Un CEO muy provocador Capítulo 2
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Capítulo 2

Paul

Seis meses, seis malditos meses llevaba escuchando a Ethan hablar de Sofía, de sus ojos, de su risa, de cómo era la indicada.

Normalmente me habría sacado de quicio, pero había algo en la forma en que mi amigo hablaba de ella que me hacía tolerarlo.

Quizás porque Ethan era el único que conocía mi verdadero yo, el único que sabía por qué evitaba las relaciones serias como se evita la peste, por qué prefería follar sin compromiso y volver solo a mi ático, por qué mi vida personal era un desierto intencionado que yo mismo había construido ladrillo a ladrillo.

Tenía treinta y ocho años y hacía demasiado que había decidido que mi presencia era veneno para quienes me querían.

Me vestí frente al espejo de mi vestidor, eligiendo un traje oscuro, sin corbata porque odiaba sentirme ahogado, incluso por algo tan simbólico.

Me miré bien: pelo negro azabache, con canas en las sienes que no me molestaba teñir, mandíbula fuerte, cubierta por una barba de tres días, ojos grises que el espejo me devolvía fríos como el hielo.

Me veía bien, supuse. El dinero compraba buenos cortes de pelo, trajes a medida y un físico mantenido a base de levantar pesas cada madrugada a las cinco en punto.

Pero no podía borrar la oscuridad que sabía que tenía en la mirada, esa sombra que aparecía al pensar en él, en David, en lo que había hecho.

Mi hermano pequeño. Mi cruz.

Salí al salón de mi ático, ese espacio enorme y minimalista en lo alto de Manhattan que parecía más una galería de arte que un hogar.

Todo cristal, acero y madera oscura. No había fotos familiares en las paredes ni recuerdos de la infancia en las estanterías.

Todo lo personal estaba guardado, oculto, bajo llave.

Así me había enseñado a vivir el dolor: encerrándolo, controlándolo, negándole la existencia.

Mis padres, Charles y Eleanor Blackwood, tenían setenta años y vivían en la mansión de Connecticut donde yo crecí.

Mi padre había fundado Blackwood Industries desde cero, convirtiéndola en un imperio textil y tecnológico antes de jubilarse hace ocho años y dejarla en mis manos.

Era un hombre de pocas palabras, de esos que creen que el amor se demuestra con hechos, no con discursos.

Mi madre había sido modelo en su juventud y ahora dedicaba su tiempo a obras benéficas, manteniendo esa elegancia aristocrática británica que nunca había perdido pese a llevar cuarenta años en Nueva York.

Los quería. Los respetaba. Pero incluso con ellos mantenía una distancia emocional, una barrera protectora. No podían verme vulnerable, no podían saber cuánto pesaba todavía, después de veintitrés años, la muerte de David.

Tenía quince años cuando sucedió. Quince y lleno de arrogancia adolescente, con esa estúpida certeza de que sabía más que los adultos.

David tenía ocho años; era un niño rubio y risueño que me adoraba y me seguía a todas partes como un patito.

Aquel sábado de mayo, quería llevarlo en bicicleta al parque.

Mi madre me había dicho que no, que era peligroso, que esperáramos a que nuestro padre volviera y nos llevara en coche.

Pero yo sabía más, como siempre. Lo llevé en el manillar.

Cruzamos en rojo. Un camión que no pudo frenar a tiempo…

Cerré los ojos, apartando el recuerdo como había aprendido a hacerlo durante dos décadas. No pensaría en eso ahora. Nunca pensaba en eso si podía evitarlo.

El móvil vibró en el bolsillo de la chaqueta. Lo saqué y vi el nombre de Ethan en la pantalla. Abrí el chat.

Ethan: ¿Estás listo, jefe? Llevo toda la semana sin dormir pensando en esta noche.

Yo estoy acojonado, te lo juro. ¿Y si no le gusto a Alana?

Dios, mi chica la adora y si no le da el visto bueno…

Estoy jodido, en serio. Puedo perder a la mujer de mi vida esta noche.

En fin, ¿nos vemos en el restaurante o paso a recogerte?

Escribí rápidamente, con los pulgares torpes sobre la pantalla.

Paul: Pasa a recogerme. Y cálmate, Ethan. Es solo una cena, no tu boda.

La respuesta llegó enseguida, con una carcajada implícita en las palabras.

Ethan: ¡Ja! Solo una cena, dice. Llevo seis meses hablando de ella sin parar, tío.

Seis meses desde que la conocí en esa gala benéfica.

No podría olvidarme de esta cena ni aunque quisiera.

Es sábado por la noche, Paul. Mi futura esposa me presenta a su mejor amiga.

Esto es importante. Más importante que cualquier puta reunión de consejo.

Sé que tú no vas a decir nada malo de mi chica, pero Alana…

Joder, estoy cagado de miedo. Dime que al menos te has puesto, por favor.

Sonreí a mi pesar. Ethan siempre había tenido esa capacidad de hacerme reír, incluso cuando mi rostro parecía tallado en piedra.

Ethan Crawford y yo nos habíamos conocido el primer día de instituto, hacía ya veintidós años.

Yo era un chico alto y torpe, recién llegado a aquel colegio privado de Manhattan, cargando con la culpa de David como si llevara una mochila de plomo a cuestas.

Ethan era el chico rubio y popular con el que todo el mundo quería ser amigo.

Nos emparejaron en la clase de química y, cuando me negué a hacer el trabajo en grupo porque prefería hacerlo solo, él no se ofendió.

En lugar de eso, se sentó a mi lado y dijo: «Parece que sabes lo que haces.

Enséñame y, a cambio, te enseño a no parecer un amargado que espanta a todo el mundo».

Fue el primer amigo que tuve después de la muerte de David.

El único que logró colarse bajo mi coraza de hielo.

Él sabía la verdad. Sabía por qué no dormía por las noches, por qué evitaba a mi familia cuando estaban demasiado felices, por qué no podía permitirme querer a nadie.

Y nunca me juzgó. A lo largo de los años, habíamos sido inseparables: la universidad, la dirección de Blackwood Industries juntos, los primeros éxitos y fracasos.

Ethan era el hermano que me habían arrebatado, la única persona en el mundo que podía llamarme hermano sin que yo sintiera que me clavaba un puñal en el pecho.

Ahora él estaba enamorado. De verdad, por primera vez en los treinta y siete años que tenía. Y yo… yo estaba feliz por él, aunque mi felicidad siempre viniera mezclada con esa envidia amarga, ese recordatorio de que yo no podía tenerlo. No merecía tener eso.

Porque si amaba a alguien, si me permitía quererlo de verdad, acabaría destruyéndolo. Así había sido con David, y así sería con cualquiera que se cruzara en mi camino. Era mi maldición, mi verdad ineludible.

Mi vida sexual era funcional, eso tenía que admitirlo.

Mujeres hermosas, a menudo, sin compromiso, sin desayunos compartidos, sin preguntas incómodas.

Entraba en sus vidas, les daba placer, y salía antes de que pudieran ver quién era realmente.

No querían conocer a Paul Blackwood, el hombre que había matado a su hermano.

Querían al CEO, al magnate, al amante ocasional.

Y yo se lo daba, manteniendo siempre la distancia, siempre el control, siempre la salida de emergencia lista.

No había lugar en mi vida para novias, para planes de futuro, para niños propios. Esa posibilidad murió con David en aquella acera de Brooklyn.

Guardé el móvil y me serví un whisky en la cocina, mirando por el ventanal hacia Central Park.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa.

Pensé en Victoria, mi hermana mayor. Tenía cuarenta años, era directora de una ONG internacional, casada con Michael, un arquitecto tranquilo y bueno que la adoraba.

Tenían a Emma, mi sobrina de cinco años, el único ser humano sobre la faz de la Tierra ante quien yo me derretía por completo.

Emma me llamaba «Tito Pau-Pau» desde que tenía dos años y no podía pronunciar «Paul».

O «Paulito», cuando estaba mimosa. Era un apodo ridículo, infantil, que me hacía sonreír cada vez que lo escuchaba.

Con ella podía ser tierno, podía cargarla en brazos por Central Park, podía dejar que me pintara la cara con pinturas de colores y no me importaba parecer un idiota.

Porque Emma no me exigía nada, no esperaba que la salvara ni que fuera perfecto.

Solo quería que jugara con ella, que le leyera cuentos, que le comprara helados de chocolate.

Pero incluso con Emma mantenía la distancia emocional necesaria. No podía quererla demasiado, no podía permitirme pensar que era mi responsabilidad. Porque si algo le pasara, si por mi culpa sufriera algún daño…

Terminé el whisky de un trago. Eran las ocho menos cuarto. Ethan llegaría en cualquier momento.

Me acerqué a la caja fuerte oculta detrás del cuadro abstracto del salón.

La abrí con la combinación y saqué la única foto que conservaba de David.

Un niño de ocho años sonriente, con dos dientes menos, en una de esas comidas familiares que solíamos hacer los domingos.

Lo besé brevemente, como hacía a veces cuando necesitaba fuerzas, y lo volví a guardar.

—Te quiero, pequeño —susurré al cerrar la caja fuerte—. Y lo siento.

El timbre del portero automático sonó. Ethan estaba abajo, impaciente como siempre.

Cogí el móvil y me miré por última vez en el espejo del recibidor. El traje perfecto, la corbata olvidada en el cajón, la expresión de hielo que mostraba al mundo. Estaba listo para ser el acompañante, el muro de contención, el espectador de la felicidad ajena.

No tenía ni la más remota idea de que, en treinta minutos, mi vida podría cambiar para siempre.

Bajé en el ascensor, pensando que sería una noche como cualquier otra. Otra cena, otra sonrisa forzada, otra vuelta en solitario a mi ático vacío.

Qué equivocado estaba.