Un CEO muy provocador Capítulo 16
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Capítulo 16

Paul

Pasamos dos meses en esa danza absurda y peligrosa que habíamos improvisado: profesionales e impecables durante el día, amantes furtivos y desesperados por la noche.

Era un equilibrio imposible de mantener, una línea tan fina que la pisábamos cada segundo con el miedo constante de caer al abismo, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a renunciar a ello.

Nos veíamos en hoteles alejados de Manhattan, en zonas donde nadie nos conociera, donde la probabilidad de cruzarnos con algún empleado de Blackwood Industries o con algún conocido de su círculo fuera mínima.

Alquilábamos habitaciones por horas o por noches enteras, dependiendo de cuánto tiempo pudiéramos robarles a nuestras vidas.

Otras veces, cuando sabía con certeza que no vendría nadie, que Ethan estaba ocupado con Sofía, que mi familia no tenía planeado visitarme, la llevaba a mi ático.

Ese espacio que durante años había sido mi fortaleza inexpugnable, mi santuario de soledad, se convirtió en nuestro refugio secreto, en el lugar donde podíamos ser nosotros mismos sin máscaras ni mentiras.

Incluso una vez, en un momento de desesperación absoluta, nos encontramos en el coche en el parking subterráneo de la empresa, a las nueve de la noche, cuando ya no quedaba nadie, follando con una urgencia que rayaba en lo animal, con el riesgo de que cualquier guardia de seguridad hiciera su ronda y nos descubriera.

Era peligroso, era estúpido, pero también era lo más emocionante que había hecho en años.

Cada vez que la tenía, quería más. Era adictivo en el sentido más literal de la palabra.

Su sabor, esa mezcla de vainilla y algo indefiniblemente suyo que se quedaba en mi boca durante horas después de haberla besado.

Su olor, que impregnaba mis sábanas y mi almohada durante días, negándose a desvanecerse.

La forma en que gemía mi nombre, no señor Blackwood, sino solo Paul, desgarrado, desesperado, como si fuera la única palabra que existiera en el mundo.

Pero también era una tortura pura y absoluta.

Verla en las reuniones de trabajo, sentada a apenas tres metros de mí en la mesa de juntas, con su portátil abierto y su expresión profesional y concentrada, sabiendo que no podía tocarla, besarla ni decirle lo que realmente sentía.

Tenía que conformarme con miradas furtivas que duraban segundos, con el roce accidental de nuestras piernas bajo la mesa, con mensajes de texto que borrábamos inmediatamente después de leerlos.

Porque sentía algo, lo sabía con una certeza que me aterrorizaba cada mañana al despertar.

No era solo sexo. No era solo la atracción física, aunque esa fuera devastadora.

Era… más. Era el deseo de protegerla cuando la veía triste.

Era la necesidad de hacerla reír cuando estaba estresada.

Era la paz que sentía cuando la tenía dormida en mis brazos, algo que nunca había experimentado con nadie más.

Era el miedo a perderla lo que me despertaba en mitad de la noche con el corazón desbocado.

Y eso me aterrorizaba más que cualquier otra cosa en mi vida.

Ethan me lo dijo una noche, hacía ya tres semanas, mientras tomábamos whisky en mi despacho después de que todo el mundo se hubiera ido a casa.

Estábamos sentados en los sillones de cuero, con la ciudad iluminada detrás de nosotros, y yo no podía dejar de mirar el móvil esperando un mensaje suyo que no llegaba.

— Te estás enamorando —afirmó Ethan, sin preámbulos, sin preguntar. Lo dijo como quien afirma que el cielo es azul, con total naturalidad.

— No digas tonterías —respondí, demasiado rápido, demasiado a la defensiva, tragando el whisky de un trago para ocultar mi nerviosismo.

— Paul, te conozco desde hace veintidós años —insistió, dando un sorbo a su vaso con calma—. Nunca habías mirado a una mujer como la miras a ella. Nunca habías permitido que una mujer te tratara como te trata ella. Y nunca, jamás, te había visto sonreír así cuando crees que nadie te está mirando.

— ¿Cómo me trata? —pregunté, aunque temía la respuesta.

— Como si fueras un hombre normal —respondió Ethan, con una sinceridad que me incomodó—.

No como el gran Paul Blackwood, CEO multimillonario, el Hielo, el tipo imposible de impresionar.

Ella te desafía, te pone en tu sitio cuando te pasas de listo, te contradice en reuniones cuando tiene razón, y tú lo disfrutas.

Lo disfrutas porque finalmente alguien te ve a ti, no a tu dinero ni a tu poder.

No pude negarlo. Ethan me conocía demasiado bien, mejor de lo que me gustaba admitir.

Alana me desafiaba constantemente, y eso era lo que más me atraía de ella.

En el trabajo, cuestionaba mis decisiones con argumentos sólidos, aportaba ideas brillantes que mejoraban mis propias estrategias, no se dejaba intimidar por mi reputación ni por mi temperamento.

Me miraba a los ojos y me decía «no» cuando todos los demás decían «sí, señor Blackwood».

Y en la intimidad… en la intimidad era una contradicción que me volvía loco.

Era fuego y hielo, ternura y pasión, dulzura y ferocidad.

Una noche, podía ser la amante más entregada, dejándome hacer lo que quisiera con su cuerpo y confiando en mí por completo.

La siguiente podía tomar el control, montarme con una determinación que me dejaba sin aliento, dictando el ritmo, usando mi cuerpo para su propio placer hasta dejarme seco.

Pero también había momentos, cada vez más frecuentes, en los que la encontraba distante.

Sentada en el borde de mi cama, mirando por la ventana, con una tristeza que no podía alcanzar ni saber cómo curar.

Sabía que su pasado aún la atormentaba, que el fantasma de Marco y su traición aparecía en sus peores momentos.

Había noches en que la sentía tensa en mis brazos y sabía que lloraba en silencio, aunque nunca me lo admitía abiertamente.

«Estoy bien», decía siempre, pero su voz temblaba.

Quería protegerla de todo eso, quería sanarla, quería demostrarle que yo nunca haría lo que ese idiota había hecho.

Quería prometerle lealtad eterna, fidelidad absoluta, amor incondicional.

Pero ¿cómo podía hacerlo? ¿Cómo podía prometerle eso cuando mi propia historia, mi propia experiencia, me decía que destruía a quienes amaba?

Mi hermano pequeño, David, había muerto porque yo quería llevarlo en bicicleta al parque a pesar de que mi madre me había dicho específicamente que no lo hiciera.

Había cruzado en rojo, creyendo que sabía más, que era invencible, que nada malo podía pasarnos.

Un camión que no pudo frenar a tiempo, un impacto, el sonido de metal contra hueso que aún escuchaba en mis peores pesadillas.

Cerré los ojos, alejando el recuerdo como había aprendido a hacerlo durante dos décadas. No podía amar a Alana. No podía arriesgarme a dañarla, a destruirla con mi amor posesivo y arrogante. Si amaba a alguien, acababa perdiéndolo. Esa era mi maldición, mi verdad ineludible.

Pero tampoco podía dejarla ir.

Esa era la paradoja que me consumía cada día.

Cada vez que pensaba en terminarlo, en decirle que no podíamos seguir viéndonos, en protegerla de mí mismo, sentía que me moría un poco por dentro.

La idea de no verla más, de no tocarla, de no oír su risa, era más aterradora que cualquier riesgo que pudiera suponer estar con ella.

Estaba atrapado en una red de mi propia creación, y no sabía cómo salir de ella. O si quería salir.

—¿Estás bien? —preguntó Ethan, sacándome de mis pensamientos.

Como muchas otras noches, como aquella de hace tres semanas, estábamos los dos en mi despacho, al final del día, tomando una copa para desconectar un momento de la rutina del trabajo.

—No —respondí, con total honestidad—. No estoy bien. Estoy jodido, Ethan. Estoy completamente jodido.

—Bienvenido al club —dijo Ethan, levantando su copa en un brindis irónico, sabiendo de sobra por qué lo decía—. Bienvenido al club de los hombres que se enamoran a pesar de sí mismos.

Y yo bebí por eso, por mi propia condena, sabiendo que no había vuelta atrás. Que ya era demasiado tarde.