Un CEO muy provocador Capítulo 23
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Capítulo 23

Alana

La recuperación de Paul fue lenta, dolorosa y frustrante para un hombre tan acostumbrado al control y a la independencia como él.

Pasó seis semanas en convalecencia, primero con la pierna escayolada y luego con férulas y rehabilitación, durante las cuales tuve que aprender a ser paciente, a cuidarle sin que se sintiera emasculado, a dejarle hacer las cosas a su ritmo, aunque eso significara esperar el doble de tiempo.

Pero esa lentitud forzada nos dio algo que no habíamos tenido antes: tiempo de verdad.

Tiempo para hablar sin prisas, para planear nuestro futuro sin miedo, para sanar juntos las heridas que ambos arrastrábamos desde antes de conocernos.

Pasamos horas interminables en su ático, mientras él descansaba con la pierna elevada sobre cojines de plumas, hablando de todo y de nada.

Hablamos de nuestros miedos más profundos, de las pesadillas que aún nos despertaban en mitad de la noche, de los sueños que teníamos para el futuro.

Paul me contó más sobre David: sobre la terapia que había empezado para superar la culpa y sobre su decisión de no dejar que el pasado definiera su presente.

Yo le hablé de Marco, de la terapia que yo también había retomado, de mi necesidad de aprender a confiar de nuevo.

Decidimos ser abiertos sobre nuestra relación.

Fue una decisión conjunta, tomada una madrugada en la que no podíamos dormir, abrazados en la oscuridad, cansados de escondernos.

No más secretos, no más sombras, no más mentiras.

Paul preparó una declaración a la prensa durante días, revisándola una y otra vez y consultando con sus abogados y su equipo de relaciones públicas.

Cuando finalmente la hizo, admitió nuestra relación con una honestidad que me sorprendió, pero negó cualquier irregularidad profesional, presentando pruebas documentales irrefutables de que yo había sido contratada por méritos propios antes de que siquiera empezáramos a salir.

Mostró mis informes de la universidad, mis referencias de antiguos jefes, mi historial laboral y mis evaluaciones de desempeño.

Los abogados desbarataron el chantaje de Vanessa con una eficiencia brutal y metódica.

Demostraron que las fotos eran antiguas, que ella había intentado extorsionar y que tenía antecedentes de conductas similares con otros hombres ricos.

Vanessa acabó retirándose con el rabo entre las piernas, amenazada con procesos judiciales si volvía a acercarse a nosotros o a cualquier medio de comunicación.

La victoria fue dulce, pero lo más importante era que ya no teníamos que escondernos.

Podíamos caminar por la calle de la mano sin mirar por encima del hombro; podíamos cenar en restaurantes sin temor a ser descubiertos; podíamos ser simplemente nosotros.

La empresa sufrió una pequeña caída en bolsa durante una semana, sí, pero se recuperó rápido, más rápido de lo que nadie esperaba.

Los inversores valoraron la honestidad de Paul, y el público, para mi sorpresa, adoraba nuestra historia de amor, aunque escandalosa.

Las redes sociales se llenaron de mensajes de apoyo, de gente que decía que éramos una pareja perfecta, que nuestra historia era romántica.

No sabían la mitad de lo que habíamos sufrido, pero su apoyo era bienvenido.

Volví a trabajar en Blackwood Industries tres semanas después del accidente, pero esta vez como pareja del CEO, no como su secreto.

La gente murmuraba; sí, me miraba con curiosidad o con envidia en los pasillos.

Algunos compañeros me trataban con una deferencia excesiva que me resultaba incómoda; otros, con una frialdad que delataba su juicio.

Pero me importaba una mierda. Tenía a Paul, tenía mi trabajo, mi puesto estaba asegurado, y tenía la certeza de que estábamos construyendo algo real, algo sólido, algo que resistiría cualquier tormenta.

Sofía y Ethan nos invitaron a cenar para celebrar que Paul estaba completamente recuperado, que ya no necesitaba muletas ni férulas, que el yeso de la pierna había sido retirado y los médicos habían dado el alta definitiva.

Era una noche de principios de mayo, cálida y prometedora, con el aire oliendo a jazmines y a nuevos comienzos.

Habíamos quedado en su apartamento del Village, que habían decorado con luces de guirnalda en la terraza y velas en todas las mesas.

La cena fue íntima y deliciosa. Ethan había cocinado él mismo, una pasta a la carbonara que era su especialidad, y Sofía había preparado una tarta de chocolate que se deshacía en la boca.

Bebimos vino tinto, reímos hasta que nos dolió la barriga, recordamos anécdotas de nuestra infancia compartida, de los veintitrés años de amistad que teníamos Sofía y yo.

Paul y Ethan hablaron de trabajo, de la boda que se avecinaba, de los planes para el futuro.

Paul me miró en ese momento, mientras abrazábamos a los novios, con una intensidad especial que me dejó sin aliento, una mirada que decía mil cosas sin palabras, que prometía un futuro que aún no se atrevía a nombrar.

Supe que estaba pensando en nosotros, en lo que vendría después, en si él sería capaz de darme lo mismo que Ethan le daba a Sofía.

Pero no quería presionar. Todo a su tiempo, me dije.

Todo cuando él estuviera listo, cuando el accidente y la recuperación quedaran completamente atrás.

O eso creía yo.

Durante la semana siguiente, Paul estuvo extraño.

Distante pero no frío, pensativo, pero no triste.

Me miraba a menudo, con una sonrisa secreta en los labios, y luego apartaba la vista rápidamente cuando lo pillaba.

Llamaba a Ethan a escondidas, colgaba el teléfono rápidamente cuando entraba en la habitación.

Sabía que algo tramaba, pero no me imaginaba qué.

Hasta que el sábado siguiente, exactamente una semana después de la propuesta de Ethan, Paul me llevó a nuestra terraza al atardecer.

Había preparado todo con una atención al detalle que me dejó sin palabras.

La mesa estaba puesta con nuestra mejor vajilla, cristalería reluciente, velas aromáticas de vainilla que me recordaban a él.

Había champán francés enfriándose en un cubo de hielo, fresas bañadas en chocolate en una bandeja de plata, y una música suave de jazz que venía de los altavoces invisibles.

Central Park se extendía detrás de nosotros, teñido de naranja, rosa y morado por el atardecer, con las luces de la ciudad empezando a parpadear en la distancia.

Cenamos hablando de cosas cotidianas, de la boda de Sofía y Ethan, de proyectos de trabajo, de nuestro futuro juntos. Pero había una electricidad en el aire, una anticipación que hacía que mi corazón latiera más rápido de lo normal.

Después de cenar, cuando el sol se había puesto por completo y solo quedaba la luz de las velas y la de la ciudad, Paul se levantó de su silla, caminó hasta donde yo estaba sentada y se arrodilló frente a mí.

Mi corazón dejó de latir. Sacó una caja de terciopelo negro de su bolsillo, pequeña y elegante, y me miró con esos ojos grises que habían conquistado mi corazón desde la primera noche y que ahora brillaban con una emoción que nunca había visto en ellos.

—Alana —empezó, con voz profunda y emocionada, apenas temblaba—, desde que te vi, supe que mi vida cambiaría.

No sabía si sería para bien o para mal, pero sabía que sería importante, que sería algo que nunca olvidaría.

Ahora sé que eres lo mejor que me ha pasado.

Mi refugio, mi paz, mi razón para ser mejor, para dejar atrás el pasado y mirar al futuro con esperanza.

Me has enseñado que merezco ser amado, que puedo amar sin destruir.

Eres mi hogar, Alana. Mi único hogar. ¿Quieres casarte conmigo y hacerme el hombre más feliz del mundo?

Abrió la caja y dentro había un anillo de platino con un diamante talla esmeralda que brillaba con luz propia, rodeado de pequeños brillantes que realzaban su tamaño. Era precioso. Era perfecto.

—Sí —susurré, llorando de felicidad, con lágrimas que no podía ni quería contener cayendo libremente por mis mejillas—. Sí, mil veces sí. Quiero casarme contigo, Paul. Quiero ser tu mujer, tu esposa, tu todo.

Cuando me puso el anillo en el dedo, cuando su mano temblorosa deslizó aquella joya hasta su sitio, supe que habíamos llegado a casa.

Que, por fin, después de tanto dolor, tanto miedo, tantos obstáculos que parecían insuperables, habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo. Juntos. Siempre juntos.