EPÍLOGO
DAKOTA
Seis meses después
Nuestro apartamento está lleno de vida.
De risas. De conversaciones. De ese caos hermoso que solo ocurre cuando la familia Hawke al completo se reúne en un mismo espacio.
Estoy en la cocina preparando café mientras observo la escena en el salón.
Mi hijo Christopher está en el sofá con Kai y Ronan, los tres discutiendo sobre algo relacionado con criptomonedas.
Elsie persigue a Emma, la hija de Ronan, que corre por todas partes con esa energía infinita de los niños de pequeños.
Isla y Hazel están en la terraza con Skylar, las tres con copas de vino, riendo por algo que no alcanzo a oír.
Y Oliver. Oliver está junto a Jax y Zane, cerca de las ventanas, hablando de trabajo. Pero cada pocos segundos sus ojos me buscan, como si necesitara comprobar que sigo aquí. Que esto es real.
Han pasado seis meses desde aquella tarde en mi despacho. Desde que Marcus nos pilló. Desde que Oliver me dijo que me quería. Desde que por fin me permití creer.
Seis meses que han sido los más felices de mi vida.
Nos mudamos juntos al mes de hacer oficial nuestra relación. Yo dejé mi apartamento del West Village y me vine aquí, al apartamento de Oliver en la Torre Hawke. Rodeada de la familia que nunca supe que necesitaba.
Christopher lo aceptó mejor de lo que esperaba. Cuando le conté que Oliver y yo estábamos juntos, que iba en serio, que nos habíamos enamorado, mi hijo me abrazó y me dijo que hacía años que no me veía tan feliz. Que Oliver era bueno para mí. Que le daba igual la diferencia de edad si yo era feliz.
Y soy feliz.
Más feliz de lo que nunca pensé que podría ser.
Cuando me divorcié de Marcus hace casi dos años, cuando cerré la puerta de ese matrimonio muerto, pensé que el amor no era para mí.
Que había tenido mi oportunidad y la había desperdiciado.
Que a los cuarenta años, con un hijo adulto y un cuerpo que mostraba cada año vivido, el amor romántico era algo del pasado.
Pensé que el amor era mentira. Una fantasía que vendían las películas y los libros. Algo que tal vez existía para otros pero nunca para mí.
Me había resignado a una vida sola: con éxito profesional, satisfecha con mi trabajo y mi hijo, pero sola en todo lo demás.
Y entonces Oliver Hawke entró en mi despacho, con sus ojos color avellana y su sonrisa arrogante. Quince años más joven y del todo imposible.
Y me demostró que estaba equivocada en todo.
El amor existe. Es real. Es posible. Incluso para mujeres de cuarenta años con estrías y miedos y todo el lastre que cargo.
Oliver me lo demuestra cada día. Con cada gesto pequeño. Con cada palabra. Con cada mirada que me dice que soy su mundo entero.
Me trae café a la cama cada mañana. Me besa las estrías y me dice que son hermosas. Me abraza cuando tengo pesadillas en las que lo pierdo. Me hace reír cuando estoy estresada por el trabajo. Me trata como si fuera la mujer más valiosa del universo.
Durante el día me trata como a una princesa. Me cuida. Me mima. Me adora de una manera que nunca conocí en veinte años de matrimonio con Marcus.
Y por la noche, en la privacidad de nuestro dormitorio…
Me trata como su juguete.
Me ata. Me ordena. Me lleva al límite una y otra vez. Me hace gritar su nombre hasta quedar ronca. Me folla con una intensidad que me deja deshecha y satisfecha de formas que ni siquiera sabía que eran posibles.
Y no podría ser más feliz.
Porque he encontrado el equilibrio exacto: el hombre que me adora y me domina, que me respeta y me desafía, que me ama sin reservas mientras me usa justo como ambos necesitamos.
—¿En qué piensas? —La voz de Oliver en mi oído me sobresalta.
No lo he oído acercarse. Me rodea con los brazos desde atrás, el cuerpo pegado a mi espalda, los labios rozándome el cuello.
—En ti —admito—. Siempre en ti.
—Bien. —Me muerde el cuello, suave—. Porque yo pienso en ti a todas horas. En lo hermosa que estás hoy. En lo mucho que te quiero. En todo lo que quiero hacerte cuando todos se vayan.
Me sonrojo. Después de seis meses, todavía consigue que me ponga colorada como una adolescente.
—Oliver —susurro—. Nuestra familia está aquí.
—Lo sé. —Me baja la mano por el vientre—. Por eso tengo que esperar. Pero en el momento en que salgan por esa puerta, voy a llevarte al dormitorio. Y voy a hacerte pagar por llevar ese vestido que me ha estado volviendo loco toda la tarde.
—Es solo un vestido.
—Es un vestido que se ajusta a tu culo de forma pecaminosa —gruñe—. Y llevo dos horas imaginando quitártelo con los dientes.
—Eres insaciable.
—Solo contigo. —Me gira entre sus brazos—. Solo contigo.
Me besa despacio, con dulzura, con una promesa en los labios.
Y cuando nos separamos, cuando veo sus ojos, esos ojos que me miran como si yo lo fuera todo…
Sé con certeza absoluta que hice bien en creer. En arriesgarme. En permitirme amar otra vez.
Porque esto, esto que tenemos, vale cada miedo que tuve que superar. Cada inseguridad a la que tuve que enfrentarme. Cada momento de duda.
—Te quiero —susurro contra sus labios—. Tanto.
—Y yo a ti. —Sonríe—. Para siempre.
—Para siempre.
Christopher aparece en ese momento, con una sonrisa cómplice.
—¿Ya estáis otra vez? —Finge exasperación—. ¿Podéis mantener las manos quietas durante cinco minutos?
—No —responde Oliver sin avergonzarse—. No puedo quitarle las manos de encima a tu madre. Acostúmbrate.
Christopher se ríe. Y nos abraza a los dos.
—Me alegro de que seas feliz, mamá —me dice bajito—. De verdad. Te lo mereces.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—Gracias, cariño.
—Y tú. —Se gira hacia Oliver—. Cuídala. O tendré que partirte la cara.
—Trato hecho. —Oliver le tiende la mano—. Aunque, para ser justos, tu madre podría partirnos la cara a los dos.
Los tres nos reímos. Y en ese momento, rodeada por las dos personas más importantes de mi vida…
Me siento completa.
OLIVER
La tarde pasa en una nebulosa de conversaciones y risas.
Emma se queda por fin dormida en brazos de Ronan. Skylar la cubre con una manta suave. Y verlos así, a mi hermano con su familia, con ese amor evidente en cada gesto, me encoge el pecho.
Hace seis meses que Dakota y yo estamos juntos. Seis meses desde que dejé de esconder lo que sentía. Desde que le dije al mundo que la amaba.
Y han sido los mejores seis meses de mi vida.
Dakota se mudó conmigo al mes y llenó mi apartamento de color y vida. De fotos y plantas y esa calidez que ni sabía que me faltaba. Transformó este espacio frío y minimalista en un hogar de verdad.
En nuestro hogar.
Trabajo con ella cada día y veo cómo transforma Relish en algo aún más increíble. Las ventas han subido un treinta por ciento desde que implementamos las estrategias que desarrollamos juntos. Y la revista acaba de ganar dos premios de la industria.
Y por las noches, cada noche, la llevo a nuestro dormitorio y le demuestro cuánto la amo. Con mi cuerpo. Con mis palabras. Con todo.
La ato. La domino. La hago mía de todas las formas posibles. Y ella me entrega su control con una confianza que me destroza y me reconstruye a la vez.
Y después la estrecho contra mí, le murmuro lo preciosa que es, y nos dormimos enredados.
Completos.
—Vas a quedarte ciego de tanto mirarla. —La voz de Kai a mi lado me saca de mis pensamientos.
Miro a mi hermano, que sonríe con complicidad.
—No puedo evitarlo —admito—. Es perfecta.
—Lo sé. —Kai mira hacia donde Hazel está con las otras mujeres—. Todas lo son.
Zane se acerca con Jax. Ronan se une desde el sofá. Los cinco hermanos Hawke reunidos junto a las ventanas.
Mirando hacia el salón. Hacia las mujeres que transformaron nuestras vidas.
Elsie está ahora con Emma. Isla charla animada con Dakota. Hazel y Skylar, están enfrascadas en una conversación que las tiene serias.
Y Christopher se mueve entre ellas como si siempre hubiera sido parte de esta familia. Porque ahora lo es.
—¿Alguna vez pensasteis que tendríamos esto? —pregunto en voz baja—. Cuando éramos niños. Cuando vivíamos ese infierno con nuestros padres. ¿Pensasteis que algún día tendríamos familias propias? ¿Amor real?
El silencio que sigue es pesado.
—No —responde Jax, el primero—. Pensé que el amor era mentira. Que no existía. Que lo que nuestros padres sentían por las drogas era más fuerte que cualquier cosa que pudieran sentir por nosotros.
—Yo pensé lo mismo. —Zane asiente—. Que el amor era debilidad. Que era una trampa. Que era mejor estar solo que arriesgarme a convertirme en ellos.
—Yo estaba seguro de que nunca podría amar. —Ronan mira hacia Skylar con esa suavidad que solo aparece con ella—. Que no sabía cómo. Que había algo roto en mí que lo hacía imposible.
—Y yo usaba el humor como escudo —admite Kai—. Para no tener que enfrentarme a la posibilidad de amar y perder. Porque habíamos perdido tanto ya. No podía arriesgarme a perder más.
Me giro hacia ellos. Mis hermanos. Los hombres que me criaron. Que me protegieron. Que me enseñaron todo lo que sé sobre fuerza y supervivencia y lealtad.
—Pero estábamos equivocados —dice Jax en voz baja—. En todo.
—Del todo equivocados —confirma Zane.
Miramos hacia nuestras chicas otra vez. Las mujeres que nos demostraron lo equivocados que estábamos.
—Elsie me enseñó que amar no es una debilidad —continúa Jax—. Que cuidar a alguien además de a mis hermanos no me hacía ser más vulnerable. Me hace más fuerte.
—Isla me enseñó que perder el control no es una catástrofe. —Zane sonríe apenas—. Que rendirme a alguien puede ser la decisión más valiente que he tomado. Que el amor es comprensión. No dominación.
—Hazel me enseñó que detrás del humor puede haber profundidad. —Kai mira a su mujer con adoración—. Que puedo ser yo mismo. Sin máscaras. Y ser amado por quien soy de verdad.
—Skylar me enseñó que sentir no es peligroso. —explica Ronan—. Que puedo tener control y emociones. Que puedo ser padre sin convertirme en el mío. Que merezco amor aunque nunca lo creí.
Se giran hacia mí, expectantes.
—Dakota me ha enseñado que no soy solo el pequeño de la familia. —Me sale con más facilidad de lo que esperaba—. Que puedo ser protector y fuerte y capaz. Que la edad no define el amor. Que merezco ser elegido. Que puedo tenerlo todo si soy valiente.
Nos miramos. Los cinco hermanos Hawke. Unidos por el trauma. Por la supervivencia. Por el amor familiar.
Y ahora unidos por algo más.
Por el amor que encontramos. Contra todo pronóstico. A pesar de lo que nos enseñaron nuestros padres.
—Crecimos en el infierno —dice Jax al fin—. Criados por adictos que nos fallaron una y otra vez. Que nos enseñaron que el amor era mentira. Que las promesas se rompían. Que la gente siempre se iba.
Hace una pausa cargada de emoción.
—Pero esas mujeres. —Señala hacia el salón—. Nos demostraron lo contrario. Nos enseñaron que el amor existe. Que es real. Que vale cada riesgo.
—Nos salvaron —dice Kai—. De nosotros mismos. De nuestro pasado. De convertirnos en nuestros padres.
—Nos ayudaron a salvarnos a nosotros mismos —añado—. Nos mostraron que merecíamos ser salvados. Que podíamos ser diferentes. Mejores.
Nos quedamos en silencio otra vez. Pero esta vez es diferente. Es paz. Es gratitud. Es amor.
—Por los hermanos Hawke. —Zane levanta su whisky—. Que sobrevivieron al infierno y encontraron el cielo.
—Por nuestras mujeres. —Jax añade—. Que nos amaron cuando éramos imposibles de amar.
—Por el amor. —Ronan continúa—. Que resulta ser real después de todo.
—Por la familia. —Kai sonríe—. La que elegimos. La que construimos. La que mantenemos.
—Por los finales felices —termino—. Los que nunca pensamos que tendríamos y sin los que ahora no sabemos vivir.
Chocamos los vasos. Los cinco hermanos. Unidos como siempre. Pero ahora con algo más.
Con esperanza. Con futuro. Con amor.
Dakota me mira desde el otro lado del salón. Como si sintiera mi mirada. Me sonríe. Y todo merece la pena.
Y le devuelvo la sonrisa, con la certeza absoluta de que hice bien.
En amarla. En elegirla. En construir esta vida con ella.
—Voy con mi mujer —anuncio.
—Todavía no es tu mujer —me recuerda Kai—. Técnicamente es tu novia.
—Todavía —replico—. Pero lo será. Pronto.
Porque tengo un anillo escondido en mi cajón. Un anillo de diamantes que compré hace dos semanas. Estoy esperando el momento perfecto para arrodillarme y preguntarle si quiere pasar el resto de su vida conmigo.
Y sé que dirá que sí.
Porque me ama. Como yo la amo a ella. Del todo. Sin vuelta atrás. Para siempre.
Camino hacia Dakota. La atraigo hacia mí. La beso delante de todos.
—Te quiero —susurro contra sus labios.
—Y yo a ti —responde—. Siempre.
Y mientras la abrazo, mientras escucho las risas de mi familia alrededor, mientras siento la paz que solo ella me da…
Sé que por fin he encontrado mi lugar.
No solo como el hermano menor de los Hawke. No solo como el CEO más joven de Hawke Capital. No solo como el hombre que conquistó a Dakota Relish contra toda lógica.
Sino como el hombre que aprendió a amar. A pesar de todo. Contra todo. Para siempre.
Y eso.
Eso es más que suficiente.
Lo es todo.