Un CEO Multimillonario En Apuros CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

Nos sentamos en uno de los bancos que había en el lugar; él aprovechó para apoyar la cabeza en mi hombro y yo para acariciarle la nuca.

Lucca parecía tan poderoso, pero allí se le veía como a un niño frágil, perdido.

No había remedio, la muerte era un enemigo cruel, imbatible, siempre nos pillaba desprevenidos.

No importaba lo fuertes que fuéramos, cuando llegaba, nos miraba desde arriba, nos empequeñecía, riéndose con burla de nuestras debilidades.

—Siento mucho haberme marchado de aquella manera —dije de repente—. Hice una tontería y, en vez de disculparme, preferí huir.

—No imagino qué hiciste mal para necesitar huir —se puso frente a mí—. Pero yo fui un imbécil aquella noche, te dije cosas horribles, hasta yo habría huido de mí mismo. Así que no te preocupes.

—Sí, no lo niego —me reí—. Fuiste un completo idiota, sí, pero lo que hice yo fue peor.

—La única cosa que, para mí, habría sido horrible —levantó las manos para indicar que no me estaba recriminando, solo constatándolo— sería acostarte con mi hermana, pero eso sé que no lo hiciste.

—Desde luego que no —dije, mirándole a los ojos; cuando nuestras miradas se encontraron, bajó la cabeza y tomó mis labios con delicadeza.

Tragué saliva y contuve las lágrimas; Lucca no tenía ni idea de lo que significaba tener sus labios contra los míos—.

Jamás sería capaz de una traición a ese nivel.

—Bueno, ya sabemos que no fue eso —se apartó rápido, pareciendo incómodo y, con la mirada, buscó por dónde andaba Allegra—. Entonces no consigo imaginar qué fue tan terrible como para que huyeras.

—Aquella noche...

Empecé, pero en ese mismo instante sonó su móvil, con Paola avisando de que lo estaban esperando para que las máquinas fueran apagadas. Sin pensarlo, ambos nos levantamos. Él cogió a Allegra y seguimos apresurados de vuelta a la UCI, donde se encontraban Pietro y Vitória.

Nunca había visto, ni imaginado, cómo sería desconectar a una persona, pero me pareció algo muy rápido y frío; en un minuto los monitores pitaban, los pulmones funcionaban y, al siguiente, todo quedó en silencio.

A través de los cristales, vimos lo fácil que era cesar la existencia de alguien, aunque no fueran apagados del todo, pues Lucca y Paola, junto con su padre y la familia de Vitória, habían decidido donar todos los órganos posibles; de ese modo, siguieron existiendo.

Después de que todo terminara, nos retiramos, todos en silencio, cada uno siguiendo su camino.

Cuando llegamos al aparcamiento, Lucca se despidió, diciendo que tenía algunos problemas que resolver en el trabajo.

Paola me llamó para ir al apartamento, pero rechacé la invitación; el entierro sería al día siguiente y, después de cruzarme con su madre, lo único que quería era estar lejos de ella.

Si nos quedábamos encerradas dentro de un apartamento, no saldría nada bueno, así que cuanto más alejada estuviera, mejor.

Al día siguiente, me impresionó la cantidad de personas que acudieron a la última despedida.

El cementerio estaba lleno, Pietro y Vitória eran de verdad personas muy queridas.

Sin embargo, la persona más importante no estaba.

Según Lucca y Paola, Eleonora no permitió que llevaran a Allegra, pues, para ella, siendo una niña tan pequeña, no entendería lo que estaba pasando ni tendría recuerdo de lo ocurrido; solo se irritaría e irritaría a los presentes.

—Espero que Allegra esté bien —dije, parada junto al taxi que me llevaría hasta la estación de autobuses—. Y tú también...

—Intentaré estarlo —dijo, apoyándose contra el vehículo y tirando de mí hacia él—. Quería mucho que mi madre viniera, pero ahora que está aquí, preferiría que no hubiera venido.

—No lo entiendo, deberías haberte alegrado —dije, tomando su rostro entre mis manos; mi deseo era besarle y él parecía sentir lo mismo, pero en el lugar donde estábamos no nos parecía correcto—.

Ha tardado tanto en venir y, ahora que está aquí, parece decidida a convertirse en una abuela presente en la vida de su nieta.

—Ese es mi principal temor...

—¿Lucca? —antes de que terminara la frase, la voz aguda e irritada de su madre llegó hasta nosotros; estábamos tan distraídos que no advertimos el momento en que dejó el círculo de amigos alrededor de la tumba para venir hasta el aparcamiento—.

¿Cómo es posible? Nuestros amigos están todos aquí para despedirse de Pietro y tú, ¿abrazándote con la niñera?

—Ella no es solo la niñera...

—Déjalo, Lucca...

—¿Lucca? —él había empezado a hablar y yo intenté impedírselo, pero su madre tampoco me dejó continuar—. ¿Cómo que “Lucca”? Para ti, es el señor Ginnard, ¿me oyes, chica?

—Lucca, tengo que irme —dije, dándole la espalda a la bruja—. Sabes mi número, igual que sabes dónde encontrarme. Ahora no es el momento ni el lugar.

—Sí —aceptó, abriendo la puerta del taxi—. Tenemos mucho de lo que hablar.

Sin importarle la mirada furiosa de su madre, tomó mi boca en un beso cariñoso. A mí tampoco me importó, y le correspondí.

Después de eso, me despedí y, con la promesa de llamarnos para quedar, dejé el lugar.

Mi vuelta a casa no fue tan triste como mi ida.

Incluso con toda la tristeza de lo sucedido, yo, de una forma extraña, me sentía feliz.

Lucca y yo habíamos conseguido hablar sin discutir; aunque no le hubiera dicho el motivo de mi huida, teníamos la promesa de que mantendríamos el contacto.

Al entrar en mi apartamento, nada había cambiado desde mi última vuelta, en la que me sentí vacía, triste, sola; sin embargo, en aquel momento, había una diferencia. Ahora, sonreía.

Aquella noche, al apoyar la cabeza en la almohada, incluso estando sola, sentí a Lucca allí, conmigo.