Un CEO Multimillonario En Apuros CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—¿Qué mierda está diciendo esta loquita?

—exclamó mi hermana, soltando una carcajada—.

¿Está llamando putas a todas las de aquí?

¿Es eso? Tengo que llevarla al próximo desfile.

Necesito verla gritando que todas mis amigas son unas putas, no se equivocará.

¡¡¡AMO A MI SObrINAAAAA!!! —gritó Paola, llamando todavía más la atención sobre nuestro grupo que Allegra con sus gritos de “puta”.

Ella siguió riéndose a carcajadas, haciendo que mi venganza perdiera totalmente la gracia y, al final, no me quedó más remedio que reírme con ella. Poco después, todos nos reíamos.

Con un polo en una mano y empujando la bicicleta con la otra, me dirigí hacia el césped, donde nos tumbamos para tomarlos.

Mientras vigilaba a Allegra, que corría libremente divirtiéndose, sonreía, feliz.

Estaba comiendo un helado, sentado en el césped de Central Park, a mitad de semana, en horario laboral.

Aquel, sin duda, no era el mismo Lucca, uno de los CEOs más respetados de la ciudad.

No, ese era el Lucca padre de Allegra, futuro marido de Rebecca, futuro padre de un niño —sí, estaba seguro—, hermano de Paola, amigo del idiota que me acompañaba en aquella locura y, sin ninguna duda, el hombre más feliz del mundo.

—Tio Lucaaaa —los grititos impacientes de Allegra me devolvieron al presente—. Vamooooo.

—Vamos, mi amor —respondí, sintiéndome otra vez aprensivo y avergonzado por mi debilidad—. ¿Tu hermanito ya va a nacer?

—Sí, tía Beca mandô llamá —Su voz sonó alegre, ansiosa, y eso me hizo sonreír—. vamo, vamo, tio Luca Ven amiém, tío Achi.

—No, cariño, el tío prefiere esperar aquí —respondió Archie, acariciándole el pelo—. Ve, tío. Ve a acompañar a tu mujer, este es el momento en el que más te necesita. Demuéstrale que eres valiente y que no se equivocó al elegir pasar el resto de su vida al lado de un tipo feo como tú.

Me dio un abrazo alentador y, después, una palmada en la espalda seguida de un pequeño empujón. Sonreí y, tras inspirar profundamente, volví a entrar en el baño que, por mucho que fuera grande, parecía pequeño con la cantidad de gente que había allí.

A la derecha de Rebecca estaba la ginecóloga-obstetra que la había acompañado durante los nueve meses y, a la izquierda, una enfermera para ayudar en todo lo que necesitara.

Un poco más allá estaba la pediatra, que se encargaría de los primeros cuidados de nuestro bebé.

Además de la doula, eso sin mencionar a Paola, que no soltaba el móvil mientras les contaba a todos sus amigos que, por primera vez, estaba participando en un parto.

—¿Todo bien, papá? —preguntó la doctora que estaba monitorizando a Rebecca al darse cuenta de que ya había vuelto—. Ya falta poco.

—Sí, papá tá bien. ¿A que sí, papá? —Allegra respondió a la pregunta de la médica por mí—. ¿Pieto ya va salí?

Me quedé paralizado, igual que Paola, e incluso Rebecca, que estaba haciendo ejercicios de respiración, se detuvo para asegurarse de que había oído bien.

Yo, por mi parte, por muy emocionado que estuviera, quería creer que la razón de sus palabras era simplemente que había oído la palabra “papá” de boca de la doctora que ayudaba a Rebecca en el parto y la había repetido sin darse cuenta.

Sin embargo, ya había escuchado aquella palabra innumerables veces y nunca la había repetido.

Sonreí al notar cómo estaban cambiando las cosas; en aquel preciso instante, yo había dejado de ser el tiuca de Allegra para convertirme en su papá.

Rebecca y yo la llevábamos regularmente a un psicólogo infantil, tanto para que pudiera superar la pérdida de sus padres como para que empezara a verme como a su verdadero padre.

Pero, aunque muchas veces mi ansiedad quisiera imponerse, siempre respetaba y seguía todas las indicaciones de los especialistas que la trataban, y nunca la forzaba; simplemente seguía esperando, tal y como me habían indicado.

Aun así, a veces me sentía frustrado, porque el deseo de que me reconociera como su padre era enorme.

Sin embargo, sabía que Allegra debía seguir su propio ritmo.

En aquel momento, no quería creer que ese momento hubiera llegado.

—¿Qué sentá, papá? —preguntó Allegra, señalando el taburete junto a la bañera, donde yo estaba sentado antes de salir del baño. Después de casi un año, su vocabulario era mucho más claro y también más amplio.

—Sí, mi amor —acepté—. Dios… Eran demasiadas emociones juntas. ¿Sería capaz de soportarlo? —¿Quieres quedarte aquí en brazos de papi?

Por primera vez, pude referirme a mí mismo como su padre, porque, según la psicóloga, decirlo antes que ella solo causaría confusión en su cabecita. Pero como ella había dado el primer paso…

—Sí —aceptó feliz, acomodándose—. Quelo vê a Pieto salí de mamá.

Entonces fue el turno de Rebecca de romper a llorar. Hacía tiempo que Allegra ya no preguntaba por sus padres, pero nunca se había referido a Rebecca como mamá. E imaginé que, igual que me había pasado a mí, también había sido así para ella.

Mientras Allegra seguía siendo un mini huracán, destrozándonos nuestros corazones, Rebecca dejó escapar un gemido fuerte y luego buscó mi mano.

—¿Estás bien? —pregunté, pero, en aquel momento, ya no estaba tan desesperado como al principio; el miedo y la inseguridad habían desaparecido, y los únicos sentimientos que quedaban eran ansiedad, amor y emoción.

—Prepárate, mamá —avisó la médica, colocándose para recibir a nuestro niño—. Ya viene.

—¡¡¿YA?!! —Allegra se agitó para bajar de mi regazo y buscar una posición desde la que pudiera ver mejor—. ¿Pieto ya va a salí?

—Sí, mi amor —Paola la cogió en brazos y la llevó a un lugar desde donde pudiera ver sin entorpecer el movimiento de las profesionales que atendían a Rebecca.

Tal vez la explosión de sentimientos de los últimos minutos había sido demasiada emoción para Rebecca y, cuando me di cuenta, la doctora ya extendía las manos para recibir a nuestro hijo.

Paola tuvo que esforzarse al máximo para contener a Allegra, que gritaba emocionada por la llegada de su hermanito.

—¡Pieto, tía Aola! —gritaba desesperada—. ¡Pieto, Pieto! Papá, mamá, Pieto ya salió.

—Sí, nuestro Pietro ha nacido, mi amor —afirmó Rebecca, llorando, y poco después lo colocaron sobre su pecho y yo aproveché para besar la cabecita calva de nuestro hijo. Después de besar también la de ella, recibí unas pequeñas tijeras para cortar el cordón umbilical.

—¿Puedo tocálo con mi mano? —preguntó Allegra, ansiosa y emocionada—. Quelo tocálo, mamá. ¿Me dejá?

—Claro —Rebecca le sonrió emocionada—. Se pondrá muy feliz con tu cariño.

Al ver allí a mi pequeña familia reunida, pensé en dónde demonios tenía la cabeza cuando le dije a Archie que no quería aquello para mí. Todo era perfecto, único y mágico. Sin duda, jamás me había sentido tan feliz en toda mi vida.

Devolviendo las tijeras, cogí a Allegra de brazos de Paola y, con ella en mi regazo, volví a mi sitio al lado de la cabeza de Rebecca para que pudiera darle a su hermanito las caricias que tanto quería. Allegra, Rebecca, Paola, yo… todos estábamos explotando de felicidad.

—Gracias, chica peleona —acaricié el cabello húmedo de Rebecca y recibí su sonrisa luminosa a cambio—. Me convertiste en un hombre nuevo, no solo en un hombre, sino en uno de verdad. Por eso, y por tantas cosas que ni siquiera consigo expresar, te amo y prometo amarte siempre.

—Y tú hiciste lo mismo conmigo. Te amo de una forma para la que no encuentro palabras —respondió, ofreciéndome sus labios mientras, con una mano, mantenía seguro a Pietro sobre su pecho y, con la otra, acariciaba la carita de Allegra—. Gracias, chico gruñón.