Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

DAKOTA

Han pasado tres días desde que decidí mantener la distancia con Oliver. Tres días en los que he sido profesional. Cortés. Fría incluso.

Oliver me ha mirado con una confusión creciente, como si no entendiera qué ha cambiado, por qué de repente levanto muros donde antes no los había.

Y es mejor así. Mejor terminar esto ahora, antes de que me destroce del todo.

Pero hoy, a las dos de la tarde del viernes, Oliver entra en mi despacho sin llamar.

Cierra la puerta detrás de él.

Y su expresión me corta el aliento.

—¿Qué pasa? —pregunto, intentando mantener la voz neutral.

—Tú. —Cruza el despacho hasta mi escritorio—. Tú pasas. Llevas tres días evitándome. Tres días comportándote como si no nos conociéramos de nada.

—No te estoy evitando. Solo intento ser profesional.

—Profesional —repite, como si la palabra fuera veneno—. ¿Así que ahora somos profesionales? ¿Después de todo lo que ha pasado entre nosotros?

—Oliver, no podemos hacer esto aquí.

—¿Entonces dónde? —Se apoya contra mi escritorio. Demasiado cerca—. ¿Dónde se supone que vamos a tener esta conversación?

El corazón me late demasiado rápido ante sus palabras.

—No hay nada de qué hablar.

—Mentira. —Se inclina hacia mí—. Hay mucho de qué hablar. Empezando por qué narices has decidido de repente que esto se ha acabado sin consultarme.

—Yo no…

—Sí lo has hecho. —Me interrumpe—. La otra noche fue increíble. Estuvimos juntos. Te abracé. Te besé. Y al día siguiente actúas como si no hubiera pasado nada.

Las lágrimas me queman detrás de los ojos. Pero las contengo.

—Fue un error. Todo esto ha sido un error.

—No digas eso. —Su mano sube hasta mi cara—. No te atrevas a decir eso.

—Oliver, por favor…

—Dime qué ha pasado. —Su pulgar me acaricia la mejilla—. Dime qué te ha asustado tanto como para decidir huir.

Y no puedo. No puedo decirle la verdad, admitir que me he enamorado de él, que sus palabras sobre embarazos y familias me han hecho desear un futuro que nunca podré tener.

Así que digo la única mentira que puedo.

—Me he dado cuenta de que esto no puede funcionar. Somos demasiado diferentes. Tú eres demasiado joven y yo soy demasiado…

—No termines esa frase. —Me corta—. No te atrevas a usar la edad como excusa otra vez.

—No es una excusa. Es la realidad.

—La realidad. —Se ríe sin humor—. La realidad es que eres la mujer más increíble que he conocido. La realidad es que no puedo dejar de pensar en ti. La realidad es que te…

Se detiene. Como si estuviese a punto de decir algo que no puede retirar.

Y entonces se inclina.

Y me besa.

No es suave. No es delicado. Es desesperado. Como si llevara tres días muriéndose de sed y yo fuera agua.

Y debería apartarlo. Debería mantener la distancia que he construido con tanto cuidado.

Pero no puedo.

Porque lo he echado de menos. He echado de menos esto. Lo he echado de menos a él.

Así que le devuelvo el beso: le subo las manos al pelo, lo atraigo más cerca, me pierdo en la sensación de su boca contra la mía.

Oliver gime contra mis labios, me baja las manos hasta la cintura, me levanta y me sienta sobre la madera del escritorio.

Se coloca entre mis piernas, el cuerpo apretado contra el mío, y noto su erección incluso a través de la ropa.

—Te he echado de menos —murmura sobre mis labios—. Joder, Dakota. Te he echado tanto de menos.

—Yo también —admito sin poder evitarlo—. Yo también te he echado de menos.

Ahonda el beso y yo me rindo. Una de sus manos me sube por el muslo, por debajo de la falda.

Y estoy tan perdida en él, en la sensación, en este momento, que no oigo abrirse la puerta. No oigo los pasos.

No me doy cuenta de nada hasta que suena la voz.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?

Me congelo.

Oliver se separa de mí de golpe y se gira hacia la puerta.

Y ahí está Marcus.

Mi exmarido está en la puerta de mi despacho, con la boca entreabierta y los ojos como platos, mirando la escena que tiene delante.

Yo sobre el escritorio, con la falda subida, el pelo revuelto y los labios hinchados; Oliver entre mis piernas, las manos todavía en mi cintura, la respiración acelerada.

No hay forma de negar lo que estaba pasando, ni de explicarlo.

Marcus nos ha visto. Nos ha pillado.

Y cuando su expresión cambia del shock a algo más oscuro, más cruel, sé que esto va a ser un desastre.

—Interesante. —Marcus entra completamente. Cierra la puerta detrás de él—. Muy interesante.

Me bajo del escritorio a toda prisa, intentando arreglarme la ropa. El pelo. La dignidad destrozada.

—Marcus. Esto no es…

—¿Qué no es? —Se ríe. Y el sonido es horrible—. ¿No es exactamente lo que parece? Porque parece que estabas a punto de follar con este niño sobre tu escritorio.

Oliver da un paso hacia él, con los puños apretados.

—Cuidado con cómo le hablas.

—Marcus, vete —consigo decir—. No tienes derecho a estar aquí. Ya no.

Pero Marcus no se mueve. Solo me mira con una expresión que conozco demasiado bien. Esa expresión que usaba cuando quería herirme, cuando quería que me sintiera pequeña.

—Tengo que reconocer, Dakota —dice despacio—, que esto me sorprende. Pensaba que lo de buscar a alguien mucho más joven era solo cosa de tíos.

Las palabras me golpean donde más duele.

—Ya sabes —continúa—. El cliché. El hombre de mediana edad que deja a su mujer por una veinteañera. El coche deportivo. La crisis existencial.

Oliver se tensa a mi lado. Pero Marcus no se detiene.

—Pero supongo que las mujeres también lo hacéis ahora. Igualdad de género y todo eso. —Me mira de arriba abajo—. ¿Qué edad tiene? ¿Veinticinco? ¿Veinticuatro? Podrías ser su madre, Dakota.

—Cállate. —La voz me sale quebrada.

—¿Es esto tu crisis de los cuarenta? ¿Tu forma de sentirte joven otra vez? —Se ríe—. Porque tengo que decirte que es patético. Realmente patético.

Y ahí me rompo.

Porque es justo lo que pienso, lo que me aterra, lo que me despierta de madrugada con ganas de llorar.

—Si es que mírate. —Marcus continúa, implacable—. Tienes cuarenta años. Estrías. Arrugas. Un hijo de veintiún años. ¿Y crees que este chico te quiere de verdad? ¿Crees que esto es real?

Las lágrimas empiezan a caer antes de que pueda detenerlas.

Silenciosas, me bajan por las mejillas mientras cada palabra de Marcus confirma cada miedo que tengo.

—Es solo sexo para él, Dakota. Una aventura con una mujer mayor. Algo diferente. Algo que contar a sus amigos. —Su voz baja hasta que es casi venenosa—. Y cuando se canse, cuando encuentre a alguien de su edad…

—Basta ya. —Oliver avanza hacia Marcus.

Pero Marcus no para.

—Va a dejarte. Claro que va a dejarte. Porque eres vieja, Dakota. Demasiado vieja para él. Demasiado vieja para…

No termina la frase.

Porque el puño de Oliver se estrella contra su cara.

El sonido del impacto resuena en el despacho. Fuerte. Brutal. Definitivo.

Marcus cae hacia atrás, choca contra la pared y se lleva la mano a la nariz, que ahora sangra a borbotones.

—¿Qué coño…?

—Como se te vuelva a ocurrir. —Oliver se cierne sobre él con una furia que nunca le había visto—. Como se te vuelva a ocurrir decirle algo así a la mujer que amo. Te voy a destrozar.

Me quedo paralizada.

La mujer que amo.

Las palabras quedan colgando en el aire, imposibles de ignorar, imposibles de malinterpretar.

Marcus me mira, con la sangre goteándole entre los dedos, los ojos enormes, la boca abierta de puro estupor.

Y yo no puedo moverme, ni respirar, ni procesar lo que acabo de escuchar.

Oliver se gira hacia mí. Y cuando le veo la cara, cuando veo la verdad desnuda en sus ojos, sé que él también se da cuenta.

De lo que acaba de decir.

De lo que acaba de revelar.

Veo el pánico cruzarle la cara durante un segundo, como si las palabras se le hubieran escapado en medio de la furia.

Pero entonces algo se asienta en su mirada.

Y el pánico desaparece, reemplazado por una determinación pura.

—Sí —dice, mirándome a los ojos—. Te quiero. Y ya no voy a esconderlo más.

El silencio que sigue es absoluto.

Marcus sigue sosteniéndose la nariz, mirándonos con incredulidad.

Yo sigo congelada, incapaz de creérmelo, de entenderlo.

Porque Oliver, el hombre del que llevo semanas convenciéndome de que solo está jugando conmigo, el hombre que pensaba que al final me dejaría, acaba de decir que me ama.

Delante de mi exmarido.

Después de pegarle.

Como si fuera lo más obvio del mundo.

Marcus se incorpora despacio, todavía sangrando, todavía aturdido.

—Estás loco —acierta a decir—. Los dos estáis locos.

—Vete. —Oliver no le mira. Solo me mira a mí—. Vete ahora antes de que haga algo peor.

—Esto no va a durar. —Marcus escupe sangre en el suelo—. Esto es ridículo. Imposible. Ella es demasiado vieja para ti. Demasiado…

—Vete —repite Oliver, y su voz es una amenaza—. Ahora.

Y por fin, por fin, Marcus entiende que ha perdido.

Camina hacia la puerta con paso inseguro, sujetándose todavía la cara destrozada.

Pero antes de salir se gira una última vez.

—Te vas a arrepentir de esto, Dakota. Cuando él se vaya. Cuando te des cuenta de que tenía razón. Vas a arrepentirte.

Y sale.

La puerta se cierra detrás de él y nos deja solos.

A Oliver y a mí.

En un silencio tan pesado que me cuesta respirar.

Y en mi cabeza solo resuenan sus palabras.

La mujer que amo.

Te quiero.

Y no sé qué hacer con eso. No sé cómo asimilarlo ni si creérmelo.

Así que me quedo ahí, inmóvil, con las mejillas todavía húmedas.

Mientras Oliver me mira con esos ojos que prometen todo lo que no me atrevo a aceptar.