Un CEO muy provocador Capítulo 21
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Capítulo 21

Alana

Me fui del ático de Paul con el corazón literalmente hecho pedazos, con cada latido doliendo como si tuviera cristales afilados incrustados en el pecho, pero con la certeza absoluta de que necesitaba hacerlo.

No podía ser la causa de su ruina ni seguir siendo «la amante del jefe» a escondidas, una sombra en su vida, un secreto vergonzoso que se ocultaba a la luz.

Necesitaba recuperar mi dignidad, mi independencia, mi vida.

Necesitaba recordar quién era yo antes de que él entrara en mi mundo y lo revolucionara todo, antes de que me convirtiera en alguien que no reconocía.

Sofía me acogió en su apartamento esa primera noche, furiosa conmigo por no haberle contado nada antes, por haberle ocultado durante meses que estaba follando con mi jefe, con el socio y mejor amigo de su novio, que me había enamorado de él, que mi vida se había convertido en un torbellino de pasión y mentiras.

Pero también fue comprensiva, porque después de veintitrés años de amistad, sabía que mis silencios siempre tenían una razón, aunque no estuviera de acuerdo con ellos.

—¿Cómo has podido ocultarme esto? —Me preguntó esa primera noche, sentada frente a mí en su salón, con los ojos brillantes de indignación y preocupación—. ¿Cómo has podido pasar meses sufriendo sola, follando con tu jefe y enamorándote de él, sin decirme nada?

—Tenía miedo —respondí, con voz rota—. Tenía miedo de que me juzgaras, de que me dijeras que era una estúpida, de que tuvieras razón. Y tenía miedo de que, si lo decía en voz alta, fuera algo real. Y ahora es real, Sofía. Ahora todo se ha ido a la mierda.

—Ese hombre está destrozado —me dijo al segundo día, sentada a mi lado en el sofá mientras yo miraba fijamente una taza de té frío que no recordaba haber preparado—.

Ethan dice que no come, que no duerme, que está obsesionado con arreglar esto, con limpiar tu nombre, con destruir a esa mujer que os hizo esto.

Dice que Paul está… quebrado. Que nunca lo había visto así.

—Tiene que arreglarlo por él, no por mí —respondí, con voz ronca por el llanto constante que había agotado mis reservas—. No puedo ser la razón por la que destruye su imperio, Sofía. No puedo cargar con esa culpa. No quiero ser la mujer que recordarán como la que arruinó la vida de Paul Blackwood.

—Alana, deja de ser tan terca —protestó ella, con una frustración que reconocí, porque era la misma que yo sentía hacia mí misma—.

Os queréis. Esto es una mierda, sí, el escándalo es una putada, pero juntos podéis superarlo.

El amor verdadero no se rinde ante los titulares de los periódicos.

Ethan dice que Paul te quiere, que está dispuesto a dejarlo todo por ti.

¿No lo entiendes? Ese hombre, que nunca ha querido a nadie, está dispuesto a destruir su mundo por ti. Y tú te vas.

Pero yo no estaba lista. No estaba preparada para volver, para enfrentarme a todo, para ser la mujer fuerte que él necesitaba.

Estaba rota, confusa, aterrorizada por el futuro.

Me quedé una semana en casa de Sofía, durmiendo en su sofá, llorando en su baño, intentando reconstruirme pedazo a pedazo.

Pero cada mañana despertaba con el nombre de Paul en los labios, con la sensación de su ausencia como un peso físico sobre mi pecho.

El escándalo había salido en varios medios, aunque gracias a los abogados de Paul y a su equipo de relaciones públicas se contenía lo suficiente como para no ser devastador.

No había fotos explícitas, solo insinuaciones, rumores, artículos llenos de especulaciones sobre «la relación inapropiada del CEO».

Pero, aun así, mi nombre aparecía vinculado al suyo en cada titular, y eso me hacía sentir expuesta, vulnerable, como si estuviera desnuda en medio de Times Square mientras todo el mundo me señalaba con el dedo.

«La amante de Blackwood», «La ejecutiva que se acostó con el jefe», «El escándalo sexual que hace temblar a Wall Street». Cada titular era una puñalada.

Volví a mi antiguo apartamento después de una semana en casa de Sofía, ese pequeño piso del Upper East Side que afortunadamente aún no había alquilado, y que ahora me servía de refugio.

Pero lo que encontré no fue un hogar, sino una cárcel de recuerdos.

Cada rincón me recordaba a mi vida anterior, a la mujer que había sido antes de Paul, y me daba cuenta de que ya no encajaba allí.

Había crecido, había cambiado, y ahora ese apartamento me parecía pequeño, vacío, insuficiente.

Traté de reconstruir mi vida, de volver a la normalidad, de ser la Alana independiente y fuerte que había sido antes.

Busqué trabajo en otras agencias de marketing, envié currículums a docenas de empresas, hice entrevistas telefónicas donde fingía que todo estaba bien.

Pero mi nombre estaba marcado. Nadie quería contratar a «la amante de Blackwood», aunque no lo dijeran abiertamente.

Veían mi nombre en la solicitud, hacían una búsqueda rápida en Google, y de repente la oferta de empleo se «posponía indefinidamente» o «el puesto ya había sido cubierto».

Una vez, en una entrevista presencial, vi cómo la directora de recursos humanos me miraba con una mezcla de curiosidad y desprecio, y supe que sabía quién era.

Que me estaba juzgando. Que me encontraba indigna.

Pasé noches enteras llorando en mi sofá, envuelta en una manta que olía a moho porque no había tenido fuerzas para lavarla, preguntándome si había tomado la decisión correcta.

Extrañaba a Paul con una intensidad física que me dolía, que me enfermaba: su olor a colonia y piel, su voz grave que me arrullaba cuando no podía dormir, la forma en que me abrazaba por la noche haciéndome sentir segura en un mundo peligroso, sus manos fuertes que me acariciaban el pelo cuando tenía pesadillas.

Extrañaba reír con él, discutir con él sobre tonterías, hacer el amor con él hasta quedar sin fuerzas, quedarnos hablando hasta el amanecer sobre nuestras vidas, nuestros miedos, nuestros sueños.

Pero también sentía alivio, un alivio culpable pero real, por no tener que esconderme, por no vivir con el miedo constante a ser descubiertos, por no tener que mirar por encima del hombro cada vez que salíamos juntos.

Era una libertad amarga, pero era libertad.

O eso me decía a mí misma, una y otra vez, como un mantra para justificar el dolor que sentía.

Hasta que una noche, exactamente catorce días después de haberlo dejado, recibí una llamada de un número desconocido.

Era la una de la mañana, y yo estaba despierta, como todas las noches, mirando el techo mientras las lágrimas se secaban solas en mis mejillas.

Contesté con voz cansada, pensando que sería otra agencia rechazándome, o quizás un error, un número marcado mal.

—¿Alana? —preguntó una voz femenina, autoritaria pero temblorosa, con un acento educado que reconocí de las historias de Paul.

—Sí, ¿quién es? —respondí, incorporándome en la cama, con el corazón empezando a latir más rápido sin saber por qué.

—Soy Victoria Blackwood. La hermana de Paul.

El corazón se me detuvo. Literalmente se detuvo durante un segundo que pareció una eternidad.

No conocía a Victoria personalmente, aunque sabía de ella; sabía que era la única persona en el mundo que Paul consideraba familia de verdad, además de su sobrina Emma.

Ella sí sabía de mí; Paul me había hablado de ella, le había contado quién era yo, pero nunca habíamos hablado.

¿Por qué me llamaba a la una de la mañana?

¿Por qué su voz sonaba así, rota, desesperada?

—Necesito que vengas —dijo, sin preámbulos, sin suavidad, con una urgencia que me heló la sangre hasta los huesos—. Ahora mismo. Al hospital Mount Sinai. La entrada de urgencias.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —pregunté, con el pánico apretándome la garganta, haciéndome jadear, con las manos empezando a temblar violentamente.

Hubo una pausa, un silencio que duró una eternidad, en el que solo escuché la respiración agitada de Victoria al otro lado de la línea. Y cuando habló, su voz sonó diferente, más pequeña, más rota, más aterrorizada.

—Paul ha tenido un accidente de coche —dijo, y su voz se quebró apenas un segundo antes de recuperar la compostura, pero yo escuché el miedo, el terror absoluto—.

Está en el hospital. Es grave, Alana. Muy grave.

Los médicos dicen que… que no saben si va a sobrevivir.

Que las próximas horas son críticas. Y él…

él sigue preguntando por ti. En su delirio, dice tu nombre, una y otra vez.

Necesita… necesita que vengas. Ahora. Por favor.

Dejé caer el teléfono. Sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor, que la realidad se distorsionaba, que todo dejaba de tener sentido.

Y supe, con una certeza absoluta y devastadora, que había cometido el error más grande de mi vida al dejarlo.

Que había desperdiciado tiempo precioso, que había dejado que mi miedo, mi orgullo, mi estupidez, nos separara.

Y ahora, Dios, ahora podía ser demasiado tarde para arreglarlo.

Demasiado tarde para decirle que lo quería, que siempre lo había querido, que nunca había dejado de quererlo.

Demasiado tarde para pedirle perdón, para prometerle que nunca más huiría, para jurarle que estaría a su lado pase lo que pase.

Demasiado tarde.

Y mientras me vestía a toda prisa, con las manos temblando tanto que apenas podía abrocharme los botones, con las lágrimas corriendo por mi cara sin control, supe que, si él moría, si Paul se moría esta noche sin saber cuánto lo amaba, sin saber que era lo único que me importaba en el mundo, yo también moriría.

Que no habría vida para mí después de esto.

Que mi corazón, roto y mal reparado, no soportaría esta pérdida.

Y corrí hacia el hospital, hacia él, hacia el amor de mi vida, rezando a un Dios en el que no creía para que no fuera demasiado tarde.