CAPÍTULO 15 #2
Había pasado años sin volver a mirar a ningún hombre y, de repente, Lucca me había roto. Él y sus TOCs de limpieza, su mal humor y su corazón del tamaño del universo. ¿Cómo desenamorarse? ¿Cómo dejar de amar?
Estaba tan inmersa en las imágenes que aparecían en la pantalla del ordenador que casi se me paró el corazón cuando oí el sonido del teléfono.
—Mierda, Paola —dije en cuanto contesté—. Me has dado un susto de muerte.
—Perdona —gimoteó y, en ese mismo instante, mi despacho pareció haberse convertido en un cubo de hielo—, pero las cosas aquí no están bien.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, apartando la comida; de repente, me había entrado náuseas.
—Lo peor, Rebecca—. En ese instante, los sollozos se convirtieron en un llanto abierto—. Vitória y Pietro acaban de tener muerte cerebral, parece hasta que se hubieran puesto de acuerdo, ambos decidieron irse juntos.
—Oh, Paola, qué triste —después de eso, me quedé muda.
Yo ya había perdido a alguien muy querido, así que sabía lo que era sentir el dolor que ella estaba sintiendo. Aunque fuera distinto, ya que, en mi caso, fue Gio quien decidió acabar con todo, pero Vitória y Pietro amaban vivir. Suspiré, sintiéndome desolada.
—¿Vienes? —preguntó ella, después de un largo rato en el que lloraba y yo solo escuchaba, porque sabía que no existían palabras que pudieran aplacar ese tipo de dolor; solo necesitaba saber que yo estaba allí para ella—. Mañana por la mañana temprano desconectarán las máquinas.
—Sí, claro que iré —respondí—. ¿Y Lucca? ¿Cómo ha recibido la noticia? ¿Está bien?
—No lo sé —murmuró—. Después de discutir con nuestra madre, se encerró en su suite y no ha vuelto a salir de allí.
—No sabía que ella estaba ahí. —Me sentí mal al saber que había discutido con su madre en un momento en que tanto necesitaban estar juntos—. No comentaste nada.
—Sí, después de mucha insistencia por su parte, vino —dijo Paola, con su voz monótona y triste—. Pero creo que quizá habría sido mejor que no hubiera venido.
Al oír eso, me sentí aún peor de lo que ya estaba; parecía tan frío por mi parte, pero, por la forma en que ella había actuado al principio, yo también pensaba lo mismo.
Tampoco podía permitir que algo que ocurrió entre nosotras estropeara nuestra amistad.
Después de mucho tiempo, decidí que llamaría a Lucca, y eso fue lo que hice en cuanto terminé la llamada con Paola.
Quizá había esperado demasiado para tomar esa decisión, porque no contestó, ni siquiera leyó mis mensajes.
Era como si lo que yo tuviera que decir ya no fuera importante, no le interesara.
Sin embargo, tratándose de él, prefería pensar que sí, que estaba muy cabreado por haberle dejado sin decir nada.
Yo también lo estaría si él hubiera hecho lo mismo conmigo.
Demasiado tarde, me di cuenta de que había actuado como una auténtica cobarde, idiota.
Sin tiempo para lamentos, llamé de nuevo a la directora y le informé de lo que acababa de ocurrir, además de pedirle unos días libres más.
Entendería perfectamente si se negaba; al fin y al cabo, ya había usado mis vacaciones, y además, ellos no eran mis familiares.
No tenía ninguna obligación de estar presente, pero mi corazón decía que era allí donde debía estar.
Con su consentimiento, una vez más, preparé mi mochila, llamé a la estación de autobuses, a un hotel y, por último, a Paola, avisándole de que estaría en el hospital a la hora que había dicho que desconectarían las máquinas, es decir, a primera hora de la mañana.
No tenía valor para presentarme en el apartamento de Lucca y el hospital era un lugar neutral.
Tanto el viaje como mi noche fueron de completo horror; a cada cabezada, me despertaba de una pesadilla distinta, de modo que tuve que abusar del corrector para disimular mis ojeras.
Después de identificarme en recepción y recibir una acreditación que autorizaba mi entrada, seguí las indicaciones de la enfermera, caminando hacia la sala donde la familia se reuniría para esperar el desenlace.
Odiaba los hospitales; para mí no significaban lugares de curación, sino de mal agüero y muerte.
Di dos suaves golpecitos en la puerta, pero enseguida giré el picaporte y la abrí.
—¡Rebeccaaa! —Paola salió de donde estaba y vino corriendo hacia mí, abrazándome, casi tirándome al suelo—. ¡Has venido!
—Dije que vendría, ¿no? —afirmé, besando y secando su rostro mojado por el llanto—. Aquí estoy.
—Gracias —intentó sonreír, volviendo a abrazarme; en ese mismo instante, mis ojos se cruzaron con los de Lucca, y no parecían feroces, como solían cuando se le contrariaba o estaba enfadado.
No, lo que vi fue dolor, un dolor tan profundo que fue capaz de alcanzarme; verlo tan vulnerable me sacudió—. Gracias, de verdad.
—Lo siento mucho, Lucca —dije, después de apartarme de Paola y acercarme a él—. Espero que estés bien.
A diferencia de Paola, que se quejó, lloró y sollozó en mi hombro, él respondió con un gruñido ininteligible y, cuando me abrazó, se quedó en silencio, pero sus brazos me envolvieron con tanta fuerza que, por poco, no me asfixia.
Nos quedamos allí, abrazados, callados. Cuando me soltó, pude observar a todos los que estaban allí.
Resultaba extraño: en la sala solo estaban ellos, Archie, una señora elegante que imaginé que sería la madre y que estaba en un rincón más apartado, hablando con un señor que parecía una copia de Pietro, sin duda el padre.
A las demás no las conocía y todas parecían vinculadas a la madre y al padre, no a Lucca y Paola.
No dejé de notar que ambos daban la impresión de ser los más tristes, perdidos y solitarios.
Fue entonces cuando mis ojos encontraron a Allegra.
Al verla, me llevé un susto. Estaba callada, apagada; su larga y brillante melena ahora estaba corta, haciendo que pareciera un niño.
Sentada en el sofá, hojeaba un libro de animales, junto a una señora desconocida, pero que se notaba que era su nueva niñera, no el tipo que yo aprobaría, claro.
La mujer vestía toda de negro y la vigilaba con una mirada severa.
—¿Qué le han hecho? —Sin pensar, corrí hacia ella—. Allegra, mi amor, ¿qué te han hecho?
—¿Eccaa? —sus ojitos se levantaron del libro y me miraron, curiosos, como si dudara de lo que estaba viendo—. ¿Eccaaa?
—Sí, mi amor, soy yo. —Le quité el libro de la mano e hice ademán de cogerla en brazos, pero me lo impidieron.
—¿Quién es usted? —molesta por mi acercamiento, la niñera de los hijos de Drácula me apartó de ella—. Aléjese.
—Déjela —reprendió Lucca a la mujer—, Allegra la conoce.
—Eccaa —cuando Allegra se dio cuenta de que yo estaba realmente allí, tiró todo lo que tenía delante y empezó a llorar de forma desesperada—. Ecaaaaa, lelaaaa queiie a mia papimamiiii, tiuccaaaa, tiaolaaaa
—Ven conmigo, mi amor —sin importarme el escándalo, la cogí en brazos y, con Paola siguiéndome de cerca, nos dirigimos hacia la puerta—. Vamos a dar un paseo.
—¿Qué está pasando aquí? —sin embargo, nos detuvo la mujer que yo suponía que era la madre de Lucca, indicándole a la niñera que la sacara de mis brazos—. ¿Quién es usted para entrar aquí y coger a mi nieta como si fuera su hija?
—Mamá, esta es Rebecca, era ella quien cuidaba de Allegra en la guardería —intentó explicar Paola, pero, por la mirada que su madre le lanzó, percibí que solo empeoró la situación—. También se quedó en casa de Lucca hasta que encontramos a alguien que se quedara con ella.
—¿Así que fuiste tú la que se encargó de dejar a esta niña mimada y caprichosa?
—Señaló, en mi cara, con su dedo adornado con carísimos anillos y, ante todas las miradas, incluso la de Lucca, llamó a la niñera para que sacara a Allegra, a gritos, de mis brazos—.
¿Qué cree que está haciendo aquí? Esto es un evento familiar.
—Eleonora —el señor que estaba a su lado se acercó a nuestro grupo—. La niña quiere estar con ella, déjala, ya tenemos suficiente tristeza aquí.
—Ricardo —dirigió hacia él su ira—, no opines sobre algo que no entiendes. Con mi nieta, me encargo yo.
—Lo que olvidas —replicó el señor y, en ese instante, las pocas personas que estaban allí empezaron a prestar atención al murmullo que ambos generaban— es que también es mi nieta.
—Dámela —Lucca se acercó a la niñera y extendió los brazos, llamando a Allegra, que prácticamente se lanzó a ellos—.
Esto no es un evento, nos hemos reunido aquí para la última despedida de Pietro y Vitória.
Y estoy seguro de que, aparte de Allegra, no hay en esta sala otra persona que merezca más estar aquí que Rebecca, ya que los conocía mucho mejor que todos nosotros, incluso tú, madre.
Dicho esto, con Allegra en un brazo y tirando de mí con el otro, se dirigió a la salida, pidiéndole a Paola que le avisara cuando llegara el momento.
Caminamos por los pasillos hasta salir a un jardín interior; ya había estado allí cuando Allegra visitó a sus padres acompañada de la psicóloga; aquel día el lugar parecía alegre, ahora todo se veía apagado, gris, triste.
—Aun con los médicos advirtiendo que su caso era muy difícil —dijo, después de dejar a Allegra en el suelo—, nunca pensé que este sería el desenlace.
—Yo tampoco —dije, al fin y al cabo, él siempre había cargado con todo el peso solo, ocultando las dificultades por las que pasaban—, pero quizá haya sido mejor que seguir sufriendo.
—No lo sé —respondió, mientras seguíamos a Allegra que, curiosa, caminaba buscando cualquier cosa diferente entre las flores—. Muchas cosas se quedaron atrás, cosas de las que no tuve oportunidad de hablar con Pietro y con Vitória, pero ahora se acabó... Mi tiempo se acabó.