Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

DAKOTA

El timbre de mi casa suena a las ocho de la noche del martes.

No espero a nadie. Así que cuando miro por la mirilla y veo a Oliver con bolsas de comida tailandesa, el corazón me da un vuelco estúpido en el pecho.

Abro la puerta.

—¿Qué haces aquí?

—He traído cena. —Levanta las bolsas—. He pensado que tal vez tenías hambre.

—Oliver…

—¿Vas a dejarme entrar o voy a tener que comer solo en el pasillo?

No puedo evitar sonreír. Me hago a un lado. Lo dejo pasar.

Y durante la hora siguiente cenamos en mi sofá: pad thai, rollitos de primavera, arroz frito.

Hablamos de trabajo, de la revista, de Christopher, de sus hermanos. De todo y de nada.

Y es… normal. Cómodo. Como si hubiéramos hecho esto mil veces antes.

Cuando terminamos y llevo los envases vacíos a la cocina, Oliver me sigue.

Me acorrala contra la encimera y me pone las manos en mis caderas.

—Gracias por dejarme entrar.

—Has traído comida. Habría sido de mala educación no dejarte pasar.

—¿Solo por eso?

Baja la boca a mi cuello. Besa. Muerde despacio.

—Oliver…

—Dime que me vaya —susurra contra mi piel—. Dime que pare. Y lo haré.

Pero no puedo: mi cuerpo ya está respondiendo, ya se derrite contra él.

—No pares.

Dos palabras. No necesita más.

Me levanta. Me sienta en la encimera. Se coloca entre mis piernas. Y me besa como si llevara semanas sin hacerlo en lugar de horas.

Su lengua exige un acceso que le doy sin resistencia; sus manos me suben por los muslos hasta encontrar el dobladillo del vestido.

—Llévame al dormitorio —consigo jadear cuando se separa—. Ahora.

Oliver sonríe despacio. Una sonrisa que promete problemas.

Me levanta de la encimera, me lleva por el pasillo, entramos en mi dormitorio y me deja caer sobre la cama.

Se quita la camiseta de un solo movimiento. Y aunque lo he visto ya tantas veces, se me sigue secando la boca.

—Quítate el vestido —ordena mientras se desabrocha el cinturón—. Despacio. Quiero ver cada centímetro.

Me incorporo, bajo la cremallera lateral y deslizo el vestido por los hombros, por el pecho, hasta que cae alrededor de mi cintura.

Los ojos de Oliver se oscurecen ante la visión de mi sujetador de encaje negro.

—Joder. —Le sale como un gruñido—. Cada vez que te veo así me vuelves completamente loco. Cada puta vez.

Termino de quitarme el vestido y me quedo solo en ropa interior. Y cuando voy a quitarme las braguitas…

—No. —Oliver se acerca. Se arrodilla en el borde de la cama—. Déjame a mí.

Sus manos me recorren las piernas, suben despacio, hasta el borde de las braguitas.

Las baja con una lentitud de tortura y besa cada centímetro de piel que va descubriendo.

Cuando las braguitas caen al suelo, cuando estoy expuesta frente a él…

Su boca me encuentra.

Y grito.

Porque no importa cuántas veces lo haga: nunca me acostumbro a la sensación de su lengua en mí.

Lengua, labios, dedos que entran y se curvan: me lleva al borde con una eficiencia devastadora.

—Oliver… voy a…

—Aún no. —Se aparta a tiempo—. Cuando te corras, va a ser conmigo dentro.

Se levanta y termina de desnudarse. Y cuando le veo la erección, dura, gruesa, húmeda en la punta…

Quiero saborearla.

—Ven aquí. —Alargo la mano hacia él—. Déjame…

—No. —Me empuja suavemente hasta que quedo tumbada—. Esta noche es diferente.

—¿Diferente cómo?

Oliver se coloca sobre mí y me roza la entrada, sin entrar.

—He estado pensando en algo —dice, la voz grave, oscura—. Una fantasía que no puedo quitarme de la cabeza.

—¿Qué fantasía?

Su aliento me roza la oreja.

—Quiero que dejes la píldora.

Por un momento creo que he oído mal.

—¿Qué?

—Quiero follarte sin protección, sabiendo que puedo dejarte embarazada. —Empuja apenas, sin llegar a entrar del todo—. Quiero llenarte con mi semen. Ver si mi semilla prende. Ver si tu vientre empieza a crecer.

El corazón se me sube a la garganta.

—Oliver…

—Quiero dejarte embarazada —continúa, empujando más, centímetro a centímetro—. Quiero ver tu vientre hinchado con mi hijo. Tus tetas cada vez más llenas, a rebosar de leche.

Dios.

Dios.

No debería excitarme. No debería mojarme más de lo que ya estoy. Pero así es.

—Quiero chupar estas tetas. —Entra hasta el fondo. Los dos gemimos—. Saborear tu leche mientras te follo. Mientras te corres una y otra vez embarazada de mí.

Empieza a moverse. Lento. Profundo. Una mano en mi cadera; la otra me busca el pecho.

—¿Te imaginas? —Pellizca mi pezón—. Estas tetas llenas. Pesadas. Goteando para mí.

—Dios… Oliver…

—¿Te gusta esa idea? —Aumenta el ritmo—. ¿Te gusta imaginar a mi hijo creciendo dentro de ti?

Y no puedo mentir. Porque mi cuerpo responde de una forma que nunca esperé.

—Sí… dios, sí…

Oliver gruñe. Satisfecho. Y me folla más duro.

—Vas a estar tan hermosa embarazada. —Hunde la boca en mi cuello—. Llevando a mi hijo. Mía del todo.

Una de sus manos baja entre nosotros y me frota el clítoris mientras sigue embistiendo.

—Voy a dejarte embarazada, Dakota —susurra contra mi oído—. Voy a llenarte cada noche hasta que lo consiga. Hasta que vea este vientre crecer. Hasta que todo el mundo sepa que eres mía.

Y exploto.

Grito su nombre, le araño la espalda, y me atraviesa un orgasmo como ninguno que recuerde.

Oliver me sigue: una última embestida y se vacía dentro de mí con un rugido.

Se deja caer sobre mí, sin aliento, todavía dentro.

Y cuando consigo pensar otra vez y asimilo lo que acaba de pasar…

El pánico se abre paso.

—Oliver. —La voz apenas me sale—. Yo… todavía tomo la píldora.

—Lo sé. —Me besa el hombro—. Era solo una fantasía. Solo palabras.

—¿Entonces no quieres…?

Se incorpora para mirarme, tiene los ojos todavía oscuros pero ahora serios.

—Algún día —dice, sin más—. Algún día quiero todo eso. Contigo. Pero sé que aún no estás preparada. Y no pasa nada.

Se sale de mí. Se tumba a mi lado. Me atrae contra su pecho.

—Solo era parte del juego. ¿Vale? No tienes que asustarte.

—Vale —susurro. Aunque el corazón todavía me late demasiado rápido.

Oliver se queda una hora más: me abraza, me acaricia la espalda, me besa el pelo.

Y cuando por fin se va, cuando cierro la puerta detrás de él…

Me dejo caer contra ella.

Porque lo que acaba de pasar…

No ha sido solo una fantasía para mí.

Cuando Oliver hablaba de dejarme embarazada, de ver crecer mi vientre con su hijo, de que todo el mundo supiera que era suya…

Una parte de mí, una parte estúpida y esperanzada, lo quiso.

Lo quiso todo.

Y eso me aterra más de lo que nada lo ha hecho en la vida.

Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente se lleve el sudor, el semen, el olor de Oliver que todavía me cubre la piel.

E intento convencerme de que ha sido solo sexo. Solo palabras dichas en el calor del momento. Parte del juego dominante que tenemos.

Nada más.

Pero cuando salgo de la ducha, me pongo el pijama y me meto en la cama que todavía huele a él…

La verdad me cae encima de golpe.

Estoy completamente enamorada de Oliver Hawke.

No solo atraída. No solo enganchada al mejor sexo de mi vida.

Enamorada.

Del todo. Sin remedio.

De un hombre quince años más joven que yo: brillante, divertido, multimillonario, sexy hasta hacer daño.

Un hombre que puede tener a cualquier mujer que quiera, más joven, más hermosa, más apropiada.

Y soy una tonta.

La mayor tonta del mundo.

Porque he construido una relación completa en mi cabeza. He imaginado futuros. He fantaseado con que sus palabras sobre embarazos y familias fueran reales.

Cuando la verdad es obvia.

Oliver está jugando, divirtiéndose, sacando su lado dominante con una mujer que le deja hacerlo sin complicaciones.

Eso es todo.

Y cuando se canse, cuando encuentre a alguien más excitante, más joven…

Me va a dejar.

Y yo voy a quedarme destrozada.

Porque le he dado algo que juré nunca dar otra vez después de Marcus.

Le he dado mi corazón.

Y Oliver ni siquiera lo sabe.

Me tapo con el edredón, cierro los ojos, intento dormir.

Pero lo único que puedo ver es su cara. Lo único que puedo oír son sus palabras.

Voy a dejarte embarazada. Mía del todo.

Y quiero llorar.

Porque quiero que esas palabras sean verdad, que Oliver me quiera así. Quiero construir una vida con él.

Pero soy realista.

Y la realidad es que esto no puede durar, que antes o después se acabará, que vivo de prestado en el mundo de Oliver.

Así que tomo una decisión.

A partir de mañana voy a mantener la distancia, a recordar que esto es solo temporal, a proteger lo que queda de mi corazón antes de que sea demasiado tarde.

Voy a comportarme como la mujer de cuarenta años que soy. No como una adolescente enamorada por primera vez.

Voy a ser profesional. Cortés. Distante.

Hasta que Oliver, tarde o temprano, se aburra y se vaya.

Y entonces podré empezar a reconstruirme.

Otra vez.

Porque al parecer no aprendí la lección la primera vez.

Necesitaba enamorarme del hombre más imposible del universo para entenderlo.

Que algunas cosas, por muy hermosas que sean, por muy perfectas que parezcan…

No están hechas para durar.

Y Oliver Hawke, con sus fantasías de embarazos y familias y futuros…

No está hecho para durar conmigo.

Por mucho que mi corazón estúpido desee lo contrario.