Un CEO muy provocador Capítulo 15
33%

Capítulo 15

Alana

La semana siguiente a nuestra confesión en el apartamento de Ethan fue un auténtico infierno de tensión sexual reprimida que me mantuvo en un estado constante de excitación y nerviosismo.

Paul y yo nos veíamos en reuniones de trabajo donde él presidía desde la cabecera de la mesa con su voz autoritaria y profesional, mientras sus ojos me lanzaban miradas furtivas que prometían cosas indecentes.

Nos cruzábamos en el ascensor, donde el aire parecía volverse irrespirable cada vez que las puertas se cerraban y estábamos a solas durante treinta segundos que se convertían en una eternidad de deseo contenido.

Incluso en la cafetería de la empresa, donde coincidíamos por casualidad a la hora del café, había una electricidad palpable entre nosotros que me dejaba sin aliento, con las manos temblorosas y el corazón desbocado.

Habíamos cruzado una línea invisible en aquel sofá, habíamos intercambiado secretos dolorosos y besos que habían sanado algo roto en ambos, y aunque ninguno de los dos hablábamos abiertamente de ello en el trabajo, ambos sabíamos que era solo cuestión de tiempo que estallara.

La presión aumentaba cada día, como un volcán a punto de entrar en erupción, y yo intentaba desesperadamente concentrarme en mi trabajo: en los informes de marketing que debía presentar al consejo y en las estrategias digitales que requerían toda mi atención.

Pero mi mente traicionera vagaba constantemente hacia su oficina en la planta veintidós, hacia la oscuridad de su mirada cuando me observaba desde su escritorio, hacia la forma en que sus manos grandes y fuertes habían recorrido mi cuerpo aquella noche en el hotel, haciéndome sentir cosas que creía olvidadas.

De nuevo era viernes, y, decidida a terminar un informe crucial antes del fin de semana, me quedé trabajando hasta tarde.

Eran las nueve de la noche; el edificio estaba prácticamente vacío, con solo algunas luces dispersas en otras plantas y el silencio absoluto que se cernía sobre los pasillos.

Mi despacho en la planta quince estaba iluminado únicamente por la luz de mi lámpara de escritorio y la pantalla del ordenador, creando una atmósfera íntima y aislada.

Estaba revisando unos datos de ventas cuando sentí una presencia detrás de mí, una corriente de aire que no provenía del aire acondicionado, una electricidad que me erizó el vello de la nuca.

Me giré lentamente en mi silla giratoria y allí estaba él.

Paul se recortaba contra el marco de la puerta, con el traje puesto de una manera que nunca le había visto en la oficina: la chaqueta abierta, la corbata quitada y guardada en el bolsillo, los primeros botones de la camisa desabrochados revelando una parte de su pecho musculoso, y los ojos…

Dios, sus ojos grises eran oscuros, casi negros, ardiendo con un deseo tan intenso que me hizo jadear audiblemente.

—¿Todavía sigues aquí? —preguntó, con una voz tan ronca que apenas la reconocí. Y entonces hizo algo que me dejó sin aliento: cerró la puerta de mi despacho con llave. El sonido del cerrojo al girar resonó en la habitación silenciosa como una promesa de pecado.

Caminó hacia mí con paso lento, deliberado, como un depredador acercándose a su presa.

—Tengo que terminar este informe —respondí, con la voz temblorosa que traicionaba mi nerviosismo—. Es para el lunes y quiero que esté perfecto.

En lugar de quedarse quieto, se acercó más, hasta quedar a escasos centímetros de mí.

—Paul, no podemos… —empecé, pero mi protesta sonó débil incluso a mis propios oídos.

—¿Por qué no? —interrumpió, situándose detrás de mi silla, apoyando las manos en los reposabrazos, encerrándome entre sus brazos, entre su cuerpo y el escritorio—. Dime por qué no, Alana. Dime que no me deseas y me iré ahora mismo. Te lo juro.

Su aliento cálido acarició mi nuca, haciéndome ponerse la piel de gallina. Podía oler su perfume, ese aroma a madera y especias que me volvía loca, ahora mezclado con algo más primitivo, más masculino. El deseo puro.

—Aquí no —intenté argumentar, débilmente—. Es tu empresa. Hay cámaras, podría subir alguien de seguridad…

—Y tú eres mi empleada —reconoció, con voz baja, gutural—.

Lo sé. Es incorrecto. Es peligroso. Podría destruirnos a los dos si alguien nos descubre.

Pero no puedo evitarlo, Alana. Te deseo cada segundo de cada día.

Me vuelves loco. Me obsesionas. No puedo trabajar, no puedo pensar, no puedo respirar sin querer estar dentro de ti.

Sus manos subieron por mis brazos, dejando un rastro de fuego en mi piel a través de la tela de mi blusa, hasta llegar a mis hombros. Masajeó suavemente, con una presión que prometía más, mucho más.

—Dime que no sientes lo mismo —insistió, con los labios rozándome la oreja—. Dime que no quieres que te folle aquí mismo, sobre tu escritorio, y me iré. Te dejaré en paz para siempre.

Quería decirlo. Dios, cómo quería decirlo.

Debería haberlo dicho, por mi propia supervivencia emocional, por mi carrera, por mi cordura.

Pero en lugar de eso, me levanté de la silla con un movimiento brusco, me volví hacia él y nos fundimos en un beso desesperado, hambriento, que llevaba una semana gestándose.

Paul gruñó contra mi boca, un sonido animal de victoria y necesidad, y sus manos se posaron en mis caderas, levantándome con una facilidad que me dejó sin aliento.

Me subió a la mesa de un empujón, apartando papeles, carpetas y el portátil con un barrido violento de su brazo que hizo que todo cayera al suelo con un estruendo sordo.

No le importó. A ninguno de los dos nos importó.

—Jefe, deja de tentarme…

—No puedo, Alana. No puedo, porque te he deseado desde que te vi entrar en la sala de juntas —gruñó contra mi cuello, desabrochándome la blusa con dedos torpes y urgentes—. Cada maldito día, cada maldita noche, soñando con esto, con tu sabor, con tu olor.

—Paul… —gemí, arqueándome hacia él, ofreciéndome sin vergüenza—. Por favor…

No necesitaba decir más. Me quitó la blusa de un tirón, revelando el sujetador de encaje negro que llevaba debajo.

Sus ojos se oscurecieron aún más, si eso era posible, y bajó la cabeza para besar el valle entre mis pechos, mientras sus manos subían por mis muslos, levantando mi falda hasta la cintura.

—Joder, estás empapada —murmuró con satisfacción al encontrar la humedad en mis bragas—. Me pones duro solo de pensar en lo mojada que estás por mí.

—Tócame —supliqué, sin reconocer mi propia voz, ronca y desesperada—. No me hagas esperar más.

No lo hizo. Me quitó las bragas de un tirón, rasgando la tela en su urgencia, y se arrodilló frente a mí, entre mis piernas abiertas.

Cuando su lengua caliente encontró mi clítoris, grité, un sonido que resonó en la oficina vacía, y tuve que morder el puño para no hacer más ruido.

Paul lamió con avidez y experiencia, encontrando el ritmo perfecto que me hacía ver las estrellas, metiendo dos dedos dentro de mí y curvándolos para encontrar ese punto que me volvía loca.

—Paul, voy a… —jadeé, agarrando su pelo, moviendo mis caderas contra su boca.

—Córrete —ordenó contra mi piel—. Quiero sentir cómo te corres antes de follarte.

Y obedecí. El orgasmo me golpeó como un tsunami, intenso, devastador, haciendo que contrajera mi sexo alrededor de sus dedos, que arqueara la espalda hasta el punto del dolor, que gritara su nombre sin importar quién pudiera oír.

Paul siguió lamiéndome, prolongando el placer hasta que tuve que empujar su cabeza porque era demasiado, demasiado sensible.

Se levantó con una sonrisa arrogante y hambrienta. Se desabrochó el cinturón y la cremallera, y su miembro saltó libre, grande, grueso, con las venas marcadas y la punta brillante. Estaba magnífico, imponente y lo deseaba más que nada en el mundo.

—¿Quieres esto? —preguntó, acariciándose lentamente, provocándome—. ¿Quieres que te folle aquí, en tu despacho?

—Sí —gemí, sin vergüenza, abriendo más las piernas para él—. Fóllame, Paul. Fóllame ahora.

Se puso un preservativo con movimientos eficientes y se posicionó entre mis piernas. Me agarró de las caderas con fuerza y me penetró con una embestida profunda y decisiva que me hizo gritar. Era grande, me llenaba por completo, estirándome de la mejor manera posible.

—Joder, estás muy apretada —gruñó, con los dientes apretados, intentando controlarse—. Como un guante. No voy a durar mucho.

—No pares —supliqué, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo—. No te atrevas a parar.

Empezó a moverse, primero despacio, sacando casi toda su erección para volver a entrar hasta el fondo, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver blanco.

Luego aumentó el ritmo, embistiendo con fuerza, con una urgencia que respondía a la mía.

Cada golpe de sus caderas contra las mías enviaba ondas de placer por todo mi cuerpo, haciendo que mis pechos rebotaran, que mi respiración se entrecortara, que mi mente se vaciara de todo excepto de él, de esta sensación, de esta unión primitiva.

Me agarró de la nuca, obligándome a mirarlo a los ojos mientras me follaba.

—Mírame —ordenó, con voz gutural, dominante—. Mírame mientras te follo. Quiero ver tus ojos cuando te corras otra vez.

Y obedecí. Mantuve los ojos abiertos, fijos en los suyos, viendo cómo se oscurecían más, cómo se volvían brillantes de deseo, cómo su mandíbula se tensaba con el esfuerzo de contenerse.

El placer crecía de nuevo, acumulándose en mi vientre como una presión insoportable, una oleada que no podía detener.

—Paul, voy a correrme —jadeé, arañando su espalda a través de la camisa—. Dios, voy a…

—Córrete conmigo —gruñó, aumentando el ritmo hasta volverse salvaje, casi brutal—. Vamos, preciosa, córrete ahora.

El segundo orgasmo me golpeó con más fuerza que el primero, haciendo que todo mi cuerpo se tensara, que mi sexo se contrajera violentamente alrededor de su miembro, que gritara su nombre sin importar las consecuencias.

Paul siguió embistiendo, buscando su propio alivio, y cuando se corrió, lo hizo con un rugido profundo y ronco que sentí vibrar en su pecho, enterrándose en mí hasta el fondo, quedándose inmóvil durante largos segundos mientras su cuerpo se tensaba y se relajaba con cada espasmo de su orgasmo.

Se desplomó sobre mí, jadeando, con el peso de su cuerpo aplastándome contra el escritorio de una manera que me resultó extrañamente reconfortante. Estábamos sudados, despeinados, con la ropa hecha un desastre, y olíamos a sexo, a sudor, a deseo satisfecho.

Nos quedamos así durante largos minutos, recuperando el aliento, ambos conscientes de la locura que acabábamos de cometer y del riesgo insensato que habíamos corrido.

Cuando finalmente se apartó con cuidado, saliendo de mí con una sensación de pérdida que me hizo gemir, se quitó el preservativo y se ajustó la ropa con movimientos torpes. Yo intenté hacer lo mismo, buscando mi blusa en el suelo, con las manos temblorosas.

—Esto tiene que parar —dije, arreglándome la ropa, intentando recuperar la compostura y reconstruir los muros que acababa de derribar—. No podemos hacer esto. Es demasiado peligroso.

—Lo sé —respondió, con voz cansada, mirándome con una ternura que me rompió el corazón—. Es un riesgo enorme. Podría arruinar tu carrera. Podría arruinarme a mí.

Pero ninguno de los dos lo creía. Lo sabíamos.

En el silencio que siguió, mientras nos mirábamos con la verdad desnuda entre nosotros, supimos que esto no había terminado. Que acababa de empezar. Y que no habría vuelta atrás.