Capítulo 13
Alana
Pasé la primera semana en Blackwood Industries en un estado de nervios constante que me mantenía despierta hasta altas horas de la noche y me hacía saltar cada vez que sonaba el teléfono sobre mi escritorio.
Paul estaba en todas partes: en las reuniones que presidía desde el otro extremo de la mesa de juntas, con esa voz autoritaria que me hacía estremecerme; en los pasillos, donde sus ojos grises me seguían con una intensidad que sentía físicamente, como si me quemaran la piel; en mi cabeza, cuando intentaba dormir, apareciendo en sueños inapropiados que me dejaban sudada y frustrada.
Era profesional, eso tenía que reconocérselo.
En público, delante de otros empleados, del consejo, de los accionistas, nunca cruzaba una línea.
Mantenía la distancia adecuada, el tono apropiado y la expresión impasible de CEO que todo el mundo esperaba.
Nunca dijo nada inapropiado delante de otros, nunca me miró de forma indebida cuando había testigos.
Pero cuando estábamos solos… Dios, cuando estábamos solos era un tormento delicioso y agónico.
Me llamaba a su oficina por razones de trabajo legítimas, al menos en apariencia.
Revisiones de proyectos, informes de marketing, estrategias digitales.
Pero siempre, sin falta, se acercaba demasiado.
Su voz bajaba de tono hasta convertirse en un murmullo íntimo que solo yo podía escuchar, y sentía que me ahogaba en su proximidad, que el aire se volvía irrespirable cuando él estaba cerca.
— ¿Cómo va el proyecto del nuevo lanzamiento? —preguntó el miércoles, situándose detrás de mí mientras miraba mi portátil en su despacho.
— Bien —respondí, tratando de controlar el temblor de mis manos sobre el teclado—. Va por buen camino. Los números de pre campaña son positivos.
— Me alegro —dijo, y entonces sentí su aliento cálido en mi nuca, su voz bajando hasta casi un susurro—. Me alegro mucho.
Su mano rozó accidentalmente mi hombro al señalar algo en la pantalla, y luego se quedó allí, demasiado tiempo, demasiado cálida, demasiado pesada.
Otras veces, su cadera se apoyaba contra mi espalda mientras se inclinaba sobre mi hombro para ver el monitor, y yo tenía que contener el aliento para no gemir, para no echar la cabeza hacia atrás y ofrecerle mi cuello como una gacela estúpida ante un león.
Era un juego peligroso, y ambos lo sabíamos. Él empujaba, probaba los límites, y yo retrocedía… pero no lo suficiente. Nunca lo suficiente.
Sofía me llamaba cada dos días, implacable, para contarme lo feliz que estaba con Ethan, para decirme que Paul preguntaba por mí en sus conversaciones, para intentar organizar otra cena doble que yo rechazaba sistemáticamente.
Y más aún, desde que ella supo que mi nuevo puesto secreto de trabajo era en la empresa de su novio y de su mejor amigo.
— Vamos, Alana —me suplicó Sofía el jueves por la noche—. Solo una cena. Ethan dice que Paul está… raro. Distante. Quizás necesita a alguien que le saque de su mundo de negocios.
— No puedo, Sofía —mentí—. Tengo mucho trabajo en el nuevo puesto. Estoy agotada.
— Eres una cobarde —respondió, pero sin malicia—. Pero te dejo. De momento.
El viernes, mientras tomaba un café en la cafetería de la empresa, tratando de recuperar energías después de una mañana de reuniones agotadoras, Ethan apareció a mi lado con su sonrisa de boy scout .
— ¿Tienes un momento? —preguntó, ya sentándose frente a mí sin esperar respuesta.
— Por supuesto —respondí, cerrando el portátil.
— Ven a cenar a casa el sábado —dijo Ethan, directo al grano, con una mirada que intentaba parecer inocente y que fallaba—. Paul dice que quiere hablar contigo sobre un proyecto.
— Puede hacerlo aquí —respondí, secamente, sintiendo que el corazón se me aceleraba—. Tenemos reuniones de trabajo todos los días.
— Dice que es confidencial —insistió Ethan, con un brillo travieso en los ojos—. Algo que no se puede discutir en la oficina. Y, honestamente, Alana, lleva toda la semana de un humor de perros. Si hablar contigo sobre el trabajo le ayuda a relajarse, ¿qué daño puede hacer?
Mentira. Lo sabía con absoluta certeza. Paul no quería hablar de trabajo. Quería hablar de nosotros, o más bien, quería acabar con la distancia que yo intentaba mantener entre nosotros. Quería que cediera, que admitiera que lo del sábado no había sido un error, que quería repetirlo.
Debería haber dicho que no. Debería haber inventado una excusa, un plan familiar, una cita médica, cualquier cosa.
Pero aquí estaba, el sábado por la tarde, frente a mi armario, arreglándome para ir a la cena, eligiendo un vestido azul marino de escote pronunciado que sabía que le gustaría, que sabía que realzaba mis ojos y mis curvas, odiándome por ello con cada fibra de mi ser, pero incapaz de ponerme otra cosa.
Me maquillé con esmero, me puse pendientes de plata que me había regalado mi madre y me recogí el pelo en un moño elegante, pero no tan severo como el de la oficina.
Quería que me viera bien, admití ante el espejo.
Quería que me mirara como aquella primera noche.
Y eso me hacía sentir patética y poderosa a la vez.
Cuando llegué al apartamento de Ethan en el Village, con el corazón golpeándome las costillas, fue Ethan quien abrió la puerta primero, sonriendo y dándome la bienvenida. Pero detrás de él, escuché su voz.
—¿Es Alana? —La voz de Paul, grave y familiar, venía de la cocina.
Y entonces él apareció en el marco de la puerta, y el aire se me escapó de los pulmones.
Llevaba vaqueros oscuros, desgastados en las rodillas, que se ceñían indecentemente a sus muslos musculosos.
Una camisa negra de lino con las mangas remangadas hasta los codos, mostrando sus antebrazos fuertes y bronceados, con las venas marcadas que yo recordaba haber besado.
Estaba descalzo, informal, vulnerable de una manera que no había visto antes. Y era devastador.
—Hola, Alana —dijo, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos, que seguían siendo oscuros e intensos—. Entra. Tenemos que hablar.
Ethan desapareció hacia la cocina con la excusa de terminar de preparar la cena, dejándonos solos en el recibidor. La puerta se cerró detrás de mí con un clic que sonó a punto final, a condena, a principio de algo que no podía controlar.
—¿De qué querías hablar? —pregunté, con voz más temblorosa de lo que pretendía, agarrando mi bolso como escudo.
Paul se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal, bajando la voz para que solo yo pudiera oírle.
—De esto —dijo, señalando el espacio entre nosotros, la electricidad que chisporroteaba en el aire—. De lo que está pasando entre nosotros. De por qué huyes, Alana. De por qué te mientes a ti misma diciendo que fue un error.
—Paul, no podemos…
—¿No podemos qué? —interrumpió, acercándose un paso más, hasta que pude oler su perfume, hasta que su pecho casi rozaba el mío—. ¿No podemos hablar? ¿No podemos ser honestos? ¿O no podemos admitir que nos deseamos tanto que nos estamos volviendo locos intentando resistirnos?
Abrió la puerta del salón y me hizo pasar con un gesto, pero su mano se posó en mi espalda baja, quemándome a través de la tela del vestido, guiándome, poseyéndome ya sin pedir permiso.
En el salón, con la puerta cerrada y la música que sonaba desde la cocina amortiguando nuestras voces, se giró hacia mí con una intensidad que me hizo dar un paso atrás, encontrándome con la pared.
—Dime la verdad —exigió, con voz baja pero firme—. Dime que no sientes esto y me alejo. Te juro que te dejo en paz, que transferiré tu puesto a otra ciudad si es necesario. Pero dime la verdad, Alana. Mírame a los ojos y dime que no quieres que te bese ahora mismo.
Mi boca se secó. Mis manos temblaron. Y cuando abrí los labios para mentir, para salvarme, para mantener los muros intactos, no salió ninguna palabra. Solo un silencio que lo decía todo.
Paul sonrió, una sonrisa de victoria, de alivio, de hambre.
—Eso pensaba —murmuró, y se abalanzó sobre mí.
Su boca se estrelló contra la mía con una fuerza que me dejó sin aliento, con una urgencia que arrasó con cualquier resistencia que pudiera haber tenido.
Sus manos se posaron en mis caderas, levantándome ligeramente contra la pared, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura sin pensar, solo sintiendo, solo necesitando.
—Joder, Alana —gruñó contra mi boca—. Te he echado de menos. Te he deseado cada maldito día.
Y por primera vez en años, dejé de huir. Y me dejé caer.