Capítulo 29
Alana
El día de mi boda amaneció soleado y perfecto, como si el universo finalmente hubiera decidido darnos un respiro después de tantos meses de tormentas.
Me desperté en la habitación de invitados de la mansión de los Blackwood, en esa cama con dosel con vistas al jardín de rosas que ya empezaba a despertar con los primeros rayos de mayo.
Por un momento, estuve desorientada, intentando recordar dónde estaba, por qué el techo era diferente, por qué mi corazón latía con esa mezcla de emoción y nerviosismo que hacía que me resultara difícil respirar profundamente.
Y entonces lo recordé. Todo. El vestido colgado en el armario, los votos escritos en el cajón de la mesilla, la certeza absoluta de que hoy, en unas horas, me convertiría en la esposa de Paul Blackwood.
Antes de que pudiera asimilarlo del todo, la puerta se abrió de golpe con un estruendo que hizo que diera un salto en la cama. Sofía entró primero, radiante con su vestido de dama de honor color lavanda, y detrás de ella, como un pequeño torbellino de energía y rizos, llegó Emma.
Mi sobrina favorita, mi dama de honor junior, llevaba su vestido rosa palo, que brillaba con lentejuelas que captaban la luz de la mañana, y en sus manos llevaba una cesta de mimbre llena de pétalos de rosa que ya esparcía por el suelo de la habitación.
—¡La novia! ¡La novia! —canturreaba Emma, saltando sobre la cama con una energía que desafiaba las leyes de la física—. ¡Es el día de la boda! ¡Tito Pau-Pau va a casarse con la tita Alana y voy a ser la dama de honor más bonita de todo el mundo!
Sofía se sentó en el borde de la cama, riendo, y me abrazó con fuerza.
—¿Cómo está la novia? —preguntó, con voz suave—. ¿Has dormido? ¿Nerviosa? ¿Necesitas que te traiga una bolsa de papel para hiperventilar?
—Creo que estoy bien —respondí, aunque mi voz salió temblorosa—. O al menos lo estaré cuando mi estómago deje de hacer piruetas.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo, más suavemente esta vez, y mi madre entró con una bandeja que contenía tres tazas de café humeante y un plato de galletas caseras.
Tenía los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando toda la noche, y cuando me vio sentada en la cama con Emma saltando a mi alrededor, se le escapó un sollozo.
—Mi niña —dijo, dejando la bandeja sobre la cómoda y acercándose para abrazarme con esa fuerza que solo tienen las madres—. Mi niña, estás preciosa. Y ni siquiera te has vestido todavía. Dios, cómo has crecido. Cómo has llegado hasta aquí.
—Mamá, no llores —dije, aunque yo también sentía que las lágrimas luchaban por salir—. Porque si lloras, lloro yo, y si lo hago cuando esté maquillada, entonces la maquilladora tendrá que maquillarme de nuevo, y ya sabes cuánto tarda eso.
—Llorad todas —dijo Emma, con la seriedad de quien tiene seis años y sabe cómo funcionan las bodas—. Las novias siempre lloran. Es tradición. Como el vestido blanco y el beso al final.
Las tres nos reímos ante aquello, Emma sonrió con complicidad, y la atraje hacia mí para darle un beso en la mejilla. Era un amor de niña, y al igual que le pasaba con Paul, a mí también me adoraba.
La mañana pasó en un torbellino de sensaciones y emociones que aún recuerdo como un sueño borroso.
La peluquera llegó a las nueve, una mujer italiana llamada Gina que hablaba sin parar mientras me rizaba el pelo con una habilidad que parecía mágica.
Luego vino la maquilladora, una artista que transformó mi cara en algo que parecía sacado de una película, con ojos ahumados y labios color coral que realzaban mi sonrisa nerviosa.
Sofía estaba en todo, ajustando el velo, sujetando el vestido mientras me lo ponía, diciéndome que respirara cuando sentía que el pánico me apretaba la garganta.
Emma se sentó en un rincón con un cuaderno de colores, dibujando lo que ella llamaba el plan de la boda, que incluía un dinosaurio que llevaba anillos y una princesa que se parecía sospechosamente a ella.
Cuando finalmente me puse el vestido, un diseño de encaje y seda que me había costado una fortuna y que ahora, viéndolo en el espejo, parecía insignificante comparado con su belleza, me quedé sin aliento.
Era un vestido de corte sirena, ceñido hasta las rodillas y luego abriéndose en una cola modesta pero elegante.
El encaje cubría los hombros en una caída perfecta, dejando los brazos desnudos, y el escote, aunque discreto, realzaba cada curva de mi cuerpo de una manera que me hacía sentir… poderosa. Hermosa.
Me miré al espejo de cuerpo entero del vestidor y, durante un segundo, no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada.
Era la misma Alana, sí, pero diferente: más segura, más feliz, más completa.
Los ojos verdes brillaban con una luz que no había visto en años, una luz que Paul había encendido y que ahora nadie podía apagar.
Mi pelo, recogido en una trenza elaborada que caía sobre un hombro, estaba adornado con pequeñas flores blancas que parecían haber sido colocadas allí por hadas.
—Vaya —dijo Sofía, apareciendo detrás de mí en el espejo, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. Vaya, Alana. Pareces… pareces una reina. Pareces la mujer que siempre debiste ser.
—Gracias —susurré, con la voz rota por la emoción.
—Vamos —dijo Sofía, ajustando mi velo con manos temblorosas—. Es la hora. Tu futuro marido te espera. Y si no bajamos ya, Paul probablemente subirá corriendo las escaleras a buscarte, convencido de que te has arrepentido.
—Nunca —dije, con una certeza absoluta—. Nunca me arrepentiré de esto. De él.
Caminé por el pasillo del jardín al son de una guitarra española que tocaba una melodía que Paul y yo habíamos elegido juntos, una canción que hablaba de amor eterno y segundas oportunidades.
La alfombra de pétalos de rosa blancos crujía suavemente bajo mis zapatos, y a ambos lados, sentados en sillas de madera adornadas con lazos de seda, estaban las personas que más queríamos en el mundo.
Mi madre en la primera fila, llorando discretamente con un pañuelo en la mano.
Los padres de Paul, elegantes y serenos, con la satisfacción de quienes ven a su hijo finalmente feliz.
Ethan, que me guiñó un ojo cuando pasé. Victoria y Michael, que sonreían con complicidad mientras mantenían sus manos entrelazadas.
Y al final del pasillo, bajo la pérgola cubierta de florecillas moradas, estaba él.
Paul vestía un esmoquin negro perfectamente cortado que parecía haber sido hecho para él por los propios ángeles.
Tenía el pelo peinado hacia atrás, revelando esa frente que tanto me gustaba besar, y sus ojos grises…
Dios, sus ojos. Me miraban con una intensidad que hizo que el mundo a mi alrededor desapareciera.
No había jardín, no había invitados, no había música.
Solo éramos él y yo, como en aquella primera noche en el restaurante italiano, pero ahora sin miedos, sin secretos, sin nada que ocultar.
Emma caminaba delante de mí esparciendo pétalos con una seriedad que hizo reír a los invitados. Cuando llegué al final del pasillo, cuando mi padre me entregó a Paul con un apretón de manos que decía más que mil palabras, sentí que todo en mi vida se había estado construyendo para este momento.
El oficiante, un viejo amigo de la familia Blackwood, nos sonrió con benevolencia.
—Nos hemos reunido hoy aquí para celebrar el amor de Alana y Paul —empezó—. Un amor que ha resistido obstáculos, que ha superado el miedo, que ha elegido la esperanza.
Cuando llegó el momento de los votos, Paul me miró a los ojos y empezó a hablar con una voz que apenas temblaba, pero que resonó en todo el jardín.
—Alana —dijo—, te prometo amarte no solo cuando sea fácil, sino también cuando sea imposible.
Te prometo enfrentar contigo los demonios del pasado, los míos y los tuyos.
Te prometo no esconder nunca más mis miedos, mis dudas, mis debilidades.
Te prometo reír contigo cada día, aunque sea de nosotros mismos.
Y te prometo que seré tu hogar, tu refugio, tu paz, hasta que la muerte nos separe.
Y entonces llegó mi turno. Con las manos temblorosas entre las suyas, con las lágrimas corriendo libremente por mis mejillas, dije:
—Paul, te prometo amarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, pero, sobre todo, te prometo amarte en la verdad.
Te prometo no esconder nunca más nuestros miedos, enfrentar juntos todo lo que venga, elegirte cada día, una y otra vez, sin dudar, sin mirar atrás.
Eres mi hogar, mi paz, mi todo. Y siempre lo serás.
Cuando el oficiante declaró que éramos marido y mujer, cuando dijo esas palabras mágicas que tanto habíamos esperado, Paul no esperó a que le diera permiso.
Me tomó en sus brazos, inclinándome ligeramente hacia atrás como en una película de Hollywood, y me besó con una pasión que hizo que mi mundo entero se detuviera.
Era un beso que decía: «Por fin, eres mía; nunca te dejaré ir».
Los invitados aplaudieron, gritaron, algunos lloraron, pero yo solo sentí sus labios contra los míos, su corazón latiendo contra mi pecho y su amor envolviéndome por completo.
Cuando nos separamos, cuando volvimos a la realidad entre risas y confeti, me sentí en casa. Por fin, después de años de búsqueda, de miedo, de dolor, estaba exactamente donde debía estar.
En sus brazos. Como su esposa. Como su todo.
Y mientras caminábamos de regreso por el pasillo, cogidos de la mano, con los invitados de pie aplaudiendo a nuestro alrededor, supe que esto era solo el principio. El principio de nuestra vida juntos. Y no podía esperar a vivir cada momento de ella.