Un CEO muy provocador Capítulo 9
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Capítulo 9

Alana

Me desperté de golpe, con el corazón desbocado y una sensación de pánico que me cortaba la respiración.

Durante unos segundos de desorientación, no supe dónde estaba.

La habitación era oscura, extraña, con olor a sexo y a perfume masculino.

Y entonces lo recordé, todo lo que había pasado con Paul en esa cama.

El pánico se intensificó hasta convertirse en terror puro.

Me incorporé lentamente, escuchando el agua de la ducha, y miré a mi alrededor.

La habitación del hotel. El sexo. Dios, el sexo.

Había estado a punto de quedarme dormida en sus brazos, profundamente dormida, segura y protegida, y eso me aterrorizó más que cualquier otra cosa.

No podía permitirme eso. No podía permitirme sentirme segura con un desconocido, con un hombre que probablemente hacía esto todas las semanas con mujeres distintas.

Me levanté de la cama con movimientos robóticos, buscando mi ropa a tientas en la penumbra.

Encontré mi vestido tirado en el suelo, junto a mis bragas y mi sujetador.

Me vestí a toda prisa, con las manos temblando tanto que apenas lograba abrocharme el vestido por detrás.

La cremallera se resistía; mis dedos eran torpes, incompetentes.

Finalmente logré cerrarla, aunque quedaba ligeramente torcida.

Saqué el móvil de mi bolso, que estaba encima de la cómoda, y pedí un Uber mientras me ponía los zapatos.

La aplicación me dijo que el coche llegaría en cuatro minutos.

Cuatro minutos. Tenía cuatro minutos para desaparecer, para borrar esta noche, para volver a ser la Alana que no sentía, no deseaba, no sufría.

Me miré en el espejo y el reflejo me sobrecogió.

Pelo revuelto, enredado, con mechones pegados al cuello por el sudor.

Labios hinchados, rojos, con pequeñas marcas de mordiscos.

Ojos brillosos, demasiado brillosos, con un brillo que no reconocía.

Parecía una mujer que acababa de ser bien follada, y eso era exactamente lo que había pasado.

Pero también parecía vulnerable, expuesta, desnuda, aunque llevara puesto el vestido. Y eso no podía permitirlo.

El agua de la ducha seguía corriendo. Paul estaba ahí dentro, desnudo, probablemente esperando volver a la cama conmigo, quizás pensando en una tercera ronda, o simplemente en dormir abrazados hasta la mañana.

Por un segundo, estuve tentada a quedarme.

Tentada de abrir la puerta del baño, de meterme con él bajo el agua, de dejar que me besara de nuevo, de fingir que esto podía ser algo más que un error monumental.

Pero entonces, como siempre, vino el recuerdo.

La cara de Marco, mi ex, con esa sonrisa falsa que había creído sincera durante años.

El dolor punzante de descubrir que todo había sido mentira, que me había engañado durante meses con una amiga mía, traicionando la confianza que había depositado en ambos.

Recordé las noches en que lloraba, sintiéndome rota, insignificante, estúpida.

Recordé la humillación de tener que mudarme con mis padres durante un mes porque no podía soportar estar sola, el juicio de mis amigas, que me decían «ya te lo decíamos», y la terapia costosa que apenas me había servido para no odiarme a mí misma.

No volvería a pasar. No volvería a dar mi corazón a nadie. No volvería a confiar en que alguien pudiera quererme de verdad sin segundas intenciones.

Cogí mi bolso y comprobé que tenía las llaves, el móvil y la cartera. Miré hacia la puerta del baño, donde el sonido del agua seguía corriendo, y sentí un nudo en la garganta. No era él, me dije. No era Paul. Era yo. Yo no podía hacer esto. Yo no podía arriesgarme.

Saqué una hoja del bloc de notas del hotel, arranqué el papel con cuidado de no hacer ruido, y escribí rápidamente:

«Gracias por la noche. No tiene que significar nada. Alana.»

Era cruel, lo sabía. Era la clase de nota que dejabas después de un polvo de una noche, la clase de despedida que te hacía sentir barato. Pero necesitaba protegerme, necesitaba poner distancia, necesitaba que él supiera que esto no iba a ninguna parte.

Dejé caer la nota sobre la mesilla de noche, junto a donde había estado durmiendo, y salí de la habitación como alma que lleva el diablo.

Cerré la puerta con cuidado, con el corazón golpeándome las costillas, y caminé por el pasillo hacia el ascensor con pasos rápidos pero silenciosos, como si temiera que me persiguieran.

En cuanto las puertas del ascensor se cerraron y estuve sola, las lágrimas empezaron a caer.

No eran lágrimas por él, me dije con firmeza.

No eran por Paul, que apenas conocía, que seguramente ya se había olvidado de mí, que estaba en la ducha canturreando o lo que fuera que hicieran los hombres después de follar.

Eran lágrimas por mí. Por ser tan débil, por haber cedido a la tentación, por haber sentido, aunque fuera por un instante, que podía ser feliz de nuevo.

El Uber me esperaba en la entrada del hotel.

El conductor, un hombre de mediana edad con cara de pocos amigos, me miró con desaprobación cuando me subí al coche con el pelo revuelto y los ojos rojos, pero no dijo nada.

Apenas respondí a su saludo. Me quedé mirando por la ventana mientras Manhattan pasaba a mi lado, iluminada y vacía a las tres de la mañana, sintiendo que dejaba atrás algo importante, algo que nunca volvería a tener.

Llegué a mi apartamento a las tres y cuarto de la mañana.

El edificio estaba en silencio, solo el zumbido del ascensor viejo me acompañó hasta mi planta.

Entré en el piso, tiré el bolso sobre el sofá y me metí directamente bajo la ducha.

Abrí el agua fría, lo más fría que pude soportar, y dejé que me golpeara la piel hasta que dejé de temblar, hasta que sentí que me castigaba lo suficiente por mi debilidad.

Me quedé bajo el agua durante quince minutos, llorando en silencio, con la frente apoyada contra la pared de azulejos.

Luego, envuelta en una toalla, me senté en el suelo del baño, con las piernas recogidas contra el pecho, y seguí llorando hasta que el agotamiento me venció y me quedé dormida allí mismo, sentada en el suelo frío de mi baño, sola como siempre debía estar.

Había cometido un error. Un error delicioso, intenso, devastadoramente placentero, pero un error, al fin y al cabo.

Y ahora tenía que olvidarlo, borrarlo de mi memoria, convencerme de que Paul no significaba nada, de que no había sentido nada especial, de que podía seguir con mi vida como si esa noche no hubiera existido.

Mentía, por supuesto. Pero era una mentira necesaria para sobrevivir.