Capítulo 4
Paul
Ethan aparcó el coche en una calle lateral del SoHo, apagando el motor con una energía nerviosa que me resultaba exasperante y entrañable a la vez.
Llevaba todo el trayecto hablando sin parar, repitiendo por enésima vez lo nervioso que estaba, lo mucho que le importaba que Sofía le presentara formalmente a su mejor amiga, cómo se imaginaba el resto de la noche si todo salía bien.
Yo asentía mecánicamente, mirando por la ventanilla el reflejo de las farolas en los cristales mojados por la lluvia reciente, intentando concentrarme en cualquier cosa menos en el nudo que sentía en el estómago.
No debería haber venido. Esa era la verdad.
Debería haberme quedado en mi ático, con mi whisky y mi silencio, lejos de las miradas cómplices de Ethan y de la expectativa de una noche que prometía ser incómoda.
Pero mi amigo me necesitaba, o eso decía él, y después de veintidós años de amistad, sabía que no podía negarle este favor.
Solo sería una cena. Dos horas, quizás tres, de sonrisas forzadas y conversación banal.
Luego volvería a mi vida ordenada, vacía y segura.
Bajamos del coche y caminamos hacia el restaurante. Ethan se arregló la camisa por tercera vez, se pasó la mano por el pelo y respiró hondo antes de empujar la puerta de cristal. El calor y el olor a comida nos envolvieron. Sofía estaba en la barra, preciosa y radiante.
La sonrisa que le dedicó a mi mejor amigo al verle me dijo todo lo que necesitaba saber. Ethan no había exagerado ni un poco sobre esa mujer, porque no solo era guapa, sino que le miraba con un amor que rara vez había visto en mi vida.
Nos presentamos, charlamos, reímos y Sofía, tan directa como Ethan me había dicho que era, me preguntó si le daba el visto bueno como novia de mi mejor amigo. No pude decir que no, porque sin duda alguna, la mujer que tenía delante era perfecta para él; era, efectivamente, la indicada.
Porque entonces, en ese preciso instante, entró la mejor amiga de Sofía. La vi cruzar la puerta del restaurante y supe que estaba jodido.
No es que creyera en el amor a primera vista, esa mierda era para Ethan y para quien pensara que eso de verdad podía existir, pero cuando Alana entró en aquel local con ese vestido negro que se adhería a sus curvas como una segunda piel, sentí que el mundo se detenía, que la música se apagaba, que el aire se volvía irrespirable.
Tenía el pelo castaño recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto un cuello largo y elegante, pálido y perfecto, que me provocó una urgencia instantánea e inapropiada de morderlo, de marcarlo, de hacerlo mío de la forma más primitiva posible.
Pero fueron sus ojos los que me destruyeron.
Dios, esos ojos verdes con motas doradas que brillaban con inteligencia y algo más, algo oscuro y herido que reconocí inmediatamente porque lo veía cada maldita mañana cuando me afeitaba frente al espejo.
Era el mismo dolor, la misma desconfianza, el mismo miedo a ser vulnerable que yo llevaba veintitrés años cultivando.
Cuando Sofía la abrazó y luego la presentó, extendí la mano automáticamente, por inercia, manteniendo la máscara de frialdad que me había servido tan bien durante décadas.
Pero cuando nuestras manos se tocaron, cuando sus dedos suaves y fríos rozaron mi piel, fue como un golpe físico, una descarga eléctrica que recorrió mi brazo y me atravesó el pecho, deteniendo mi corazón durante un segundo aterrador.
Noté cómo se tensaba, cómo sus pupilas se dilataban hasta hacerse enormes, cómo su respiración se entrecortaba apenas un instante antes de que recuperara la compostura.
Y supe, con una certeza absoluta que me aterrorizó, que ella también lo había sentido.
Que lo que acababa de pasar entre nosotros era real, químico, inevitable.
Eso me enfureció y me excitó a partes iguales.
No quería esta complicación. No necesitaba una mujer que me hiciera sentir, que despertara esa parte de mí que tenía enterrada bajo capas de hielo, de negocios millonarios y de culpa.
No quería que nadie despertara eso que creía muerto, porque sabía que, si lo despertaba, si permitía que creciera, acabaría destruyéndolo todo, como había hecho con David.
Pero mientras la seguía hacia la mesa, mientras observaba la forma en que se movían sus caderas bajo aquel vestido, la manera en que se sentaba con la espalda recta y la barbilla ligeramente levantada en actitud desafiante, supe que ya era demasiado tarde. La había visto, y no podía dejar de verla.
Nos sentamos con Ethan y Sofía, como extraños, en nuestra propia mesa.
El camarero tomó nota de las bebidas, y pedí un whisky, necesitando algo que me quemara la garganta y me diera valor para lo que estaba sintiendo.
Ella pidió vino tinto y, cuando habló, su voz tembló apenas un instante, un fallo en su armadura que solo yo parecí notar.
Durante la cena, apenas presté atención a la conversación que mantenían Ethan y Sofía.
Ellos parecían hablar de cosas importantes, de futuro, de planes, mirándose con esos ojos de cordero degollado que me hacían querer vomitar de dulzura.
Hablaban de bodas, supuse, o de algo parecido.
Ethan estaba perdido, completamente enamorado, y Sofía brillaba con una luz que solo se ve cuando una mujer ha encontrado a quien cree que es su alma gemela.
Yo solo podía fijarme en Alana, en cada pequeño detalle que descubría y que me fascinaba más que el anterior.
Observé cómo su boca se curvaba hacia arriba de un lado cuando sonreía con sarcasmo, creando un hoyuelo diminuto en su mejilla izquierda que me daba ganas de besarlo.
Noté cómo jugueteaba con el pie de su copa de vino cuando estaba nerviosa, trazando círculos invisibles sobre la mesa con el dedo índice.
Vi cómo se mordía el labio inferior al escuchar atentamente, dejando una marca roja temporal que me hacía imaginar cómo sabría y se sentiría entre mis dientes.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, ya fuera accidentalmente o no tanto, había chispas, una tensión sexual tan espesa que podía cortarse con un cuchillo.
Sentía su presencia como un peso físico, como una fuerza gravitatoria que me atraía hacia ella sin que pudiera resistirme.
Y cuando nuestras piernas se rozaron bajo la mesa, cuando ella no apartó la suya inmediatamente, sentí que perdía el control de mi propio cuerpo.
—Entonces, Paul —dijo Ethan de repente, dándome un codazo en las costillas que me sacó de mi trance—, ¿qué te parece?
Parpadeé, desorientado, como si acabaran de despertarme de un sueño profundo.
—¿Perdón? —gruñí, con la voz más ronca de lo habitual, afectada por el whisky y la tensión.
—Decía que deberíamos ir a tomar algo a ese bar de copas nuevo que han abierto cerca de aquí, en la esquina de la siguiente calle —repitió Ethan, con una sonrisa traviesa que me decía que se había dado cuenta de mi fascinación, que sabía exactamente en qué estaba pensando—.
¿Qué os parece? Tienen música en vivo los sábados.
Miré a Alana, buscando en su rostro cualquier señal de rechazo, cualquier excusa para que pudiéramos escapar de esta situación antes de que fuera demasiado tarde.
Debería haberme negado. Debería haber dicho que estaba cansado, que tenía trabajo por la mañana, cualquier mentira que me permitiera volver a la seguridad de mi ático vacío.
Pero Alana levantó la vista, sus ojos verdes se encontraron con los míos y asintió lentamente, casi imperceptiblemente, con una mezcla de desafío y miedo en su mirada que me dejó sin aliento.
—Me parece bien —dijo ella, y su voz sonó firme, aunque sus manos temblaban ligeramente sobre la mesa.
Estaba perdido. Completa y absolutamente perdido.
Ethan pagó la cuenta, insistió en hacerlo, diciendo que era su noche, y nos levantamos de la mesa.
Alana se puso el abrigo beige, que contrastaba con el negro de su vestido, y yo tuve que contener el impulso de ayudarla, de tocarla, de acercarme lo suficiente como para oler su perfume.
Caminamos hacia la salida en grupo, pero yo iba detrás de Alana, observando cómo se movía, cómo su pelo castaño se balanceaba con cada paso, cómo sus tacones resonaban contra el suelo de madera.
Fuera, la noche de septiembre había refrescado, y el aire olía a lluvia y a posibilidades. Ethan tomó la mano de Sofía y señaló hacia la izquierda, donde estaba el bar. Caminaron delante, risueños y enamorados, dejándonos a Alana y a mí en un silencio incómodo y eléctrico.
—¿Te gusta caminar? —pregunté, sorprendiéndome a mí mismo por querer iniciar una conversación, por querer escuchar su voz de nuevo.
—Depende de hacia dónde se vaya —respondió, mirándome de reojo, con una timidez que no cuadraba con la mujer segura que había mostrado momentos antes.
—¿Y si no sabes el destino? —insistí, deteniéndome un instante para que ella también se parara, para que nos quedáramos un momento solos mientras Ethan y Sofía se adelantaban.
Alana se giró hacia mí, con las mejillas sonrojadas por el frío o por algo más, y los ojos brillantes bajo la luz de las farolas.
—Entonces espero que valga la pena el viaje —dijo, y en su tono había una advertencia, una promesa y una pregunta, todo a la vez.
Sin pensarlo, extendí la mano y le aparté un mechón de pelo que el viento había desordenado, rozando su sien con mis nudillos.
Ella se estremeció bajo mi tacto, pero no se apartó.
Nos quedamos así un segundo que pareció eterno, dos extraños conectados por algo que ninguno de los dos entendía, pero que ambos sentían con una intensidad aterradora.
—Valdrá la pena —mentí, o quizás no era mentira, porque en ese momento habría seguido a esta mujer hasta el fin del mundo si me lo hubiera pedido.
Reanudamos la marcha y alcanzamos a Ethan y Sofía en la esquina. El bar estaba justo delante, con una fachada discreta y música que se filtraba por las ventanas entreabiertas. Ethan nos miró, primero a mí y luego a Alana, y su sonrisa se amplió, cómplice y satisfecha.
—¿Entramos? —preguntó.
Miré a Alana una última vez, buscando una señal de retirada, una última oportunidad de salvarnos de lo que estaba a punto de pasar.
Pero ella ya empujaba la puerta, desapareciendo en el interior iluminado por luces tenues, y yo la seguí, como un hombre condenado que caminaba hacia su propia destrucción, sabiendo que, una vez que cruzara ese umbral, nada volvería a ser igual.