Capítulo 7
Alana
Su boca fue una invasión y un salvavidas a la vez.
Cuando nos besamos en aquella pista de baile oscura, el mundo dejó de existir.
Sabía a whisky y a algo indefiniblemente suyo, masculino y peligroso, una mezcla que me emborrachaba más que cualquier alcohol.
Me aferré a su chaqueta, sintiendo los músculos de su espalda tensos bajo mi tacto, arañando la lana fina como si pudiera desgarrar la barrera entre su piel y la mía.
El beso fue profundo, salvaje, sin delicadeza ni preliminares.
Nuestras lenguas lucharon por el dominio, explorando, conquistando, reclamando territorio.
Era un beso de posesión, de hambre contenida durante demasiado tiempo, de dos personas que sabían que jugaban con fuego, pero no podían evitar quemarse.
La gente a nuestro alrededor desapareció, la música se convirtió en un zumbido lejano, el bar dejó de existir.
Solo estábamos él y yo, y esta necesidad devastadora que crecía entre nosotros con cada segundo que pasaba.
Cuando nos separamos, ambos jadeábamos, con la respiración entrecortada y los labios hinchados. Sus ojos grises habían perdido toda frialdad; ahora eran oscuros, casi negros, ardiendo con un deseo que me aterrorizaba y excitaba por igual.
—Tenemos que salir de aquí —dijo él, con una voz tan ronca que apenas la reconocí.
—Sí —respondí, sin pensar en las consecuencias, sin pensar en nada excepto en la necesidad imperiosa de seguir tocándolo, de sentir su piel contra la mía, de perderme en él hasta olvidar quién era yo.
Ethan y Sofía aparecieron a nuestro lado de repente, como si se hubieran materializado de la nada. Estaban sonrientes, un poco borrachos, con las mejillas sonrojadas y las manos entrelazadas. La felicidad emanaba de ellos en ondas que casi podía ver.
—Nos vamos —dijo Paul, sin dar más explicaciones.
—¿Todo bien? —me preguntó Sofía, mirándome con las cejas arqueadas y la boca abierta por la sorpresa.
Le di una mirada suplicante, una que ella interpretó correctamente después de tantos años de amistad: no hagas preguntas, no me juzgues, déjame hacer esto.
—Sí —respondí, con una voz que no reconocía como la mía—. Nos vemos mañana.
—Mañana me cuentas todo —susurró al despedirnos, abrazándome con fuerza, con un tono que mezclaba preocupación y alegría.
Asentí contra su hombro, sintiendo que ya era demasiado tarde para echarse atrás, que el punto de no retorno había quedado varios kilómetros atrás.
Paul tomó mi mano, entrelazando sus dedos con los míos con una posesividad que me hizo estremecer, y salimos del bar.
La noche de septiembre en Nueva York nos golpeó con su frescura, con su olor a otoño y a asfalto mojado, pero yo ardía.
Literalmente ardía, con un fuego interno que ninguna brisa podía apagar.
Caminamos en silencio durante treinta segundos; los únicos sonidos eran el de mis tacones contra el suelo, sus zapatos y nuestra respiración agitada.
A una esquina de distancia, Paul se detuvo y señaló hacia arriba.
—Hay un hotel aquí al lado —dijo, señalando un edificio moderno de cristal y acero que brillaba contra la noche—. Uno discreto. Bueno.
Lo miré, parpadeando, intentando que mi cerebro funcionara, intentando encontrar la razón por la que me había abandonado hacía horas.
—Sé que debería decir que no —susurré, con la voz temblorosa—. Sé que debería irme a casa, subir a mi apartamento, cerrar la puerta con llave y olvidar que esta noche ha pasado.
Paul se giró hacia mí, con la cara iluminada por la luz de la entrada del hotel. Parecía un ángel caído, un demonio tentador, todo a la vez.
—Pero no lo harás —dijo, y no era una pregunta.
—No —admití, sintiendo que caía, que me dejaba caer, que abandonaba todas las promesas que me había hecho a mí misma—. No lo haré.
Entramos juntos en el vestíbulo, minimalista y elegante, con una recepción discreta, donde un recepcionista profesional ni siquiera levantó una ceja al vernos llegar a medianoche, despeinados y con las mejillas sonrojadas.
Paul se acercó a la recepción con una eficiencia que me dijo que no era la primera vez que hacía esto, que conocía el protocolo, aunque algo en su postura, en la forma en que me mantenía pegada a su lado con la mano en mi cintura, me decía que esta vez era diferente. Que yo era diferente.
—Una habitación —dijo, con voz autoritaria—. Planta veinte. Con vistas al parque, si es posible.
El recepcionista asintió, tecleó algo en su ordenador y nos entregó una tarjeta magnética.
—Habitación 2007. Ascensor a la izquierda. Que tengan una buena noche.
Paul cogió la tarjeta y me miró, dándome una última oportunidad para arrepentirme. Pero yo ya estaba perdida. Tomé su mano y caminamos hacia el ascensor.
En cuanto las puertas se cerraron y nos quedamos solos en aquella caja de espejos, Paul perdió toda pretensión de control.
Me empujó contra la pared de espejos, con fuerza, pero sin hacerme daño, y volvió a besarme, esta vez con más urgencia, más desesperación, como si el tiempo se nos acabara.
Sus manos recorrieron mi cuerpo sin piedad, subiendo por debajo de mi vestido, encontrando la piel desnuda de mis muslos, y gemí contra su boca, un sonido que no reconocí como mío, animal y necesitado.
—Dios, Alana —gruñó contra mi cuello, mordiendo la piel sensible justo debajo de mi mandíbula, dejando una marca que sabía que tendría mañana—. No te haces una idea de cuánto te deseo desde que te vi entrar al restaurante.
Sus palabras crudas y directas me excitaron más de lo que quería admitir. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura e insistente, y me froté contra ella instintivamente, provocándolo.
—Joder, para —gimió, apretando los dientes—. Voy a correrme aquí mismo si sigues así.
Las puertas se abrieron con un ding suave, y nos separamos jadeando, mirándonos con hambre. Caminamos por el pasillo casi corriendo, encontramos la habitación 2007 e introdujimos la tarjeta con dedos torpes.
En cuanto estuvimos dentro, con la puerta cerrada y echada la llave, la ropa comenzó a volar.
Mi abrigo cayó al suelo junto con su chaqueta.
Paul me agarró de la cintura y me empujó contra la pared, besándome con ferocidad mientras sus manos buscaban la cremallera de mi vestido.
Lo bajó de un tirón, dejando el vestido negro hecho un ovillo en el suelo.
Yo tiré de su camisa, desabrochando los botones con dedos torpes, necesitando sentir su piel contra la mía.
—Espera —dijo de repente, deteniéndose, con la respiración agitada—. Quiero verte. Toda.
Se apartó un paso y me miró, realmente me miró, con una intensidad que me hizo sentir expuesta pero poderosa.
Solo llevaba puesto el sujetador negro de encaje y las bragas a juego.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo, desde los pechos hasta las caderas, bajando por mis piernas, y vi cómo se le dilataban las pupilas, cómo se le hacía un nudo en la garganta.
—Quítate el sujetador —ordenó, con voz ronca—. Quiero verte.
Obedecí, alcanzando la espalda para desabrochar el cierre.
El sujetador cayó al suelo y mis pechos quedaron al descubierto, con los pezones erectos por el deseo y el frío del aire acondicionado.
Paul gruñó, un sonido animal, y se acercó, tomando un pecho en cada mano, amasándolo con fuerza y rozando los pezones con los pulgares.
—Joder, eres perfecta —murmuró, inclinándose para tomar uno en su boca.
Grité cuando su lengua caliente rodeó mi pezón y lo succionó con fuerza, mientras su mano derecha descendía por mi vientre hasta mis bragas. Metió la mano por debajo de la tela, encontró mi humedad y gemí más fuerte cuando sus dedos rozaron mi clítoris.
—Estás empapada —dijo contra mi pecho, con satisfacción masculina—. Me excito aún más solo de pensar en lo mojada que estás por mí.
—Tócame —supliqué, moviendo las caderas contra su mano—. Por favor, Paul, tócame.
No hizo falta pedírselo dos veces. Me empujó hacia la cama y me hizo tumbarme boca arriba.
Se quitó la camisa de un tirón, revelando un torso esculpido que me dejó sin aliento, y luego se bajó los pantalones y los calzoncillos a la vez.
Su miembro saltó libre, grande, grueso, con las venas marcadas y la punta húmeda.
Tragué saliva, excitada e intimidada a la vez.
—No te preocupes —dijo, notando mi mirada—. Te cabrá. Te lo prometo.
Se subió a la cama, se situó entre mis piernas y me quitó las bragas con un movimiento lento, casi ceremonial, revelando mi sexo, completamente depilado y brillante de excitación. Se quedó mirándolo durante unos segundos que parecieron eternos, con la respiración entrecortada.
—Precioso —susurró, y luego se inclinó y me lamió.
Grité, un sonido agudo que llenó la habitación, cuando su lengua caliente recorrió mi hendidura de abajo hacia arriba, deteniéndose en mi clítoris para trazar círculos lentos y deliberados.
Paul sabía exactamente lo que hacía. Metió dos dedos dentro de mí, curvándolos para encontrar el punto G, mientras seguía chupando mi clítoris con una insistencia que me volvía loca.
—Paul, Dios, Paul —gemí, agarrando su pelo, moviendo las caderas contra su boca—. Voy a correrme, voy a…
—Córrete —ordenó contra mi piel.
Y obedecí. El orgasmo me golpeó como una ola, intenso, devastador, haciendo que arqueara la espalda y gritara su nombre mientras él seguía lamiéndome, prolongando el placer hasta que tuve que empujar su cabeza porque era demasiado, demasiado sensible.
Se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con una sonrisa arrogante y satisfecha.
—Ahora me toca a mí —dijo, acariciando su miembro con la mano.
Me incorporé, todavía temblando por el orgasmo, y me arrodillé frente a él en la cama. Tomé su miembro en la mano, sintiendo su peso, su calor y su dureza, y lo acerqué a mi boca. Lamí la punta, probando el sabor salado de su excitación, y él gruñó, echando la cabeza hacia atrás.
—Joder, Alana —jadeó—. Tu boca es increíble.
Lo tomé más profundo, usando la mano para acariciar la base mientras mi boca trabajaba en la punta.
Paul me agarró del pelo, no para forzarme, sino para sujetarse, con los nudillos blancos de tensión.
Lo chupé con avidez, disfrutando de su sabor, de los sonidos que emitía, de la sensación de poder que me daba tenerlo así, vulnerable y al borde.
—Para —dijo de repente, tirando suavemente de mi pelo—. Para o me corro. Y no quiero correrme en tu boca. Quiero follarte.
Me empujó hacia atrás, haciéndome caer de nuevo, y se situó entre mis piernas. Cogió un preservativo del bolsillo de sus pantalones y se lo puso con movimientos ágiles.
—¿Estás segura? —preguntó de nuevo, posicionándose en mi entrada, frotando su miembro contra mi humedad—. Dime que quieres esto, Alana. Dímelo.
—Sí —gemí, arqueándome hacia él, necesitándolo dentro de mí como necesitaba el aire—. Fóllame, Paul. Por favor, fóllame ahora.
Entró en mí con una embestida fuerte y decidida, y ambos gritamos al unísono. Era grande, me llenaba por completo, estirándome de la mejor manera posible. Se quedó quieto un segundo, dejándome adaptarme a su tamaño, con la frente apoyada en la mía, jadeando contra mi boca.
—Joder, estás apretada —gruñó—. Como un guante. No voy a durar mucho.
Empezó a moverse, primero despacio, sacando casi todo su miembro y volviéndolo a introducir hasta el fondo, hasta hacerme ver las estrellas.
Luego aumentó el ritmo, embistiendo con fuerza, con una urgencia que respondía a la mía.
Cada golpe de sus caderas contra las mías enviaba ondas de placer por todo mi cuerpo.
—Más fuerte —supliqué, arañando su espalda—. Fóllame más fuerte, Paul.
Obedeció. Me agarró las muñecas y las sujetó sobre mi cabeza con una mano, dominándome por completo, mientras con la otra me sujetaba la cadera para penetrarme más profundamente. Era salvaje, era primitivo, era exactamente lo que necesitaba.
—Mírame —ordenó, con voz gutural—. Mírame mientras te follo. Quiero ver tus ojos cuando te corras.
Y obedecí. Mantuve los ojos abiertos, fijos en los suyos, mientras el placer crecía y se acumulaba en mi vientre como una oleada imparable. Sentía que estaba al borde, que caía, que explotaba.
—Paul, voy a… —jadeé.
—Córrete —gruñó—. Ahora, Alana. Córrete conmigo.
El orgasmo me golpeó con la fuerza de un tren, haciendo que mi sexo se contrajera alrededor de su miembro en espasmos violentos.
Grité, un sonido ronco y desgarrado, mientras él seguía embistiendo, buscando su propio clímax.
Cuando se corrió, lo hizo con un rugido profundo que sentí vibrar en su pecho, enterrándose en mí hasta el fondo y quedándose inmóvil durante largos segundos mientras su cuerpo se tensaba y se relajaba con cada espasmo.
Se desplomó sobre mí, jadeando, con el peso de su cuerpo aplastándome al máximo.
Yo estaba agotada, dolorida de la mejor manera posible, con la piel sensible al tacto del aire y el sudor que nos unía.
Nos quedamos en silencio durante minutos, solo escuchando nuestras respiraciones entrecortadas y el zumbido de la ciudad desde fuera de la ventana.
—Dios mío —murmuró finalmente, besando mi cuello, mi hombro, mi mejilla—. Eso ha sido… increíble.
—Sí —respondí, con voz temblorosa, acariciando su espalda sudorosa—. Nunca había sentido algo así.
Se apartó un poco, saliendo de mí con cuidado, y se quitó el preservativo, tirándolo a la papelera.
Luego, sin decir nada, me atrajo hacia él, acunándome contra su pecho, mientras su brazo me envolvía con una fuerza protectora.
Apoyé la cabeza en su hombro, sintiendo su corazón latir contra mi mejilla, un ritmo fuerte y constante que me arrullaba.
—No me vayas a odiar por esto mañana —susurró contra mi pelo, con voz cansada.
—No te odio —respondí, sintiendo cómo el sueño me invadía, cómo la seguridad de sus brazos me hacía olvidar todos mis miedos—. Esto ha sido… has sido tú. Solo tú.
—Duerme —dijo, besando mi frente, mi párpado, mi nariz—. Duerme, Alana. Estás a salvo.
Y cerré los ojos, sabiendo que estaba mintiendo, sabiendo que nada de esto era seguro, que mañana vendrían las dudas y los arrepentimientos.
Pero por esa noche, por esas horas robadas, me permití quedarme dormida en los brazos de un desconocido que, de alguna manera, había llegado a mi corazón, sintiéndome, por primera vez en años, completamente en paz.