Capítulo 11
Alana
Me había pasado el domingo encerrada en mi apartamento como una ermitaña, con las cortinas corridas y el teléfono silenciado, salvo por las llamadas de mis padres, que atendía con voz forzada y con ánimos falsos.
No había ido a comer con ellos, por primera vez en años, fingiendo que no me encontraba bien.
Me negaba a salir, a ver la luz del sol, a enfrentar el mundo que seguía girando, aunque sentía que había dejado algo importante en aquella habitación de hotel del SoHo.
Sofía llamó por la mañana, cuando aún estaba en pijama, sentada en el sofá con una taza de café frío que no recordaba haber preparado.
Miré el nombre en la pantalla del móvil durante tres timbrazos, debatiéndome entre ignorarla y enfrentarme a la música.
Finalmente contesté, adoptando automáticamente el tono ronco de quien está congestionado.
— Estoy hecha polvo, Sofía —dije antes de que ella pudiera hablar—. Creo que me estoy resfriando. Anoche… creo que fue porque la temperatura bajó mucho.
Mentía descaradamente, pero era más fácil que admitir la verdad: que había pasado la noche follando con un desconocido hasta quedar sin fuerzas, que había huido como una cobarde a las tres de la mañana, que ahora estaba sentada en mi sofá sintiéndome rota y confusa.
— Alana, no me vengas con excusas —respondió, sin rodeos, con esa franqueza que solo permitía después de veintitrés años de amistad—. Paul y tú os fuisteis juntos del bar. Y Ethan dice que Paul parecía… diferente. Alterado. ¿Qué pasó?
Cerré los ojos, apretando el puño libre hasta que los nudillos se blanquearon. No quería hablar de ello. No quería poner en palabras lo que había sucedido, porque hacerlo real lo haría más difícil de olvidar.
— Pasó algo —admití finalmente, en voz baja—. Y luego me escapé. Me fui mientras él se duchaba, dejé una nota, y ahora estoy aquí, fingiendo que no existió.
— Alana, eres una idiota —dijo Sofía, sin suavidad ni compasión—.
Ese hombre no te quitó el ojo en toda la noche.
Ethan dice que nunca lo había visto así.
Nunca. Paul Blackwood es conocido como «El Hielo» en los círculos de negocios, ¿sabes?
Frío, distante, imposible de impresionar.
Y anoche te miraba como si fueras la única persona en ese restaurante. Y en el bar también.
Sentí un nudo en la garganta que me impedía respirar correctamente. No quería saber eso. No quería imaginar que lo que había sentido, esa conexión eléctrica e innegable, pudiera haber sido real, que pudiera haber significado algo para él también.
— No importa, Sofía —respondí, endureciendo la voz, construyendo los muros que tan bien dominaba—. No busco nada. Ya lo sabes. No estoy preparada para nada, y menos con alguien como él. Un tipo que probablemente hace esto cada fin de semana.
— ¿Vas a pasarte la vida entera huyendo? —preguntó, y había tristeza en su voz, no juicio—. ¿De verdad vas a dejar que lo que hizo Marco te condene a estar sola para siempre?
— Si es necesario, sí —respondí, y la firmeza de mis palabras me sorprendió incluso a mí—.
Prefiero estar sola y entera que rota y acompañada.
Prefiero esto… —miré mi apartamento vacío, el silencio que me rodeaba— a volver a sentirme como me sentí hace tres años.
No puedo, Sofía. No puedo arriesgarme otra vez.
Colgué sintiéndome culpable, sintiendo el peso de su decepción al otro lado de la línea, pero firme en mi decisión.
No había vuelta atrás. Paul era un recuerdo, un error delicioso que enterraría bajo capas de trabajo y rutina.
Nunca volvería a verlo, nunca tendría que enfrentarme a esos ojos grises que veían demasiado, nunca tendría que recordar lo que se sentía al ser tocada por él.
El resto del día lo pasé preparándome mentalmente para el lunes, para el nuevo comienzo que necesitaba desesperadamente.
Porque el lunes empezaba mi nuevo trabajo en una de las empresas más importantes de la ciudad, si no la más importante, el puesto de ejecutiva de marketing digital que había conseguido tras tres arduos meses de entrevistas, pruebas y negociaciones.
Era una oportunidad única, un salto en mi carrera que me permitiría dejar atrás el pasado, ganar más dinero, tener más independencia y concentrarme en lo único que importaba: mi estabilidad económica y mi supervivencia emocional.
Y hoy, por fin, era lunes.
Me preparé con esmero meticuloso, como si me armara para una batalla.
Elegí un traje de pantalón gris marengo de corte impecable, una camisa blanca de seda sin adornos, tacones moderados de color negro que dieran autoridad sin ser provocativos, y me recogí el pelo en un moño severo y tirante en la nuca.
Quería causar buena impresión, mostrar que era profesional, competente, alguien a quien tomar en serio.
Quería ser la nueva Alana, la Alana que no necesitaba a nadie, la Alana que había sobrevivido al infierno y había salido más fuerte.
El edificio era aún más impresionante de lo que había imaginado.
Una torre de cristal y acero que se alzaba imponente en el centro de Manhattan, reflejando el cielo azul del lunes de septiembre, con el logo de la empresa, una B estilizada dentro de un círculo, brillando en dorado sobre la entrada principal.
Caminé por el vestíbulo de mármol con paso firme, con la barbilla alta, fingiendo la confianza que no sentía.
En recursos humanos, una chica llamada Jenny, rubia y eficiente, me entregó un fajo de papeleo para firmar y una credencial provisional.
Mientras caminábamos por los pasillos de moqueta gris hacia el departamento de marketing en la planta quince, Jenny no paró de hablar de las políticas de la empresa, del seguro médico y de las ventajas del comedor.
—El CEO quiere conocer a todos los nuevos empleados —dijo de repente, mientras esperábamos el ascensor—.
Es una tradición. Se toma un café con ellos el primer día, les da la bienvenida personalmente.
No te preocupes, es un poco intimidante, pero es justo.
Solo quiere asegurarse de que encajamos con la cultura de la empresa.
Sonreí, asintiendo, pensando que nada podía intimidarme después de lo que había pasado.
Después de haber sobrevivido a Marco, después de haber huido de la habitación de Paul, después de haber pasado el domingo llorando en el suelo del baño…
¿qué podía asustarme? Un CEO pomposo y sus discursos motivacionales no eran nada comparados con mi propio dolor.
Llegamos a una amplia sala de juntas en la planta veinte, con vistas panorámicas de Manhattan que me dejaron sin aliento.
La mesa de madera oscura brillaba pulida, y las sillas de cuero parecían costar más que mi coche.
Había otras dos personas esperando, presumiblemente otros nuevos empleados, pero apenas les presté atención.
Estaba concentrada en mantener la compostura, en no mostrar el pánico que sentía por dentro.
Y entonces la puerta se abrió y ante mí estaba la última persona que esperaba ver.
Paul estaba de pie junto a la ventana, vestido con un traje azul marino perfectamente cortado que realzaba sus hombros anchos y su imponente estatura.
Estaba hablando con un hombre que no reconocí, gesticulando con una mano mientras sostenía un café en la otra.
Su pelo estaba peinado hacia atrás con precisión militar, y su perfil parecía tallado en mármol por la luz de la mañana.
Cuando se giró, probablemente alertado por el silencio que cayó sobre la sala al entrar, y nuestras miradas se cruzaron, el mundo dejó de girar.
Su rostro pasó de la sorpresa al shock en cuestión de milisegundos.
Sus ojos grises se abrieron ligeramente, luego se entrecerraron y…
entonces vi todo. La furia contenida, el deseo no apagado, la confusión y algo más oscuro, algo que no supe interpretar pero que me hizo querer salir corriendo de la habitación y, al mismo tiempo, arrojarme a sus brazos.
La voz de Jenny sonaba de fondo, apenas podía escucharla mientras me presentaba, porque yo solo tenía ojos para él en ese momento. Hasta que Paul decidió acercarse a mí y hablar.
—Alana —dijo, con una voz helada que contrastaba con el fuego de su mirada—. Bienvenida a Blackwood Industries . Soy Paul Blackwood, tu nuevo jefe.
Las palabras cayeron como martillos sobre mi cabeza. Tu nuevo jefe. Tu. Nuevo. Jefe.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, que el aire se evaporaba de mis pulmones, que la realidad se distorsionaba de una manera que no podía ser posible.
Paul. Mi jefe. El hombre con el que había follado hasta perder el sentido hacía menos de cuarenta y ocho horas.
El hombre del que había huido en mitad de la noche.
El hombre cuyo nombre había intentado borrar de mi memoria.
Estaba jodida. Estaba absoluta y completamente jodida.
Y cuando sus ojos se encontraron con los míos, desafiándome, prometiéndome que esto no había terminado, supe que mi vida acababa de complicarse de una manera que nunca habría podido imaginar.