Capítulo 25
Alana
La tercera parte de la noche, como Sofía la había llamado con esa voz misteriosa y alarmante, resultó ser un club de salsa en el barrio latino que Victoria conocía porque, según dijo, hacía años que frecuentaba estos lugares antes de convertirse en una aburrida directora de ONG.
La limusina rosa nos dejó frente a un local con una fachada discreta y una fila de gente esperando para entrar, pero Victoria saludó a un tipo enorme que hacía de portero y nosotras pasamos directamente, sin cola, con un gesto de la mano que me hizo sentir como una celebridad.
—¿Conoces a todo el mundo? —le pregunté a Victoria mientras entrábamos en un local que olía a ron, a perfume caro y a sudor de baile.
—Solo a la gente importante —respondió con un guiño—. Y a los que tienen buenas listas de invitados. Mi marido y yo veníamos aquí cuando éramos jóvenes y no teníamos hijos. Antes de que la vida nos convirtiera en adultos responsables.
El club estaba lleno hasta los topes. La música latina retumbaba en las paredes, haciendo vibrar el suelo bajo nuestros pies. Sofía se fue directamente a la barra y volvió con tres cócteles de colores imposibles que brillaban bajo la luz ultravioleta del local.
—¡Mojitos de maracuyá! —gritó por encima de la música—. ¡Con triple ron, porque es mi despedida de soltera favorita y porque mañana empezamos la dieta!
—¡La dieta empieza el lunes! —coreó Victoria, y bebimos los tres tragos de golpe, como si fueran agua.
Lo que siguió fue un torbellino de sensaciones borrosas.
Bailamos salsa sin conocer los pasos, moviéndonos con la única guía del alcohol y la alegría.
Victoria, que sí sabía bailar, intentó enseñarnos unos pasos básicos, pero Sofía y yo éramos tan torpes que acabamos estrellándonos contra una mesa llena de botellas que, por suerte, estaban vacías.
El dueño del club, en lugar de enfurecerse, se rio a carcajadas y nos invitó a otra ronda.
A eso de la una de la mañana, ya estábamos en un estado de ebriedad que rozaba lo épico.
Sofía se había subido a la barra otra vez y estaba intentando enseñarle a todo el club una coreografía que decía haber visto mil veces, con resultados un tanto desastrosos, pero graciosos.
Victoria estaba en una esquina hablando con un grupo de chicas que parecían modelos, probablemente intentando convencerlas de donar a su ONG, aunque, en su estado actual, probablemente solo conseguía que la miraran con confusión.
Yo estaba en el baño, intentando recoger mi pelo en un moño que se resistía a cooperar, cuando escuché un alboroto en la sala principal.
Salí corriendo, tambaleándome un poco, y vi que Sofía había bajado de la barra y estaba en medio de la pista de baile, señalando hacia la puerta con una expresión de pura emoción en el rostro.
—¡Oh, Dios mío! —gritó, agarrándome del brazo cuando me acerqué—. ¡Mira, Alana! ¡Han traído más entretenimiento!
Seguí su mirada y vi que tres hombres uniformados acababan de entrar al local.
Llevaban trajes oscuros, cinturones con equipamiento y una expresión seria en el rostro.
El de delante, un tipo alto y moreno con gafas de sol a pesar de que estábamos en el interior, levantó una mano y la música se detuvo abruptamente.
—¡Es la policía! —Susurró Victoria, que se había acercado tambaleándose—. ¡Otra vez!
—¿Otra vez? —pregunté, confundida.
—Es broma —rio ella, dándome un codazo—. Seguro que es parte del show. Mira, traen uniformes y todo. Qué realistas.
Las tres nos miramos y, en ese momento de borrachera colectiva y falta total de juicio, llegamos a la misma conclusión errónea: estos policías formaban parte de la despedida de soltera. Otro espectáculo. Otros strippers.
—¡Oh, sí! —gritó Sofía, aplaudiendo como loca—. ¡La policía del sexo! ¡Venid a arrestarnos, oficiales! ¡Hemos sido muy malas!
Los tres hombres se miraron entre sí, confundidos. El del centro, que parecía el de mayor rango, frunció el ceño.
—Señoritas —dijo, con voz autoritaria—, hemos recibido una llamada por disturbios y exceso de ruido. Este local debe cerrar. Y ustedes… parece que han bebido más de la cuenta.
—¡Qué realistas son! —exclamó Victoria, acercándose al tipo alto y tocándole el chaleco antibalas—. Mira, Alana, hasta traen chalecos y todo. Debe haber costado una fortuna el disfraz.
Yo, en mi estado de máxima vergüenza ajena y con alcohol en sangre, me acerqué al policía que parecía más joven y le sonreí con lo que creía que era una sonrisa seductora, pero que probablemente se parecía más a la de un hámster borracho.
—Oficial —dije, intentando hacer mi voz más grave y sensual—, ¿me va a poner las esposas? Porque he sido muy, muy mala. He robado el corazón de un hombre y no pienso devolverlo.
El policía me miró con una expresión que oscilaba entre el horror y la incredulidad.
—Señorita, esto no es un juego —dijo, serio—. Vamos a tener que pedirles que abandonen el local. Y les aconsejo que lo hagan de forma tranquila.
—¡Vamos, suéltate! —gritó Sofía desde detrás de mí, y entonces hizo algo que cambiaría el curso de la noche para siempre: le tiró del cinturón al policía mayor, intentando quitarle la funda de la porra, supongo que pensando que era parte del disfraz.
El policía reaccionó instintivamente, agarrando a Sofía por la muñeca y girándole el brazo, suave, pero con firmeza, hacia atrás.
—¡Señorita, cálmese ahora mismo! —ordenó, con voz de mando que hizo que incluso en mi estado etílico me diera cuenta de que algo iba terriblemente mal.
—¡Eh, no la toques! —gritó Victoria, lanzándose hacia adelante y empujando al policía en el pecho con ambas manos—. ¡Esto es acoso! ¡Es parte del show, pero no tenéis derecho a tocarla así!
—¡Son reales! —gritó alguien desde la multitud que se había formado—. ¡Son policías de verdad!
El caos se desató. Sofía intentó zafarse, Victoria seguía empujando al policía mayor, y yo, en mi infinita sabiduría alcoholizada, intenté interponerme entre ellos, lo que resultó en que las tres acabáramos en el suelo, enredadas en una maraña de brazos y piernas, mientras los policías intentaban levantarnos sin éxito.
—¡Están detenidas! —gritó finalmente el policía mayor, sacando unas esposas reales, no de juguete, ni parte de un disfraz, sino de metal frío y pesado—. ¡Por alteración del orden público, resistencia a la autoridad y conducta indebida!
—¡Espera, espera! —intenté decir, pero ya era tarde. Las esposas hicieron clic en las muñecas de Sofía primero, luego en las de Victoria y, finalmente, con una tristeza que me pareció excesiva, en las mías.
Nos llevaron a la comisaría en un furgón policial que olía a desinfectante y a algo que prefería no identificar. Íbamos las tres sentadas en un banco de metal, todavía con las esposas puestas, mirándonos con expresiones que oscilaban entre la hilaridad y el pánico.
—Son reales —dijo Victoria finalmente, rompiendo el silencio—. Los policías eran reales. No eran strippers.
—Eso parece —respondí en voz baja, mirando mis manos esposadas.
—Creo que he empujado a un agente de la ley —dijo Victoria, con una mezcla de orgullo y horror.
—Yo le tiré de la porra—confesó Sofía—. Pensaba que era de plástico.
—Y yo le dije que había robado un corazón —añadí, deseando que el suelo se abriera y me tragara.
Cuando llegamos a la comisaría, nos separaron para tomarnos declaración. Estaba sentada en una sala fría, con una taza de café horrible frente a mí y un agente que me miraba con una mezcla de diversión y condescendencia, cuando recordé que teníamos derecho a una llamada.
—Necesitamos hacer una llamada —dije, con voz temblorosa.
—Adelante —dijo el agente, señalando hacia un teléfono de pared.
Victoria, que estaba sentada a mi lado, se levantó con una rapidez que no esperaba y fue hacia el teléfono. Ni dos minutos después empezó a hablar.
—Michael, cariño, sí, lo sé… No, no ha pasado nada grave, pero…
estoy en la comisaría… No, no me he metido en una secta…
escúchame, necesito que vengas… y trae a Paul…
Sí, Paul, mi hermano, tu cuñado, porque Alana también está aquí…
Sí, las tres… No, no hemos asaltado un banco. Es una larga historia…
Sentí que la sangre se me subía a la cara. Michael. El marido de Victoria. Que estaba en la despedida de soltero de Paul. Que ahora sabía que estábamos detenidas. Que Paul lo sabría.
La vergüenza me consumió como un incendio forestal.
Paul, mi futuro marido, el hombre al que había prometido amar y respetar, ahora sabría que su prometida estaba en una comisaría por conducta indebida y resistencia a la autoridad.
Que había intentado seducir a un policía pensando que era stripper. Que había acabado esposada.
Cuando finalmente pude hacer mi llamada, no llamé a Paul.
No me atreví. Llamé a mi padre, que vivía en Brooklyn y que, esperaba, podría venir a recogerme sin hacer demasiadas preguntas.
Pero cuando colgué, el agente me informó con una sonrisa sádica que mis amigas habían contactado a sus respectivos familiares y que pronto llegarían a recogernos.
Esperé en esa sala fría durante lo que pareció una eternidad.
Mi cabeza empezaba a doler por la resaca incipiente, y el estómago se me revolvía de la vergüenza.
¿Qué diría Paul? ¿Cómo lo miraría a los ojos?
¿Se enfadaría? ¿Se decepcionaría? ¿Pensaría que no estaba a la altura de ser su esposa, de ser la señora Blackwood?
Las preguntas me torturaban mientras pasaban los minutos. Y entonces, escuché voces en el pasillo. Voces masculinas. Una que reconocí como la de Michael. Y otra, profunda, familiar, que hizo que mi corazón se detuviera.
Paul.