Un CEO muy provocador Capítulo 17
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Capítulo 17

Alana

La situación se había vuelto insostenible.

Llevaba tres meses follando con mi jefe, ocultándolo a todo el mundo, viviendo en una montaña rusa emocional que me estaba volviendo loca.

Era una doble vida agotadora, una mentira constante que tenía que mantener ante cada persona que me rodeaba, y el peso de esa mentira me estaba aplastando poco a poco.

De día, Paul era frío, profesional, distante.

En las reuniones de trabajo, me trataba con la misma cortesía impersonal que a cualquier otro empleado.

Me llamaba señorita o usaba mi apellido, nunca mi nombre de pila.

Sus ojos, cuando se posaban en mí, eran de hielo, inescrutables, de CEO.

Pasaba por mi lado en los pasillos sin rozarme, sin siquiera reconocerme con la mirada, y eso me destrozaba un poco más cada vez.

Pero de noche, en la oscuridad de su ático o de alguna habitación de hotel apartada, era otra persona completamente diferente.

Era tierno, apasionado, vulnerable de una manera que me desarmaba por completo.

Me contaba cosas sobre su infancia que nunca le había contado a nadie más, sobre su hermano David, sobre la culpa que llevaba años arrastrando como una losa de plomo sobre sus hombros.

Hablaba de su miedo a dañar a quienes amaba, de su convicción de que estaba maldito, de que su amor era veneno.

Yo, a cambio, le hablaba de mis padres, de cómo había sido hija única tardía, del amor sofocante pero bienintencionado con el que me habían criado.

Le confesaba mi miedo a no ser suficiente, a no estar a la altura de las expectativas, a ser una decepción para quienes me querían.

Había noches en que lloraba en sus brazos y él me acariciaba el pelo sin juzgarme ni exigirme explicaciones.

Pero nunca, jamás, cruzábamos la línea invisible de decir «te quiero».

Esas dos palabras estaban prohibidas en nuestro vocabulario.

Decirlas sería admitir la derrota, sería reconocer que estábamos perdidos, que esto ya no era solo sexo ni solo una aventura.

Sería el fin de la farsa. O el principio de algo que no podíamos controlar y que, con toda probabilidad, nos destruiría a ambos.

Mientras tanto, Sofía y Ethan estaban más felices que nunca.

Él le había pedido matrimonio en una cena romántica frente al puente de Brooklyn, con un anillo de diamantes y todo el teatro que Sofía siempre había soñado.

Ahora estaba organizando una boda de ensueño para el año siguiente, con una lista de invitados interminable, un vestido de diseñador y un banquete en uno de los hoteles más caros de la ciudad.

Me pidió que fuera su dama de honor, y acepté con una sonrisa que no sentía, aunque sabía que vería a Paul en el altar, como padrino de Ethan, y que mi corazón se rompería un poco más al verlo vestido de esmoquin, sonriente, perteneciendo a un mundo en el que yo no encajaba.

Una tarde de jueves estábamos trabajando en un proyecto conjunto en su despacho.

Supuestamente era una reunión de trabajo sin más, con la puerta abierta y todo el protocolo profesional.

Estábamos revisando unos gráficos de ventas extendidos sobre su escritorio, inclinados juntos sobre los papeles, cuando nuestras manos se rozaron accidentalmente al señalar la misma línea de datos.

El contacto fue eléctrico, como siempre, pero esta vez algo se rompió. Algo en la tensión que llevábamos acumulando durante semanas, en la cercanía forzada, en la imposibilidad de tocarnos. Nos miramos y vi en sus ojos grises el mismo hambre desesperada que yo sentía.

Me besó con una desesperación que me dejó sin aliento.

Me agarró por la cintura y me subió a su escritorio de un empujón, apartando papeles, gráficos y su taza de café con un barrido de su brazo.

Todo cayó al suelo con un estruendo sordo, pero ninguno de los dos le prestó atención.

Me besaba con una furia contenida, con una necesidad que me consumía, mientras sus manos subían por mis muslos bajo la falda.

— Paul, la puerta —jadeé, consciente del riesgo, del peligro, de la locura.

— Que se jodan —gruñó contra mi boca, desabrochándose el cinturón con dedos torpes.

Y me folló allí mismo, en su despacho, con la puerta abierta y el riesgo real de que cualquiera pasara por el pasillo y nos viera.

Fue rápido, salvaje, necesitado, con él dentro de mí y yo agarrándome a sus hombros, mordiéndome el puño para no gritar.

Cada embestida era una declaración de guerra contra la cordura, contra las reglas, contra el mundo que nos decía que no podíamos estar juntos.

Cuando terminamos, nos quedamos en silencio, jadeando, conscientes de la locura que acabábamos de cometer.

Los sonidos del edificio nos rodeaban: el zumbido del aire acondicionado, el eco de pasos lejanos en el pasillo, el pitido de un ascensor.

Cualquiera podría haber entrado. Cualquiera podría habernos visto.

— Esto se nos está yendo de las manos —dije, con la voz temblorosa, arreglándome la ropa con las manos que no lograban dejar de temblar—. Paul, esto es una locura. Nos van a descubrir. Nos van a destruir.

— Lo sé —respondió él, abrazándome con fuerza, con la frente apoyada en mi hombro—. Lo sé, Alana. Pero no puedo parar. Lo he intentado, Dios sabe que lo he intentado, pero no puedo.

— Tenemos que decidir qué somos —dije, con un nudo en la garganta—. Tenemos que ponerle nombre a esto o terminarlo. No podemos seguir así, en este limbo, en esta mentira.

— ¿Qué somos? —repitió, con una risa amarga—.

No podemos ser nada. Eres mi empleada. Yo soy tu jefe.

Hay políticas, reglas, consecuencias. Podría destruir tu carrera.

Podría destruir la empresa. Y eres la mujer que no puedo sacar de mi cabeza —continuó, tomando mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo—.

Eres lo primero en lo que pienso al despertar y lo último antes de dormir.

Eres mi obsesión, mi tortura, mi paz. Dime tú qué somos, Alana, porque yo ya no lo sé.

— Paul… —empecé, sin saber qué decir, sin saber cómo salvarnos.

— Dime que no sientes nada por mí —interrumpió, con voz urgente, casi desesperada—.

Dime que esto es solo sexo, que no te importo, que puedes dejarme mañana sin sentir nada.

Dímelo y termino esto ahora mismo. Te transfiero a otra ciudad, a otra empresa, te doy una indemnización millonaria, pero te dejo ir si eso es lo que quieres.

Miré sus ojos grises, llenos de una vulnerabilidad que pocos veían y pocos sabían que existía bajo la máscara de hielo del CEO. Quería mentir. Quería salvar mi corazón, mi carrera, mi cordura. Quería decirle que no sentía nada, que era solo un polvo, que podía olvidarlo.

Pero no pude.

— Siento demasiado —susurré, con lágrimas en los ojos que no conseguía contener—. Siento tanto que me aterra, Paul. Me aterra porque sé que esto nos va a destruir. Porque sé que no podemos tener un final feliz. Pero no puedo dejarte ir. Lo he intentado, y no puedo.

Él cerró los ojos, como si mis palabras fueran un alivio y una condena a la vez. Cuando los abrió, vi lágrimas en sus pestañas, y eso me destrozó más que cualquier otra cosa.

— Entonces estamos jodidos —dijo, con una sonrisa triste—. Porque yo tampoco puedo dejarte ir. Y no sé cómo arreglar esto.

Nos abrazamos en silencio, dos tontos enamorados atrapados en una jaula de su propia creación, sabiendo que el desastre se acercaba, que tarde o temprano todo explotaría, pero incapaces de soltarnos el uno al otro.

Porque a veces, el amor no es suficiente para salvarnos. Y a veces, es demasiado peligroso para sobrevivir.