Capítulo 3
Alana
El metro se detuvo con esa sacudida característica que tanto odiaba como amaba a partes iguales.
Apreté el pasamanos de goma, balanceándome con el movimiento del vagón mientras intentaba controlar la respiración.
Llevaba diez minutos en el subsuelo de Manhattan, atrapada entre olores a sudor, perfume barato y la promesa de una noche que ya sentía que se me escapaba de las manos.
El vestido negro se me pegaba a los muslos, incómodo, recordándome que llevaba demasiado tiempo sin ponerme nada que no fuera vaqueros y jerséis.
Bajé en la estación de Prince Street y subí las escaleras mecánicas hacia el aire fresco del SoHo.
La noche de septiembre me recibió con una brisa suave que olía a otoño y a posibilidades.
Caminé por las calles empedradas, pasando junto a escaparates iluminados de galerías de arte y boutiques caras, mientras el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que me resultaba ridícula.
Solo era una cena. Una cena con mi mejor amiga y su novio. Nada más.
Mentía. Ya lo sabía antes de llegar. Había algo en la voz de Sofía durante nuestra última conversación telefónica, una excitación contenida que me decía que esta noche era importante. Que Ethan no era solo otro tío, sino el tío.
Llegué cinco minutos tarde, lo justo para no parecer desesperada pero no tanto como para dejarles plantados.
El restaurante italiano estaba en una esquina discreta, con fachada de ladrillo visto y una pequeña terraza cubierta donde colgaban guirnaldas de luces amarillas.
Respiré hondo, ajusté el bolso sobre el hombro y empujé la puerta de cristal.
El calor del interior me envolvió junto con el olor a ajo, tomate y pan recién horneado.
El local era íntimo, con mesas de madera oscura separadas por una distancia prudente, velas encendidas en frascos de vidrio y una música de jazz suave que emanaba de altavoces invisibles.
Busqué entre la clientela y entonces la vi.
Sofía estaba en la barra, apoyada contra la encimera de mármol, radiante con un vestido azul cobalto que realzaba su piel morena y hacía que sus ojos parecieran dos carbones encendidos.
Llevaba el pelo suelto, cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros, y una sonrisa que iluminaba toda la habitación.
Parecía feliz, genuinamente feliz, de esa manera que solo se ve cuando alguien ha encontrado su sitio en el mundo.
A su lado, un hombre rubio de sonrisa encantadora que debía ser Ethan.
Era atractivo, eso tenía que admitirlo, con una cara juvenil y hoyuelos que le daban un aire de chico bueno.
Llevaba una camisa azul claro sin corbata y una chaqueta informal, y la miraba a ella como si Sofía fuera la única mujer del planeta.
Y junto a él…
Dios mío. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Un hombre alto, imponente, ocupando el espacio de una manera que me resultó abrumadora de inmediato.
Llevaba un traje negro que parecía cosido directamente sobre su cuerpo atlético, delineando hombros anchos, una cintura estrecha y largas piernas que terminaban en unos zapatos caros y pulidos.
Tenía el pelo oscuro, revuelto de forma indecentemente atractiva, como si se hubiera pasado la mano por él cien veces o como si simplemente no le importara parecer perfecto.
Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin aliento. Unos ojos grises, fríos como el acero, pero intensos como el fuego, que me miraron desde el otro lado de la barra con una fijeza que me hizo querer girarme y salir corriendo y, al mismo tiempo, acercarme más.
—Alana, cariño —Sofía se acercó en tres zancadas y me abrazó con esa fuerza suya que me había reconfortado durante veintitrés años—. Este es Ethan, mi… bueno, mi todo —rio nerviosa, con las mejillas sonrojadas—. Y este es Paul, su mejor amigo y socio.
Paul. Incluso el nombre sonaba a poder, a algo sólido e inquebrantable.
Extendí la mano automáticamente, intentando mantener la compostura, intentando ser profesional, distante, simplemente educada.
Pero cuando los dedos de Paul tocaron los míos, sentí una corriente eléctrica que subió por mi brazo hasta la nuca, erizándome el vello de la nuca y deteniendo mi corazón durante un segundo aterrador.
Fue físico, químico, inexplicable. Sus ojos se entrecerraron casi imperceptiblemente, y supe, con una certeza que me aterrorizó, que él también lo había sentido.
—Encantado, Alana —dijo con voz grave y ronca, con un acento que no supe identificar, pero que sonaba a dinero viejo, a educación privada en internados de Inglaterra o Suiza, a whisky caro y a secretos oscuros.
—Igualmente —logré balbucear, retirando la mano demasiado rápido, sintiendo el calor de su piel grabado en mi palma como una quemadura.
Ethan y Sofía intercambiaron una mirada cómplice, una de esas miradas que dicen «lo ves, te lo dije», y yo me sentí expuesta, desnuda, como si pudieran ver el efecto que aquel desconocido tenía en mí.
Como si pudieran leer en mi cara el deseo instantáneo e inapropiado que sentía por un hombre al que acababa de conocer y al que, juré en ese momento, odiaría por hacerme sentir tan fuera de control.
—Nos han preparado la mesa —dijo Ethan, con una voz amable y cálida que contrastaba con la frialdad de su amigo—. ¿Vamos?
Asentí, siguiéndolos en fila india hacia el fondo del restaurante.
Sofía iba delante, agarrada del brazo de Ethan, susurrándole al oído algo que le hacía reír.
Yo caminaba detrás, consciente de cada paso, de cada movimiento de mis caderas, de cómo el vestido se me pegaba al cuerpo.
Y detrás de mí, sentía la presencia de Paul como un peso físico, como si su mirada me quemara la espalda desnuda.
La mesa estaba en un rincón privado, iluminada por una única vela que proyectaba sombras danzantes sobre la pared de ladrillo.
Sofía y Ethan se sentaron juntos en un lado, dejándome enfrente de…
él. Tuve que contener el impulso de pedir que cambiaran de sitio, de huir hacia la barra, de inventar una excusa sobre una llamada urgente.
—¿Te importa? —preguntó Paul, ya sentado, con sus largas piernas rozando accidentalmente las mías bajo la mesa estrecha.
—No, claro que no —mentí, deslizándome en la silla de terciopelo rojo.
Un camarero apareció de inmediato, joven y eficiente, con una sonrisa profesional.
—¿Qué desean beber?
—Una botella de Barolo —dijo Ethan—, y agua para todos, por favor.
—Para mí, un whisky doble —corrigió Paul, sin apartar los ojos de mí—, de la reserva que guardan detrás, si no le importa.
—Y para la señorita… —el camarero me miró.
—Un vino tinto —dije rápidamente—. Cualquiera, el que esté bien.
—El Chianti es excelente —dijo Paul, y no era una sugerencia, sino casi una orden suave—. Aunque quizás prefieras algo más suave. ¿Te gusta el vino fuerte, Alana?
Su pregunta, dicha con esa voz grave, sonó a provocación, a desafío, a algo íntimo que aún no teníamos derecho a compartir.
—Me gusta lo que aguanta la noche —respondí, y la frase salió más sugerente de lo que pretendía.
Sofía soltó una risita nerviosa y Ethan carraspeó, rompiendo la tensión.
—Bueno, esto es emocionante. Sofía lleva meses hablándome de ti, Alana. Dice que eres la persona más lista que conoce, además de la más testaruda.
—Me describe bien —logré decir, agradecida por la distracción—, aunque omitió lo pesada que soy.
—Nunca —intervino Sofía, cogiendo la mano de Ethan sobre la mesa—. Eres perfecta. Y estoy tan feliz de que por fin os conozcáis, de que estemos aquí los cuatro. Ethan y yo… bueno, queríamos que esta noche fuera especial.
Miré a mi amiga y vi el amor desbordante en sus ojos, esa mirada que decía que estaba perdida, que había encontrado su hogar.
Y me alegré por ella, de verdad. Pero una parte de mí, esa parte que seguía sangrando en silencio, sintió un pinchazo de envidia amarga.
Yo había tenido eso, o creí tenerlo, y me había destrozado.
¿Por qué ella merecía que le funcionara?
El camarero volvió con las bebidas. El vino tinto era excelente: cálido y robusto, efectivamente, y lo necesitaba desesperadamente. Bebí un sorbo largo, sintiendo el alcohol bajar por mi garganta y expandirse en mi estómago, calmando un poco los nervios.
—Entonces, Alana —dijo Paul, apoyándose en el respaldo de la silla, estudiándome con esa intensidad perturbadora—. ¿Trabajas en marketing?
—Digital, sí —respondí, sorprendida de que supiera eso—. Estaba en una agencia pequeña. Ahora estoy en proceso de… cambiar de aires.
—Ah, sí —intervino Sofía—. Alana ha conseguido una entrevista en una gran empresa, pero no me dice cuál es. Lo guarda como un secreto de Estado. Es el martes que viene.
Sentí que el vino se me atragantaba. Sofía y su boca grande. No quería hablar de trabajo; no quería que Paul supiera que buscaba empleo; no quería parecer desesperada ni ambiciosa ante este hombre que emanaba éxito por cada poro.
—¿En qué empresa? Tal vez la conozcamos; puedo decirte si te tratarán bien o no —comentó Paul, dando un largo sorbo a su whisky, dejando que el líquido ámbar bailara en el vaso antes de mirarme de nuevo.
—Es solo una entrevista. Probablemente no conseguiré el puesto.
—Nunca subestimes tus posibilidades —dijo él, y había algo en su tono, una doble intención que no lograba descifrar—. A veces la vida te pone delante lo que necesitas, aunque no lo esperes.
Nuestras miradas se cruzaron sobre la mesa, y fue como un choque físico.
Los ojos grises de Paul eran impenetrables, pero había algo debajo, un fuego contenido, una curiosidad que me inquietaba.
Y yo… yo estaba atrapada, incapaz de apartar la mirada, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello, cómo mis mejillas se sonrojaban, cómo mi cuerpo traicionaba a mi mente racional, que gritaba «cuidado, peligro, huye».
—Bueno —dijo Ethan, rompiendo el hechizo con una carcajada incómoda—. Esto empieza a parecerse a una entrevista de trabajo. ¿Qué tal si pedimos? Yo me muero de hambre.
Reí, un sonido forzado y demasiado alto, agradecida por la interrupción.
Pero cuando bajé la vista al menú, sentí que las piernas de Paul se movían bajo la mesa, rozando de nuevo las mías, y esta vez no fue accidental.
Fue deliberado, provocador, una promesa silenciosa de que esto, lo que fuera que esto fuera, acababa de empezar.
Y yo, estúpida, vulnerable y curiosa, no aparté la pierna.