Un CEO muy provocador Capítulo 12
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Capítulo 12

Paul

La vi entrar en la sala de juntas y pensé que estaba alucinando.

Que el domingo de insomnio y whisky barato que había pasado en mi ático, solo, intentando borrar su recuerdo con alcohol, había terminado por afectar mi cordura.

Que mi mente traicionera había decidido materializarla allí, vestida de ejecutiva impecable, solo para torturarme un poco más.

Pero no. Era ella. Alana, en carne y hueso, con un traje de pantalón gris que realzaba sus curvas de manera profesional pero devastadora, con el pelo castaño recogido en un moño severo que dejaba al descubierto ese cuello que yo había besado y mordido hacía menos de cuarenta y ocho horas.

Tenía una expresión de shock absoluto en el rostro, de esas que no se pueden fingir, y supe que la mía debía ser idéntica.

El universo me estaba jugando una mala pasada. O una buena, dependiendo de cómo se mirara.

Escuché a Jenny, de Recursos Humanos, presentarla a los otros dos nuevos empleados que estaban en la sala, pero sus palabras sonaban lejanas, como si hablara bajo el agua. «…la nueva responsable de marketing digital, Alana…» Sí, eso era. Marketing digital. En mi empresa. Bajo mi mando.

Cuando terminó la presentación, me forcé a moverme, a actuar, a poner la máscara de CEO que tan bien dominaba.

Me acerqué a ella con paso firme, extendiendo la mano como si fuera la primera vez que nos viéramos, como si no hubiera estado dentro de ella, como si no hubiera escuchado mi nombre gemir en la oscuridad de aquella habitación de hotel.

—Alana —dije, con una voz que sonó extrañamente calmada a mis propios oídos—. Bienvenida a Blackwood Industries . Soy Paul Blackwood, tu nuevo jefe.

Ella me miró, palideciendo hasta quedar prácticamente blanca, y estrechó mi mano con dedos fríos y temblorosos. El contacto físico fue como una descarga eléctrica, exactamente igual que la primera vez, y ambos lo sentimos. Vi cómo sus pupilas se dilataban, cómo su respiración se entrecortaba.

—Encantada, señor Blackwood —dijo, con voz temblorosa que intentaba sonar profesional y fallaba estrepitosamente.

Señor Blackwood. Me quería matar. O quería matarla por alejarme tanto con dos palabras formales.

—Por favor, llámame Paul —respondí, mintiendo descaradamente—. Somos un equipo aquí.

Nunca dejaba que los empleados me llamaran por mi nombre.

Nunca. Era una línea que mantenía infranqueable, una distancia necesaria entre el jefe y los subordinados.

Pero con ella, quería oír mi nombre en sus labios otra vez.

Quería que me lo dijera en privado, en la oscuridad, gimiendo contra mi boca.

La reunión continuó con la presentación de los otros dos nuevos empleados, un chico de finanzas y una mujer de recursos humanos, pero yo solo podía mirarla a ella.

Era hipnótico, imposible de evitar. Observé cómo se mordía el labio inferior cuando estaba nerviosa, dejando una marca roja que me recordaba cómo sabía.

Vi cómo jugueteaba con un bolígrafo entre sus dedos elegantes, girándolo una y otra vez.

Noté cómo intentaba evitar mi mirada, pero fallaba estrepitosamente, levantando los ojos cada pocos segundos para encontrarse con los míos, solo para apartarlos rápidamente, con las mejillas sonrojadas.

Era tortura pura. Estar a tres metros de distancia, fingiendo que no sabía cómo se sentía su piel contra la mía, que no recordaba cada gemido, cada arañazo, cada «Paul» susurrado en la oscuridad.

Cuando la reunión terminó, ella salió rápidamente, casi corriendo, recogiendo sus papeles con torpeza y dirigiéndose hacia la puerta como si la persiguiera el mismísimo demonio. Los otros dos empleados se quedaron haciéndome preguntas que apenas escuché, respondiendo con monosílabos automáticos.

Pero en cuanto pude, me excusé y la seguí.

—Alana —la llamé en el pasillo, asegurándome con una mirada rápida de que no hubiera nadie cerca, de que estuviéramos solos.

Ella se giró como si la hubiera pinchado, con una mezcla de desafío y pánico puro en esos ojos verdes que habían sido mi perdición desde la primera noche. Se quedó quieta, con la espalda contra la pared, como un animal acorralado buscando una salida.

—Señor Blackwood —empezó con voz firme, aunque temblorosa—, prefiero que no mencionemos nunca lo que pasó el sábado.

Fue un error, un momento de debilidad, y no tiene cabida en el ámbito profesional.

Soy consciente de que usted es mi jefe y yo soy su empleada, y quiero que sepa que mi trabajo es lo primero.

Mi comportamiento del otro día fue… inapropiado, y no se repetirá.

Su franqueza me desarmó por completo. Allí estaba, intentando poner distancia, intentando protegerse con formalidades y profesionalismos, cuando yo solo quería arrinconarla contra esa pared y besarla hasta que olvidara su propio nombre.

—¿Un error? —repetí, acercándome un paso, invadiendo su espacio personal de forma deliberada—. ¿Así de fácil lo borras? ¿Así de fácil lo reduces a un error?

—Así de fácil —respondió, levantando la barbilla en un gesto de desafío que no se correspondía con el temblor de sus manos.

Mentía. Lo supe al instante, porque sus mejillas se sonrojaron de esa forma que ya había aprendido a reconocer, porque sus ojos no lograban mantener los míos, porque su respiración se había vuelto agitada y no era solo por el miedo.

—Está bien, Alana —dije, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo íntimo que solo ella podía oír—. Seremos profesionales. Actuaremos como si nada hubiera pasado, si eso es lo que quieres. Pero debes saber que no me olvido tan fácilmente de las cosas. No de las cosas que importan.

—Yo sí —dijo, levantando aún más la barbilla, intentando parecer convincente—. Yo sí me olvido. Y le sugiero que usted haga lo mismo. Por el bien de los dos.

—Ya lo veremos —respondí, y mi sonrisa no llegó a los ojos; era una promesa más que una afirmación.

Me alejé de ella sin mirar atrás, dejándola temblando contra la pared del pasillo, dejándola con la respiración entrecortada y el corazón desbocado.

Sabía que estaba jugando con fuego, que estaba cruzando líneas que no debería cruzar, que me estaba comportando como un idiota imprudente que ponía en riesgo su empresa y su reputación.

Pero por primera vez en años, quería quemarme.

Volví a mi despacho con paso firme, cerré la puerta con fuerza y me apoyé en ella, respirando hondo para calmarme.

Mi mano temblaba ligeramente; lo noté con rabia.

Temblaba como un novato, como un adolescente enamorado, no como el CEO de una multinacional que controlaba miles de millones en inversiones.

Ethan me llamó al móvil, pero lo ignoré.

No estaba preparado para escuchar sus bromas cuando supiera quién era el nuevo miembro del departamento de marketing digital, para fingir que todo estaba bien, para ocultar que mi nueva empleada era la mujer en la que no podía dejar de pensar desde hacía dos días.

Me senté en mi escritorio y encendí el ordenador, intentando concentrarme en los informes de ventas, en las proyecciones trimestrales, en cualquier cosa que no fuera ella.

Pero mi mente traicionera volvía una y otra vez a la imagen de Alana en aquel pasillo, con la espalda contra la pared, intentando parecer fuerte mientras se desmoronaba por dentro.

Sabía que no iba a ser fácil. Sabía que los próximos meses serían un infierno de tentaciones y restricciones, de miradas furtivas y de encuentros casuales en los pasillos.

Sabía que debería mantener la distancia, que debería transferirla a otro departamento, que debería hacer cualquier cosa menos lo que estaba planeando hacer.

Pero mientras miraba por la ventana hacia la ciudad que se extendía bajo mis pies, sentí que una sonrisa oscura curvaba mis labios.

Alana creía que podía escapar de mí, que podía reducir lo nuestro a un simple error.

Pero yo sabía mejor. Yo sabía que lo que había empezado en aquel hotel no había terminado.

Que era un fuego que seguía ardiendo, esperando el momento de consumirnos a los dos.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a la emoción. A la anticipación. Al deseo de algo más que el sexo mecánico y vacío al que me había acostumbrado.

Alana había despertado algo en mí, algo que creía muerto. Y ahora que la tenía cerca, ahora que el destino la había puesto en mi camino de forma tan cruel y perfecta, no iba a dejarla escapar tan fácilmente.

Que empezara el juego.