CAPÍTULO 25
DAKOTA
El mensaje me llega a las seis de la tarde del miércoles.
Paso a recogerte a las nueve. Ponte algo elegante. Y nada de ropa interior.
Lo leo tres veces: intento procesar las palabras, intento no imaginar lo que significan.
Pero mi cuerpo ya lo sabe. Porque siento el calor subiendo por el cuello, la humedad entre las piernas, el pulso acelerándose.
Han pasado dos días desde la comida con Christopher. Dos días en los que Oliver me ha mirado con un hambre apenas contenida. Pero sin tocarme. Sin acercarse demasiado.
Y ahora esto.
¿Adónde vamos? Tecleo con dedos torpes.
La respuesta llega inmediata.
A un lugar donde puedo mostrarte exactamente quién soy. Lo que me gusta. Lo que quiero hacer contigo.
Oliver…
Nueve en punto, Dakota. No me hagas esperarte.
A las nueve menos cinco estoy en la acera frente a mi edificio.
Llevo un vestido azul ajustado que me llega a medio muslo, con un escote pronunciado pero elegante, tacones de aguja y el pelo suelto en ondas.
Y nada debajo. Como ordenó.
El aire fresco de la noche me roza la piel desnuda bajo el vestido y me recuerda a cada paso lo expuesta que estoy. Lo vulnerable.
Un coche negro se detiene frente a mí a las nueve en punto.
La ventana trasera baja. Y Oliver me mira desde el interior.
Viste traje negro y camisa negra, sin corbata, y lleva ese pelo despeinado por el que me muero por pasar los dedos.
—Sube.
No es una invitación. Es una orden.
Subo al coche. Las puertas se cierran. Y nos alejamos hacia la noche.
Oliver no me toca. Pero siento su mirada recorriéndome, de las piernas cruzadas al escote, del pelo a los labios.
—¿Has hecho lo que te he pedido?
La pregunta sale en voz baja. Controlada.
—Sí.
—Demuéstramelo.
Trago saliva.
—¿Qué?
—Súbete el vestido. —Su voz es terciopelo oscuro—. Enséñame que has obedecido.
Miro hacia el conductor, separado de nosotros por un cristal tintado. Probablemente no ve nada.
Probablemente.
—Dakota —advierte, cortante—. No me hagas repetirlo.
Llevo las manos al dobladillo del vestido. Lo subo despacio por los muslos.
Hasta que queda claro que no llevo nada debajo.
Oliver inhala con fuerza. Los ojos se le oscurecen hasta volverse casi negros.
—Joder. —La palabra sale como un gruñido—. Eres perfecta.
Se inclina hacia mí. Su mano se desliza por la cara interna de mi muslo y sube hasta rozar justo donde lo necesito.
—Y estás empapada. —Sus dedos me rozan apenas—. Ya tan mojada y ni siquiera te he tocado todavía.
Un gemido escapa de mi garganta.
Y entonces retira la mano y me deja temblando de necesidad.
—Baja el vestido —ordena—. Y mantén las piernas juntas hasta que lleguemos.
Obedezco. Aunque todo en mí grita que le suplique que me toque, que termine lo que empezó.
El resto del viaje pasa en un silencio tenso: Oliver me mira, yo intento controlar la respiración, el coche atraviesa Manhattan hacia una zona que no reconozco.
Nos detenemos frente a un edificio de ladrillo oscuro. Sin rótulos. Sin luces llamativas. Solo una puerta negra con un portero que nos ve y asiente.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar donde puedo ser yo mismo. —Oliver sale del coche. Me ofrece su mano—. Donde no tengo que esconder lo que me gusta. Lo que necesito.
La acepto y salgo del coche.
El portero abre la puerta. Y entramos en un vestíbulo en penumbra: paredes forradas de rojo oscuro, música baja y sensual, olor a velas y a algo más oscuro que no sé identificar.
Una mujer elegante aparece detrás de un mostrador.
—Señor Hawke. Su reserva está lista. Sala privada tres. La mazmorra.
Las palabras me golpean como si tuvieran peso.
—Gracias. —Oliver le entrega algo, imagino que dinero—. No queremos que nos interrumpan.
—Por supuesto. Que disfruten de la velada.
Oliver me guía más adentro, por un pasillo largo con puertas a ambos lados. Algunas, abiertas, dejan ver destellos de lo que hay dentro.
Una habitación con una cama enorme rodeada de espejos. Otra con lo que parecen… ¿cuerdas? ¿Arneses? Una tercera con una cruz de madera en forma de X contra la pared.
Y gente: parejas, tríos, cuerpos en distintos grados de desnudez que hacen cosas que nunca había visto fuera de una película.
—¿Qué es este lugar?
—Es el Club Pecados. —Oliver se detiene. Me gira hasta que quedo frente a él—. Un club privado para personas con gustos… específicos. Donde podemos explorar nuestras fantasías sin ser juzgados.
—¿Tú vienes aquí?
—He venido. No a menudo. Pero sí. —Su mano sube hasta mi mejilla—. Nunca con alguien que me importe. Nunca con alguien como tú.
—Oliver, yo no sé si…
—No tienes que hacer nada que no quieras —me interrumpe—. Pero quiero mostrarte este mundo. Quiero que entiendas del todo quién soy. Lo que me gusta. Lo que quiero compartir contigo.
Nos miramos. La música late a nuestro alrededor; desde otras habitaciones se filtran gemidos y jadeos.
—Enséñame. —Lo digo sin dudar—. Enséñamelo todo.
La sonrisa que le cruza la cara es enorme.
—Ven.
Me lleva más adentro, se detiene frente a cada puerta abierta y me va explicando.
—Esta es la sala de cuerdas. Para shibari. El arte de atar con propósito estético. —Señala a una mujer suspendida de una intrincada red de cuerdas rojas mientras su pareja la observa—. Es hermoso. Meditativo. Requiere confianza absoluta.
Continuamos. Otra puerta.
—Sala de impacto. —Indica el interior donde un hombre sostiene algo que parece un látigo suave—. Floggers. Palas. Fustas. Para quienes disfrutan del dolor mezclado con placer.
Con cada explicación se me seca la boca.
—Sala de juegos de rol. —La siguiente—. Fantasías. Escenarios. Lo que imagines.
Y al fondo del pasillo, por fin, una puerta cerrada con el número tres.
—Y esta. —Oliver saca una llave—. Es nuestra sala esta noche. La mazmorra privada.
Abre la puerta.
Y me quedo clavada en el sitio.
La habitación es grande, de paredes de piedra oscura, con velas repartidas con intención y una cama enorme de sábanas de seda negra. Y contra las paredes…
Equipamiento que nunca había visto en persona.
Una cruz en forma de X como la del pasillo, cadenas que cuelgan del techo, una especie de banco acolchado con correas, muebles de cuero oscuro que no sé para qué sirven.
—Dios. —La palabra escapa en un susurro.
—Respira. —Oliver me guía dentro. Cierra la puerta con llave—. No vamos a usar todo esto esta noche. Pero quiero que lo veas. Que entiendas las posibilidades.
Camino sin prisa por la habitación, toco superficies, siento texturas, intento asimilar todo esto.
—¿Has traído a otras mujeres aquí?
—No. —La respuesta es inmediata—. Nunca. Tú eres la primera que traigo. La única que quiero traer.
Lo miro de frente. Le busco mentiras en los ojos.
No encuentro ninguna.
—¿Por qué yo?
—Porque contigo no tengo que fingir. —Se acerca. Hasta quedar demasiado cerca—. Porque cuando te toqué la primera vez, cuando vi cómo respondías a mis órdenes, supe que eras diferente.
Su mano me sube por la espalda hasta encontrar la cremallera del vestido.
—Quiero atarte —susurra contra mi oído mientras baja la cremallera, despacio—. Quiero vendarte los ojos. Quiero hacerte suplicar. Quiero darte tanto placer que olvides tu nombre.
El vestido cae al suelo.
Y me quedo desnuda frente a él. Sin nada que me proteja. Sin nada que me esconda.
—Joder. —Oliver da un paso atrás sin dejar de mirarme—. Cada vez que te veo así. Cada puta vez. Es como la primera.
Se quita la chaqueta, la camisa, y deja a la vista ese pecho que he besado con deseo, esos abdominales que he recorrido con la lengua.
—Ve a la cama —ordena—. Túmbate boca arriba. Brazos sobre la cabeza.
Obedezco. Camino hasta la cama, me tumbo sobre la seda fría y levanto los brazos.
Oliver se acerca. En las manos lleva algo que parece terciopelo negro.
—Voy a vendarte los ojos —explica—. Porque quiero que lo sientas todo. Sin distracciones. Sin anticipar lo que viene.
—Vale.
—Si en algún momento necesitas que pare, si algo es demasiado, dices «rojo». —Su voz es seria. Firme—. Dices rojo y paro al instante. ¿Entendido?
—Entendido.
—Repítelo.
—Si necesito que pares, digo rojo.
—Buena chica.
Coloca la venda sobre mis ojos. Y todo se vuelve oscuridad.
Mi mundo se reduce a sonidos y sensaciones: el colchón bajo mi espalda, el frescor del aire en la piel, los pasos de Oliver alrededor de la cama.
Y entonces sus manos me tocan.
Una en el tobillo. Otra en la muñeca. Me guía. Me coloca.
Siento algo suave que me rodea la muñeca y se aprieta. Sin dolor. Pero lo suficiente para saber que no puedo moverla.
Hace lo mismo con la otra muñeca. Con mis tobillos. Hasta que estoy atada a la cama. Abierta. Expuesta. Vulnerable.
—Perfecta. —Su voz viene desde algún lugar sobre mí—. Perfecta así.
Sus manos recorren mi cuerpo, desde los brazos atados hasta los hombros, bajan por mis pechos, me pellizcan los pezones hasta que jadeo.
—Cada sonido que haces —continúa mientras sus manos bajan por mi estómago—. Cada gemido. Cada jadeo. Es música para mí.
Sus dedos rozan mi sexo. Apenas me tocan. Me torturan.
—Ya estás tan mojada. —Uno de sus dedos me penetra, lento—. Y ni siquiera he empezado contigo todavía.
Añade un segundo dedo, los mueve, los curva, encuentra ese punto que me hace ver estrellas incluso con los ojos vendados.
—Oliver… por favor…
—¿Por favor qué? —Su pulgar encuentra mi clítoris—. Dímelo.
—Por favor, haz que me corra.
—Todavía no. —Baja el ritmo hasta hacerlo insoportable—. Primero voy a saborearte.
Su boca reemplaza sus dedos.
Y grito.
Porque sin poder ver, sin poder anticipar lo que va a pasar, cada sensación llega multiplicada.
Su lengua me lame. Su boca me chupa. Sus dedos se mueven dentro de mí. Todo al mismo tiempo.
Me lleva cada vez más alto, hasta el borde. Y entonces para, justo antes de que caiga.
—Todavía no —repite—. Cuando te corras quiero que sea con mi polla dentro de ti.
Oigo su cinturón, su cremallera, su ropa cayendo al suelo.
Y entonces siento el colchón hundirse cuando se sube a la cama.
—He fantaseado con esto —murmura sobre mí—. Tenerte así. Atada. A mi merced. Saber que puedo hacer lo que quiera contigo.
La punta de su erección roza mi entrada.
—Y lo que quiero. —Empuja y entra hasta el fondo de una sola embestida—. Es follarte hasta que grites mi nombre tan fuerte que nos oiga todo el club.
Y cumple su promesa.
Me folla duro. Profundo. Una mano en mi cadera, la otra en mi pecho, sin dejar de embestir.
Y yo no puedo hacer nada excepto sentir, recibir, entregarme del todo.
—Mírate —gruñe—. Cómo me recibes. Tan perfecta. Hecha para mí.
Su mano baja entre nosotros. Frotando mi clítoris mientras sigue follándome.
—Córrete —ordena—. Córrete ahora, Dakota.
Y mi cuerpo obedece.
Exploto con una fuerza que me hace tirar de las ataduras, gritar su nombre hasta quedarme sin voz, temblar entera mientras el orgasmo me atraviesa en olas interminables.
Oliver me sigue: embiste una última vez y se corre dentro de mí con un gruñido ronco.
Se derrumba sobre mí, con la respiración acelerada y el cuerpo empapado en sudor.
Y entonces se levanta.
Me desata los tobillos, las muñecas, me quita la venda de los ojos.
La luz me deslumbra. Tardo un momento en enfocar, en ver su cara sobre la mía.
Y lo que le veo en la cara no es solo deseo, no es solo satisfacción.
Es algo más. Algo más hondo, que me asusta y me emociona a partes iguales.
—Ven aquí. —Me levanta de la cama. Me lleva hasta un sofá de cuero en la esquina. Me sienta en su regazo. Me envuelve en sus brazos—. ¿Estás bien?
—Sí. —Mi voz sale ronca—. Más que bien.
—¿Te he asustado?
—Un poco. —Respondo con sinceridad brutal—. Pero también… me ha gustado. Más de lo que pensaba.
Oliver me aprieta más contra él.
—Este es mi mundo —dice en voz baja—. Este lado de mí. Dominante. Controlador. Que necesita tener el poder. Que necesita que te rindas. Otro día lo exploramos más. Hoy era solo una pequeña muestra.
—Lo sé.
—¿Y no te asusta?
Me vuelvo hacia él, hacia esos ojos que ahora conozco tan bien.
—Me asusta más lo que siento por ti que cualquier cosa que quieras hacerme.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Y cuando veo cómo abre los ojos. Cómo le cambia la expresión.
Me doy cuenta de lo que acabo de decir.
De lo que acabo de revelar.
—Dakota…
—Deberíamos irnos. —Me levanto de golpe y busco mi vestido—. Es tarde y mañana trabajo temprano y…
—Dakota. —Me coge de la muñeca y me obliga a mirarlo—. ¿Qué acabas de decir?
—Nada. No he dicho nada importante.
—Has dicho que lo que sientes por mí te asusta.
—Estaba hablando del sexo. De esto. —Señalo la habitación—. Del club.
—No. —Su mano sube hasta mi cara—. No estabas hablando de eso.
Nos miramos. La verdad pesa entre nosotros, imposible de ignorar.
—Tengo que irme. —Susurro—. Por favor, Oliver. Déjame marchar.
Por un momento creo que no me dejará, que va a presionar, que va a exigir respuestas que no estoy preparada para dar.
Pero entonces me suelta.
Y me visto en silencio mientras él me observa.
Cuando estoy lista, cuando tengo la armadura de nuevo en su sitio, Oliver me acompaña fuera del club. De vuelta al coche. De vuelta a mi apartamento.
En silencio.
Pero siento sus ojos sobre mí todo el camino.
Sabe lo que se me ha escapado ahí dentro.
Y que ya no hay forma de volver atrás.