Capítulo 26
Paul
La despedida de soltero había empezado con una mentira.
Cuando Alana me preguntó qué íbamos a hacer Ethan, Michael, los chicos y yo, le dije que probablemente cenaríamos en algún sitio tranquilo y luego iríamos a tomar una copa a algún bar.
No mencioné que algún sitio tranquilo era en realidad un club privado de Greenwich Village que solo admitía miembros, y que alguna copa implicaba una ruta de bares que Ethan había planificado con la precisión militar de un asalto táctico.
Estábamos sentados en una mesa de caoba del club privado, con un chuletón de tres kilos en el centro que goteaba su jugo sobre la madera, y una botella de whisky escocés de malta que costaba más que el alquiler de mi primer apartamento.
A mi lado, Ethan cortaba el filete con la eficiencia de quien está acostumbrado a comerse el mundo, tanto literal como figuradamente.
Frente a mí, Michael, el marido de Victoria y mi cuñado desde hacía ocho años, levantaba su copa con una sonrisa de complicidad.
—Por el novio —dijo Michael, con su voz tranquila y su acento de Connecticut—. Por el hombre que todos creíamos que moriría solo, rodeado de dinero, pero sin amor, y que resulta que nos va a dar una lección sobre segundas oportunidades.
—¡Por el novio! —gritaron al unísono Ethan y los otros dos amigos que completaban la mesa: Richard, un viejo compañero de universidad que ahora era juez y padre de tres hijos, y Sam, un inversor de riesgo que había conocido en los primeros años de Blackwood Industries y que se había casado hacía apenas dos años con una violinista de la Filarmónica de Nueva York.
Bebimos el whisky, que ardió agradablemente por mi garganta, y Ethan empezó a servir la segunda ronda antes de que la primera hubiera asentado.
—Tengo que decir, Paul —empezó Richard, masticando un trozo de carne que parecía disfrutar con demasiada satisfacción—, que cuando Ethan me llamó para decirme que te casabas, pensé que era una broma. Una broma elaborada, pero una broma, al fin y al cabo.
—¿Por qué? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Porque tú eras el soltero de oro de Wall Street, amigo —intervino Sam, con una risa que resonó en la sala semivacía—. El Hielo Blackwood. El hombre que no se enamoraba. El tipo que dejaba a las mujeres llorando en las aceras mientras se subía a su coche sin mirar atrás.
—Eso fue hace mucho tiempo —murmuré, sintiendo que me ruborizaba, algo que no me pasaba desde la adolescencia.
—Mucho tiempo —confirmó Ethan, con una sonrisa maliciosa—. Pero no tanto. ¿Recuerdas aquella vez en Las Vegas, hace tres años, cuando aquella modelo rusa intentó convencerte de que te casaras con ella en una capilla? ¿Y tú le dijiste que preferías vender un riñón?
Todos rieron, incluido yo, aunque la historia ya no me hacía gracia. Era como recordar a otra persona, a un hombre que había sido yo pero que ya no reconocía del todo.
—O aquella otra vez —continuó Michael, que normalmente era el más discreto de la familia, pero que esa noche parecía haber dejado los modales en casa—, cuando Victoria me contó que una de tus examantes había aparecido en la oficina de tu padre, llorando y diciendo que estaba embarazada.
¿Y resultó que ni siquiera te habías acostado con ella?
Solo le habías sonreído en una gala y ella había interpretado que erais novios.
—Eso fue un malentendido —protesté débilmente, aunque la risa general me ahogó.
—El caso —dijo Richard, levantando su copa de nuevo—, es que ninguno de nosotros, ni siquiera Ethan, que te conoce desde el instituto, esperaba verte jamás sentado en una mesa como esta, la noche de tu despedida de soltero, hablando de tu futura esposa con esa mirada de…
¿cómo se dice? ¿Cordero degollado? ¿Adolescente enamorado?
—Se dice felicidad, Richard —corregí, con una seriedad que solo provocó más risas—. Se dice que he encontrado a alguien que me hace querer ser mejor. Que me hace querer ser digno de ella.
Hubo un silencio cómodo, de esos que solo existen entre amigos que se conocen desde hace décadas.
—Eso es jodidamente romántico, Paul —dijo finalmente Sam, con una sinceridad que contrastaba con su habitual cinismo—. Y yo que pensaba que eras un robot sin corazón.
—Yo también —admití, sonriendo—. Resulta que solo necesitaba encontrar a alguien que tuviera la llave.
Ethan se levantó bruscamente, casi tirando su silla, y levantó su copa con un gesto teatral.
—Entonces brindemos —dijo—. No por el soltero de oro de Wall Street, que hoy muere. Brindemos por Paul Blackwood, el hombre que va a casarse con la mujer que ama. Y que, por algún milagro del universo, ella también lo ama a él.
—¡Por Paul y Alana! —corearon todos.
La cena continuó con historias vergonzosas de mi pasado que Ethan y Richard se encargaron de recordar con demasiado detalle. Michael, más moderado, solo sonreía y añadía comentarios ocasionales sobre cómo Victoria estaba emocionadísima con la boda y cómo Emma no paraba de hablar de su vestido.
—Hablando de vestidos —dijo Ethan de repente, con una chispa traviesa en los ojos—, ¿sabéis que Sofía le ha organizado a Alana una despedida de soltera que incluye, según tengo entendido, un striptease y posiblemente un viaje a Las Vegas?
—¿Qué? —Casi escupí el whisky.
—Tranquilo —rio Ethan—. Estoy exagerando. Probablemente solo vayan a cenar y a bailar un poco. Ya sabes, cosas de chicas.
—Alana no es de esas —dije, con una confianza que sentí que vacilaba ligeramente—. Es… responsable.
—Ah, sí —bromeó Sam—. Por eso se enamoró de su jefe y mantuvo una relación secreta durante meses. Porque es muy responsable y sensata.
Decidí que necesitaba otro whisky.
Después de la cena, y de que Ethan insistiera en pagar la cuenta a pesar de mis protestas mientras él alegaba «es tu despedida de soltero, idiota, no pagas ni una copa», nos dirigimos a la siguiente parada de la noche: un bar de jazz en el Village que frecuentábamos hacía años, cuando éramos jóvenes y sin responsabilidades.
El lugar no había cambiado: las mismas luces tenues, el mismo olor a cerveza y a tabaco de pipa, el mismo pianista anciano que tocaba como si estuviera en los años cuarenta.
Nos sentamos en una mesa cerca del escenario, pedimos otra ronda, la tercera, o quizás la cuarta, ya había perdido la cuenta, y la conversación derivó hacia el matrimonio, los hijos, el futuro.
—¿Vais a tener hijos? —preguntó Richard, con la curiosidad de quien ya tiene tres y quiere que otros se unan a su sufrimiento.
—No lo hemos hablado en serio —respondí, sintiendo que el alcohol me hacía hablar más de la cuenta—.
Pero… sí. Quiero. Con ella quiero todo. Una familia.
Una vida normal. Domingos de pijama y desayunos tardíos.
Viajes a la playa. Discusiones por el mando a distancia.
Todo eso que siempre pensé que era para otros.
—Joder —suspiró Sam—. Estás perdido, amigo. Completamente perdido.
—Y feliz —añadí, sin vergüenza—. Estoy feliz de estar perdido.