Un CEO muy provocador Capítulo 10
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Capítulo 10

Paul

Seguía en la habitación vacía sin poder creer que se hubiera ido.

Las sábanas estaban revueltas, todavía hundidas donde había estado durmiendo, con la forma de su cuerpo marcada en el colchón. Pero ella no estaba.

Solo quedaba un papel arrugado en el suelo, que yo había tirado después de leer su nota. La leí tres veces, incapaz de asimilar las palabras.

«Gracias por la noche. No tiene que significar nada. Alana.»

No tenía que significar nada. Las cinco palabras se me clavaron en el pecho con una precisión casi cruel.

Sentí que la sangre me subía a la cara, caliente y punzante, una mezcla de humillación y furia que me cegaba. Apreté el papel en mi puño, sintiendo cómo se arrugaba y se convertía en una bola inútil entre mis dedos.

Se había ido como si fuera una prostituta de una película barata de los años noventa, sin despedirse, sin mirar atrás, sin siquiera la decencia de despertarme para decirme adiós.

Me quedé inmóvil durante unos segundos, mirando la nada. Después solté una carcajada seca.

—Perfecto —murmuré.

Pero no había nada perfecto en aquello.

Me pasé una mano por la cara y respiré profundamente. Intenté convencerme de que no me importaba. De que, en realidad, aquello era exactamente lo que había querido desde el principio. Una noche. Nada más. Sin preguntas, sin explicaciones, sin promesas.

Entonces, ¿por qué demonios sentía aquel vacío? ¿Por qué me dolía tanto una simple nota? ¿Por qué deseaba romper algo?

Miré de nuevo la cama. La imagen de Alana dormida regresó a mi cabeza sin pedir permiso. Su pelo extendido sobre la almohada. La respiración tranquila. Una de sus manos descansando cerca de mi pecho. La forma en que había sonreído antes de cerrar los ojos.

Recordé la noche, cada detalle. Su risa. Su mirada. La manera en que me había tocado. La intensidad con la que nos habíamos buscado, como si ninguno de los dos quisiera admitir que aquello fuera mucho más que un impulso.

¿Acaso no había sentido ella lo mismo que yo? ¿Esa conexión? ¿Esa electricidad que había hecho que el mundo se detuviera? ¿O solo había sido sexo para ella?

Un polvo de una noche con un desconocido más, alguien a quien usar y descartar como si fuera un pañuelo de papel.

Me senté en el borde de la cama, todavía húmedo, con gotas de agua cayendo de mi pelo sobre mis hombros desnudos.

Olí las almohadas buscando su perfume y allí estaba. Vainilla y algo cítrico, un aroma suave que, hasta aquella noche, probablemente ni siquiera habría sabido identificar. Ahora me parecía insoportablemente familiar.

Cerré los ojos. Había estado ahí, en mis brazos, durmiendo plácidamente. Y yo había sido lo suficientemente estúpido como para dejarla sola, como para confiar en que se quedaría.

Abrí los ojos de golpe.

—Idiota.

La palabra salió de mis labios sin pensarlo. Porque eso era lo que era. Un idiota.

Había pasado años construyendo una vida en la que nadie podía entrar demasiado. Había aprendido a mantener las distancias, a no hacer preguntas, a no esperar nada.

Y entonces aparecía ella, Alana, una desconocida. Una mujer de la que no sabía prácticamente nada y que, en menos de veinticuatro horas, había conseguido colarse en un lugar de mí al que nadie había llegado en mucho tiempo.

El móvil vibró tirado en el suelo. Lo cogí y vi el nombre de Ethan. Por supuesto.

Lo ignoré. Volvió a vibrar. Lo miré durante unos segundos antes de dejarlo caer sobre la cama. No quería escuchar sus bromas. No quería sus consejos de amigo que sabía demasiado. Y, sobre todo, no quería admitir que había sido un estúpido.

Que me había dejado llevar. Que había sentido algo real por una mujer que ni siquiera se había quedado a desayunar.

El móvil volvió a vibrar y, esta vez, apareció un mensaje.

Ethan: ¿Estás vivo?

Solté el aire por la nariz y no contesté.

No tenía nada que decirle. ¿Qué iba a contarle?

¿Que había conocido a Alana y que, por primera vez en años, había sentido que alguien podía hacerme olvidar todas mis reglas?

¿Que había pensado que ella seguiría allí al volver de la ducha?

¿Que ahora estaba solo, mirando una nota absurda que no dejaba de leer?

No. Eso no podía contárselo a nadie, y mucho menos a Ethan.

Me levanté de la cama con una rabia renovada y tiré el puñado de papel arrugado contra la pared. Rebotó y cayó al suelo. Ridículo. Todo aquello era ridículo.

Miré la habitación. El caos de las sábanas. La ropa desperdigada. El vaso de agua sobre la mesilla. La papelera. Las marcas de su paso por mi vida que ya comenzaban a desaparecer.

En unas horas, una empleada entraría allí, cambiaría las sábanas y limpiaría todo. Como si nada hubiera sucedido. Como si Alana nunca hubiera estado allí. Como si yo no hubiera pasado la noche sintiendo cosas que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.

Me vestí a toda prisa, sin prestar atención a si la ropa quedaba bien. Me abroché la camisa de cualquier manera, agarré el reloj y las llaves y salí de la habitación.

En el pasillo, me detuve. Por un instante tuve la absurda esperanza de verla allí. Quizá había bajado a recepción. Quizá estaba esperando un taxi. Quizá se había arrepentido y regresaría.

Miré hacia el ascensor. Nada. Las puertas se abrieron y entré. Mientras descendía, contemplé mi reflejo en las paredes metálicas. Parecía un hombre distinto. Más cansado. Más vulnerable. Y eso me molestó mucho.

Cuando se abrieron las puertas del vestíbulo, caminé hacia la salida sin mirar a nadie. La mañana de Nueva York me recibió con una luz grisácea y un frío que apenas sentía. La ciudad ya estaba despierta.

Taxis. Gente caminando deprisa. Parejas saliendo de cafeterías. Familias cargando bolsas. Todo seguía exactamente igual. Solo yo parecía estar detenido.

Caminé hacia mi coche con la cabeza gacha, evitando mirar a la gente. No quería ver parejas felices. No quería ver sonrisas. No quería ver la normalidad de la vida que seguía adelante mientras yo me sentía como si me hubieran arrancado un órgano vital.

Era absurdo. Había sobrevivido a cosas mucho peores. Había perdido personas. Había cometido errores. Había tenido relaciones que habían terminado mal. Y, sin embargo, aquella mujer a la que apenas conocía había conseguido dejarme completamente fuera de juego.

Llegué al coche, abrí la puerta y me senté. No arranqué. Apoyé la frente en el volante durante largos minutos, respirando hondo, intentando recomponerme.

—No significa nada —me dije.

La frase sonó falsa incluso para mí. Volví a levantar la cabeza.

—No significa nada.

Esta vez sonó todavía peor. Me recliné contra el asiento y cerré los ojos. Era mejor así. Eso era lo que tenía que pensar. Era mejor que se hubiera ido. No necesitaba complicaciones emocionales. No necesitaba una relación. No necesitaba recordar que podía sentir algo así.

Era un recordatorio saludable de por qué mantenía las distancias. De por qué el sexo sin compromiso era la única opción viable para alguien como yo. Sin expectativas. Sin promesas. Sin decepciones. Solo momentos. Nada más.

Era una regla sencilla. Una regla que había funcionado durante años. Hasta ella. Porque Alana había hecho que todas mis reglas parecieran estúpidas.

Arranqué el coche, me incorporé al tráfico matutino del domingo y avancé por las calles de Nueva York.

Intenté concentrarme en la carretera. En los semáforos. En los peatones. En cualquier cosa que no fuera ella. Pero no funcionó.

Cada esquina parecía devolverme un recuerdo.

Una cafetería me hizo pensar en cómo habría sido desayunar juntos.

Una pareja cruzando la calle me recordó su mano entrelazada con la mía durante unas horas que ahora parecían pertenecer a otra vida.

Incluso una canción que sonaba débilmente en la radio me hizo recordar su voz.

Apagué la radio. Silencio. Mejor. Pero el silencio tampoco ayudó.

Porque entonces solo podía escuchar mis propios pensamientos. ¿Dónde estaría? ¿Habría vuelto a casa? ¿Estaría arrepentida? ¿Estaría pensando en mí?

Me aferré al volante. No tenía sentido hacerme esas preguntas, ni siquiera sabía dónde vivía. No tenía su número. No sabía su apellido. No sabía nada. Solo tenía su nombre. Alana.

Un nombre que ahora sonaba a música. A tortura. A algo perdido.

Pensé en regresar al hotel. Pero no lo hice. ¿Para qué? ¿Para preguntar en recepción por una mujer que había estado conmigo? Era absurdo.

Además, probablemente ni siquiera sabrían nada. Ella había desaparecido voluntariamente. Y yo tenía que respetarlo. O eso me repetía.

La realidad era otra. Quería encontrarla. Esa era la verdad que me golpeaba con cada segundo que pasaba.

Quería vestirme, salir corriendo del hotel y buscarla por todas las calles de Nueva York hasta encontrarla. Quería sacarle explicaciones. Decirle que no podía irse así. Que no podía dejarme con este vacío. Que no podía escribir unas pocas palabras y pretender que lo ocurrido no significara nada.

Pero, sobre todo, quería preguntarle por qué. ¿Por qué había huido? ¿Por qué había tenido que marcharse antes de que despertara? ¿De qué estaba huyendo? ¿De mí? ¿De ella misma? ¿O simplemente había sido una noche para ella y yo era el único idiota que había decidido convertirla en algo más?

Apreté los dientes. La última posibilidad era la que más dolía.

Porque quizá ella tenía razón. Quizá había sido solo una noche.

Quizá yo había proyectado sentimientos donde no los había.

Quizá el problema no era que Alana se hubiera marchado.

Quizá el problema era que yo había esperado que se quedara.

Llegué a mi edificio y aparqué en el garaje. Subí hasta mi ático y cuando abrí la puerta, el silencio me golpeó de lleno.

Siempre me había gustado aquel silencio. Era una de las razones por las que vivía allí. Espacio, privacidad y control. Pero aquella mañana parecía diferente.

Demasiado grande. Demasiado vacío.

Dejé las llaves sobre la encimera y me quité la chaqueta. Me quedé allí, inmóvil. Entonces recordé que había dejado el móvil en el bolsillo. Lo saqué y vi que tenía tres llamadas perdidas de Ethan y otro mensaje.

Ethan: Llámame cuando puedas. Y, por favor, dime que no has hecho ninguna estupidez.

Sonreí sin humor. Demasiado tarde.

Me dejé caer en el sofá, miré el techo e intenté imaginar cómo sería mi vida si nunca hubiera conocido a Alana.

Exactamente igual. Trabajo. Reuniones. Noches solitarias. Mujeres que entraban y salían de mi vida sin dejar huella. Rutina. Control. Nada que pudiera hacerme daño.

Debería haber sido suficiente. Pero ahora sabía que no lo era. Porque una vez había probado algo diferente. Había conocido lo que era mirar a alguien y sentir que el resto del mundo desaparecía. Y ya no podía fingir que no lo sabía.

Cogí el móvil y encendí la pantalla. Su nombre no estaba allí. No podía escribirle. No podía llamarla. No podía encontrarla. Era una desconocida y, sin embargo, se había convertido en la persona que más quería encontrar.

Solté el teléfono sobre el sofá y me pasé ambas manos por el rostro. No iba a buscarla. No podía. Y, aunque pudiera, ¿qué derecho tenía?

Ella había tomado una decisión. Se había marchado. Había dejado claro que no quería que aquella noche significara nada. Yo debía respetarlo.

Eso era lo adulto. Lo sensato. Lo correcto.

Pero mientras arrancaba el coche y me adentraba en el tráfico de la mañana del sábado, ya sabía que estaba mintiendo. Sabía que no la olvidaría. No importaba cuánto whisky bebiera. Cuántas horas trabajara. Cuántas mujeres aparecieran después.

Podría llenar mis días de reuniones y mis noches de ruido, podría intentar borrar aquella noche con cualquier cosa que estuviera a mi alcance. Pero Alana había dejado una marca en mí.

Una que no se veía. Una que dolía con cada respiración. Una que me recordaría cada noche, cuando estuviera solo en mi ático vacío, que una vez tuve algo perfecto entre mis manos y lo dejé escapar.

O peor. Que ella me dejó escapar.

Y lo peor de todo era que, por primera vez en mi vida, no sabía qué me dolía más.