Un CEO muy provocador Capítulo 24
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Capítulo 24

Alana

La despedida de soltera que Sofía y Victoria habían organizado era, sin lugar a dudas, el evento más loco, ridículo y divertido en el que había participado en toda mi vida.

Y eso incluía aquella vez en la universidad en la que habíamos acabado bailando sobre las mesas de un bar irlandés a las cuatro de la mañana.

Todo empezó con un mensaje de texto críptico de Sofía una semana antes de la boda.

Sofía: Viernes, ocho de la tarde, ponte algo cómodo y sin bragas.

Le respondí con un emoji de ojos desorbitados y le pregunté si había perdido la cabeza, pero ella solo me mandó una foto de Victoria haciendo un gesto obsceno con la lengua, con unas serpentinas de colores de fondo. Eso no tranquilizó precisamente mis nervios.

El viernes llegó demasiado rápido. La boda estaba programada para dentro de siete días, en la mansión de los padres de Paul en Connecticut, y la tensión ya me había apretado el estómago.

Paul se había ido a su despedida de soltero con Ethan y un grupo de amigos que no conocía, y me había despedido de él con un beso largo y la promesa de «no hacer nada de lo que me arrepienta», a lo que él había respondido con una risa maliciosa y un «eso depende de tu definición de arrepentimiento».

A las ocho en punto sonó el timbre de mi apartamento.

Abrí la puerta y allí estaban ellas dos, Sofía y Victoria, como versiones femeninas y aterradoras del dúo dinámico.

Sofía llevaba una camiseta rosa fosforito con la frase Team Bride en letras doradas, una falda de cuero negra que apenas cubría lo necesario, y tacones de aguja que la hacían parecer una amazona.

Victoria, por su parte, lucía un vestido rojo ceñido que realzaba su figura esbelta, con un escote pronunciado que hacía que hasta yo desviara la mirada, y unas botas de tacón que parecían armas letales.

—¿Lista para la noche de tu vida, futura cuñada? —preguntó Victoria, con una sonrisa maliciosa que me recordaba demasiado a su hermano.

—No estoy segura de querer saber qué habéis planeado —respondí, agarrando mi bolso con las manos temblorosas.

—Oh, cariño —intervino Sofía, abrazándome con fuerza y casi tirándome al suelo con el impulso—, para eso estamos nosotras. Para que no estés segura de nada. Ahora, métete en el coche y no hagas preguntas. Esto va a ser épico.

El coche que nos esperaba abajo no era un coche.

Era una limusina rosa. Una limusina rosa gigante, con lunas tintadas, barra libre en el interior y un conductor con gafas de sol que parecía haber visto de todo y no juzgar nada.

Me subí entre risas nerviosas y, en cuanto cerraron las puertas, Sofía abrió una botella de champán que había estado enfriándose en un cubo de hielo.

—Brindemos —dijo, llenando tres copas de plástico rosa hasta el borde—. Por la novia. Por su última noche de libertad. Y por todas las locuras que vamos a cometer esta noche y de las que nunca vamos a hablar delante de nuestros respectivos.

—¡Salud! —gritaron las dos al unísono, y bebimos.

El primer destino fue un restaurante japonés exclusivo en el SoHo, donde nos sirvieron sushi de autor mientras Sofía me contaba detalles escabrosos de su propia despedida de soltera, que había incluido un incidente con un policía falso y unas esposas que aún guardaba para emergencias.

Victoria, por su parte, me regaló un álbum de fotos de Paul de niño que había encontrado en el ático de sus padres, con imágenes de él desnudo en la bañera a los dos años, con cara de enfado a los cinco y con un bigote falso a los quince, que nos hizo reír hasta que nos dolió la barriga.

—Dios, qué vergüenza —dije, mirando la foto del bigote.

—Espera a ver las de su fase emo —respondió Victoria, sacando su teléfono—. A los diecisiete se teñía el flequillo de negro y escuchaba música que solo él entendía. Mi madre lloraba cada vez que salía de casa.

Después de cenar, la limusina nos llevó al siguiente destino: un karaoke privado en un sótano del Village que parecía sacado de una película de los ochenta.

Las paredes estaban cubiertas de terciopelo rojo desgastado, las luces eran de neón de colores chillones, y el olor a cerveza barata y nostalgia impregnaba el aire.

Habíamos reservado la sala VIP, que resultó ser un cubículo con un sofá de cuero agrietado, una mesa de centro pegajosa y una pantalla de plasma que ocupaba toda una pared.

Sofía fue la primera en coger el micrófono.

Eligió una canción de esas con ritmo y la interpretó con una pasión y unos gestos teatrales que habrían hecho llorar a cualquier cantante famosa.

Se quitó los zapatos, se subió al sofá y bailó con una energía que parecía físicamente imposible después de cuatro copas de sake y dos de champán.

Victoria y yo nos desplomamos en el sofá, llorando de la risa, mientras Sofía señalaba con el dedo una lámpara imaginaria y cantaba sobre cómo superar a un hombre que la había dejado.

—¡Esa es mi chica! —gritó Victoria, aplaudiendo como loca.

Luego fue el turno de Victoria. Eligió un tema mucho más marchoso, algo que no esperaba que cantara, y se marcó una coreografía digna de una diva del pop.

Movimientos de brazos, saltos, giros y una actitud de chica poderosa que contrastaba hilarantemente con su imagen habitual de directora de ONG seria y sofisticada.

Se bajó el escote del vestido hasta hacerlo indecente, se puso una diadema de conejito que encontró en algún rincón del sofá y nos obligó a bailar con ella.

—¡Vamos, Alana! —gritó, tirando de mi brazo—. ¡Esta es tu noche! ¡Suéltate la melena!

Yo, que nunca había sido de soltarme en público, que siempre había sido la sensata, la responsable, la que no hacía el ridículo, me encontré subiéndome al sofá junto a ellas, agarrando el micrófono y gritando la letra de mi canción a todo pulmón, con una pasión que me sorprendió a mí misma.

Sofía y Victoria coreaban el estribillo conmigo, con los brazos en alto, saltando sobre el sofá como si estuviéramos en un concierto de estadio y no en un sótano hediondo de Manhattan.

Fue en ese momento, cuando estábamos todas sudadas, despeinadas, con la voz ronca por el alcohol y el canto, cuando entró el siguiente número de la noche.

La puerta se abrió y entró un hombre. Alto, moreno, con un traje de policía que le quedaba dos tallas pequeño y una sonrisa que prometía pecado. Llevaba una caja de herramientas en la mano, y la música se cortó abruptamente.

—He recibido una llamada por disturbios —dijo, con voz grave y teatral—. Parece que hay una mujer aquí que está a punto de cometer el error de casarse. Necesito hacer una inspección.

Sofía y Victoria chillaron como adolescentes. Yo me quedé paralizada, con el micrófono en la mano, sin saber si reír o esconderme debajo del sofá.

—¡Oh, no, oficial! —exclamó Sofía, poniéndose de pie y haciendo una reverencia exagerada—. ¡No nos denuncie! ¡Estamos solo celebrando que nuestra amiga va a dejar de ser libre para siempre!

—Eso suena grave —respondió el tipo, acercándose a mí con paso lento y provocativo—. Voy a tener que hacer un registro. Por seguridad.

Victoria se levantó de un salto, agarró mi mano y me empujó hacia el centro de la sala, donde había un pequeño escenario iluminado por una luz de discoteca barata. El policía empezó a moverse al ritmo de una música sensual que salió de los altavoces, y entonces sucedió.

Empezó a desabrocharse la camisa. Botón por botón, con una lentitud que me hizo morir de vergüenza y de risa al mismo tiempo.

Sofía y Victoria estaban histéricas, gritando, silbando, pidiendo más.

Cuando se quitó la camisa, revelando un torso trabajado, pero claramente falso en ese contexto, las dos se pusieron de pie y empezaron a bailar a su alrededor, moviendo las caderas con una falta de coordinación que solo el alcohol podía justificar.

—¡Vamos, Alana! —gritó Victoria, agarrándome de la mano y obligándome a bailar con ellas—. ¡Es tu última oportunidad de catar algo que no sea tu futuro marido!

—¡Sí! —añadió Sofía, con los ojos brillantes de alcohol y diversión—. ¡Aprovecha, cariño! ¡Después del sábado, este cuerpo será solo para Paul! ¡Otro no va a poder catar!

Me estaba partiendo de risa, con lágrimas corriendo por mis mejillas, mientras el pobre tipo seguía su rutina de striptease con una seriedad que hacía todo aún más divertido.

Se quitó el cinturón, lo hizo girar sobre su cabeza, y Sofía intentó agarrarlo, fallando estrepitosamente y cayendo de culo sobre el sofá, lo que provocó una carcajada general.

—¡Dios, Sofía, controla tus instintos! —grité, ayudándola a levantarse.

—¡No puedo! —respondió ella, abrazándome—. ¡Estoy muy feliz por ti! ¡Y muy borracha!

Cuando el espectáculo terminó, con el policía haciendo una reverencia y recogiendo su ropa mientras nosotras aplaudíamos como locas, nos desplomamos las tres en el sofá, jadeando, sudando, con el maquillaje corrido y el pelo en todas direcciones.

—Dios, chicas —dije, secándome las lágrimas de la risa—, pensaba que queríais a vuestras parejas. ¿Desde cuándo sois tan… alocadas?

Victoria, que estaba recolocándose el vestido rojo, torcido hasta quedar en una posición indecente, me miró con una sonrisa pícara.

—Y le quiero más que a mi vida, cuñada —dijo, refiriéndose a su marido Michael—. Pero tengo ojos. Llevo gafas, pero no estoy ciega. Y ese hombre —señaló hacia la puerta por donde había salido el stripper— tenía unos pectorales que merecían ser admirados. Es cuestión de… apreciación artística.

—¡Exacto! —exclamó Sofía, levantando su copa, que había vuelto a llenar de champán—. ¡Apreciación artística! ¡Por los ojos que tenemos y las gafas que llevamos!

Las tres estallamos en carcajadas, abrazándonos en el sofá, con la música del karaoke de fondo y el olor a sudor, champán y amistad impregnando el aire.

En ese momento, con mis dos mejores amigas, porque Victoria ya lo era, había pasado a formar parte de mi vida como si siempre hubiera estado allí.

Supe que era la mujer más afortunada del mundo.

Tenía a Paul, sí, el amor de mi vida, esperándome en casa.

Pero también tenía esto: estas mujeres que se habían desmelenado por mí, que habían organizado esta locura, que me querían lo suficiente como para hacer el ridículo sin importarles nada.

—Gracias —dije, con voz emocionada, abrazándolas a las dos—. Gracias por esta noche. Por ser como sois. Por estar aquí.

—No llores, novia —dijo Sofía, secándome una lágrima—. O te estropearás el rímel. Y todavía queda la tercera parte de la noche.

—¿Tercera parte? —pregunté, alarmada—. ¿Qué queda?

Victoria y Sofía intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron con malicia.

—Eso, querida cuñada —respondió Victoria, levantándose y estirándose con elegancia—, es una sorpresa. Pero trae el champán. Vamos a necesitarlo.

Y salimos del karaoke, tambaleándonos, riendo, cantando una canción de Madonna a pleno pulmón en mitad de la calle, con la limusina rosa esperándonos para llevarnos a la siguiente aventura.

Era mi despedida de soltera. Y era perfecta.