Capítulo 8
Paul
La tenía desnuda en mis brazos y, aun así, no podía creer que fuera real.
La habitación del hotel estaba en penumbra, con solo la luz de la ciudad filtrándose entre las cortinas medio cerradas, iluminando su piel con un resplandor azulado que la hacía parecer etérea, irreal, un sueño del que temía despertar.
Su piel era más suave de lo que había imaginado durante toda la noche, mientras la observaba desde el otro lado de la mesa del restaurante.
Estaba salpicada de pecas, pequeñas motas doradas que recorrían como un mapa secreto desde su cuello hasta sus hombros, bajando por sus brazos y salpicando sus muslos.
Me había pasado los últimos veinte minutos besando cada una de ellas, descubriendo su cuerpo con una lentitud que me torturaba a mí mismo y me volvía loco de deseo, a pesar de haberme corrido hacía apenas media hora.
—Dios, eres preciosa —gruñí contra su vientre, mientras mis labios recorrían la curva de su cadera.
Sí, le había dicho que durmiera, pero no podía dejar de tocarla; no quería dejar pasar la oportunidad de seguir disfrutando de ella.
—No digas eso —respondió ella, con una vulnerabilidad en la voz que me detuvo en seco.
Levanté la vista y me encontré con sus ojos verdes, ahora oscuros y húmedos, que me miraban con una mezcla de deseo y miedo que no sabía interpretar.
—¿Por qué no? —pregunté, acariciando su muslo con la palma de la mano.
—Porque… porque no soy perfecta —susurró, apartando la mirada—. Tengo cicatrices. Tengo… imperfecciones.
La observé, realmente la observé, y vi a lo que se refería. Una pequeña marca blanca en su cadera, otra en la rodilla, la cicatriz diminuta en la sien que había notado antes. Señales de una vida vivida, de batallas libradas.
—Yo también —dije, besando esa marca en su cadera, lamiendo la piel con reverencia—. Las cicatrices son mapas de batallas ganadas, Alana. No son defectos. Son victorias.
La tomé en mis brazos, sintiendo su peso, su calor, su realidad, y volví a hacerla disfrutar del placer como nunca antes.
Esta vez no fue algo frenético; fue diferente: más lento, más intenso.
La penetré de nuevo, sintiendo su calidez envolverme, y empezamos a movernos al ritmo que parecía sincronizado desde siempre.
No fue suave ni romántico en el sentido cursi de las películas.
Fue salvaje, necesitado: dos extraños tratando de llenar un vacío que llevaban años cargando, cada uno a su manera.
Pero también fue… más. Hubo momentos en que la miré a los ojos y sentí que caía, que me hundía en esos pozos verdes y que no quería salir.
Hubo momentos en que ella sonrió, medio loca, medio enamorada, y sentí que mi corazón se detenía.
Ella respondió a cada embestida con la misma urgencia desesperada que yo sentía.
Me arañó la espalda con fuerza, dejándome marcas que sabía que durarían días.
Me mordió el hombro cuando el placer se volvió demasiado intenso, y luego gimió mi nombre como una plegaria, como un mantra, como si fuera lo único que existiera en su mundo.
—Paul, Dios, Paul —repetía una y otra vez mientras la penetraba más profundamente, buscando ese punto que la volvía loca.
Cuando se corrió, lo hizo con un gemido ahogado que sentí vibrar en lo más profundo de mi ser, no solo físicamente, sino también en algún lugar emocional que creía muerto desde hacía veintitrés años.
Su sexo se contrajo alrededor de mi miembro en espasmos que me arrastraron con ella, y seguí moviéndome dentro de ella, buscando mi propio alivio, mi propia liberación.
Cuando llegué, fue como si me arrancaran algo de dentro: algo oscuro y doloroso que llevaba veintitrés años guardando y alimentando con culpa y remordimientos. Fue un orgasmo que me dejó sin aliento, que me hizo ver estrellas y gritar su nombre con una ferocidad que me avergonzó después.
Nos quedamos enredados en las sábanas, jadeando, sudados, completamente expuestos el uno al otro. El preservativo estaba puesto, pero aun así sentía cada centímetro de ella, cada pulso de su cuerpo contra el mío. Era la intimidad más absoluta que había experimentado en años, quizás en toda mi vida.
Ella apoyó la cabeza en mi pecho, con la mejilla contra mi corazón que aún latía desbocado, y yo la abracé.
Fue un gesto automático, instintivo, algo que nunca hacía después de follar.
Normalmente me levantaba, me duchaba, me vestía.
Mantenía la distancia incluso en la intimidad. Pero con ella, con Alana, sentí… paz.
Una paz que no merecía, que sabía que no podía durar, que era peligrosa y egoísta de mi parte disfrutar.
Pero en ese momento, en esos minutos robados al universo, quería disfrutarla.
Quería fingir que era un hombre normal, que podía tener esto sin destruirlo, que merecía estar así, abrazado a una mujer hermosa que me deseaba.
—Debería irme —dijo ella de repente, con voz somnolienta, pesada de sueño—. Es tarde. Y mañana…
—Quédate —oí decirme a mí mismo, sorprendiéndome por la urgencia en mi voz—. Solo un rato más. Por favor.
Yo no suplicaba. No recordaba la última vez que había suplicado algo. Pero con ella, las palabras salieron solas, sin filtro, sin máscara.
Ella no respondió. Solo asintió contra mi pecho, con los ojos ya cerrados, y su respiración se fue volviendo regular, profunda, hasta que se quedó dormida.
La observé durante largos minutos, incapaz de moverme, incapaz de cerrar los ojos.
Era hermosa, incluso con las lágrimas secas en las pestañas que ahora podía ver a la luz de la luna.
¿Había llorado? No lo había notado durante el sexo, pero ahora, al ver esas pequeñas huellas de sal en sus mejillas, me di cuenta de que sí.
Quizás de emoción, quizás de liberación, quizás de miedo. No lo sabía.
Lo que sí sabía era que sentía un nudo en el pecho que no lograba identificar. No era solo deseo satisfecho. Era algo más, algo que se parecía peligrosamente a la ternura, a la necesidad de protegerla, a la ilusión de que podría quedarse para siempre.
Era una estupidez. Era una mentira que me contaba a mí mismo. Pero por esa noche, la dejé ser.
Finalmente, con cuidado de no despertarla, me separé de ella y me levanté de la cama. Necesitaba una ducha fría, recomponerme, recordar quién era yo y por qué no podía permitirme estos sentimientos.
Cogí el preservativo usado del suelo, lo tiré al cubo de basura del baño y me metí bajo el agua fría durante diez minutos que parecieron eternos.
Dejé que el agua me golpeara la cara, el pecho y los hombros, intentando borrar la sensación de su piel contra la mía, el sabor de su boca y el sonido de su voz al gemir mi nombre.
No funcionó. Cuando salí de la ducha, envuelto en una toalla blanca de hotel que olía a cloro, seguía sintiendo su marca en mí, en mi piel, en mi puta alma.
Secándome el pelo con otra toalla, caminé de vuelta a la habitación principal, preparándome para vestirme, para despertarla suavemente y decirle que era hora de irse, para mantener la distancia que sabía que debía mantener.
Pero cuando entré en la habitación, el corazón se me detuvo.
La cama estaba vacía. Las sábanas estaban revueltas, sí, todavía hundidas donde había estado durmiendo. Pero ella no estaba. Su vestido negro había desaparecido del suelo. Su bolso ya no estaba en la silla donde lo había dejado.
Me acerqué a la cama como un zombi, con la toalla aún en la mano, y vi la nota. Un papel arrancado de la libreta del hotel, doblado sobre la almohada.
La abrí con los dedos que empezaban a temblar.
«Gracias por la noche. No tiene que significar nada. Alana.»
La leí tres veces, incapaz de procesarla. Incapaz de entender cómo la mujer que había estado dormida en mis brazos hacía quince minutos, la mujer que había gemido mi nombre como si fuera su salvación, podía haberse ido así. Sin despedirse. Sin mirar atrás.
Sentí que la sangre me subía a la cara, una mezcla de humillación y furia que me cegaba. Me había largado. Se había ido como si fuera una prostituta de una película barata, como si lo que habíamos compartido no hubiera significado nada.
Apreté el papel en mi puño, sintiendo cómo se arrugaba hasta convertirse en una bola en mi mano.
No sabía nada de ella. Ni siquiera su apellido. Solo que era amiga de Sofía, que vivía en Nueva York y tenía unos ojos verdes que me habían mirado con una mezcla de deseo y miedo que ahora entendía mejor.
Se había ido porque tenía miedo. Igual que yo debería tener miedo. Pero en lugar de eso, sentía… dolor.
Un dolor extraño y novedoso en mi pecho de piedra, una herida abierta que no sabía cómo cerrar.
Miré la cama vacía, oliendo todavía su perfume en las almohadas, viendo la marca de su cuerpo en el colchón, y supe que no la olvidaría.
Por mucho que intentara borrar esta noche de mi memoria, por mucho que intentara convencerme de que solo había sido un polvo más, sabía que era mentira.
Alana había dejado una marca en mí, una que no se veía pero que dolía con cada respiración.
Y ahora se había ido, llevándose consigo la paz que había sentido por primera vez en años.
La rabia me invadió de nuevo, y tiré el papel arrugado contra la pared, viendo cómo rebotaba y caía al suelo, inerte, como mi corazón.
Esto era exactamente por lo que no me permitía sentir. Porque cuando sentías, cuando te abrías, solo conseguías que te destrozaran.