Un CEO muy provocador
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Capítulo 1
Alana
Me miré al espejo por décima vez en diez minutos, insegura de si el vestido negro corto era demasiado atrevido o demasiado aburrido.
Sofía me había dicho que era una cena informal, pero ¿qué significaba eso exactamente, cuando ibas a conocer al hombre que podría ser el futuro marido de tu mejor amiga?
Suspiré, recogiéndome el pelo en una coleta alta que dejaba al descubierto mi cuello, ese gesto nervioso que tenía desde los quince años cuando quería aparentar madurez.
Llevaba tres años sin ponerme un vestido así.
Tres años desde que había jurado que jamás volvería a depilarme las piernas para impresionar a un desconocido, desde que había decidido que los hombres eran una especie mejor observada desde la distancia, como los leones en el zoo: fascinantes, peligrosos y capaces de destrozarte la vida si se te olvidaba que tenían garras.
Pero esta noche no era sobre mí. Era para Sofía.
Saqué el móvil del bolso y revisé por enésima vez si había algún mensaje nuevo.
Nada. Dejé caer el aparato sobre la cómoda y me dejé caer al borde de la cama, mirando alrededor de mi diminuto pero querido apartamento del Upper East Side.
Las estanterías llenas de libros, las plantas que había rescatado de la muerte segura en el supermercado, la fotografía en blanco y negro de mis padres colgada sobre el escritorio.
Todo en esta habitación gritaba Alana, mi santuario después del huracán que había sido mi vida entre los veinticinco y los veintiocho.
Mis padres. Dios, cómo les echaba de menos, aunque los viera cada domingo para comer.
Elena y José, ambos de sesenta y seis años, me habían dado siempre un amor incondicional y demostrado una paciencia infinita con su hija única, fruto de la desesperación y de la ciencia moderna.
Me habían tenido a los treinta y ocho años, después de seis abortos espontáneos que habían destrozado el alma de mi madre, después de años de tratamientos, de esperanzas rotas, de noches en vela llorando en brazos del otro.
Finalmente, la inseminación funcionó. Y llegué yo, Alana, su pequeño milagro, su «niña del otoño», como me llamaba mi padre, porque nací en octubre cuando los árboles de Brooklyn se vestían de rojo.
Crecí en una casa llena de libros de economía y de silencios cómodos.
Mis padres eran catedráticos: él, de macroeconomía; ella, de historia económica.
Y en lugar de cuentos para dormirme, de pequeña me leían artículos de The Economist con voz de nana.
Eran mayores que los padres de mis compañeros, quizás más formales, pero su amor era tan profundo y seguro que nunca sentí que me faltara nada.
Me criaron sola, sin hermanos, en esa casa de Brooklyn con jardín donde mi padre cultivaba tomates y mi madre hacía las mejores galletas de chocolate de todo el estado de Nueva York.
Y entonces, un día, cuando tenía cinco años, conocí a Sofía.
Era mi primer día de colegio. Yo era una niña tímida, demasiado alta para mi edad, con el pelo desordenado y un vestido nuevo azul marino que mi madre me había comprado hacía un par de meses.
Estaba sentada en un rincón del patio, con las rodillas pegadas al pecho, tratando de no llorar porque mi madre se había ido y me sentía sola entre tantos niños gritones.
De repente, una sombra cubrió el sol. Levanté la vista y allí estaba ella: una niña morena de ojos grandes y sonrisa desdentada, con un lazo rojo en el pelo que parecía demasiado grande para su cabeza.
— ¿Te llamas Alana? —preguntó, con una seguridad que yo envidiaba.
Asentí, tragando saliva.
— Yo soy Sofía. Mi madre dice que tu madre es la profesora de economía más lista de la universidad. ¿Quieres ser mi amiga?
No esperó respuesta. Se sentó a mi lado, compartió conmigo sus galletas con forma de animales y, desde aquel día de septiembre de hace veintitrés años, no nos habíamos separado.
Fuimos inseparables durante toda la primaria, la secundaria, el instituto.
Cuando sus padres se divorciaron, yo fui quien se quedó a dormir en su casa durante meses para que no tuviera miedo.
Cuando mis padres tuvieron una crisis de salud a los sesenta, ella fue quien me ayudó a cuidarlos, me traía la cena al hospital y me obligaba a dormir cuatro horas.
Sofía era mi hermana de la vida, mi otra mitad, la única persona que conocía todos mis secretos. Bueno, casi todos. Había uno, el más oscuro, que ni siquiera ella conocía en toda su extensión. Sabía lo del engaño, sí, sabía lo del ex, pero no sabía… no, no pensaría en eso ahora.
Escuché el sonido de una notificación, cogí el móvil y sonreí al ver el nombre de Sofía en la pantalla.
Sofía: ¿Te acuerdas de que cenamos esta noche?
Me reí; no podía no hacerlo, porque esa era Sofía, nerviosa hasta la médula en un día como hoy.
Alana: Llevas toda la semana recordándomelo.
Es sábado por la noche, cariño. No podría olvidarme ni aunque quisiera.
Por no hablar de que me has dicho, unas mil veces, que Ethan no para de hablar de lo emocionado que está por conocerme y de que necesita el visto bueno de tu mejor amiga.
Estaré allí puntual. Te quiero, loquita mía.
Sonreí. Llevaba seis meses escuchando a Sofía hablar de Ethan Crawford, de su trabajo en esa multinacional enorme, de lo cariñoso que era, de cómo la miraba como si ella fuera el centro del universo.
Seis meses viendo cómo mi amiga, que había tenido una historia terrible con un narcisista que solo se preocupaba por su reflejo en el espejo, volvía a creer en el amor.
Y eso me aterraba y me alegraba a partes iguales.
Porque yo había estado ahí cuando conocí a Marco.
Era guapo, encantador, un abogado con futuro.
Me pidió matrimonio un año después, justo antes de Navidad, con un anillo de diamantes que brillaba demasiado y una promesa de amor eterno que sonaba hueca, aunque entonces no lo sabía.
Durante dos años pensé que tenía todo: el apartamento compartido en Chelsea, las vacaciones en Italia, la boda planeada para junio, el vestido ya comprado y guardado en casa de mi madre.
Hasta que un martes cualquiera, volviendo a casa antes de lo previsto porque me sentía mal, abrí la puerta de nuestro piso y los encontré a él y a ella.
A mi amiga. En nuestra cama. Pero eso no fue lo peor.
Lo peor vino después, cuando descubrí que llevaba meses engañándome, cuando averigüé que había intentado poner mi apartamento a su nombre usando documentos que me había hecho firmar para un supuesto seguro, cuando entendí que nunca me había querido, que solo me había utilizado como escaparate para su carrera, como adorno para su imagen de hombre de éxito.
Perdí el apartamento, perdí mi estabilidad emocional, perdí la capacidad de dormir sin pesadillas durante meses. Y perdí la fe en el género masculino. Pero no solo perdí eso, perdí mucho más.
Me mudé a este piso pequeño, cambié de trabajo, empecé a ir a terapia y construí un muro alrededor de mi corazón que ni el mismísimo ejército romano podría derribar.
No quería saber nada de hombres. No quería citas, no quería sexo casual, no quería que nadie tocara mi cuerpo ni mi alma.
Durante tres años, mi vida había sido el trabajo, mis padres, Sofía y mi colección de plantas. Y me bastaba. O eso me decía.
Pero Sofía… Sofía era diferente. Ella no se había encerrado.
Ella había seguido intentándolo, con más cuidado, sí, con más desconfianza, pero sin dejar de creer que el amor verdadero existía.
Y ahora estaba convencida de que Ethan era el indicado.
Treinta y siete años, maduro, seguro de lo que quería, socio de una empresa importante en la ciudad.
Le había dicho que la quería en su vida para siempre.
Y Sofía, con sus veintiocho años, con su corazón tierno pero blindado por sus propias batallas, le creía.
Y yo tenía que conocerle. Tenía que sentarme en una mesa de un restaurante, sonreír, ser encantadora y darle mi aprobación. Porque si Sofía estaba feliz, yo también lo estaba. Aunque, por dentro, esa parte de mí que aún sangraba en silencio envidiara su capacidad de volver a confiar.
Miré el reloj. Las siete y media. La cena era a las nueve en un restaurante italiano del SoHo.
Me levanté y me acerqué de nuevo al espejo.
El vestido negro me quedaba bien, eso tenía que admitirlo.
Realzaba mis curvas sin ser vulgar, dejaba ver mis piernas que, aunque no las había enseñado en lo que parecían siglos, seguían estando bien.
Me puse unos pendientes dorados pequeños, los que me había regalado mi madre cuando conseguí mi primer trabajo en marketing.
Un toque de pintalabios rojo, algo de rímel, y ya estaba.
Cogí el bolso y comprobé por tercera vez que llevaba las llaves, el móvil y la cartera.
Respiré hondo. Era solo una cena. Dos horas, quizás tres, de sonrisas forzadas y conversación sobre el tiempo.
Luego volvería a casa, me pondría el pijama y vería alguna serie de crímenes en Netflix mientras comía palomitas.
Eso era todo. Nada más.
Salí al pasillo, cerré la puerta con doble clic y bajé las escaleras hacia la calle.
La noche de septiembre en Nueva York era fresca, con ese olor a otoño que tanto me gustaba.
Caminé hacia la parada del metro, intentando no pensar en lo que vendría.
Intentando convencerme de que no habría ninguna sorpresa ni giro inesperado.
Pero aún no sabía que esa noche cambiaría mi vida para siempre.