Capítulo 6
Paul
Alana acababa de aceptar que nos fuéramos al hotel y yo estaba a punto de cogerle la mano para marcharnos cuando Sofía apareció de repente. Sin darnos tiempo a reaccionar, tiró de mi acompañante hacia la pista de baile porque, según dijo, acababa de sonar su canción.
No pude hacer otra cosa que irme a la barra y pedir una copa, desde donde la vi moverse en la pista de baile con Sofía, y sentí celos irracionales hacia su propia amiga.
Irracionales, estúpidos, inapropiados, pero terriblemente reales.
Quería ser yo quien la tocara, yo quien hiciera que se riera así, con la cabeza echada hacia atrás mostrando ese cuello largo y elegante que ansiaba marcar con mis besos, que deseaba morder hasta dejar huella.
La observaba desde la barra, con el segundo whisky en la mano que no recordaba haber pedido, como un depredador a su presa, como un hombre hambriento mirando un banquete al que no había sido invitado.
Alana se movía con una naturalidad que me resultaba embriagadora.
No era una bailarina profesional; no hacía movimientos calculados para impresionar, sino que simplemente se dejaba llevar por la música, permitiendo que su cuerpo expresara lo que su boca se negaba a admitir.
Sofía le decía algo al oído y ella reía, ese gesto de echar la cabeza hacia atrás que dejaba su garganta completamente expuesta, vulnerable, irresistible.
Apuré el whisky de un trago, sintiendo cómo el líquido me quemaba la garganta, sin poder apagar el fuego que ardía en mis venas.
—Vaya, vaya —la voz de Ethan apareció a mi lado, seguida de su cuerpo que se apoyaba en la barra con una satisfacción que me irritó—. El Hielo Blackwood está derretido.
—Cállate —gruñí, dejando el vaso vacío sobre la madera con un golpe seco.
Ethan no se calló. Nunca se callaba. Era una de sus cualidades más entrañables y exasperantes.
—Es obvio que os gustáis —continuó, con esa sonrisa estúpida y cómplice que tenía cuando creía saber algo que yo ignoraba—. La tensión sexual se corta con un cuchillo, tío. Se ve a leguas. Cualquiera con ojos en la cara puede ver cómo os miráis.
—No sabes de qué hablas —mentí, pidiendo otro whisky al camarero con un gesto seco.
—Llevo veintidós años conociéndote, Paul.
Veintidós años viéndote levantar muros que ni el ejército podría derribar, follar sin compromiso y volver solo a casa.
Y ahora te miro, y esos muros se están derrumbando solos.
Deberías llevarla a un hotel y follar hasta que os saquéis esto del sistema. Antes de que explotéis los dos.
Si él supiera que eso era precisamente lo que iba a hacer cuando su novia se hubiera llevado a Alana de mi lado…
—No me digas lo que debo hacer —espeté, girándome hacia él, con la mirada fría que solía congelar a mis empleados.
Pero Ethan no se inmutó. Me conocía demasiado bien.
—Alguien tiene que hacerlo —insistió, bajando la voz, poniéndose serio de repente—. Llevas años sin sentir nada por nadie, Paul. Y a ella la miras como si fueras a devorarla. Hazlo. Fóllala. Sacia esa necesidad que tienes. Pero no te enamores, ¿vale?
»Sé que no puedes permitirte eso. Sé lo que pasó con David, sé por qué te castigas. Pero el sexo es sexo. El amor… el amor es otra cosa. Y tú no puedes ir por ahí.
Sus palabras me molestaron porque eran ciertas.
Porque me describían con una precisión que odiaba.
No podía enamorarme. No debía. El amor era un lujo que no podía permitirme, una responsabilidad que acabaría en desastre, en dolor, en muerte.
Había matado a mi hermano con mi amor posesivo, con mi arrogancia al creer que sabía lo que era mejor para él. No volvería a cometer ese error.
Pero cuando Alana volvió a la barra, separándose de Sofía, con las mejillas sonrojadas y el pelo revuelto por el baile, con los ojos brillantes y los labios ligeramente entreabiertos por la respiración acelerada, supe que iba a ignorar todas mis reglas.
Supe que iba a arriesgarme, a saltar al vacío, a hacer exactamente lo que Ethan me había aconsejado, pero con la certeza de que no sería capaz de mantener la distancia emocional que requería.
Se sentó en el taburete de al lado, sin mirarme, y pidió un vaso de agua al camarero con voz sedienta. Sus manos temblaban ligeramente, de forma apenas perceptible, pero yo lo noté. Estaba tan nerviosa como yo. Tan afectada como yo.
—¿Bailamos? —pregunté otra vez, sorprendiéndome a mí mismo con la pregunta.
No bailaba. No desde… desde hacía años. Desde los bailes de instituto, cuando era un patoso alto y torpe. Pero con ella quería intentarlo. Con ella quería hacer todo lo que normalmente evitaba.
Alana giró la cabeza hacia mí, sorprendida, con esas cejas perfectas arqueadas en un gesto de desafío.
—¿Otra vez? —preguntó, con una mezcla de sarcasmo y curiosidad—. ¿Quieres demostrarme que sí sabes bailar o es solo para seguir provocándome hasta que nos vayamos al hotel?
Su desafío me excitó. Siempre lo hacía. Esta mujer no se dejaba intimidar por mi reputación, por mi dinero ni por mi actitud. Me trataba como a un igual, como a un hombre normal, y eso era más intoxicante que cualquier whisky.
—Prueba y averígualo —respondí, extendiendo la mano.
La cogí antes de que pudiera cambiar de opinión, antes de que su racionalidad pudiera imponerse a su deseo. Sus dedos se entrelazaron con los míos, fríos y temblorosos, y la atraje hacia la pista de baile.
La música había cambiado, volviéndose más lenta y sensual, perfecta para pegar cuerpos.
Una canción de jazz con un ritmo pausado que invitaba a la intimidad, a la cercanía, a dejarse llevar.
La atraje hacia mí, sin preguntar, sin pedir permiso, poniendo mis manos en su cintura y sintiendo cada curva de su cuerpo contra el mío.
Alana jadeó apenas, un sonido que se perdió en la música pero que yo escuché perfectamente. Puso sus manos sobre mis hombros, primero tentativas, luego más firmes, aferrándose a mí como si fuera su único punto de apoyo en un mundo que se movía demasiado rápido.
Empezamos a movernos al ritmo, una mezcla torpe al principio, luego más fluida, más natural.
La sujeté por la cintura, bajando las manos lentamente, deliberadamente, hasta casi tocar su culo, deteniéndome en ese límite peligroso que separaba lo correcto de lo prohibido.
Y ella no se apartó. Al contrario, se pegó más, eliminando la escasa distancia que quedaba entre nuestros cuerpos.
Sentí su respiración acelerada contra mi pecho, el calor de su piel a través de la tela y su corazón latiendo tan fuerte como el mío. Estaba excitada, y yo estaba tan jodidamente perdido que ya no recordaba por qué había jurado no sentir esto nunca más.
La música cambió de nuevo, volviéndose más íntima y urgente. Alana levantó la cara hacia mí, con los ojos verdes, brillantes de deseo y miedo, y los labios entreabiertos, invitando sin saberlo, o quizás sabiéndolo perfectamente.
No pedí permiso. No dije nada. Simplemente la besé.
Fue un beso profundo, salvaje, sin delicadeza ni preliminares.
Nuestras lenguas lucharon por el dominio mientras mis manos finalmente bajaron hasta agarrar su culo, atrayéndola más contra mí, dejándola sentir lo mucho que la deseaba, lo duro que estaba por ella.
Ella respondió con la misma urgencia, arañando mi espalda a través de la chaqueta, gimiendo contra mi boca, entregándose por completo.
Cuando nos separamos, ambos jadeábamos, mirándonos con la incredulidad de quienes acababan de cruzar un punto de no retorno.
—Tenemos que salir de aquí —dije, con voz ronca, casi irreconocible.
—Sí —respondió ella, sin preguntar adónde, sin exigir explicaciones.
Cogí su mano y nos abrimos paso entre la multitud hacia donde estaban Ethan y Sofía. Mi amigo me miró, primero sorprendido, luego comprensivo y, finalmente, con una advertencia en los ojos que elegí ignorar.
—Nos vamos —dije, sin dar más explicaciones.
—¿Todo bien? —preguntó Sofía, mirando a Alana con preocupación.
—Sí —respondió Alana, con una voz que no reconocía como la suya—. Nos vemos mañana.
Salimos del bar como alma que lleva el diablo, dejando atrás la música, las risas, la cordura. Caminamos por la calle oscura, de la mano, en silencio, conscientes ambos de que estábamos a punto de cometer un error glorioso, destructivo, inevitable.
A una esquina de distancia, vi la marquesina de un hotel boutique que conocía. Moderno, discreto, perfecto para lo que íbamos a hacer. Me detuve y la miré, dándole una última oportunidad para arrepentirse y salvarse de mí.
—¿Estás segura? —pregunté.
Alana me miró, con los labios hinchados por mis besos y los ojos brillantes de determinación, y asintió.
—Nunca he estado tan segura de nada —dijo.
Y entramos juntos al hotel, dispuestos a destruirnos el uno al otro de la mejor manera.