Un CEO muy provocador Capítulo 28
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Capítulo 28

Paul

La boda se planeó para seis meses después, una ceremonia íntima en la mansión de mis padres en Connecticut.

Quería que Alana tuviera el día perfecto, sin escándalos, sin presiones de la prensa, sin los ojos del mundo entero juzgando cada detalle.

Había pasado demasiado tiempo viviendo bajo el escrutinio público, y este día, el día en que ella se convertiría en mi esposa, quería que fuera solo nuestro.

Solo para nosotros y para los que realmente importaban.

Contraté a los mejores wedding planners de Nueva York, un equipo de cinco personas que se especializaban en bodas de alto perfil y que me garantizaron discreción absoluta.

Pero Alana, con esa terquedad suya que tanto me enamoraba, quería hacerlo personal.

Rechazó la idea de una boda en un hotel de lujo de Manhattan, con cientos de invitados que no conocíamos y que solo venían por compromiso.

Quería algo con significado, algo que nos representara.

Elegimos el jardín de los rosales de la mansión, ese espacio que había sido el escenario de mi infancia feliz, antes de que todo cambiara.

Era un jardín antiguo, con rosales centenarios que mi madre cuidaba con devoción religiosa, y una pérgola de hierro forjado cubierta de glicinias moradas que florecían justo en mayo, el mes que habíamos elegido para la ceremonia.

Seríamos solo cincuenta personas: nuestras familias, nuestros amigos más cercanos, algunos colegas de confianza. Nada más.

Los preparativos fueron un caos que duró meses.

Alana discutió con la florista durante tres horas sobre el tono exacto del blanco de las rosas.

«No pueden ser blanco nieve, tienen que ser blanco marfil, Paul, hay una diferencia sutil pero importante», me dijo, hasta que yo tuve que intervenir y comprar ambos tonos para que hiciera arreglos mixtos.

Discutió con la cocinera sobre si el salmón debía ir con salsa de eneldo o de mantequilla, y al final elegimos cordero porque, según ella, el pescado en las bodas era aburrido y predecible.

Pero el verdadero conflicto surgió con Emma.

Mi sobrina de cinco años, que ahora tenía seis, había decidido que ella iba a ser la dama de honor.

Punto final. No aceptaba discusión. Cuando le expliqué amablemente que Sofía ya era la dama de honor porque era la mejor amiga de Alana, Emma me miró con esos ojos grises idénticos a los míos y dijo, con toda la seriedad del mundo:

—Tito Pau-Pau, yo soy más importante que Sofía. Yo soy de la familia. Y, además, ya tengo el vestido.

Y efectivamente, tenía un vestido. Mi madre se lo había comprado por si acaso.

Intenté razonar con ella durante semanas.

Le expliqué que había protocolos, tradiciones, que Sofía llevaba preparándose para este día desde hacía mucho tiempo.

Pero Emma era terca, una característica de familia que no podía negar.

Al final, cedí. La nombramos «dama de honor junior», un título inventado que le encantó, y que significó que podría llevar su vestido y repartir pétalos por el pasillo antes de que entrara Sofía con el vestido real.

Mis padres adoraban a Alana. Mi madre, que siempre había mantenido una cierta reserva con las mujeres que yo había traído a casa, principalmente porque nunca había traído a ninguna que realmente importara, se derretía con ella.

La llevaba a pasear por el jardín, le enseñaba los nombres de cada rosa, le contaba historias de mi infancia que yo preferiría que permanecieran enterradas.

Y Alana escuchaba, con esa paciencia infinita suya, con preguntas inteligentes, con risas genuinas.

Especialmente mi madre, que por fin veía a su hijo sonreír de verdad, sin la máscara de hielo que había llevado durante décadas, la adoraba.

Una tarde, las encontré en la cocina de la mansión, amasando galletas juntas, con harina en las narices y risas compartidas, y tuve que salir al porche para contener las lágrimas.

Era la imagen de la vida que quería, la vida que nunca había creído posible.

Mi padre me llevó aparte una tarde, cuando faltaban semanas para la boda.

Estábamos paseando por el lago, con los sauces llorones empezando a reverdecer y los patos nadando perezosos en la superficie del agua.

Caminamos en silencio durante un rato, el silencio cómodo que solo comparten padres e hijos que se entienden sin palabras.

—Estoy orgulloso de ti, hijo —dijo finalmente, deteniéndose junto a un roble viejo.

Le miré, sorprendido. Mi padre no era de expresar emociones abiertamente. Su orgullo siempre se había manifestado en asentimientos secos, en confianzas empresariales, en dejarme dirigir la empresa sin interferir.

—No por la empresa —continuó, como si hubiera leído mis pensamientos—.

No por el dinero, ni por los contratos, ni por los números que has conseguido.

Estoy orgulloso de ti por haber encontrado la fuerza de amar de nuevo.

Por no dejar que el pasado te definiera para siempre.

David estaría feliz por ti. Más que feliz.

Estaría… emocionado. Siempre decía que quería un hermano mayor que fuera feliz.

Sentí un nudo en la garganta que me impedía respirar correctamente.

Había visitado la tumba de David esa misma mañana, antes de venir a Connecticut.

Le había contado todo sobre Alana, sobre cómo me había cambiado, sobre cómo había aprendido a vivir de nuevo.

Le había pedido su bendición, como si pudiera oírme desde dondequiera que estuviera.

—Gracias, papá —dije, con la voz entrecortada—. Por enseñarme que el amor vale la pena, aunque duela. Aunque cueste. Aunque tengas miedo.

Mi padre me puso una mano en el hombro, un gesto físico raro en él, y nos quedamos así, mirando el lago, hasta que el sol empezó a ocultarse detrás de los árboles.

La noche antes de la boda, Ethan organizó una despedida de soltero tranquila.

«Nada de strippers, que ya tuvimos suficiente con ese incidente en la comisaría», dijo con una risa, y nada de locuras.

Solo nosotros dos, en mi ático, con una botella de whisky de malta de treinta años, puros habanos que él había estado guardando para una ocasión especial, y conversación.

La terraza estaba abierta, dejando entrar el aire fresco de mayo, y las luces de la ciudad parpadeaban abajo como estrellas caídas.

—Nunca pensé que llegaría este día —dijo Ethan, brindando con su vaso de cristal—.

El gran Paul Blackwood, el Hielo, el hombre que no se enamoraba, domesticado.

Sentado aquí, a punto de casarse con el amor de su vida, hablando de perros y niños y vejez compartida.

Si alguien me hubiera dicho esto hace cinco años, le habría recomendado un psiquiatra.

—No estoy domesticado —gruñí, aunque sonreía, aceptando el brindis—. No soy un perro que ha aprendido trucos.

—Entonces, ¿qué eres? —preguntó, con curiosidad.

Estuve en silencio un momento, saboreando el whisky, pensando en la pregunta.

—Estoy… completo —respondí finalmente—. Ella me completa. No me define, no me cambia en esencia. Pero me completa. Me hace ser la mejor versión de mí mismo. La versión que siempre debería haber sido.

—Eso es peor, amigo —dijo Ethan, aunque sus ojos estaban húmedos—. Mucho peor. Porque significa que, sin ella, no eres tú. Significa que te has vuelto dependiente. Y eso es aterrador.

—Es liberador —corregí—. Es saber que no estás solo. Que nunca más estarás solo, aunque el mundo entero se vuelva contra ti.

Bebimos en silencio durante un rato, escuchando los sonidos de la ciudad, el viento suave que movía las cortinas.

Sofía había llevado a Alana a un spa de lujo en las afueras de la ciudad para la verdadera despedida de soltera. «Nada de strippers esta vez», me había prometido Alana con una risa nerviosa antes de irse. «Solo masajes, tratamientos faciales y bebidas sin alcohol».

Cuando volvió esa noche, la encontré en nuestro dormitorio en la mansión ya que habíamos decidido pasar la noche antes de la boda allí, en habitaciones separadas, siguiendo la tradición, radiante y relajada, con la piel brillante y una sonrisa que iluminaba toda la habitación.

Llevaba una bata de seda blanca que le había regalado mi madre, y el pelo suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros.

—¿Nerviosa? —pregunté, acercándome por detrás y abrazándola, enterrando mi nariz en su cuello, donde olía a vainilla y a algo floral.

—Un poco —admitió, apoyándose contra mí—. ¿Y si me tropiezo mañana? ¿Y si me olvido de los votos? ¿Y si digo algo estúpido delante de todos?

—Entonces me tropezaré contigo —respondí, besando su sien—.

Y nos olvidaremos juntos de los votos. Y diremos algo estúpido juntos.

Y nos reiremos de ello durante años. Lo importante no es el día perfecto, Alana.

Lo importante es que al final del día, serás mi mujer.

Y yo seré tu marido. Y eso es todo lo que importa.

Ella se volvió hacia mí, con los ojos verdes brillando de emoción y amor.

—Eso suena bien —susurró—. Tu mujer. Tu esposa. Tu todo.

—Mi todo —confirmé, y la besé con la promesa de mañana, de todos los mañanas que vendrían, de toda una vida juntos.

Y mientras la sostenía, mientras el sol se ponía sobre Connecticut pintando el cielo de colores que parecían sacados de un cuento, supe que había llegado a casa. Que después de años de vagar, de huir, de tener miedo, había encontrado mi lugar en el mundo.

En sus brazos.