Capítulo 20
Paul
Alana tenía razón. No podía pedirle que me dejara; no podía seguir huyendo de mis problemas, como había hecho durante toda mi vida, desde que tenía quince años y decidí que no merecía ser feliz.
Decidimos enfrentar juntos el chantaje de Vanessa, unidos de una manera en la que nunca antes habíamos estado, con una determinación feroz que incluso me sorprendió a mí.
Fue ella quien me convenció de que no estaba solo, de que podíamos luchar contra esto, de que el amor, aunque no dijéramos la palabra en voz alta, aunque ambos tuviéramos miedo de nombrarlo, significaba algo más que una protección ciega.
Significaba guerra. Significaba resistencia.
Contraté a los mejores detectives privados de Nueva York, hombres que habían trabajado para presidentes y celebridades caídas en desgracia, expertos en desenmascarar a chantajistas y en recopilar pruebas irrefutables que desbarataran sus mentiras.
Reunimos evidencias de que las fotos eran antiguas: metadatos de los archivos originales que indicaban la fecha exacta, testimonios de amigos que juraban que Vanessa y yo no nos veíamos desde hacía casi una década, registros bancarios que demostraban que no había habido ni un solo contacto entre nosotros durante años.
Preparé una estrategia legal impecable para acorralarla, para destruirla en los tribunales si fuera necesario, para proteger a Alana de cualquier daño con la misma ferocidad con la que defendía mi empresa.
Pero antes de que pudiéramos actuar, antes de que pudiéramos presentar nuestra defensa al mundo, Vanessa hizo su movimiento.
No esperó a que pagara ni a que negociáramos.
Envió las fotos directamente a la prensa económica, a las revistas sensacionalistas, a cualquier medio que pudiera hacer eco del escándalo.
Junto con las imágenes, envió una historia elaborada, venenosa, perfectamente construida para destruirnos: el CEO de Blackwood Industries mantenía una relación inapropiada con una empleada, abusaba de su poder, cometía favoritismo flagrante y acoso disfrazado de romance.
Por no hablar de que, además, se hizo pasar por víctima, alegando que le estaba siendo infiel.
Mi teléfono no dejó de sonar desde las seis de la mañana aquel día.
Llamadas del consejo de administración, en pánico, de accionistas histéricos que veían sus inversiones desmoronarse, de periodistas hambrientos de escándalo, de mi propia familia, que exigía explicaciones que no podía dar.
Los accionistas estaban nerviosos, el precio de las acciones se desplomaba en bolsa como una piedra en el agua, y el consejo quería una reunión urgente para discutir mi situación y evaluar la viabilidad de mi continuidad al frente de la empresa, según sus palabras.
Mi secretaria, fiel durante años, llegó a las ocho con ojeras profundas y una lista de llamadas pendientes que parecía interminable.
Pero lo peor, lo absolutamente peor, fue lo que le pasó a Alana.
La suspendieron de su empleo temporalmente hasta nuevo aviso, mientras se investigaba si había habido favoritismo en su contratación, si había recibido beneficios indebidos, si nuestra relación había influido en su ascenso meteórico dentro de la empresa.
La vi desmoronarse ante mis ojos esa mañana, cuando salió de la oficina de recursos humanos con la cara pálida como el papel, aunque intentaba ser fuerte, aunque mantenía la barbilla alta cuando salía del edificio rodeada de periodistas que le gritaban preguntas vergonzosas: «¿Cuánto tiempo lleva acostándose con su jefe?
», «¿Fue su ascenso a cambio de sexo? «¿Se siente avergonzada? ».
Quería matarlos. Quería salir corriendo, empujar a esos buitres, protegerla con mi cuerpo si era necesario.
Pero ella me miró desde la acera, con los ojos suplicándome silencio, pidiéndome que no hiciera nada que empeorara la situación.
Y me quedé quieto, impotente, sintiendo cómo se me rompía el alma.
—Lo arreglaré —le prometí esa noche, abrazándola en mi ático mientras ella temblaba en silencio contra mi pecho, con la respiración entrecortada que intentaba controlar—.
Te lo juro, Alana. Encontraré la manera de arreglar esto.
Limpiaré tu nombre. Destruiré a Vanessa.
Haremos que todo vuelva a la normalidad. Te lo prometo.
—No puedes arreglar mi reputación —dijo ella, con lágrimas en los ojos que se negaba a dejar caer, con la voz rota pero controlada, con una dignidad que me destrozó—.
Ni la tuya, Paul. Esto es un desastre. Esto es…
esto es exactamente lo que temía. Exactamente lo que sabía que pasaría si nos dejábamos llevar.
Exactamente por lo que hui de ti esa primera noche.
—Entonces renuncio —dije, con la desesperación apretándome el pecho hasta hacerlo doler, con la certeza absoluta de que lo decía en serio—.
Dejo la empresa, dejo todo, vendo mis acciones y nos vamos lejos.
A cualquier sitio. Italia, Japón, una isla desierta en el Pacífico si es necesario.
Empezamos de cero, juntos, lejos de todo esto.
No me importa el dinero, no me importa el poder, no me importa nada excepto tú.
Ella me miró, con los ojos abiertos por la sorpresa, como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—¿Y dejarás tu imperio? ¿Tu legado? ¿Todo lo que has construido durante años? ¿Todo por lo que has trabajado, por lo que has luchado? ¿Dejarás la empresa que tu padre puso en tus manos, por mí?
—Por nosotros —corregí, tomando su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme, a ver la verdad en mis ojos—.
Porque tú eres lo único que importa. Porque puedo construir otro imperio, puedo ganar más dinero, puedo tener otro éxito.
Pero no puedo construir otra Alana. No puedo encontrar otra mujer que me haga sentir vivo, que me haga sentir merecedor de lo que llaman amor.
No quiero vivir en un mundo donde no estés a mi lado.
No quiero respirar en un lugar donde tú no estés.
Pero ella negó con la cabeza, lentamente, con una tristeza infinita en los ojos que me heló la sangre.
—No puedo ser la razón por la que destruyes todo lo que has construido.
No puedo cargar con esa culpa, Paul. No podría mirarme al espejo sabiendo que te convertí en un hombre sin nada, que te arrebaté tu mundo.
Y no puedo seguir viviendo en las sombras, escondiéndome, sintiendo que cada mirada en la calle es una acusación, que cada titular me define como la amante de mi jefe en lugar de como una profesional competente.
Necesito luz, normalidad, paz. Necesito poder caminar por la calle sin que me señalen.
Necesito un amor que no sea un escándalo, que no sea una historia de chantaje ni de juicios de valor constantes.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies, que el abismo negro que había temido toda mi vida finalmente se acercaba.
—Que necesito tiempo —respondió ella, con voz apenas audible, quebrada—.
Que esto… que esto es demasiado. Que no puedo pensar con claridad cuando estoy contigo, cuando te miro y veo todo lo que podríamos ser y todo lo que estamos perdiendo.
Necesito alejarme, respirar, decidir quién soy sin ti, sin esto, sin el caos. Necesito encontrarme a mí misma.
Mi corazón se hizo añicos en ese instante: mil pedazos de cristal afilados que se clavaron en mi pecho y me hicieron jadear.
—¿Me estás dejando? —pregunté, con la voz rota, casi inaudible, como la de un niño asustado.
—Te estoy pidiendo un tiempo —repitió ella, con lágrimas que finalmente caían por sus mejillas, deslizándose lentamente hacia su barbilla—. Para pensar, para respirar, para sanar. No es un adiós, Paul. Es un… hasta luego. Es necesario. Para los dos.
—El tiempo mata lo que sientes —dije, con la voz rota por la emoción que no podía contener, que me desgarraba la garganta—. El tiempo y la distancia destruyen lo que tenemos. Si te vas ahora, si me dejas ahora, no volverás. Lo sé. Lo presiento. El tiempo es el enemigo del amor, Alana. Nos matará.
—A veces lo que sientes te mata a ti si no paras —respondió ella, con una sabiduría dolorosa que me destrozó y me dejó sin defensas—.
Y ahora mismo, esto nos está matando a los dos.
Nos está consumiendo. Necesito encontrarme a mí misma, Paul.
Necesito recordar quién era antes de ti, antes de nosotros, antes de este desastre.
Necesito saber si puedo ser feliz sola, si puedo ser fuerte sin depender de ti.
Se fue de mi ático esa noche, con una maleta pequeña que había preparado en silencio, mientras yo estaba en mi despacho, intentando contener el escándalo, hablando con abogados y tratando de salvar lo que pudiera salvarse.
No me dejó verla prepararse, no me dio la oportunidad de convencerla, de suplicarle, de arrodillarme en el suelo y pedirle que se quedara si era necesario.
Me dejó solo.
El eco de su ausencia resonó en las paredes vacías de mi ático, amplificado por el silencio sepulcral que dejó atrás.
Su olor todavía impregnaba las sábanas, esa mezcla de vainilla y algo indefiniblemente suyo a la que me había vuelto adicto.
Su taza de café seguía en el fregadero, con el borde manchado de pintalabios.
Su libro estaba en la mesilla, con el marcapáginas a medio camino.
Me quedé en el centro del salón, rodeado de silencio y de un lujo vacío, con el teléfono todavía sonando en alguna habitación, con el mundo desmoronándose a mi alrededor, y supe que había perdido lo único que realmente importaba.
No el imperio, ni la empresa, ni la reputación. Ni siquiera el dinero, ni el poder, ni los títulos.
A ella.
Y por primera vez en mi vida, sentí lo que realmente significaba perder a alguien a quien amabas.
No la muerte repentina e injusta de David, que había sido un golpe brutal, traumático, devastador, pero diferente.
Esto era peor. Esto era ver cómo la persona que amabas elegía irse, elegía alejarse de ti, elegía que no eras suficiente, que tu amor no era suficiente para sanar las heridas que el mundo te había infligido.
Me senté en el borde del sofá, con las manos temblorosas entre las rodillas, y por primera vez en muchos años lloré.
No eran lágrimas contenidas ni emociones reprimidas, sino sollozos desgarradores que me sacudieron el cuerpo entero.
Lloré por ella, por mí, por nosotros, por todo lo que habíamos sido y ya no éramos.
Nunca quise enamorarme. Esa había sido mi regla de oro, mi mantra de supervivencia desde que David murió.
No te enamores, no te acerques, no dejes que nadie entre.
Porque si amas a alguien, lo pierdes. Es una ley universal, una verdad ineludible que aprendí a los quince años, cuando vi la vida abandonar los ojos de mi hermano pequeño.
Si amas, pierdes. Si te importa, te duele. Si te entregas, te destruyen.
Y yo había roto todas mis reglas por ella.
Había dejado que entrara, había dejado que me conociera, había dejado que me amara.
Había sido tan estúpido, tan arrogante como para creer que podía ser diferente, que podía tener esto sin pagar el precio, que podía ser feliz sin que el universo me castigara.
Ahora estaba pagando el precio. Ahora estaba solo, exactamente como había estado durante veintitrés años, pero peor.
Porque ahora sabía lo que me perdía. Ahora sabía cómo se sentía despertar con ella a mi lado, cómo se sentía reír con ella, cómo se sentía ser visto, de verdad, por otro ser humano.
Y saberlo, haberlo tenido y perderlo, era infinitamente peor que la ignorancia.
Ella era la única mujer que me había hecho sentir vivo.
No solo existir, ni funcionar, sino vivir de verdad.
Con ella, cada amanecer tenía color. Con ella, cada risa tenía sentido.
Con ella, me sentía merecedor de lo que llaman amor, de esa emoción que había evitado como la peste, que había considerado una debilidad, una trampa mortal.
Y ahora se había ido.
No sabía cuánto tiempo estuve sentado allí, en la oscuridad de mi ático, con el teléfono sonando insistentemente y yo ignorándolo todo.
Horas, probablemente. La noche cayó sobre Manhattan y yo seguía inmóvil, paralizado por el dolor y por la certeza de que había cometido el error más grave de mi vida: haberme enamorado.
Porque ahora, sin ella, no sabía cómo seguir.
No sabía cómo levantarme por las mañanas, cómo respirar, cómo existir en un mundo donde Alana no estuviera.
Había sobrevivido a la muerte de David cerrándome emocionalmente, convirtiéndome en hielo.
Pero ahora el hielo se había derretido, y lo que quedaba era un hombre roto, vulnerable, desesperado.
Y lo peor de todo era que no podía culparla. No podía odiarla por irse. Porque tenía razón. Yo era tóxico; mi mundo era tóxico; mi amor venía con un precio demasiado alto. Ella merecía algo mejor. Merecía la luz que decía necesitar, la normalidad, la paz.
Pero yo no podía darle eso. Y ahora la había perdido.
Me levanté finalmente, caminando como un zombi hacia la ventana, mirando la ciudad que brillaba indiferente bajo mis pies. Y por primera vez en mi vida, deseé no haber nacido. Deseé no haber conocido el amor si esto era lo que se sentía al perderlo.
Porque ahora sabía, con absoluta certeza, que nunca volvería a ser el mismo. Que, si ella no volvía, si este tiempo que pedía se volvía una eternidad, mi vida sería un mero trámite, una espera interminable hasta la muerte.
La había perdido. Y no sabía cómo vivir con eso.