Un CEO muy provocador Capítulo 19
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Capítulo 19

Alana

Noté que algo cambió en Paul cuando volví de la reunión externa con el cliente hace un par de días.

Estaba sentado en su despacho, con la vista perdida en la ventana, y cuando entré, no se giró de inmediato como solía hacerlo.

Cuando finalmente lo hizo, sus ojos grises eran diferentes.

Distantes, fríos, evitando mi mirada con una intensidad que me heló la sangre.

— ¿Todo bien? —pregunté, dejando mi bolso sobre la silla frente a su escritorio.

— Sí —respondió, demasiado rápido—. Solo estoy cansado. Ha sido un día largo.

Cuando le pregunté qué pasaba realmente, insistiendo en que notaba que algo iba mal, me dijo que estaba agotado, que era solo estrés del trabajo y que tenía mucha presión con el consejo.

Pero yo lo conocía ya. Después de meses compartiendo su cama, su silencio y sus secretos más oscuros, conocía cada gesto suyo, cada matiz de su voz, cada forma de respirar.

Estaba mintiendo. Lo supe con la misma certeza con la que sabía que me quería, aunque ninguno de los dos hubiera dicho las palabras en voz alta.

Durante una semana entera, vivimos en un limbo insoportable.

Seguíamos durmiendo juntos en el ático y compartiendo la cama, pero él se había vuelto un extraño.

Un fantasma que ocupaba el espacio a mi lado, pero no estaba realmente presente.

No me tocaba con la misma urgencia desesperada de antes, no me miraba con el mismo fuego que encendía mi piel, no me buscaba en la oscuridad con las manos hambrientas que habían hecho suyo mi cuerpo tantas veces.

Me sentía confundida, herida y furiosa conmigo misma por haber dejado que me afectara tanto.

¿Había conocido a otra? ¿Se había cansado de mí de repente?

¿Había sido solo un capricho pasajero que ahora se había agotado?

Mi mente traicionera me torturaba con imágenes de él con otras mujeres, recordándome que nunca habíamos hablado de exclusividad real y que, técnicamente, podía hacer lo que quisiera.

Pero mi corazón se negaba a creerlo, se negaba a aceptar que todo hubiera sido mentira.

Pero ya no podía más, por eso, mientras cenábamos en silencio en el ático, con la comida intacta en los platos y la tensión espesa en el aire, exploté. No pude contenerme más. Tiré el tenedor sobre la mesa con un ruido que nos sobresaltó a ambos.

—¿Qué demonios pasa, Paul? —pregunté, con voz temblorosa de rabia y dolor contenido—.

Si ya no me quieres, si esto se ha acabado para ti, dímelo y me largo.

No soporto este silencio, esta distancia, esta actitud de que no existo.

Prefiero que me digas la verdad, por dura que sea, a que me trates como si fuera invisible.

Levantó la vista hacia mí, y vi el dolor en sus ojos, una angustia que no había notado antes porque había estado demasiado ocupada sintiéndome rechazada.

—No es eso —dijo, con voz cansada, derrotada—. Dios, Alana, no es eso en absoluto.

—Entonces ¿qué es? —insistí, con lágrimas en los ojos que no conseguía contener—. ¿Por qué me evitas? ¿Por qué no me tocas? ¿Por qué parece que cada vez que me miras estás viendo a otra persona?

Paul suspiró, pasándose las manos por el pelo con un gesto de desesperación que rara vez le había visto hacer. Se levantó de la mesa y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad iluminada sin verla realmente.

—Alguien del pasado… ha aparecido —dijo finalmente, en voz baja—. Quiere chantajearme. Tiene fotos antiguas, pero podrían parecer recientes. Si salen a la luz, si llegan a la prensa… te dañarán a ti y mi reputación. Podríamos perderlo todo por mi culpa.

Me quedé helada, con el corazón que dejó de latir durante un segundo aterrador. Las palabras resonaron en mi cabeza como campanadas. Chantaje. Fotos. Daño.

—¿Qué clase de fotos? —pregunté, con voz apenas audible.

—Mías con ella —respondió, sin girarse, sin querer verme—. Antes de conocerte. Comprometedoras. Podrían parecer recientes. Podrían hacer que parezca que te engaño, que te estoy utilizando.

—¿Quién es? —exigí, con un nudo en la garganta—. ¿Quién es esa mujer?

—Una mujer con la que estuve hace años —dijo, finalmente girándose para mirarme—. Nada serio, Alana. Solo sexo, solo unas cuantas noches, hace casi una década. Pero es peligrosa. Y sabe lo nuestro. Sabe que trabajas para mí.

Sentí que la sangre me subía a la cabeza, que el calor me quemaba las mejillas.

Pero no eran celos lo que sentía. No era la imagen de él con otra lo que me destrozaba.

Era… miedo. Miedo puro y visceral de que su pasado, esos demonios que él creía superados, nos destruyera a los dos.

Miedo de que todo terminara, no por falta de amor, sino por la crueldad de un extraño.

—¿Vas a pagarle? —pregunté con voz firme, a pesar del temblor interior.

—No —respondió, con una determinación que reconocí—.

No negocio con chantajistas. Nunca lo he hecho.

Pero tengo que protegerte, Alana. Quizás deberías alejarte de mí temporalmente hasta que esto se resuelva.

Irte de mi ático, de mi vida, solo por un tiempo.

Que parezca que hemos terminado, que no hay nada entre nosotros.

—¿Dejarte? —repetí, incrédula, sintiendo que el mundo se desmoronaba—. ¿Quieres que me vaya?

—Es por tu bien —insistió, acercándose, intentando tocarme, pero deteniéndose a mitad de camino—.

Es para protegerte. Si la prensa se entera, si esas fotos salen, serás la otra, la amante del jefe, la mujer que rompió su compromiso o a saber qué se le ocurre decir.

Tu nombre quedará destrozado. No quiero eso para ti.

—No me vengas con esas, Paul —protesté, levantándome de la silla, con la rabia sustituyendo al miedo—. Si hay un problema, lo resolvemos juntos. O eso creía. O eso me habías hecho creer. ¿O era todo mentira? ¿Era solo sexo y palabras bonitas cuando todo iba bien?

—No quiero que sufras por mi culpa —dijo, con voz rota—. Mi pasado siempre vuelve para joderme todo. Siempre. Es mi maldición. Y no puedo arrastrarte conmigo.

—¿Y si mi pasado volviera? —pregunté, desafiándolo con la mirada—. ¿Y si Marco apareciera mañana con fotos nuestras, con mentiras y amenazas? ¿Me dejarías tirada? ¿Me dirías que te vas para protegerme?

—Nunca —respondió, con una ferocidad que me sorprendió, acercándose y tomando mi rostro entre sus manos—. Nunca te dejaría tirada. Lucharía por ti. Mataría por ti.

—Entonces no me pidas que lo haga yo —dije, con lágrimas corriendo por mis mejillas—. No me pidas que te abandone cuando más me necesitas. No me pidas que sea cobarde cuando tú has sido valiente conmigo.

Nos miramos en silencio durante largos segundos, dos tontos enamorados atrapados en la tormenta de sus propios demonios, de sus propios pasados que se negaban a dejarlos en paz.

Vi en sus ojos la guerra que se libraba dentro de él, entre el deseo de protegerme y el miedo a perderme, entre su instinto de huir y su necesidad de quedarse.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó finalmente, con voz apenas audible.

—Luchamos —respondí, tomando sus manos entre las mías—. Juntos. Como deberían hacer las parejas. Como deberían hacer las personas que se quieren.

Y por primera vez, ninguno de los dos corrigió mi uso del verbo querer. Ninguno de los dos negó que eso fuera lo que sentíamos. Porque en medio de esa tormenta, en medio de ese chantaje que amenazaba con destruirnos, había algo real, algo fuerte, algo que valía la pena defender.

Aunque el mundo entero se opusiera.