Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

OLIVER

Llevo cinco días sin poder concentrarme en el trabajo.

Cinco días desde que llevé a Dakota al club. Desde que la até a esa cama. Desde que la hice correrse gritando mi nombre.

Cinco días desde que dijo que lo que siente por mí le asusta.

Y luego huyó.

Estoy en mi despacho de Relish mirando informes financieros que no significan nada. Porque mi cabeza reproduce esas palabras en bucle.

Me asusta más lo que siento por ti que cualquier cosa que quieras hacerme.

Iba a decirme algo. Lo sé. Vi cómo abría la boca, cómo buscaba las palabras, cómo le cambiaba la cara.

Y entonces se asustó. Y huyó. Como siempre.

Porque Dakota cree que esto es temporal. Que soy demasiado joven para querer algo serio con una mujer de cuarenta años.

Y no tiene ni puta idea de lo equivocada que está.

Porque estoy enamorado de ella.

Enamorado. Del todo. Sin remedio.

Quiero despertarme a su lado cada mañana. Quiero llevarla a cenar. Quiero conocer cada detalle de su vida. Quiero que conozca a mis hermanos. Quiero casarme con ella. Quiero tener hijos con ella.

Lo quiero todo.

Pero si le digo eso ahora, si revelo la verdad de lo que siento…

Saldrá corriendo tan rápido que no podré alcanzarla.

Porque Dakota no confía en esto: no cree que pueda ser real, ni que yo esté aquí para quedarme.

Y la única forma de demostrárselo es con acciones. No con palabras.

Miro el calendario en el móvil. Este sábado es la barbacoa mensual de los Hawke, en el ático de Jax, donde nos reunimos para fingir que tenemos algo parecido a una vida normal. Bueno. Ahora que mis hermanos han encontrado pareja, lo cierto es que ellos la tienen.

Y de repente, tengo una idea.

Una idea probablemente terrible, que hará que Dakota entre en pánico.

Pero necesito que vea que esto es real, que quiero que forme parte de mi vida. De toda mi vida.

Me levanto del escritorio, salgo de mi despacho y camino por el pasillo hasta el de Dakota.

No llamo. Entro sin más.

Ella levanta la vista del ordenador, sorprendida. Y algo más le cruza la cara cuando me ve.

—Oliver. ¿Necesitas algo?

Su voz es profesional. Controlada. Como si no la hubiera tenido atada a una cama hace cinco días.

Cierro la puerta. Con pestillo.

—Sí. Necesito que vengas conmigo a un sitio este sábado.

Dakota se tensa al instante.

—¿Adónde?

—A casa de mi hermano Jax. Tenemos una barbacoa familiar mensual. —Me acerco a su escritorio. Me apoyo contra él—. Y quiero que vengas conmigo.

—Oliver…

—Yo he conocido a Christopher —la interrumpo antes de que pueda negarse—. Es justo que conozcas a mis hermanos.

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

—Porque Christopher se presentó en nuestro trabajo. Ir a casa de tus hermanos es… es diferente.

—No lo es. Es mi familia —insisto—. Y quiero que la conozcas. Que ellos te conozcan.

Dakota se levanta, camina hacia la ventana y me da la espalda.

Y veo la tensión en sus hombros, la forma en que cruza los brazos sobre el pecho para protegerse.

—No creo que sea buena idea.

—¿Por qué?

—Porque esto. —Hace un gesto entre nosotros sin girarse—. Lo nuestro es… complicado. Y llevarme a conocer a tu familia lo hace más complicado.

—¿O lo hace más real?

Silencio.

Y entonces se gira. Me clava esos ojos verdes que son mi perdición.

—¿Qué quieres de mí, Oliver?

La pregunta me golpea con fuerza inesperada.

Porque sé lo que quiero decir. Sé lo que quiero gritar.

Te quiero a ti. Toda tú. Para siempre.

Pero no puedo. Todavía no.

Así que digo la única verdad que puedo admitir ahora mismo.

—Quiero que vengas a la barbacoa. —Camino hacia ella hasta invadir su espacio—. Quiero que conozcas a la gente más importante de mi vida. Quiero que vean lo que yo veo.

—Tus hermanos van a pensar que estoy… no sé. Aprovechándome de ti. Eres quince años más joven que yo.

—Esa diferencia no es tan grande —corrijo de inmediato—. Y les dará igual. Lo que les importará es que seas importante para mí.

—¿Y lo soy? —Le sale un hilo de voz—. ¿Importante?

Joder.

Le tomo la cara con una mano para que me mire.

—Más de lo que crees.

Nos miramos. La verdad sigue ahí, entre los dos. Sin decir. Sin nombrar.

Y entonces veo cómo le cambia el gesto, cómo se le cierra la mirada, cómo está a punto de negarse.

Y hago lo único que se me ocurre.

La distraigo con otra verdad.

—Te necesito allí porque tengo miedo. —Se me escapa antes de que pueda impedirlo—. De que mis hermanos me vean siempre como un niño. Como el bebé de la familia que necesita protección.

Dakota se queda muy quieta.

—¿Qué?

—Jax me crio desde que tenía dos años —continúo. Y es verdad. Todo es verdad—. Él tenía trece cuando se convirtió en mi padre de facto. Los otros también me cuidaron. Me protegieron.

Me aparto y camino hacia la ventana. Miro Manhattan sin verlo.

—Y ahora. Con veinticinco años. Todavía me miran como si fuera ese niño. Como si no pudiera manejar cosas importantes. Como si necesitara supervisión constante.

—Oliver…

—Esta adquisición. Relish . Es la primera que hago solo. —Me vuelvo hacia ella—. Sin que Jax vigile cada movimiento. Sin que Zane intervenga. Solo yo.

Dakota da un paso hacia mí con un brillo nuevo en los ojos.

—Y sí. Sé que lo estoy haciendo bien. Sé que los números están mejorando. Sé que he tomado las decisiones correctas. —Me froto la nuca—. Pero una parte de mí. Una parte estúpida e infantil. Todavía necesita su aprobación. Todavía necesita que me vean como a un igual.

—Oliver. —Dakota está frente a mí ahora. Su mano en mi brazo—. Tú no eres un niño.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. —Me pone la otra mano en la mejilla—. Porque si lo supieras no tendrías esa duda en los ojos ahora mismo.

Me sostiene la mirada. Y lo que veo en ella me desarma.

—Siento haber cometido yo también ese error —continúa en voz baja—. Cuando te conocí, cuando vi tu edad, supuse cosas que no debería haber supuesto.

—Dakota…

—Pero estaba equivocada —me interrumpe—. Completamente equivocada. Porque no he conocido a ningún hombre más capaz que tú. Ni más inteligente. Ni más brillante en lo que haces.

Sus palabras me sacuden por dentro.

—Has transformado esta revista en semanas. Has visto oportunidades que Marcus nunca vio en diez años. Has tratado a mi equipo con respeto. Has escuchado mis ideas. Has hecho que me sienta valorada como profesional de una forma que no conocía.

Me mira con mucha intensidad.

—Y en lo personal… —Se le quiebra la voz—. Me has hecho sentir cosas que creía perdidas. Me has hecho sentir deseada. Hermosa. Vista de una forma que va más allá del sexo.

—Dakota…

—Así que no. —Me sostiene la mirada—. No eres un niño. Eres el hombre más increíble que he conocido. Y tus hermanos son idiotas si no lo ven.

Y joder.

Joder.

Sus palabras, la convicción en su voz, la forma en que me mira como si de verdad creyera cada palabra: todo me estalla en el pecho.

Y en ese momento, en ese jodido momento, sé que no puedo vivir el resto de mi vida sin esta mujer.

Que tengo que conseguir que me ame como yo la amo a ella.

Que no hay vuelta atrás.

—Ven a la barbacoa —susurro contra su boca—. Por favor. Déjame enseñarle a la gente que me importa lo increíble que eres.

Dakota abre la boca. Y por un segundo creo que va a negarse, que va a levantar muros otra vez.

Pero entonces suspira.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale —repite, esta vez sin titubear—. Iré a tu barbacoa. Conoceré a tus hermanos.

La gratitud me inunda. Casi me desborda.

—Gracias.

—Pero. —Levanta un dedo entre nosotros—. Si tus hermanos me odian, si piensan que estoy aprovechándome de ti, si esto se convierte en un desastre…

—No será un desastre.

—No puedes prometerlo.

—Puedo. —La atraigo hacia mí—. Porque mis hermanos serán todo lo que quieras: sobreprotectores, intimidantes, a veces insoportables. Pero también son inteligentes. Y van a ver lo que yo veo.

—¿Y qué ves?

Lo pregunta bajito. Sin armadura.

Y quiero decirle la verdad. Quiero decirle que veo mi futuro. Que veo a la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida. Que veo a la madre de los hijos que quiero tener.

Pero no puedo. Todavía no.

Así que digo la verdad que puedo admitir.

—Veo a una mujer increíble. Brillante. Sexy. Fuerte. —Le beso la frente. La nariz. Los labios, despacio—. Que me ha vuelto completamente loco de la mejor forma posible.

Dakota se ríe. Suave. Y quiero volver a oír esa risa cada día.

—Loco es la palabra exacta.

—Completamente loco —admito—. Por ti.

Nos miramos. La tensión cambia, se vuelve más caliente. Más urgente.

Y estoy a punto de besarla de verdad. A punto de follarla sobre su escritorio.

Cuando llaman a la puerta.

—¿Señora Relish? —La voz de su secretaria viene desde el otro lado—. Tiene una llamada urgente por la línea dos.

Dakota cierra los ojos, respira hondo, se recompone.

—Ahora voy. Gracias.

Me mira. Con una promesa en los ojos que tendrá que esperar.

—Tengo que coger esta llamada.

—Lo sé.

—¿A qué hora es la barbacoa del sábado?

—A las dos. Puedo recogerte a la una y media.

—Vale. —Asiente—. Estaré lista.

Camino hacia la puerta. La desbloqueo. Pero antes de salir me giro.

—Dakota.

—¿Sí?

—Gracias. Por aceptar venir. Por… por lo que has dicho. No sabes cuánto significa.

Sonríe. Y yo me quedo un segundo sin saber ni cómo me llamo.

—De nada.

Salgo del despacho. Cierro la puerta detrás de mí.

Y camino de vuelta a mi despacho sin terminar de creerme lo que acaba de pasar.

Dakota viene a conocer a mis hermanos. Va a entrar en mi mundo familiar. Va a ver otra parte de mi vida.

Y aunque sé que va a ser complicado, que Jax probablemente la interrogará y que Kai hará algún comentario inapropiado…

Estoy deseando que llegue el sábado.

Porque cada paso que doy con Dakota, cada vez que la dejo entrar un poco más en mi vida, es un paso más hacia convencerla de que esto es real.

De que no voy a irme.

De que estoy aquí para quedarme.

Y algún día, cuando esté preparada, cuando confíe en mí del todo…

Voy a decirle que la amo.

Voy a pedirle que se case conmigo.

Voy a construir una vida con ella.

Pero primero.

Tengo que sobrevivir a presentarle a mis hermanos.

Y algo me dice que eso va a ser la prueba más difícil de todas.

El resto de la semana pasa en una nube de expectación.

Trabajo con Dakota durante el día y mantengo las distancias. Pero cada vez que nuestras manos se rozan, cada vez que nuestras miradas se cruzan, la tensión es palpable.

Por la noche, en mi apartamento, planeo hasta el último detalle del sábado.

Le he dicho a Jax que voy a llevar a alguien. No le he dicho quién. Solo que es importante y que espero que todos se comporten.

Jax ha gruñido algo sobre que siempre se comportan. Lo cual es mentira. Pero lo dejo pasar.

Kai me ha enviado veinte mensajes para preguntarme si por fin tengo novia. Los he ignorado todos.

Zane no ha dicho nada. Y eso es más preocupante que si hubiera dicho algo.

Y Ronan me ha enviado un solo mensaje: Si es importante para ti, es importante para nosotros.

Eso me ha tranquilizado. Un poco.

El viernes por la noche, cuando me estoy preparando para acostarme, recibo un mensaje de Dakota.

¿Seguro que quieres que vaya mañana? Todavía puedes cancelar sin problemas.

Sonrío ante las palabras, ante la forma en que sigue buscando una salida incluso ahora.

Completamente seguro. Te recojo a la una y media. Ponte algo cómodo. Va a ser informal.

¿Informal como vaqueros?

Exacto. Vaqueros. Camiseta. Lo que te pondrías un fin de semana cualquiera.

Vale. Nos vemos mañana.

Dakota.

¿Sí?

Va a salir bien. Te lo prometo.

Tarda un minuto en responder.

Ojalá tuviera tu confianza.

Confía en mí.

Lo intento.

Y esas dos palabras.

Esas dos jodidas palabras me dicen todo lo que necesito saber.

Dakota está intentando confiar. Está intentando creer que esto puede funcionar.

Y mi trabajo es demostrarle que puede.

Que debe.

Que vamos a funcionar.

Pase lo que pase mañana con mis hermanos, voy a asegurarme de que Dakota sepa que la quiero en mi vida.

En toda mi vida.

Para siempre.