Capítulo 27
Paul
La noche había tomado un giro inesperadamente tranquilo después de una copa en el club de jazz.
Ethan había propuesto, y yo había aceptado con gratitud, que omitiéramos la ruta de bares y clubes nocturnos que había planeado originalmente.
A mis treinta y ocho años, con la resaca emocional del accidente aún reciente y con Alana esperándome en casa, la idea de terminar la noche vomitando en un callejón del SoHo no me resultaba tan atractiva como hacía una década.
Así que nos quedamos allí mismo, en el club de jazz, charlando relajadamente y disfrutando de algunas copas más.
Richard y Sam se marcharon tras tomarse un par de copas, Richard porque su mujer le había puesto un toque de queda estricto, y Sam porque tenía que coger un vuelo temprano a Londres para un negocio, así que éramos solo nosotros tres: Ethan, Michael y yo, instalados en un reservado del fondo con una botella de bourbon de Kentucky que el camarero había dejado sobre la mesa con un gesto de complicidad.
El ambiente era perfecto para lo que necesitaba: calma, buena compañía y la posibilidad de hablar sin gritar por encima de la música.
Michal estaba en plena historia sobre su primer año de matrimonio con mi hermana Victoria, una anécdota que involucraba un desastre de fontanería y una discusión sobre quién debía llamar al fontanero, cuando su móvil vibró sobre la mesa de madera.
Michael lo miró distraídamente, con una sonrisa aún pintada en la cara por la historia, y luego su expresión cambió.
No fue un cambio gradual, sino abrupto, como si alguien hubiera apagado un interruptor.
La sonrisa desapareció, el color se le fue del rostro, y sus ojos se abrieron con una mezcla de incredulidad y preocupación que hizo que mi estómago se contrajera instintivamente.
—¿Michael? —pregunté, dejando mi vaso sobre la mesa.
Él levantó la mano para silenciarme, concentrado en la llamada. Escuché fragmentos de su conversación, suficientes para sentir que algo iba terriblemente mal.
—¿Victoria? —dijo, con voz tensa—. ¿Qué pasa? ¿Por qué llamas a esta hora? ¿Estás bien?
Hubo una pausa. El rostro de Michael pasó de la preocupación al shock, y luego a algo que no supe interpretar.
—¿La comisaría? —repitió, y mi corazón se detuvo—. ¿Qué quieres decir con que estáis en la comisaría? ¿Quiénes? ¿Todas?
Ethan y yo intercambiamos una mirada. Él dejó de beber, con el vaso a medio camino de los labios, y se inclinó hacia adelante.
—¿Ha pasado algo? —susurró.
Michael no respondió. Seguía escuchando a mi hermana Victoria, con el ceño fruncido, haciendo gestos de negación con la cabeza.
—No, no me lo cuentes por teléfono —dijo finalmente—. Sí, sí, estamos en el Village. Podemos estar allí en quince minutos. Victoria, ¿estás bien? ¿Alguien está herido? ¿Alana? ¿Sofía?
Otra pausa. Luego Michael cerró los ojos, respiró hondo, y cuando los abrió, su expresión era de alivio mezclado con exasperación.
—Está bien. No hagáis nada más. No digáis nada. Esperadnos. Sí, llamaré al abogado.
Colgó. Ethan y yo lo miramos con expectación, con el miedo apretándome el pecho de una manera que no sentía desde el accidente.
—Michael —dije, con una voz que no reconocí como mía—. ¿Qué ha pasado? ¿Alana está bien? ¿Dónde está?
Michael guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta y nos miró alternativamente. Su expresión era inescrutable, una mezcla de preocupación y algo que parecía… ¿divertido? No, no podía ser divertido.
—Se acabó la fiesta —dijo, con una calma que me puso los nervios de punta—. Tenemos que ir a la comisaría. Han detenido a Alana, a Victoria y a Sofía.
El mundo se detuvo. Literalmente dejó de girar. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones y no volvía a entrar.
—¿Detenidas? —repetí, poniéndome de pie tan rápido que casi tiré la mesa—. ¿Qué quieres decir con detenidas? ¿Por qué? ¿Qué han hecho? ¿Están heridas?
—Paul, cálmate —dijo Michael, levantándose también y poniéndome una mano en el hombro—. Victoria dijo que no preguntara. Que solo llamara al abogado y que fuéramos a la comisaría. Que están bien físicamente, pero… bueno, que necesitan que alguien vaya a sacarlas.
—¿Que no preguntes? —exclamó Ethan, también de pie—. ¿Cómo que no preguntes? ¿Nuestras prometidas están en la comisaría y no debo preguntar por qué?
—Eso es lo que ha dicho —confirmó Michael, ya buscando su chaqueta—. Algo sobre que es una larga historia y que es mejor contarlo en persona. Pero insistió en que llamáramos al abogado. Al tuyo, Paul. El de la empresa.
Mi mente corría a cien kilómetros por hora.
Alana en la comisaría. Detenida. Con Victoria y Sofía.
Las tres. ¿Qué demonios habían hecho? ¿Habían ido a algún lugar peligroso?
¿Habían tenido un accidente? ¿Habían…? No podía ni imaginar las posibilidades, y cada escenario que mi cerebro traicionero dibujaba era peor que el anterior.
Saqué mi móvil con los dedos temblorosos y marqué el número de Jonathan, mi abogado personal y consejero legal de Blackwood Industries .
Sonó tres veces antes de que contestara, con voz soñolienta dado que era casi la una de la mañana, pero en cuanto le expliqué la situación, se despertó por completo.
—Jonathan, escúchame —dije, intentando mantener la calma—.
Necesito que vayas a la comisaría de… —miré a Michael, que me dio la dirección—.
A la comisaría del distrito 6. Ahora mismo.
Han detenido a Alana. Sí, mi prometida. No sé por qué.
No sé qué ha pasado. Solo sé que está ahí y que necesito que estés allí cuando llegue.
Jonathan, como era costumbre en él, no hizo preguntas innecesarias. Dijo que estaría allí en veinte minutos y que no dijera nada hasta que él llegara. Colgué y miré a Ethan y Michael, que me observaban con expresiones de preocupación.
—Vamos —dije, ya caminando hacia la salida—. Vamos a buscarlas.
—Paul, espera —dijo Ethan, corriendo detrás de mí—. ¿Estás bien? Estás blanco como el papel.
—No estoy bien —respondí, sincero—. Mi futura esposa está en una comisaría a la una de la mañana y no tengo ni idea de por qué. No estaré bien hasta que la vea, hasta que sepa que está ilesa, hasta que… —la voz se me quebró—. Hasta que la saque de ahí.
Salimos del bar. El aire fresco de la noche nos golpeó como una bofetada. Michael había pedido un taxi que nos esperaba en la esquina, y nos subimos los tres en el asiento trasero, conmigo en el medio, sintiéndome como un niño que va camino de la oficina del director.
El viaje fue el más largo de mi vida. Quince minutos que se convirtieron en una eternidad.
Ethan intentó hacer bromas para aligerar el ambiente, pero ninguna funcionó.
Michael estaba callado, mirando por la ventana, probablemente imaginando escenarios tan catastróficos como los míos.
Yo, por mi parte, no podía dejar de pensar en Alana.
En su cara. En su miedo. En lo avergonzada que debía estar.
En lo mucho que debía odiarme en ese momento, por dejarla ir a esa despedida de soltera, por no haber estado ahí para protegerla.
—¿Crees que están bien? —le pregunté a Michael, rompiendo el silencio.
—Victoria dijo que sí —respondió, sin mirarme—. Dijo que estaban bien, solo… avergonzadas. Muy avergonzadas.
—¿Avergonzadas? —repitió Ethan—. ¿De qué se avergüenza Victoria? Esa mujer tiene la capacidad de avergonzar a otros, no de sentir vergüenza.
—Eso es lo que me preocupa —murmuré.
Llegamos a la comisaría y Jonathan ya estaba allí, esperándonos en la entrada con su traje de tres piezas impecable a pesar de la hora. Nos saludó con una inclinación de cabeza profesional y entramos juntos.
El interior de la comisaría olía a café rancio y a desinfectante. Un sargento con cara de pocos amigos nos indicó dónde estaban las detenidas, y mi corazón se encogió al escuchar esa palabra aplicada a Alana. Caminamos por un pasillo de linóleo gastado hasta una sala de espera donde las vi.
Allí estaban las tres, sentadas en un banco de metal, con aspecto de haber pasado por una guerra mundial, pero riendo entre dientes.
Victoria tenía el pelo revuelto como si la hubieran sacado de la cama, lo cual, considerando la hora, no era descabellado, y una mancha sospechosa en el vestido.
Sofía estaba descalza, con un zapato de tacón roto en la mano, y parecía estar intentando recitar algo con los ojos cerrados.
Y Alana… Alana estaba en el centro, con el maquillaje corrido formando ríos negros por sus mejillas, el pelo enredado en un moño que se resistía a mantenerse en su sitio, y una expresión de tal vergüenza que casi me hizo olvidar mi propio pánico.
Pero estaban bien. Ilesas. Vivas.
—Alana —dije, dando un paso hacia ella.
Un policía uniformado se interpuso entre nosotros. Era un tipo de mediana edad, con barriga y cara de haber visto de todo.
—¿Ustedes son los responsables de estas señoritas? —preguntó, con voz que intentaba sonar autoritaria, pero que delataba cierta diversión contenida.
—Soy su abogado —intervino Jonathan, adelantándose y extendiendo su tarjeta profesional—. Jonathan Cole. Represento a la señorita Alana… y supongo que también a las otras dos. ¿Podría informarnos de los cargos?
El policía nos miró alternativamente a nosotros, tres hombres con cara de ejecutivos asustados, y luego a las tres mujeres en el banco. Y entonces, para mi total sorpresa, se rio. Una carcajada profunda y sonora que resonó en la sala de espera de la comisaría.
—Cargos —dijo, secándose una lágrima de la risa—. Alteración del orden público, resistencia a la autoridad, y… —hizo una pausa—. Agresión a un agente con… —sacó un bloc de notas—. ¿Cómo lo describió el agente Johnson? Ah, sí. Con intenciones lascivas y confusión mental inducida por el alcohol.
Hubo un silencio. Ethan, Michael y yo nos miramos entre nosotros.
Y entonces, como si un dique se hubiera roto, los tres estallamos en carcajadas.
Risas profundas, incontrolables, que nos sacudieron el cuerpo entero mientras las mujeres en el banco nos miraban con expresiones que oscilaban entre la indignación y la vergüenza.
—¿Confusión mental inducida por el alcohol? —Repitió Ethan, llorando de la risa—. ¿Sofía? ¿Mi Sofía?
—¡No fue mi culpa! —protestó Sofía desde el banco—. ¡Pensábamos que eran strippers!
—¡Strippers! —exclamó Michael, y se rio aún más fuerte, agarrándose el estómago.
—¡No es gracioso! —gritó Victoria, pero estaba sonriendo, la muy traidora.
Me acerqué a Alana, que estaba sentada en el banco, con los hombros caídos y la mirada en el suelo, con una expresión de tal derrota que mi risa se apagó de inmediato.
Me arrodillé frente a ella, ignorando el linóleo pegajoso y el hecho de que mi traje de mil dólares probablemente se estaba arruinando.
Le tomé el rostro entre mis manos, acariciándole las mejillas húmedas por las lágrimas y el maquillaje corrido, y la besé.
Suavemente, con ternura, con todo el amor que sentía por ella.
—Ya tenemos una anécdota que contarles a nuestros nietos —susurré contra sus labios—. El día que tu abuela confundió a un policía con un stripper y acabó esposada en una comisaría de Manhattan.
Ella me miró, con los ojos verdes brillantes de emoción y vergüenza.
—¿Eso significa que la boda sigue en pie? —preguntó, en voz baja, vulnerable—. ¿Que no vas a cancelarla? ¿Que no te avergüenzas de mí?
La besé de nuevo, más profundamente esta vez, ignorando a los policías, a los abogados, a nuestros amigos que nos observaban.
—No voy a cancelar la boda por nada ni por nadie —dije, con la certeza de quien sabe exactamente lo que quiere—.
Voy a convertirte en la señora Blackwood el sábado que viene, y el sábado siguiente, y el siguiente.
Voy a construir contigo una familia grande y ruidosa, con perros incluidos si los niños lo quieren, con desorden y caos y risas.
Quiero despertarme cada día contigo, incluso en los días en que terminemos en comisarías. Especialmente en esos días.
Una sonrisa tímida y hermosa iluminó su rostro. La sonrisa que me hizo enamorarme de ella en primer lugar.
—¿Incluso con perros? —preguntó, con un hilo de voz.
—Incluso con perros —confirmé—. Y gatos. Y peces. Y lo que nos dé la gana.
La besé una vez más, mientras nuestros amigos sonreían a nuestro alrededor, mientras Jonathan negociaba con el sargento, mientras la noche de Manhattan seguía su curso indiferente fuera de esas paredes.
Y mientras la besaba, pensé en lo lejos que había llegado.
En el hombre que había sido, frío, distante, convencido de que no merecía el amor.
En el hombre que era ahora, arrodillado en una comisaría, besando a la mujer que había confundido a un agente de la ley con un stripper, y sabiendo con absoluta certeza que no había ningún otro lugar en el mundo donde preferiría estar.
El amor, pensé, no era perfecto. No era limpio, ni ordenado, ni conveniente. Era caótico, impredecible, y a veces terminaba con esposas en una comisaría a las dos de la mañana.
Pero era real. Y era mío. Y no lo cambiaría por nada.