Un CEO muy provocador Capítulo 30
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Capítulo 30

Paul

La luna de miel la pasamos en Bali, dos semanas de sol implacable, playas de arena que parecían sacadas de un sueño, y sexo sin interrupciones de ningún tipo.

Por primera vez en años, desde que había heredado Blackwood Industries , apagué el móvil completamente y dejé la empresa en manos de Ethan y del consejo de administración.

Que se arreglaran solos. Que el mundo girara sin mi supervisión constante.

Por primera vez en mi vida adulta, dejé de ser Paul Blackwood, CEO, para ser simplemente Paul, el hombre que amaba a Alana.

Solo existíamos ella y yo, descubriendo el mundo y redescubriéndonos el uno al otro sin las presiones de Nueva York, sin los ojos de la prensa, sin los rumores de los empleados.

Éramos dos extraños en un paraíso tropical, dos cuerpos que finalmente podían tomarse el tiempo de conocerse sin prisas, sin miedo a ser descubiertos, sin la sombra del escándalo acechando en cada esquina.

Nadamos en aguas cristalinas que tenían la temperatura perfecta, ni frías ni calientes, solo acogedoras.

Hicimos el amor en hamacas colgadas entre palmeras, bajo las estrellas que parecían más brillantes que en cualquier otro lugar del mundo, con el sonido de las olas como única música de fondo.

Reímos hasta que nos dolía la barriga, jugando como niños en la arena, persiguiéndonos por la orilla, cayendo al agua empapados y besándonos con la sal en los labios.

Pero el momento que más se grabó en mi memoria, más que cualquier puesta de sol, más que cualquier comida exquisita, más que cualquier paisaje idílico, fue cuando Alana se quitó el bikini en la playa privada del hotel por primera vez.

Era nuestra tercera mañana en Bali. Habíamos alquilado una villa privada con acceso directo a una cala aislada, un trozo de paraíso que solo compartíamos con algunos pájaros tropicales y los cangrejos que salían de sus agujeros al atardecer.

Alana llevaba un bikini azul turquesa que realzaba sus ojos, y estábamos tumbados en toallas blancas sobre la arena fina.

Yo estaba leyendo un libro que no recordaría después, distraído observándola a ella, cuando de repente se incorporó, miró alrededor para asegurarse de que estábamos solos y se desató la parte de arriba del bikini.

Luego, lentamente, con un gesto que me dejó sin aliento, se bajó la parte de abajo.

Se quedó desnuda ante mí, bajo el sol tropical, con la piel brillante por el bronceador y el sudor, sin ninguna barrera entre ella y el mundo.

Era la primera vez que lo hacía, la primera vez que se exponía así, completamente vulnerable y sin miedo.

La miré, con el corazón latiéndome a mil por hora, y supe que estaba viendo a la mujer más valiente y hermosa del universo.

—¿Te importa? —preguntó, con una timidez que contrastaba con su audacia.

—Eres perfecta —respondí, con voz ronca—. Y eres mía.

La fotografié con la mente, la pinté con los ojos, la grabé en mi memoria para siempre: su cuerpo desnudo contra el azul intenso del océano, su pelo castaño suelto sobre los hombros, su sonrisa libre de ataduras.

Una noche, hacia el final de nuestra estancia, cenamos a la luz de las velas en la orilla del mar.

El hotel había preparado una mesa privada, con un camino de velas encendidas que llevaba desde nuestra villa hasta la mesa, sobre la arena misma.

Comimos langosta fresca y bebimos champán mientras las olas acariciaban la orilla a unos pocos metros de distancia y las estrellas brillaban con una intensidad que hacía que Nueva York pareciera un recuerdo lejano y gris.

Alana me cogió la mano sobre la mesa, entrelazando sus dedos con los míos, y me miró con esos ojos verdes que habían conquistado mi corazón para siempre.

—¿Sabes qué es lo mejor de esto? —preguntó, con voz suave, casi un susurro.

—¿El sexo salvaje en la playa? —bromeé, llevándome su mano a los labios para besar sus nudillos—. ¿La hamaca que casi se rompió ayer? ¿El hecho de que llevo cinco días sin ponerme pantalones?

Ella rio, ese sonido cristalino que me hacía sentir vivo.

—Bueno, eso también —admitió, con una picardía que me excitó instantáneamente—.

Pero no. Lo mejor es que me siento segura contigo.

No solo físicamente, aunque eso también.

Sino… emocionalmente. Puedo ser yo misma, con todos mis defectos, mis miedos, mis locuras, mis momentos de locura en comisarías, y sé que no me juzgarás. Que seguirás ahí. Que me amarás igual.

La miré, con una intensidad que hizo que las velas parpadearan, o eso me pareció.

—Nunca —prometí, con la voz cargada de emoción—. Nunca te juzgaré, nunca te dejaré, nunca dejaré de amarte. Eres mi refugio, Alana. Mi hogar. El lugar donde siempre quiero volver.

—Y tú el mío —respondió, y en sus ojos vi lágrimas que no caían, emociones contenidas que estallarían más tarde, en la intimidad de nuestra villa.

Regresamos a la villa con pasos lentos, cogidos de la mano, besándonos cada pocos metros como adolescentes. El champán había hecho efecto, pero no estábamos borrachos; estábamos ebrios de amor, de libertad, de la certeza de que éramos el uno para el otro.

En cuanto cruzamos la puerta de nuestra villa, la atmósfera cambió. La tensión sexual que habíamos estado conteniendo durante la cena, durante todo el día más bien, estalló como una ola que rompe contra la orilla.

Alana se giró hacia mí, con los ojos oscuros de deseo, y se quitó el vestido de verano de un tirón, quedando completamente desnuda ante mí. La luz de la luna entraba por las puertas abiertas de la terraza, bañando su cuerpo con un resplandor plateado que la hacía parecer una diosa.

—Fóllame —dijo, con voz gutural, sin rodeos—. Fóllame como si fuera la última vez. Como si no hubiera mañana. Como si el mundo se fuera a acabar esta noche.

No necesitaba más invitación. Me abalancé sobre ella, tomándola en mis brazos, llevándola hasta la cama con dosel que daba al océano. La dejé caer sobre el colchón y me quité la ropa con una urgencia que me hizo romper un botón de la camisa, sin importarme lo más mínimo.

Me tendí sobre ella, sintiendo su piel desnuda contra la mía, su calor, su humedad, su necesidad.

La besé con ferocidad, con hambre, con una pasión que habíamos estado reprimiendo durante horas.

Nuestras lenguas lucharon por el dominio, explorándose, reclamándose, mientras mis manos recorrían su cuerpo con una urgencia desesperada.

—Joder, Alana —gruñí contra su cuello, mordiendo la piel sensible justo debajo de su oreja, dejando marcas que durarían días—. Te deseo tanto. Te necesito tanto.

—Entonces toma lo que es tuyo —susurró, arqueándose hacia mí, ofreciéndose sin vergüenza—. Soy tuya, Paul. Siempre lo seré. Fóllame. Hazme tuya otra vez.

La penetré de una embestida profunda y decisiva, y ambos gemimos al unísono, un sonido que se mezcló con el rugir de las olas en la distancia.

Estaba empapada, lista para mí, y me envolvió con una calidez que me hizo ver estrellas.

Empecé a moverme, primero despacio, sacando casi todo mi miembro para volver a entrar hasta el fondo, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía perder el control.

—Más fuerte —suplicó, arañando mi espalda con uñas que dejaban marcas—. Más duro, Paul. No me trates con cuidado. No soy frágil. Soy tu mujer. Tu esposa. Fóllame como tal.

Obedecí. Aumenté el ritmo, embistiendo con fuerza, con una ferocidad que solo ella podía sacar de mí.

Cada golpe de mis caderas contra las suyas hacía que la cama golpeara contra la pared, que el dosel se moviera, que el mundo entero pareciera tambalearse.

Ella gemía sin control, sin importarle quién pudiera oír, con la cabeza echada hacia atrás y el pelo extendido sobre la almohada como un halo.

—Mírame —ordené, agarrándole la barbilla para obligarla a abrir los ojos—. Mírame mientras te follo. Quiero ver tus ojos cuando te corras.

Ella obedeció, manteniendo los ojos fijos en los míos, con una intensidad que me desarmaba. El placer se acumulaba, creciendo, expandiéndose, hasta que sentí que estaba al borde, que caía, que explotaba.

—Paul, voy a… —jadeó, con la voz rota.

—Córrete conmigo —gruñí, aumentando el ritmo hasta volverme salvaje, casi brutal en mi necesidad—. Ahora, Alana. Córrete.

El orgasmo nos golpeó a los dos al mismo tiempo, una ola de placer que nos arrastró, que nos consumió, que nos dejó sin aliento y temblando.

Ella se contrajo alrededor de mí con espasmos violentos, gritando mi nombre, arañando mi espalda, mientras yo me vaciaba en ella con un rugido que salió de lo más profundo de mi ser, enterrándome hasta lo más profundo, quedándome inmóvil mientras el placer nos atravesaba a los dos como un rayo.

Nos quedamos así, jadeando, sudados, con el corazón latiendo desbocado, con la respiración entrecortada, conscientes de que estábamos en el paraíso, que éramos el uno del otro, que nada ni nadie podía separarnos.

Cuando finalmente pude moverme, me desplomé a su lado, atrayéndola hacia mí, acunándola contra mi pecho. Estábamos pegajosos, agotados y completamente satisfechos.

—Te quiero —susurré contra su pelo, con la voz ronca por el esfuerzo y la emoción—. Te quiero, Alana Blackwood. Mi esposa. Mi todo.

—Y yo a ti —respondió, con una sonrisa satisfecha en los labios—. Mi marido. Mi hogar.

Y mientras el sonido de las olas nos arrullaba, mientras la luna iluminaba nuestra piel desnuda entrelazada, supe que había encontrado mi lugar en el mundo. No en la empresa, ni en el dinero, ni en el poder.

Aquí. Con ella. Siempre.

Regresamos a Nueva York dos días después, renovados, listos para enfrentar la realidad que nos esperaba.

Alana retomó su trabajo en Blackwood Industries , pero ahora como directora de marketing, un ascenso que se había ganado a pulso durante meses de trabajo duro y que el consejo aprobó por unanimidad, sin reservas.

Yo volví a la presidencia, pero con una nueva perspectiva que había aprendido en Bali: trabajar para vivir, no vivir para trabajar.

Empecé a delegar más, a confiar en mi equipo, a llegar a casa a horas decentes, a cenar con mi mujer como un hombre normal. Era una vida que nunca había imaginado para mí, una vida de rutinas domésticas y amor cotidiano, y, sin embargo, no cambiaría ni un solo segundo de ella.

Porque ahora, al final de cada día, sabía que la tendría a ella. Y eso era todo lo que necesitaba.