Un CEO muy provocador Capítulo 32
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Capítulo 32

Paul

El segundo año de matrimonio comenzó con una pregunta que cambió todo.

Recuerdo la escena con perfecta claridad.

Estábamos en la terraza del ático, una noche de octubre en la que el frío todavía no se había apoderado de la ciudad, pero ya se respiraba en el aire.

Alana tenía una copa de vino entre las manos y miraba las luces de la ciudad con esa expresión suya que yo había aprendido a reconocer: estaba pensando en algo grande, dándole vueltas, preparándose para soltarlo.

—He estado pensando —dijo finalmente, sin apartar la vista del horizonte.

—Eso siempre me asusta —respondí, sentándome en la silla junto a ella.

Me lanzó una mirada de reproche, pero sonreía.

—Estoy hablando en serio, Paul. He estado pensando en mi carrera. En lo que quiero hacer de verdad.

La observé en silencio, esperando. Había algo en su postura, en la tensión de sus hombros, que me decía que esto era importante.

—Quiero montar mi propia agencia —soltó, y luego se giró para mirarme, buscando mi reacción—. Quiero dejar Blackwood Industries y emprender. Crear algo mío, desde cero. Algo que no dependa de tu apellido, de tu empresa, de…

—De mí —terminé la frase por ella.

Asintió, mordiéndose el labio inferior.

—No quiero que pienses que no valoro todo lo que has hecho por mí.

Darme una oportunidad cuando nadie más lo habría hecho, confiar en mí, dejarme crecer profesionalmente a tu lado.

Pero siento que… que necesito demostrar que puedo hacerlo sola.

Que no soy la esposa de Paul Blackwood que consiguió un ascenso por enchufe.

Quiero ser Alana, fundadora de mi propia empresa. ¿Tiene sentido?

La miré durante un largo momento, procesando sus palabras. Y lo curioso es que no sentí ni un ápice de ofensa, ni siquiera preocupación. Lo que sentí fue orgullo. Puro orgullo.

—Cariño —dije, cogiendo su mano libre entre las mías—, ¿estás segura de que quieres hacer esto? Porque si lo estás, no solo te apoyo. Te voy a ayudar en todo lo que pueda.

Ella parpadeó, sorprendida.

—¿De verdad? Pensé que… que te enfadarías. Que pensarías que no quería trabajar contigo, que…

—Que quieres volar sola —interrumpí—. Y eso está bien. De hecho, está más que bien. Es necesario. Eres demasiado talentosa, Alana. Demasiado brillante para seguir siendo mi empleada, por muy bien pagada que estés. Debes tener tu propio espacio, tu propio nombre. Tu propio imperio.

Las lágrimas le brillaron en los ojos, pero eran de alivio y gratitud.

—¿Estás seguro? —preguntó de nuevo, con esa vulnerabilidad que me derretía.

—Segurísimo —afirmé, acercándola para besarla—. Eres demasiado talentosa para ser mi empleada. Debes volar sola.

El proceso de lanzamiento fue un torbellino de actividad.

Puse a disposición de Alana todo lo que estaba en mi mano: capital inicial para los primeros seis meses, contactos de mi agenda que podían convertirse en clientes potenciales, y, esto fue clave, un espacio de oficina en uno de los edificios comerciales que Blackwood Industries poseía en el centro.

Un piso completo, pequeño, pero con potencial, que ella pudo acondicionar a su gusto.

—Es demasiado —protestaba ella cada vez que le mostraba algún nuevo beneficio.

—Es una inversión —respondía yo—. Y confío ciegamente en el retorno.

Alana & Co. abrió sus puertas oficialmente en enero, con tres empleados, dos excompañeros suyos de la universidad y una becaria entusiasta, y un único cliente: una pequeña empresa de cosméticos naturales que Sofía le había recomendado.

Recuerdo el día de la inauguración, cuando cortaron la cinta con unas tijeras gigantes que Ethan había comprado como broma.

Alana llevaba un traje azul marino que le sentaba de maravilla, y sus ojos brillaban con una mezcla de terror y emoción que me recordaba a la novia que había sido, nerviosa antes de dar el sí, quiero.

—¿Y si fracaso? —Me susurró mientras los demás brindaban con champán.

—No vas a fracasar —respondí, besándole la sien—. Pero si lo haces, estamos juntos en ello. Recuerda eso.

Los primeros meses fueron duros. Alana trabajaba como una loca, llegando a casa a las diez, a las once, a veces a medianoche.

Se llevaba documentación a la cama, desayunaba revisando correos electrónicos, e incluso hablaba por teléfono con proveedores mientras se secaba el pelo.

La veía agotada pero feliz, y eso me bastaba.

Porque a pesar del cansancio, había una luz en ella que no había visto antes.

Era la luz de quien finalmente había encontrado su camino.

Y entonces, algo increíble sucedió.

Seis meses después de la inauguración, Alana & Co.

había crecido de tres a quince empleados.

Tenían una lista de espera de clientes que Alana se veía obligada a rechazar por falta de recursos, y su nombre empezaba a sonar en los círculos empresariales de la ciudad como sinónimo de creatividad y efectividad.

Mi mujer se había convertido en una fuerza de la naturaleza, una empresaria respetada y admirada, y cada vez que alguien mencionaba su agencia en mi presencia, sentía que el pecho se me hinchaba de orgullo hasta que me resultaba difícil respirar.

—¿Has visto la última campaña de Alana & Co. ? —me preguntaba Ethan en el club—. Es brillante, joder. Tu mujer tiene un talento descomunal.

—Lo sé —respondía yo, bebiendo de mi whisky—. Lo sé.

Pero el éxito, como todo en la vida, tenía un precio. Y ese precio empezaba a hacerse evidente en nuestra vida cotidiana.

Alana trabajaba hasta tarde. Eso no era nuevo.

Pero ahora también viajaba constantemente: presentaciones en Chicago, reuniones en Nueva York, visitas en Los Ángeles.

Y cuando estaba en casa, su mente estaba en otro lado, revisando estrategias, respondiendo correos urgentes, gestionando crisis de clientes.

Empecé a notar que pasábamos días enteros sin vernos más que para dormir, y a veces ni siquiera eso, porque ella se acostaba cuando yo ya roncaba y se levantaba antes de que yo abriera los ojos.

No quería ser ese marido. Ese tipo necesitado que reclamaba y exigía atención como un niño caprichoso.

Sabía lo importante que era para ella este proyecto, sabía cuánto había sacrificado para llegar hasta aquí, y me odiaba a mí mismo por sentir…

¿qué? ¿Celos? ¿De su trabajo? No, no era exactamente eso. Era algo más profundo, más triste.

Era soledad.

Echaba de menos nuestras cenas juntos, pensaba mientras cenaba solo frente al televisor.

Echaba de menos nuestras noches de sexo espontáneo en la cocina, en la ducha, en el sofá.

Echaba de menos nuestras conversaciones sin prisas, esas charlas hasta las tres de la mañana sobre todo y sobre nada, cuando el mundo se reducía a nosotros dos y nuestras voces.

Pero me callaba. Porque decir algo era admitir que no era lo suficientemente fuerte como para soportar que mi mujer triunfara. Y esa idea me parecía patética, vergonzosa, indigna de nosotros.

La noche que todo cambió fue un jueves de noviembre.

Había sido un día complicado en la oficina, una fusión que se complicaba, un competidor que nos estaba ganando terreno en el sector tecnológico, y llegué a casa a las nueve, agotado, con el único deseo de ver a Alana, abrazarla, sentir su olor y que me dijera que todo iría bien.

Pero la casa estaba oscura.

Encendí las luces, extrañado. Normalmente, aunque llegara tarde, ella estaría en su despacho o en el dormitorio, con la lámpara de la mesilla encendida, leyendo o trabajando en el portátil. Pero aquella noche había un silencio absoluto y perturbador.

Encontré la nota en la encimera de la cocina, sujeta por el imán que habíamos comprado en Bali durante nuestra luna de miel. Reconocí su letra de inmediato, ese garabato apresurado que usaba cuando tenía prisa:

«Reunión urgente con cliente en Chicago. Vuelo de última hora. Vuelvo mañana por la noche. Te quiero. A.»

La leí tres veces. Luego la dejé sobre la encimera y me serví un whisky. Doble. Me senté en el sofá, en la oscuridad, con el vaso entre las manos, mirando el vacío de nuestra sala de estar.

Y entonces resurgieron, como fantasmas que creía enterrados, como sombras que habían estado esperando en el rincón más oscuro de mi mente, las inseguridades. Los miedos. Las preguntas que nunca me había atrevido a formular en voz alta.

¿Esto era lo que quería? ¿Una mujer que ya no me necesitaba? ¿Una vida de encuentros fugaces, de notas en la nevera, de matrimonio por correo electrónico?

Bebí un largo trago de whisky, dejando que el líquido ámbar me quemara la garganta.

Pensé en mis padres, en su matrimonio, en cómo se habían apoyado el uno al otro, siempre.

Pensé en mi hermano David, en cómo su muerte me había enseñado que no se puede controlar a las personas que amas, que pueden irse en cualquier momento, que el amor no garantiza nada.

Y pensé en Alana, brillante y exitosa, construyendo un mundo en el que yo cada vez tenía menos espacio.

Me serví otro whisky, y ya iba por el tercero, creo, y saqué el móvil. Busqué en los contactos y pulsé el nombre de Ethan. Sonó tres veces antes de que contestara.

—¿Paul? —Su voz sonaba sorprendida—. ¿Todo bien? Son las diez y media.

—Estoy siendo un egoísta, ¿verdad? —dije, sin preámbulos.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—¿De qué estás hablando, tío?

—De Alana. De su agencia. De su éxito. —Hice una pausa, buscando las palabras—.

Quiero que sea feliz, Ethan. De verdad, quiero que triunfe y que brille y que sea la jodida mejor empresaria de marketing del mundo.

Pero también… también quiero que esté aquí.

Conmigo. Quiero verla, joder. Quiero cenar con ella y hablar con ella y hacerle el amor sin tener que consultar su calendario primero.

Ethan suspiró. Era un suspiro de comprensión, no de reproche.