Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) ADRIÁN
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ADRIÁN

Subo la sábana de algodón egipcio hasta la barbilla de Emma. Su respiración ya es profunda y acompasada, aunque hace apenas diez minutos estábamos discutiendo por la hora de acostarse. Otra batalla. Otra noche en que acabo con la sensación de ser un fracaso como padre oprimiéndome el pecho.

La habitación huele a ese champú de manzana que tanto le gusta y a la crema hidratante que insiste en ponerse «porque las modelos lo hacen».

Tiene diez años, por el amor de Dios. Diez años y ya habla de cremas antiarrugas y de lo importante que es la rutina de belleza.

¿De dónde saca estas cosas? Seguramente de esas revistas que hojea en el iPad cuando cree que no la veo.

Me siento en el borde de la cama y aparto un mechón rubio de su frente.

—Eres un desastre, Sterling —murmuro para mí mismo.

Acaricio su mejilla con el pulgar. Es tan suave. Tan pequeña todavía, a pesar de que insiste en que ya es «casi una adolescente». La idea me provoca un nudo en el estómago. No estoy preparado. No sé cómo hacer esto solo.

El peluche de jirafa que le regalé cuando cumplió cinco años asoma bajo su almohada. Lo esconde cuando hay visitas, pero aún duerme abrazada a él. Es uno de esos pequeños detalles que archivo mentalmente: mi hija todavía es una niña, por mucho que se empeñe en aparentar lo contrario.

—Papá, estás respirando como Darth Vader otra vez —murmura Emma sin abrir los ojos—. Es espeluznante.

Una sonrisa fugaz cruza mi rostro. Incluso medio dormida tiene que tener la última palabra.

—Perdona. Ya me voy.

—¿Tienes que trabajar más esta noche?

La culpa me golpea como un puño en el plexo solar. ¿Tan predecible me he vuelto?

—Solo un rato. Tengo que revisar unos contratos.

Abre los ojos, dos lagos azules idénticos a los míos.

—Siempre tienes que revisar contratos.

—Es mi trabajo, Emma.

—Tu trabajo es ser mi padre también.

Sus palabras me atraviesan como un cuchillo. Precisa. Directa. Implacable. A veces me pregunto si esta niña no tiene cuarenta años atrapados en un cuerpo de diez.

—Lo sé, princesa. Y lo intento.

—No me llames princesa. Ya no soy una niña pequeña.

Aprieto la mandíbula, conteniendo la irritación. Hablar con ella es como caminar por un campo de minas. Cada palabra, cada gesto, parece ser el equivocado.

—Vale. ¿Prefieres que te llame «Señorita Sterling»? ¿O quizás «Su Majestad»? —intento bromear.

No funciona. Su expresión se mantiene seria, evaluándome.

—La señora Peterson ha dimitido —dice de repente.

Froto mis sienes, intentando aliviar la migraña que amenaza con instalarse allí.

—Lo sé.

—Es la cuarta este año.

—También lo sé, Emma.

—¿Y sabes por qué se van todas?

—Porque eres una niña difícil —respondo automáticamente, y me arrepiento al instante.

Sus ojos se llenan de lágrimas, pero parpadea rápidamente para contenerlas. Ese gesto me desconcierta. Tiene diez años y ya ha aprendido a ocultar sus emociones. ¿De quién lo habrá aprendido? El pensamiento me incomoda más de lo que estoy dispuesto a admitir.

—No —dice con voz controlada—. Se van porque ninguna me ve de verdad. Me tratan como si fuera un bebé al que hay que entretener con tonterías mientras intentan impresionarte a ti.

La miro con las cejas alzadas. No es la primera vez que me lo dice, pero sigue sorprendiéndome su capacidad para expresar exactamente lo que piensa y darse cuenta de cosas que no debería notar a su edad.

—Emma...

—La señora Peterson me dijo que no debía leer «El señor de los anillos» porque era «demasiado oscuro para una niñita».

Y luego la vi coqueteando contigo en la cocina mientras te contaba que había estudiado literatura inglesa.

—Hace una pausa—. Ni siquiera sabía quién era Tolkien, papá. Tuve que explicárselo yo.

No puedo evitar un atisbo de orgullo ante eso.

—Eres demasiado inteligente para tu propio bien.

—No, soy lo suficientemente inteligente para saber cuándo me están tratando como a una idiota. —Su voz se quiebra ligeramente—. A ninguna le importo de verdad, papá. Solo soy el trabajo que tienen que soportar para acercarse a ti.

El recuerdo de nuestra discusión de hace tres días vuelve con claridad. Estábamos en la cocina, Emma había reducido a lágrimas a la señora Peterson con un comentario particularmente mordaz.

«¡No necesito otra niñera que solo quiera casarse contigo!», me había gritado. «¡Necesito a alguien que me vea a mí!»

En ese momento, había atribuido su arrebato a un simple berrinche. Ahora, mirándola a los ojos, me pregunto si no habrá captado algo que yo he pasado por alto.

—Te prometo que la próxima será diferente —le digo, con el tono práctico que uso para cerrar negociaciones.

—Siempre dices eso. —Bosteza, el cansancio finalmente ganando la batalla—. Pero nunca cambia nada.

Me inclino y beso su frente.

—Te quiero, Emma.

—Lo sé —murmura, ya casi dormida—. Ese no es el problema.

Me quedo observándola hasta que su respiración se vuelve profunda y regular. Tiene razón. Ese no es el problema. El problema es que no sé cómo sustituir la ausencia de su madre que murió cuando Emma era demasiado joven.

No sé cómo rellenar ese vacío.

Me levanto con cuidado de no hacer ruido y camino hacia la puerta.

Antes de salir, echo un último vistazo a la habitación.

Libros apilados en la mesita de noche, muy por encima de su nivel de lectura.

Un telescopio en la esquina que apenas hemos usado juntos.

Dibujos guardados cuidadosamente en una carpeta que ella cree que no he visto.

Cierro la puerta y me ajusto los puños de la camisa, un gesto automático cuando necesito recuperar el control.

El silencio del ático me envuelve, recordándome lo ineficiente que es esta situación.

En unas semanas nos iremos a Los Hamptons para pasar el verano.

Otro verano intentando encontrar el equilibrio entre ser padre y dirigir una empresa.

Otro verano buscando una niñera que dure más de dos semanas.

Mi móvil vibra en el bolsillo. Es un mensaje de mi asistente: «Currículums preseleccionados para la posición de cuidadora adjuntos. Revísalos cuando puedas.»

Me dirijo a mi despacho con paso decidido. El whisky me llama desde el mueble bar, pero lo ignoro. Esta noche no. Esta noche necesito concentración absoluta.

Abro el portátil y la luz de la pantalla ilumina la penumbra de la habitación.

Mientras espero a que se carguen los documentos, mis ojos se desvían hacia la fotografía enmarcada en mi escritorio: Emma a los cinco años, sonriendo sin los dos dientes delanteros, sentada en mis hombros en Central Park.

¿Cuándo fue la última vez que sonrió así conmigo?

Entrelazando los dedos frente a mi rostro y contemplo la imagen. Esta situación es inaceptable. Necesito encontrar una solución eficiente al problema.

—Tiene que haber alguien competente —murmuro al silencio—. Alguien que entienda que esto es un trabajo, no una audición para convertirse en la próxima señora Sterling.

Lo que todavía no sé es que esa persona ya está a punto de entrar en nuestras vidas, y que todas mis reglas cuidadosamente establecidas están a punto de ser desafiadas.

FIN