Capítulo 14
Paul
La tenía frente a mí, sentada en el sofá de Ethan con una copa de vino tinto en las manos que temblaban ligeramente, haciendo que el líquido bailara contra el cristal. Estaba nerviosa, lo sabía. Podía leerla como un libro abierto después de semanas de observarla y memorizar cada gesto, cada tic.
Ethan y Sofía habían salido al balcón a fumar, dejándonos solos a propósito, los muy cabrones.
Había visto la mirada cómplice que intercambiaron, el «vamos a dejarles privacidad» no dicho, pero perfectamente entendido.
Y ahora estábamos aquí, en el salón iluminado por lámparas tenues, con la música de fondo amortiguando el silencio incómodo entre nosotros.
—¿Por qué te fuiste? —pregunté, sin rodeos, sin preámbulos. La pregunta que me había quemado durante toda la semana y me había mantenido despierto hasta las cuatro de la mañana.
Ella me miró, sorprendida por mi franqueza, con esos ojos verdes entreabiertos. La copa dejó de temblar por un segundo, como si mi pregunta la hubiera paralizado.
—Ya te lo dije —respondió, recuperando la compostura, mirando hacia otro lado—. Fue un error. Un momento de debilidad.
—Mientes fatal, Alana —dije, acercándome un poco en el sofá, invadiendo su espacio personal de forma deliberada—. Te fuiste porque tuviste miedo. Miedo de sentir algo. Miedo de que no fuera solo sexo.
Su cabeza giró bruscamente hacia mí, con una mezcla de desafío y pánico en la mirada.
—No sabes nada de mí —protestó, con voz más aguda de lo normal—. No sabes por qué hago lo que hago.
—Entonces cuéntamelo —insistí, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo íntimo—. Cuéntame por qué huyes de mí, por qué intentas convencerte de que no pasó nada, por qué te pasas el día evitándome en los pasillos para luego mirarme cuando crees que no me doy cuenta.
Suspiró, un sonido largo y cargado de resignación. Miró hacia otro lado, hacia la ventana, hacia cualquier lugar que no fuera mi cara. Y cuando habló, su voz era diferente, más pequeña, más vulnerable.
—Hace tres años… —empezó, y tuve que contener la respiración para no interrumpirla—.
Hace tres años estaba prometida. Pensaba que era el hombre de mi vida.
Marco. Era abogado, guapo, todo lo que se supone que debe ser el príncipe azul.
Llevábamos dos años viviendo juntos; teníamos la boda planeada para junio, el vestido comprado y el apartamento en Chelsea que compartíamos.
Hizo una pausa, tragó saliva y vi cómo se le humedecían los ojos. Quería acercarme, coger su mano, pero me contuve. Necesitaba que terminara, que me contara todo.
—Resultó que me estaba engañando —continuó, con voz rota—. Con una amiga mía. Llevaba meses follando con ella en nuestra cama mientras yo estaba en el trabajo y me encargaba de todos los planes de nuestra boda.
»Y no solo eso… cuando lo descubrí y lo confronté, intentó quedarse con mi apartamento usando documentos que me había hecho firmar para un supuesto seguro.
»Quería mi dinero, mis ahorros, todo. Me dejó destrozada, Paul. Y quería dejarme sin nada, creyendo que era una estúpida, que no merecía ser querida de verdad.
Las lágrimas empezaron a caer, silenciosas, y no hizo nada para detenerlas. Yo estaba petrificado, con el corazón apretado en un puño de hierro. Por fin entendía esos muros, ese miedo, esa desconfianza que parecían irracionales, pero que tenían raíces profundas y dolorosas.
—Y no voy a volver a pasar por eso —continuó, limpiándose las mejillas con rabia—. No voy a volver a confiar en nadie. No voy a dejar que nadie tenga el poder de destrozarme así otra vez.
Su confesión me dejó sin palabras. Durante largos segundos, solo escuché el sonido de nuestra respiración y la música lejana de la cocina.
Y entonces, como si un dique se hubiera roto, sentí la necesidad imperiosa de devolverle el favor, de mostrarle mis propias heridas, de demostrarle que no estaba sola en su miedo.
—Yo también tengo un pasado —dije, acomodándome en el sofá demasiado cerca de ella, rozando su muslo con el mío—. Un pasado que me define, que me condena.
Alana me miró, con los ojos todavía húmedos pero curiosos, esperando.
—Tenía un hermano pequeño —continué, y la voz se me quebró un poco, como siempre que hablaba de él—.
David. Tenía ocho años. Yo tenía quince.
Era un sábado de mayo, hace… Dios, hace veintitrés años ya.
Quería llevarlo en bicicleta al parque. Mi madre me dijo que no, que era peligroso, que esperáramos a que mi padre volviera y nos llevara en coche.
Pero yo sabía más, como siempre. Era arrogante y estúpido; creía que el mundo no podía hacerme daño.
Hice una pausa, sintiendo el peso familiar de la culpa aplastándome el pecho.
—Cruzamos en rojo —dije finalmente, con voz apenas audible—. Un camión… no pudo frenar a tiempo. Yo salí disparado; me rompí un brazo. Pero David… David murió en el acto. Por mi culpa. Porque no escuché a mi madre, porque creía que sabía más que los adultos.
Alana me miró con una expresión que no supe interpretar, pero no vi lástima en sus ojos, solo comprensión, solo dolor compartido.
—Desde entonces —continué, mirando mis manos, que temblaban ligeramente—, sé que hago daño a quienes me quieren. Que mi presencia es veneno para los que amo. Por eso evito… esto.
—¿El qué? —preguntó, con voz suave.
—La cercanía —respondí, encontrando sus ojos—.
El cariño. Las relaciones. Lo que sea que sea esto que siento por ti.
Porque sé que al final, si te dejo entrar, si te quiero de verdad, acabaré destruyéndote.
Como destruí a David. Y porque mi hermano pequeño nunca tendrá algo así.
Por mi culpa no tuvo la oportunidad de crecer, ir al instituto, ir a la universidad, conocer a una chica que le gustara, enamorarse, querer una familia, ser feliz.
Yo se lo arrebaté y no merezco tener lo que él jamás tendrá.
Nos miramos en silencio durante lo que pareció una eternidad, dos almas rotas reconociéndose en el espejo del dolor ajeno. Y entonces, sin pensarlo, moviéndome por instinto puro, la besé.
Fue diferente al otro día en el hotel, diferente al beso frenético y desesperado que le había dado hacía apenas unos minutos.
Este fue más lento, quizás más triste, pero igual de intenso.
Fue un beso de confesión, de comprensión, de «te veo, te entiendo, estoy contigo».
Ella respondió al instante, soltando la copa de vino sobre la mesa de centro, aferrándose a mi camisa con ambas manos, arrugando la tela entre sus dedos.
Nuestros labios se movieron juntos, explorándose con una ternura que contrastaba con la urgencia de antes. Era un beso que sanaba, que reconstruía, que prometía sin palabras.
Cuando nos separamos, ambos jadeábamos, con las frentes apoyadas la una contra la otra.
—Esto es una locura —susurró.
—Lo sé —respondí, acariciando su mejilla con el pulgar y secando una lágrima que se le había quedado allí.
—Podrías despedirme —dijo, con un intento de sonrisa que no llegó a sus ojos—. Por esto. Por lo que estamos haciendo.
—Nunca haría eso —afirmé, con total convicción.
—¿Por qué? —preguntó, con curiosidad.
—Porque eres la mejor en tu trabajo —respondí, sonriendo levemente—. Y porque… porque no puedo dejar de pensar en ti. Desde esa primera noche, eres lo único que me importa.
Ethan tosió desde la entrada del salón, un sonido deliberado y exagerado, y nos separamos como adolescentes pillados por sus padres, con las mejillas sonrojadas y la respiración agitada.
Pero la mirada que intercambiamos en esos segundos antes de que Ethan y Sofía entraran lo dijo todo: esto no había terminado. Acababa de empezar.
Y por primera vez en veintitrés años, no tuve miedo de lo que vendría.