Capítulo 5
Alana
La cena fue un torbellino de sensaciones contradictorias que me dejó mareada, confusa y peligrosamente excitada.
Intenté por todos los medios concentrarme en Ethan, quien resultó ser tan encantador, divertido y cariñoso como Sofía me había descrito durante meses.
Hablaba con pasión de su trabajo, de la empresa que compartía con Paul, de cómo había conocido a Sofía en una gala benéfica y de cómo su mundo se le había detenido al verla.
Era la clase de historia que debería haberme hecho suspirar de romanticismo, la clase de hombre que debería haberme dado esperanzas de que existieran personas decentes.
Pero mis ojos, traicioneros y desobedientes, se volvían una y otra vez hacia Paul.
Estaba sentado frente a mí, imponente y silencioso, ocupando el espacio de una manera que me resultaba abrumadora.
Era arrogante; eso saltaba a la vista sin necesidad de demostrarlo.
Hablaba poco, pero cuando abría la boca, su voz grave y ronca llenaba todo el espacio, obligando a todos a escuchar.
Tenía un sentido del humor seco, mordaz, afilado como una navaja, que me hacía reír a pesar de mí, sorprendiéndome con comentarios sarcásticos sobre el vino o la decoración del restaurante que nadie más se atrevería a hacer en voz alta.
Y luego estaba la forma en que me miraba.
Dios, cómo me miraba. Como si fuera un plato exótico que se moría por probar, como si ya fuera suya sin haber tocado ni un centímetro de mi piel, como si conociera secretos sobre mí que ni yo misma supiera.
Era desconcertante y excitante a partes iguales, una mezcla que me hacía sentir expuesta y viva por primera vez en años.
Intenté mantener la conversación con Ethan y Sofía, hablando de mi trabajo, de la entrevista que tenía pendiente, de cualquier cosa que sonara normal y segura.
Pero cada vez que levantaba la vista, encontraba los ojos grises de Paul clavados en mí, estudiándome, desnudándome mentalmente, prometiendo cosas que no debería querer que cumpliera.
Fue durante el segundo plato, mientras Ethan explicaba algo sobre una fusión empresarial, cuando sucedió.
Nuestros pies se rozaron accidentalmente debajo de la mesa, una caricia fugaz de zapato contra zapato que ambos podríamos haber atribuido al espacio reducido.
Pero entonces, en lugar de separarnos, la pierna de Paul se quedó allí, presionando contra la mía, y yo no la aparté.
Nos quedamos así, con el contacto sutil pero eléctrico, mientras la conversación continuaba a nuestro alrededor como si nada pasara.
Ambos nos tensamos. Vi cómo los nudillos de Paul se blanqueaban al agarrar el cuchillo con más fuerza de la necesaria, cómo su mandíbula se tensaba, cómo su pecho subía y bajaba con una respiración más agitada.
Y yo… yo sentía el calor subir por mis muslos, concentrándose en un punto que me hacía querer cruzar las piernas para aliviar la presión, pero no lo hice. No quería romper el contacto.
Y entonces Ethan propuso ir a tomar algo, seguir con la noche en otro lugar, disfrutar de la compañía, de una copa y de un poco de música.
Antes de que pudiera pensarlo racionalmente, antes de que mi cerebro pudiera gritar «peligro, huye, no te metas en líos», ya estaba de acuerdo. Asentí con la cabeza, demasiado rápido, demasiado entusiasta.
Necesitaba alcohol. Mucho alcohol. Necesitaba atenuar con whisky o ron o lo que fuera la respuesta física que este hombre desconocido estaba provocando en mi cuerpo.
Necesitaba recuperar el control antes de que hiciera algo estúpido, antes de que cediera a la tentación de averiguar cómo se sentiría tener esas manos grandes sobre mi piel, esos labios severos besando mi cuello.
Ethan pagó, insistiendo en que era su noche, y salimos al aire fresco de septiembre.
La calle estaba iluminada por farolas que proyectaban círculos amarillos sobre el asfalto húmedo.
Caminamos los cuatro en grupo, pero pronto Ethan y Sofía se adelantaron, tomados de la mano, riendo, creando una burbuja de intimidad que nos dejaba a Paul y a mí en una especie de limbo incómodo y eléctrico.
Apenas hablamos durante el breve trayecto hasta el bar.
No hacía falta. La tensión entre nosotros era tan palpable que podría haberla cortado con un cuchillo, haberla envuelto en un pañuelo y llevado como trofeo.
Sentía su presencia a mi lado como un imán, cada centímetro de separación entre nuestros cuerpos vibrando con energía contenida.
El bar estaba justo donde Ethan había dicho, con una fachada discreta de ladrillo oscuro y una pesada puerta de madera.
Entramos y el cambio fue inmediato. La música nos golpeó primero, un jazz sensual y lento que se colaba por los poros de la piel.
La iluminación era baja e íntima, con velas en cada mesa y luces tenues que proyectaban sombras en los rincones.
El ambiente era oscuro, cargado de posibilidades, de miradas furtivas entre desconocidos, de promesas no dichas.
Ethan fue directo a la barra a pedir las bebidas, y Sofía, mi querida y traicionera Sofía, lo siguió sin mirar atrás, dejándonos a Paul y a mí solos como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Quieres bailar? —le preguntó Ethan a Sofía, ya con dos copas en la mano.
—Me encantaría —respondió ella, y desaparecieron entre la multitud hacia la pequeña pista donde otras parejas se movían al ritmo lento de la música.
Y entonces estábamos solos.
Paul se sentó en el taburete junto al mío, demasiado cerca, invadiendo deliberada y calculadamente mi espacio personal.
Su rodilla rozó la mía cuando se acomodó, y esta vez no fue accidental.
Apoyó los codos en la barra y se giró hacia mí, encerrándome entre su cuerpo y el mostrador.
Podía olerlo desde ahí, un aroma masculino a whisky, a cuero y a algo indefiniblemente suyo que me hizo cerrar los ojos un segundo para contener el deseo.
—¿Te pasa algo? —preguntó, y cuando habló, su aliento rozó mi mejilla, con olor a whisky caro y a peligro.
—¿Por qué lo preguntas? —respondí, intentando sonar desafiante, pero mi voz salió más temblorosa de lo que pretendía.
—Porque me miras como si quisieras que te follara aquí mismo, contra esta barra, pero también como si eso te aterrorizara más que nada en el mundo —dijo, con una franqueza brutal que me dejó sin palabras, sin aliento, sin defensas.
Sentí cómo el rubor me subía por el cuello, cubriendo mis mejillas y quemándome hasta las orejas. Quería negarlo, quería enfurecerme, quería levantarme e irme corriendo. Pero mi cuerpo traicionero se quedó quieto, pegado a aquel taburete, esperando a ver qué más decía, qué más haría.
—Eres directo —logré decir finalmente, mirándolo a los ojos, desafiándolo a que bajara la vista y retrocediera.
—Siempre —confirmó, sin apartar los ojos de los míos, sin mostrar ni una pizca de vergüenza ni de arrepentimiento.
—Yo no busco complicaciones —dije, y era una advertencia tanto para mí como para él.
—Yo tampoco —respondió, acercándose un poco más, hasta que pude ver las pequeñas motas doradas en sus iris grises, hasta que su rodilla se apretó contra la mía con intención.
—Entonces… —empecé, sin saber muy bien qué intentaba decir ni qué línea quería trazar en la arena.
—Entonces deberíamos dejar de fingir —interrumpió, acercando su boca a mi oído, tan cerca que sentí el calor de sus labios contra mi piel—, porque ambos sabemos cómo va a terminar esta noche.
Su voz vibró en mi interior, despertando algo que creía muerto desde hacía tres años, desde aquella mañana en que descubrí a Marco en nuestra cama con otra.
Despertó el deseo, la pasión, la necesidad de ser tocada, de ser deseada, de perderme en alguien que me hiciera olvidar quién era yo, quién había sido, quién temía volver a ser.
Y lo peor era que tenía razón. Ambos lo sabíamos.
Miré hacia la pista de baile, donde Ethan y Sofía se movían abrazados, felices, inconscientes de la bomba de relojería que estaba a punto de explotar a pocos metros de ellos.
Luego volví a mirar a Paul, a su cara severa y hermosa, a sus ojos que prometían placer y olvido, a su boca que me provocaba imaginarme cómo se sentiría contra mi cuello, mis pechos, mi vientre.
—¿Bailamos? —preguntó de repente, extendiendo la mano, ofreciéndome una salida honorable, una última oportunidad de mantener las apariencias.
Miré su mano grande, con dedos largos y nudillos marcados, y supe que, si la cogía, si permitía que me tocara de nuevo a propósito, no habría vuelta atrás. Cruzaríamos una línea invisible de la que no se podía regresar.
Pero mi mano se movió sola, traicionera, y se posó sobre la suya. Su piel estaba caliente y cerró los dedos sobre los míos con una suavidad que contrastaba con la fuerza que sabía que podía ejercer, y me ayudó a bajar del taburete.
La pista de baile estaba oscura, llena de sombras y cuerpos que se movían al ritmo de una música lenta y sensual.
Paul me llevó hasta un rincón apartado, lejos de Ethan y Sofía, lejos de cualquier mirada indiscreta.
Me puso las manos en la cintura y yo las posé sobre sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo la tela de su camisa.
Nos movimos al ritmo de la música, pegados, con los cuerpos casi tocándose, pero no del todo, creando una tensión agonizante. Él era alto, mucho más alto que yo, y tuve que alzar la vista para mirarlo y encontrarme con esos ojos que me devoraban.
—Esto es una locura —susurré, más para mí misma que para él.
—La mejor locura que he probado en años —respondió, y su mano bajó desde mi cintura hasta casi tocarme el culo, deteniéndose en ese límite peligroso.
—Ni siquiera te conozco —intenté argumentar débilmente.
—Entonces conozcámonos —dijo, y su boca estaba tan cerca de la mía que podía sentir su aliento—. Dime algo que no le hayas dicho a nadie.
Pensé en mi pasado, en el dolor, en las noches en que lloraba sola. Pero no dije nada de eso. En lugar de eso, dije la verdad más simple y aterradora.
—Hace tres años que no siento esto. Este… deseo. Esta necesidad de que alguien me toque.
Sus ojos se oscurecieron, volviéndose casi negros en la penumbra del bar.
—Yo hace demasiado tiempo que no siento algo así —admitió, y había dolor en su voz, una herida que no explicó pero que sentí resonar en mi propio pecho.
La música cambió, volviéndose más lenta, más íntima. Paul me atrajo hacia él, eliminando por fin la distancia entre nuestros cuerpos. Sentí su dureza contra mi vientre, su corazón latiendo contra mi pecho, su respiración acelerada mezclándose con la mía.
—Deberíamos irnos —dijo, y no era una pregunta.
—¿A dónde? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Hay un hotel cerca. O podemos ir a mi ático. O a tu casa. No me importa, Alana. Solo sé que, si no te beso en los próximos cinco minutos, voy a explotar.
Miré sus labios, carnosos y severos, y sentí que caía, que me dejaba caer, que abandonaba todas las promesas que me había hecho a mí misma de no volver a confiar, no volver a desear, no volver a arriesgarme.
—El hotel —dije, y mi voz sonó extraña, decidida, desesperada—. Que sea el hotel.
Y con esa respuesta, no sabía que estaba cometiendo el error más glorioso de mi vida.