CAPÍTULO 15
Somnolienta, me vi obligada a abrir los ojos cuando una luz brilló frente a ellos.
Apartando la mano de Lucca que me mantenía atrapada contra su cuerpo, me incorporé en la cama y, al hacerlo, todo mi cuerpo me dolió, pero era un dolor delicioso, que provocaba un cosquilleo en lugares específicos y prohibidos.
Con languidez, gateé en dirección al objeto que seguía parpadeando, con la llegada de mensajes y, así, perturbando mi sueño.
No tenía ni idea de quién podía ser a esas horas de la madrugada.
Al arrastrarme para alcanzar el móvil, sentí mis muslos húmedos de una forma extraña; llevé la mano entre ellos y noté un líquido viscoso, que no parecía ser solo el resultado de mi excitación durante la noche.
Al imaginar lo que podría ser, un escalofrío recorrió mi columna.
Sin querer creer en lo peor, en lugar de coger el móvil, me levanté de la cama y fui hasta el lado donde dormía Lucca.
Necesitaba asegurarme de que el preservativo usado estuviera allí tirado, el lugar donde él solía dejarlo hasta su siguiente ida al baño; sin embargo, para mi desesperación, no había nada en el suelo.
Intentando recuperar la calma, cogí el móvil, que no dejaba de parpadear insistentemente.
Alterada como estaba, no me di cuenta de que aquel no era mi teléfono, sino el suyo.
Al leer los mensajes que aparecían en la pantalla, me sentí peor de lo que ya me sentía.
—Eh, tío, ¿conseguiste llegar a casa sin caerte por el camino? Espero que no hayas vomitado sobre tu guardaespaldas.
—Contesta, idiota. Después de todo lo que bebiste, estoy preocupado.
—Lucca, espero que no estés respondiendo a mis mensajes porque estés follándote a alguna chica que encontraste por el camino, ya que casi me pegas solo por mencionar que te estaba gustando la niñera.
Angustiada y sin querer seguir siendo invasiva, arrojé el teléfono, de nuevo, sobre el colchón y salí recogiendo mis prendas de ropa esparcidas por el lugar.
Habíamos tenido relaciones sin protección y la culpa era exclusivamente mía; había percibido que Lucca estaba borracho y, aun así, seguí adelante.
Sabía cómo era él con respecto al uso del preservativo: Lucca jamás tenía relaciones sin protección, tanto como prevención contra el embarazo como para evitar cualquier tipo de enfermedad.
Cuando despertara y se diera cuenta de lo que había hecho, se volvería loco.
Y como si el desastre ya no fuera suficiente, yo no seguía ningún tipo de control; mi única protección contra un posible embarazo era el preservativo.
Además, no teníamos nada, absolutamente nada, y por el mensaje que leí, él se había enfadado con Archie solo por haber insinuado algún sentimiento suyo hacia mí.
No debería haber leído sus mensajes, pero eso me hizo tener la certeza de que solo yo albergaba sentimientos por él.
Para Lucca, todo no había sido más que sexo —un sexo estupendo—, pero solo eso, nada más.
Furiosa con mi estupidez e irresponsabilidad, me envolví en la sábana que estaba tirada en el suelo y, rápidamente, escribí una breve despedida.
Dejando la nota sobre la mesilla, abandoné la suite sin valor para mirar a Lucca, que dormía profundamente.
No iba a permitir que él supiera que, estúpidamente, me había enamorado de él.
Desgraciadamente, el brunch que había planeado Paola tendría que cancelarse, pues no pretendía seguir en la casa cuando Lucca despertara, y él era una persona madrugadora.
Pensando en ello, me apresuré a ducharme; al salir, me vestí con la ropa que ya había dejado preparada para el viaje, recogí mis cosas personales y, con todo en las manos, le di un último besito a Allegra, despidiéndome de ella.
No estaba tan preocupada por cómo reaccionaría, ya que la había preparado para mi partida.
En la cocina, escribí una nota de despedida para Paola, mintiendo que no estaba preparada para despedirme en persona, pero que la recordaría con cariño y que mi número estaría siempre a su disposición, por si quería ponerse en contacto conmigo o visitarme.
Paola, a su manera alocada, había sido una gran amiga.
Cuando dejé el apartamento, faltaban poco para las seis de la mañana.
Imaginé que el motivo por el que Lucca aún seguía durmiendo era la resaca de la noche anterior, y pensar en ello me hizo sentir más culpable de lo que ya estaba.
Después de arrastrar la maleta durante unos cuantos bloques, encontré una farmacia, pero, desgraciadamente, no encontré la maldita píldora.
Sin ánimo para seguir buscando, tomé el primer taxi que paró y me dirigí a la estación de autobuses.
En casa tomaría la pastilla; no creía que unas horas pudieran marcar tanta diferencia.
Mientras esperaba a que llegara el autobús, recibí el primer mensaje de Paola, diciendo que no había entendido mi marcha precipitada.
Curiosa, quería saber si tenía algo que ver con el arrebato de Lucca durante la madrugada.
Yo solo visualicé los mensajes que iban llegando, pero sin abrir ninguno.
Aún no me sentía cómoda para responder y explicar lo que había pasado sin volver a mentir.
Le llamaría cuando estuviera más tranquila, en casa.
Si Paola había saturado mi móvil de mensajes y llamadas, yo no recibí absolutamente nada de Lucca.
Fue ella quien me puso al corriente de su furia a primera hora de la mañana, al abandonar la suite y descubrir que ya no me encontraba en el apartamento.
Yo no le culpaba; tenía toda la razón, porque, si hubiera sido al revés, yo también me habría enfadado.
Él estaba completamente descontrolado y yo me había aprovechado.
Mis planes de llamar a Paola y de buscar una farmacia al volver a mi ciudad se abandonaron en cuanto llegué, porque, en el momento en que cerré la puerta de mi apartamento, me invadió una letargia que rozaba la depresión, y lo único que quería era envolverme en una manta y dormir durante días.
Y eso fue lo que hice durante todo el fin de semana: solo dormí, comí y lloré.
Y me preguntaba quién era yo, en qué tipo de ser débil me había convertido.
Por primera vez, la soledad que tanto amaba tuvo el efecto contrario, y empecé a echar de menos cosas que ya había superado, además de otras que ni siquiera conocía.
La ausencia de Gio, mi hermana, comenzó a atormentarme y la veía por todas partes, incluso en mis sueños.
Eché de menos las locuras de Paola, los grititos de Allegra, pero, sobre todo, eché de menos, muchísimo, a Lucca.
El lunes llegó obligándome a levantarme y a buscar fuerzas para arrastrarme por el apartamento, intentando reunir el valor para volver a una rutina que, poco más de un mes antes, amaba.
Lo primero que hice, antes de ir al trabajo, fue pasar por una farmacia, comprar y tomar la pastilla.
No sabía si aún haría efecto, pero tampoco sabía si había, o no, algo que resolver.
Si tenía la mera ilusión de que, con el día ajetreado y rodeada de mis queridos y ruidosos niños, me sentiría mejor, estaba equivocada, ya que veía a Allegra en la sonrisa de cada una de ellas. La escuchaba llamarme, feliz, con sus grititos agudos, que había aprendido a amar.
Una semana pasó y nada mejoró. Al principio, después de explicarle a Paola, de forma sucinta, lo que había ocurrido, mantuvimos una rutina de hablarnos casi todos los días.
Ella me mantenía informada del día a día de Allegra, enviándome varios vídeos cortos, además de fotos, y eso me tranquilizaba; al fin y al cabo, todos estaban felices con la nueva niñera, especialmente Allegra.
Con el tiempo, como si hubiéramos sellado un acuerdo silencioso, ambas dejamos de hablar de Lucca.
Él y yo nunca tuvimos nada serio, así que era libre de hacer lo que quisiera con su vida, igual que yo.
Pero dolía imaginarlo con otras, peor aún, con otra, si encontraba a alguien y comenzaba una relación seria.
No, dejé de pensar, de martirizarme.
Salí de la escuela dispuesta a encontrar fuerzas para afrontar un nuevo fin de semana sola.
Aunque Paola había insistido en que fuera a quedarme con ellos, me negué al darme cuenta de lo débil que era.
El final de lo que fuera aquello que tuve con Lucca fue irreal, y todavía no sabía cómo lidiar con la situación.
Había ocultado, incluso de mí misma, que me había enamorado perdidamente de Lucca, igual que de Allegra. Me di cuenta de que, durante todo ese tiempo, viví un sueño que no era mío. Como una psicópata, quería apropiarme de la vida de personas que no me pertenecían.
De camino a casa, paré en un McDonald’s.
No me gustaba ese tipo de comida y apenas comía, pero solo ver el letrero de neón brillando me hizo salivar por raciones grasientas de Big Mac, patatas, bacon y queso, además de litros de Coca-Cola.
Al dejar mis bolsas en la encimera de la cocina, ni yo misma podía creer el tamaño de mi glotonería.
Pero estaba feliz y, para disfrutar mejor de mi locura, primero me di una ducha y, con un pijama holgado, volví a la cocina.
Coloqué todo en una bandeja y, con ella en las manos, fui hasta el cuarto, que había convertido en despacho, donde preparaba las clases de la semana y materiales escolares.
Mientras comía, empecé a revisar las fotos y vídeos que había hecho para entregárselos a Vitória y Pietro en cuanto mejoraran.
Recuerdos de los días de su hija, que ellos habían perdido.
Pasé todos los archivos del móvil al ordenador y, mientras comía, distraída, empecé a organizar y montar las carpetas.
A medida que las imágenes iban pasando, más triste me sentía. Las primeras, de Lucca en el sofá, viendo vídeos con Allegra, ambos riendo. ¡Preciosos!
Nuestros días en el parque, con él corriendo con ella sobre la hierba. Dios… cuánto lo echaba de menos.