Capítulo 22
Paul
El accidente fue estúpido. No hubo otra palabra para describirlo.
Conducía distraído, con la mente en cualquier sitio menos en la carretera, pensando en Alana, en cómo había perdido lo único que me importaba por mi propia estupidez, por mi incapacidad de protegerla, por no haber cortado con Vanessa, años atrás, de forma definitiva, cuando tuve la oportunidad.
Pensaba en su cara la última vez que la vi, en sus lágrimas, en su voz al decir que necesitaba tiempo, que necesitaba alejarse de mí, de nosotros, del caos en el que se había convertido su vida.
Me salté un stop en una intersección que conocía perfectamente, una que había cruzado mil veces.
No lo vi. No lo vi porque estaba mirando el móvil, donde tenía su número marcado, debatiéndome entre llamarla y no hacerlo, entre suplicarle que volviera y respetar su espacio.
Un camión que venía por la derecha… el impacto fue ensordecedor: un estruendo de metal contra metal, de cristales rompiéndose, de mi propio cuerpo sacudido violentamente. Luego oscuridad. Nada.
El impacto me dejó inconsciente durante horas.
No sé cuántas. Cuando desperté, estaba en el hospital, con la pierna izquierda escayolada hasta la rodilla, costillas rotas que me hacían respirar con dolor agudo, y la cabeza dándome vueltas por la anestesia y los analgésicos.
Victoria estaba a mi lado, pálida como un fantasma, con los ojos hinchados y rojos, como si hubiera estado llorando durante horas.
—Eres un idiota —dijo, con voz temblorosa pero furiosa, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¿Cómo has podido hacernos esto? ¿Cómo has podido ser tan irresponsable? ¿Sabes el susto que nos has dado? ¿Sabes que podías haber muerto?
—Lo siento —logré decir, con la voz ronca por la anestesia, seca, casi inaudible—. Lo siento, Vicky. No quería… no quería preocuparos.
Y era verdad, no quería, porque mi familia no necesitaba perder a nadie más por un accidente que podría haberse evitado.
—¿Dónde está Alana? —pregunté de repente, con el pánico apretándome el pecho, ignorando el dolor físico por el miedo emocional—. ¿Ha venido? ¿Sabe lo que ha pasado?
Victoria me miró, y vi compasión en sus ojos, pero también tristeza.
—No —respondió, suavemente—. No está aquí ahora, pero ha venido.
La llamé y vino enseguida. En persona es aún más guapa que en las fotos, por cierto.
Te vio, se echó a llorar y se fue porque no quería verte así.
Estuvo a solas contigo unos minutos, salió llorando y me dijo que, si mejorabas, Ethan la avisaría. Si no mejorabas…
Cerré los ojos, sintiendo una mezcla de alivio y desesperación. No quería que viniera por pena, por obligación ni porque se sintiera culpable. Pero Dios, cómo la necesitaba. Cómo necesitaba verla, tocarla, decirle…
—Dile… —empecé, con la voz quebrada—. Dile que lo siento. Que la quiero. Que siempre la he querido, desde el primer momento en que la vi. Que, si me muero, que, si no salgo de esto, que ella fue lo mejor que me pasó en la vida. Que no hay un solo día ni una sola hora en que no haya pensado en ella.
—Díselo tú mismo cuando salgas de aquí —respondió Victoria, secándose las lágrimas, con determinación—. Vas a salir, Paul. Vas a ponerte bien. Y vas a decírselo tú mismo, cara a cara, como debe ser. No voy a ser tu mensajera de amor, idiota. Tienes que vivir y decírselo tú.
Pasé tres días en el hospital que parecieron una eternidad. Tres días de agonía física y emocional, de esperar a que apareciera, de mirar la puerta cada vez que se abría, con el corazón latiéndome en la garganta, para luego sentir la decepción aplastante al ver que era cualquier otra persona.
Recibí visitas de mis padres, que llegaron de Connecticut con cara de susto y me regañaron durante una hora por mi irresponsabilidad, aunque se les veía el alivio en los ojos.
De Ethan, que entró con una botella de whisky escondida en una bolsa de papel y me hizo reír a pesar del dolor, contándome historias de Sofía y sus nervios por la boda.
De mi sobrina Emma, que subió corriendo a la habitación con un dibujo arrugado en las manos, un dinosaurio verde con alas rosas, y me dijo con toda seriedad que Tito Pau-Pau tenía que ponerse bueno pronto porque ella necesitaba que la llevara a pasear en brazos por Central Park, y los dinosaurios no podían volar solos.
Pero la única persona que quería ver, la única que necesitaba ver, no aparecía.
Hasta que la tarde del tercer día, abrí los ojos después de una siesta inducida por los medicamentos, y allí estaba ella.
Sentada en la silla junto a mi cama, con los ojos hinchados de tanto llorar, el pelo despeinado y la misma ropa que llevaba el día anterior, por lo que parecía. Parecía exhausta, destrozada, hermosa.
—¿Por qué no me llamaste? —preguntó, con voz temblorosa, apenas un susurro—. ¿Por qué no me dijiste que estabas despierto? Cuando tu hermana me llamó la noche del accidente, me dijo que no dejabas de nombrarme. ¿Es que no querías verme?
—No quería… —respondí con voz ronca, intentando incorporarme, pero deteniéndome por el dolor—. No quería manipularte. Si has venido es porque quieres, no por pena, ni por culpa, ni porque te sientas obligada. No quería que vinieras por lástima.
—Eres un imbécil —dijo y se echó a llorar, con sollozos que le sacudieron el cuerpo entero—.
Eres un maldito imbécil, Paul Blackwood.
He estado sentada aquí durante tres horas esperando a que despertaras.
Tres horas pensando que podrías haber muerto sin saber cuánto te quiero.
Tres horas prometiéndole a Dios, al universo, a quien fuera, que, si te despertabas, nunca más te dejaría ir. Nunca más.
—¿Qué has dicho? —pregunté, con el corazón que dejó de latir, con la respuesta suspendida en el aire.
—Que te quiero, idiota —repitió, acercándose, cogiendo mi mano entre las suyas con fuerza—.
Que te quiero con toda mi alma. Que no me importa el escándalo, ni tu pasado, ni el mío, ni nada.
Que quiero estar contigo, aunque tengamos que mudarnos a Alaska y criar renos en medio de la nada, lejos de todo y de todos.
Que no puedo vivir sin ti. Que no quiero vivir sin ti.
Sonreí, a pesar del dolor físico que me atravesaba el cuerpo, a pesar de las costillas rotas y la pierna escayolada. Sonreí porque era la primera vez en mi vida que me sentía realmente vivo, realmente completo.
—¿Renos? —pregunté, con voz débil pero burlona—. ¿De verdad estás dispuesta a criar renos por mí?
—Renos, osos, pingüinos, lo que sea —respondió, secándose las lágrimas, pero sonriendo, esa sonrisa que había extrañado cada día de nuestra separación—.
Solo te pido, por favor, que no vuelvas a asustarme así.
No vuelvas a hacerme pasar por esto. No vuelvas a intentar morirte antes de que yo te diga que te quiero.
—Ven aquí —dije, tirando suavemente de su mano.
Ella se acercó, se inclinó sobre la cama con cuidado de no tocarme donde me dolía y la besé.
Fue un beso torpe, incómodo por la posición, por mi debilidad, por las lágrimas que corrían por las mejillas de ambos.
Pero fue el beso más sincero, más profundo y más importante de mi vida.
La besé con todo el amor que llevaba meses guardando, con todo el miedo a haberla perdido, con todo el alivio de tenerla de vuelta.
—Te quiero, Alana —dije cuando nos separamos, con la frente apoyada contra la suya, los ojos cerrados y la voz quebrada por la emoción—.
Te quiero desde la primera noche. Desde antes, quizás, desde el momento en que te vi entrar en aquel restaurante.
Siempre serás la mujer de mi vida. La única. Mi todo.
—Y tú el mío —susurró ella—. Mi todo.
Y en aquella habitación de hospital, con mi cuerpo roto pero mi corazón completo por primera vez en veintitrés años, supe que había valido la pena. Todo el dolor, todo el miedo, todo el sufrimiento. Porque la tenía de vuelta. Y esta vez, nunca la dejaría ir.