CAPÍTULO 21
Ocho meses después...
—Te lo juro, tío, si descubro quién fue el imbécil que nos llamó el sexo fuerte… —le dije a Archie al salir del baño, donde Rebecca estaba de parto, y encontrarlo caminando de un lado a otro por la suite, aún más nervioso que yo—. Le hago comerse sus propias pelotas, sin sal.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, dejando de intentar agujerear el suelo con sus finos zapatos—. ¿Está bien?
—Sí, tan bien que acaba de echarme de allí —conté, dejándome caer en la mecedora que habíamos comprado para la lactancia—.
De verdad que no entiendo cómo puede estar tan tranquila cuando, cada cierto tiempo, su vientre se contrae de dolor.
Y sabe que esos dolores seguirán aumentando hasta que nuestro bebé venga al mundo.
—Sí, alguien debió de meter mucho la pata.
—Vi el cuerpo de Archie sacudirse por un escalofrío—.
Si soy capaz de desmayarme solo por un dedo cortado, no quiero ni imaginar qué pasaría si fuera mujer y, bueno, ya sabes...
Ahí abajo... Si por un agujerito diminuto, por el que apenas cabe una polla, tuviera que salir una cabeza del tamaño de una pelota.
No, prefiero mil veces ser hombre. Yo no tendría valor para algo así.
—Entonces tienes una idea de cómo me siento —me levanté, incapaz de quedarme quieto—.
Pero la doula que la está acompañando dice que mi miedo es infundado y que la estoy poniendo nerviosa, que eso no le hace ningún bien.
Así que me pidió que saliera a tomar el aire, ya que todavía está todo tranquilo.
—¿No quieres tomarte algo para calmarte? —Archie se sentó en el borde de la cama—. Si no, cuando llegue el momento podrías desmayarte y perderte el nacimiento de tu propio hijo.
—Lo sé, pero no. No voy a tomar nada. Necesito estar lúcido y enfrentar mis propios miedos e inseguridades —respondí, respirando hondo—.
Hicimos todos los cursos, me sé cada paso de memoria, sé lo que va a pasar y lo que debo hacer.
Sé que todo será seguro, que está siendo atendida por profesionales competentes, como ella quería.
Aun así, preferiría mil veces estar en un hospital, con ella en una cama, conectada a mil cables, y no dentro de una bañera con agua templada.
—Lo entiendo —murmuró él, pensativo.
—¿Tíuccaaaa? —Di un salto cuando nuestra conversación fue interrumpida por los grititos agudos y emocionados de Allegra—. Ven, ven. La tía eca te llama.
Al oír su dulce y melodiosa voz infantil, la tomé en brazos y besé su cuellito con olor a colonia de bebé.
Estaba completamente enamorado de mi hija desde el día en que la jueza afirmó, sin ninguna duda, que era mía, solo mía.
Los recuerdos siempre volvían para emocionarme, como si aquel hubiera sido el día de su nacimiento.
Y, entre besos y cosquillas, logré calmarme, sonreír y, una vez más, recordé tanto la sentencia como lo que hicimos aquel día para celebrarlo.
Ocho meses antes...
—Tenía razón, señor Ginnard —declaró la jueza después de leer el resultado y notar que mi ansiedad ya estaba a punto de derrumbarme—. Es realmente su hija.
Cuando escuché su sentencia, no pude contenerme y me desplomé en la silla. Después de su declaración, llamó a uno de los agentes que estaban allí y le pidió que fuera a buscar a Allegra, pero, antes de que eso ocurriera, mi madre empezó a gritar amenazas dirigidas hacia mí.
—¿Qué te he hecho yo para que me trates con tanta ingratitud? —vociferó—. Espero que, igual que Vitória traicionó a Pietro contigo, esa cazafortunas haga lo mismo, pero llevándose también todo tu dinero.
—Señora Piccolo —intentó intervenir la jueza—, ¿quiere que vuelvan a detenerla? Puedo decidir no concederle fianza, para que pase los próximos días, y no solo unas horas, recluida. Quizá así aprenda a respetar un tribunal.
Cuando Eleonora abrió la boca para responder a la jueza, Allegra entró en la sala y sus grititos eufóricos desviaron la atención de todos, y uno de los abogados de mi madre aprovechó la oportunidad para sacarla del recinto.
Eso la salvó; no sé si fue lo mejor o no, porque creía que unos días en prisión quizá la harían ver el mundo de otra forma.
—¡Tiuucaaaaaaa, tiuucaaaaa!
Bueno, si pensé que me había derrumbado con la sentencia, me equivocaba. No, lo que realmente me hizo derrumbarme fue aquel gritito estridente y maravilloso que ya había aprendido a amar.
—¡Tiuccaaaa, Alela queiie i on tiuucaaaa!
No sabía de dónde había salido la fuerza, pero al oír que mi hija quería que la cogiera en brazos, mis músculos volvieron a tensarse y corrí hacia ella. Prácticamente saltó de los brazos de Paola a los míos.
—Mi amor, mi amor, mi amor —dije, abrazándola con fuerza mientras la llenaba de besos y mimos—. No lo sabes, pero el tiuca te ha echado muchísimo de menos, mi amor.
—Yo también te he echado muchísimo de menos, mi amorcito —Rebecca besó su carita—. Ahora nadie volverá a llevársela.
—¿Dónde recojo mi diploma de supernanny? —preguntó Paola, dirigiéndose a la jueza—. Sí, porque después de quedarme con mi sobrina durante dos semanas, me lo merezco.
—Vámonos de aquí antes de que Paola nos meta en algún lío —comenté, despidiéndome de mis abogados—. Ahora solo quiero disfrutar del día con mi pequeña.
—No quise decirlo delante de la jueza —dijo Paola, caminando a nuestro lado—, pero juro que, los primeros días, hasta lloré con ella.
Pensando que podría estar tomando un capuchino helado en alguna cafetería de París o bebiendo champán en una fiesta elegante, pero no.
Pasaba los días toda manchada de papilla intentando recordar canciones infantiles.
—No me puedo creer que no te haya gustado estar con ella —dijo Rebecca, decepcionada—. Allegra es un angelito.
—¿No has oído lo que he dicho? —replicó Paola—. Solo fue durante los primeros días, y eso porque no entendía su idioma infantiloide. Pero, después de que nos entendiéramos, casi nos echan del apartamento.
—¿Qué hiciste, Paola? —pregunté, preocupado por si la decisión de dejar a Allegra con ella había sido la correcta.
—Nada que no hagan los niños normales —respondió con cara de inocente—.
Montábamos fiestas escuchando música a un volumen digno de un concierto en un estadio.
Corríamos, bailábamos, cantábamos… Yo, sin duda, fui la mejor tía que una niña puede tener.
Ah, y descubrí que nos parecemos mucho; es una mini chocoadicta, igualita que yo.
—¡Dios mío! —dije—. Menos mal que eso no llegó a oídos de los servicios sociales.
—No llegó porque ahora mi cuenta está a cero —dijo, soltando una carcajada—.
No tienes ni idea de cuánto soborno tuve que pagar, tanto para que los vecinos no llamaran a la policía como para que los porteros mantuvieran alejados a los buitres de los servicios sociales.
Porque, cada vez que aparecían para hacer una inspección, tenía que tener tiempo para poner el apartamento en orden, además de quitarle las pinturas y los restos de dulces de la cara para dejarla presentable, igual que a mí.
Siempre la encontraban hecha una princesita, bien portadita.
Yo misma era el ejemplo de tía responsable.
Después de decir eso, soltó una carcajada y yo la agarré del codo y la empujé fuera del tribunal. Salí llevando a mi hija en un brazo y, mientras Rebecca enlazaba el suyo con mi brazo izquierdo, Paola hacía lo mismo en el lado derecho. Me sentía eufórico.
—¿Qué os parece un pícnic en el parque? —pregunté—. Hace tiempo que no vamos. Creo que a Allegra le encantará y nos vendrá bien relajarnos.
—Quién te ha visto y quién te ve —Archie soltó una carcajada, burlándose de mi faceta de padre baboso—. Yo voy solo para ver qué os parece tan divertido de esos paseos aburridos.
—Te divertirás.
Me reí y él puso los ojos en blanco.
—No soy fan de los paseos tontos por parques, aunque sea Central Park. —Paola hizo una mueca—. Pero ¿qué no haría yo por esta sobrina tan mona?
—Perfecto, será una celebración preciosa, nos divertiremos —dijo Rebecca, guiñando ligeramente un ojo—. ¿Qué tal si hacemos aquel recorrido que hicimos en bicicleta?
—¡¡¿BICICLETA?!! —gritaron Archie y Paola al mismo tiempo.
—Tío, esto no va a funcionar —se quejó Archie cuando nos detuvimos delante del aparcamiento de bicicletas—. Hace siglos que no me subo a una cosa de estas.
—Si me rompo una pierna, tendrás que pagar —Paola miró la bicicleta aterrorizada—. Nunca he sido buena con eso del equilibrio, ¿acaso no sabes que soy desequilibrada? ¿Lo pillas? —preguntó, riéndose de su propio chiste.
Coloqué a Allegra en la sillita y, subiéndome a mi bicicleta junto a Rebecca, empecé a pedalear alejándome del lugar mientras nos reíamos de los dos, que maldecían y nos echaban pestes.
De forma vengativa, hice lo mismo que Rebecca había hecho conmigo, al fin y al cabo, tenía que devolverle la jugada a alguien.
Cuando por fin consiguieron sentirse seguros para mantener el ritmo, ya estábamos cerca del heladero y me dirigí hacia él pedaleando despacio, rezando para que Allegra repitiera las mismas palabras, y no me decepcionó.
—¡¡¡ELAOOO E PUTAAAAA, ELAOOOTO E PUTAAAA!!!
Gritó desesperada por la golosina al ver al heladero.
—¡Tia Aolaaaaa, elaoo e putaaaa, queeeiiieoo e putaaaa!
Malicioso, esperé para ver la reacción de los dos y Archie, claro, igual que me había pasado a mí, casi sufrió un infarto de la vergüenza.
—¡Lucca, Rebecca! —se desesperó Archie—. Enseñadle buenos modales a vuestra hija, nos van a echar de aquí si sigue llamando puta a la gente.
Paola, en cambio, estaba en otro nivel y, como siempre, actuaba, o mejor dicho, jamás reaccionaba como se esperaba.