Un CEO muy provocador Capítulo 18
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Capítulo 18

Paul

La confesión de Alana, hace un par de meses, debería haberme hecho huir.

Debería haber terminado esto de inmediato, protegerla de mí mismo, de mi maldición, de mi capacidad demostrada para destruir a quienes me querían.

Debería haber sido fuerte, haberla transferido a otra ciudad, haber cortado todo contacto y haberla dejado seguir con su vida lejos de mi sombra.

Pero en lugar de eso, sentí una oleada de alivio y esperanza que me dejó sin aliento y me hizo sentir vivo por primera vez en décadas.

— Yo también —admití, besando su frente con una ternura que me sorprendió a mí mismo—. Siento demasiado. Te deseo, te necesito, me vuelves loco. Pero tengo miedo, Alana. Tengo miedo de hacerte daño, de destruirte como destruyo todo lo que toco.

— No me harás daño —dijo con una convicción que admiré, pero que no compartía.

Ambos sabíamos que no era algo que pudiera prometer.

No podía garantizar su seguridad emocional, no podía asegurarle que no la heriría, que no la perdería, que no la destruiría con mi amor tóxico.

Pero en ese momento, mirándola a los ojos, viendo el reflejo de mi propia desesperación y esperanza, decidí que valía la pena intentarlo.

Decidimos ser una pareja. En secreto, sí, manteniendo la fachada profesional en la oficina, ocultándonos del mundo que nos juzgaría y nos destruiría.

Pero de forma exclusiva. No más escapadas furtivas, no más mentiras innecesarias, no más fingir que éramos extraños.

Éramos una pareja, aunque el mundo no lo supiera todavía, aunque tuviéramos que escondernos en las sombras.

Las siguientes semanas fueron las más felices de mi vida desde que era adolescente, desde antes de la muerte de David, desde antes de que decidiera que no merecía ser feliz.

Alana se mudó a mi ático poco a poco, de forma casi imperceptible al principio.

Primero fue un cepillo de dientes que dejó en mi baño, luego un cambio de ropa en el armario, luego su crema hidratante en mi mesilla de noche.

Antes de que me diera cuenta, tenía cajones enteros de mi cómoda llenos de sus cosas, su lado de la cama estaba marcado por su cuerpo, y su olor impregnaba mis sábanas de una manera que me resultaba adictiva.

Compartíamos desayunos en la terraza acristalada, viendo el amanecer sobre Central Park mientras la ciudad despertaba lentamente debajo de nosotros.

Ella entre mis brazos, envuelta en una de mis camisas, con una taza de café humeante en las manos, señalando las palomas que volaban sobre los árboles o los corredores más madrugadores que atravesaban el parque.

Esos momentos de normalidad, de rutina doméstica, eran más valiosos para mí que cualquier contrato millonario o cualquier éxito empresarial.

Por la noche, hacíamos el amor durante horas, explorando cada centímetro del otro con una curiosidad que nunca se agotaba.

Aprendí qué la volvía loca: el roce de mi barba contra su muslo, la presión de mis dientes en su cuello, la forma exacta de curvar los dedos dentro de ella para hacerla gritar.

Ella aprendió mis puntos débiles: el roce de sus uñas en mi espalda baja, el susurro de mi nombre contra mi oreja, la forma de montarme que me dejaba sin aliento.

Y hablábamos de todo y de nada. De nuestras pesadillas compartidas, de nuestros miedos más profundos, de nuestros sueños más secretos.

Alana quería montar su propia agencia de marketing algún día, ser independiente, no depender de nadie.

Yo quería… quería ser digno de ella. Quería redimirme de mi pasado y de mi culpa, para ser el hombre que ella merecía.

Quería demostrarle, día a día, que podía ser mejor, que podía amar sin destruir.

Pero el universo, con su sentido del humor cruel y retorcido, tenía otros planes para nosotros.

Esa tarde de martes, mientras Alana estaba en una reunión externa con un cliente importante, recibí una visita inesperada en mi oficina.

Mi secretaria anunció que una mujer insistía en verme y decía que era una vieja amiga.

Le dije que no estaba disponible, que estaba ocupado, pero antes de que pudiera terminar la frase, la puerta se abrió de golpe.

Era Vanessa.

La reconocí al instante, aunque hacía años que no la veía. Era una mujer de mi pasado, una amante ocasional de hace casi una década, cuando aún no había aprendido a mantener la distancia emocional. Era rubia, artificial, con una sonrisa venenosa que me heló la sangre.

—Hola, Paul —dijo, con una voz melosa que disimulaba mal la amenaza—. Hacía tiempo que no nos veíamos. ¿No me vas a invitar a sentarme?

—Sal de mi oficina —dije, con voz helada, levantándome de mi silla—. Ahora mismo. O llamo a seguridad.

—Oh, no creo que quieras hacer eso —respondió ella, sacando su móvil con una sonrisa que me puso la piel de gallina—. Tengo algo que quiero mostrarte. Algo que creo que tu nueva novia encontrará muy… interesante.

Me mostró la pantalla del móvil. Fotos. Fotos de ella y de mí, de hace años, en situaciones comprometedoras. Pero podían parecer recientes. La iluminación, el ángulo, todo estaba calculado para engañar.

—Necesito dinero, Paul —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro amenazante—. Un millón de dólares. Transferencia bancaria. Hoy.

—Estás loca —protesté, con el corazón desbocado—. Esas fotos tienen años. Son viejas.

—¿Y eso qué importa? —rio Vanessa, con un sonido desagradable—.

Tu nueva novia no lo sabrá. La prensa no lo sabrá.

Puedo hacer que parezcan de hace un mes, de hace una semana.

Y con tu reputación, con tu empresa cotizando en bolsa, con tu imagen de hombre intachable…

¿crees que a alguien le importará la fecha exacta?

Un millón, Paul, o estas fotos llegarán a la prensa y a tu empleada.

Sé que es tu empleada, Paul. Sé todo sobre ella.

¿Crees que le gustará ver cómo te follabas otra hace apenas unos meses?

¿Crees que seguirá confiando en ti cuando sepa que la engañaste?

Mentía. Las fotos eran viejas, de una época en la que ni siquiera conocía a Alana. Pero Alana no lo sabría. Vería las imágenes, vería mi cuerpo con otra mujer, y dudaría. Y con su historial de traición y su profundo miedo a ser engañada, no le daría el beneficio de la duda. Me dejaría. Me odiaría.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, que el abismo se abría ante mí. Había vuelto a pasar. Mi pasado, mi vida antes de ella, mis errores, mis amantes sin importancia, volvían para destruir mi presente, para arruinar lo único bueno que había encontrado en veintitrés años.

—Tienes como mucho un mes —dijo Vanessa, guardando el móvil con una sonrisa de satisfacción—. Un millón de dólares. O prepara tu reputación… y tu corazón. Porque cuando termine contigo, no tendrás ni lo uno ni lo otro.

Salió de mi oficina con paso tranquilo, como si acabara de hacer una compra en el supermercado, dejándome solo, destruido, con la certeza de que estaba a punto de perderlo todo.

Otra vez.