiado. Que se arrepiente de todo, de cómo me trató, de… de todo lo que pasó. Dice que necesita hablar conmigo, cerrar círculos o alguna mierda psicológica.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que… que lo pensaría. Que… —su voz se quebró—. Dios, Paul, no quería preocuparte. No quería traer esto a nuestra casa. Pensé que podía manejarlo sola, que…

—¿Que qué? ¿Que podías ignorarlo y que desapareciera?

Asintió, avergonzada.

—No quería abrir heridas que creía cerradas. No quería que pensaras que… que todavía me afecta. Que todavía me importa.

La cogí de las manos. Estaban frías. La miré a los ojos, buscando algo que no sabía definir, y vi el miedo. Miedo a que esto cambiara algo entre nosotros, miedo a que mi reacción fuera la que ella temía: posesividad, escenas de celos, reproches.

—Alana —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—, mírame.

Levantó la vista, y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Gracias por contármelo —dije, atrayéndola hacia mí—. Sé que no es fácil. Pero quiero que sepas que confío en ti. Y que ese imbécil no merece ni un segundo de tu preocupación.

Ella se tensó en mis brazos, sorprendida.

—¿No estás celoso? —preguntó, con esa vulnerabilidad que me partía el alma.

—Estoy furioso —admití, besándole la coronilla—. Pero no contigo. Estoy furioso porque ese hijo de puta se atreve a aparecer ahora, cuando por fin has encontrado la paz. Estoy furioso porque cree que puede entrar en tu vida como si no hubiera hecho daño. Pero celoso… no.

Me separé un poco para poder mirarla a los ojos, para que viera que hablaba en serio.

—Eres mi mujer, Alana —dije, y cada palabra pesaba lo que debía pesar—. Mi esposa. Elegimos esto juntos, todos los días. Y nada ni nadie va a cambiar eso. Ni un ex arrepentido, ni el pasado, ni nada.

Las lágrimas que ella había estado conteniendo finalmente cayeron, pero eran de alivio, no de tristeza. Se aferró a mí con una fuerza que me sorprendió, enterrando la cara en mi cuello.

—Te amo —murmuró, con la voz ahogada—. Dios, Paul, te amo tanto.

—Yo también te amo —respondí, acariciándole el pelo—. Y por eso sé que puedes manejar esto. Pero no sola. Nunca sola. Estamos juntos en esto, ¿vale?

Asintió contra mi pecho.

—¿Qué hago? —preguntó finalmente—. ¿Le devuelvo la llamada? ¿Le digo que no?

—Haz lo que sientas que debes hacer —dije—. Si necesitas cerrar ese capítulo cara a cara, iré contigo. Si prefieres mandarle a la mierda por teléfono, te paso el móvil. Y si quieres ignorarlo y que se joda, también está bien. Pero lo decides tú, no él. Y desde luego no lo decides sola.

Ella se quedó en silencio un largo rato, contemplando nuestras manos entrelazadas. Y cuando habló, su voz tenía una firmeza que me llenó de orgullo.

—Le diré que no —dijo—. Que no hay nada que hablar, que he cerrado ese capítulo hace mucho tiempo. Que estoy casada, que estoy feliz, y que no necesito su arrepentimiento para sentirme completa.

—¿Estás segura?

—Estoy segura —me miró, y vi en sus ojos esa determinación que la había llevado a convertirse en una de las mejores profesionales de su sector—. Gracias a ti. Gracias por no haber reaccionado como… como otros habrían reaccionado.

—¿Cómo? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Con escenas de celos posesivos y acusaciones?

—Exactamente.

Me eché a reír, aunque la situación no tenía nada de gracioso.

—Alana, cariño —dije, tomándole la cara entre las manos—, después de todo lo que hemos pasado juntos, después de Vanessa, de los rumores, de la presión…

¿de verdad crees que voy a dejar que un exnovio arrepentido nos haga tambalear?

No conozco a ese tipo, pero sé una cosa: él te dejó ir.

Y ese fue el mayor error de su vida. Pero yo tuve la suerte de encontrarte después, y no pienso cometer el mismo error.

La besé entonces, con toda la ternura y la pasión que sentía por ella. Fue un beso que sellaba algo, que reafirmaba lo nuestro ante el universo. Cuando nos separamos, sus mejillas estaban húmedas, pero sus ojos brillaban de manera diferente. De alivio, de amor, de certeza.

—¿Sabes qué? —dijo, secándose las lágrimas con el puño como una niña—. Creo que necesito una película de Pixar. Para recuperarme emocionalmente.

—¿Otra vez? —gemí, fingiendo exasperación—. Si lloras con Cars, no quiero ni imaginar lo que harás con Coco.

—Coco es una obra maestra —protestó, ya levantándose del sofá y dirigiéndose hacia la cocina—. Y si no lloras con Miguel y su abuela, es que no tienes corazón.

La seguí con la mirada, observando cómo preparaba las palomitas con esa eficiencia que había desarrollado durante nuestro año de matrimonio. Y pensé, no por primera vez ni por última, en lo afortunado que era.

El primer año de matrimonio no había sido una luna de miel perpetua. Había sido algo mejor. Había sido real. Y en ese mundo real, lleno de alarmas repetidas, canturreos desafinados, calcetines ordenados y exnovios arrepentidos, habíamos construido algo sólido. Algo verdadero.

Y mientras ella volvía al salón con un cuenco gigante de palomitas y esa sonrisa suya que aún me derretía, supe con absoluta certeza que estaríamos bien. Porque al final del día, no se trataba de evitar las tormentas, sino de aprender a bailar juntos bajo la lluvia.

O en nuestro caso, de aprender a llorar con películas de animación mientras el otro te abrazaba y te recordaba que, pasara lo que pasara, nunca estarías sola.

Eso era el matrimonio. Eso éramos nosotros.