Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

DAKOTA

El coche se detiene frente a mi edificio a las diez de la noche.

Han pasado dos horas desde que salimos del resort. Dos horas en silencio con Oliver a mi lado, con su mano en mi muslo, con su pulgar dibujando círculos que me están volviendo loca.

No ha dicho nada. Nada sobre lo que ha pasado, sobre lo que significa, sobre qué viene ahora.

Y eso me está matando.

—Hemos llegado. —Su voz rompe el silencio.

Me giro para mirarlo y busco en sus ojos alguna pista de lo que está pensando.

—Gracias por… por el fin de semana.

Las palabras suenan patéticas incluso a mis oídos.

Oliver sonríe. Esa sonrisa oscura que me encoge el estómago.

—No me des las gracias todavía. —Se inclina hacia mí—. Esto no ha terminado ni de lejos.

Y me besa.

Duro. Posesivo. Su lengua exige un acceso que le doy sin pensarlo; su mano en mi nuca me sostiene justo donde me quiere.

El beso se alarga hasta que estoy jadeando, hasta que siento la humedad empapando mis braguitas, hasta que estoy a punto de montarme sobre él aquí mismo, en el asiento trasero.

Y entonces se separa.

—Sube —ordena con esa voz que me destruye—. Antes de que te folle en este coche y le dé un espectáculo al conductor.

Salgo del coche con las piernas temblando. Cojo la maleta que el conductor ha dejado en la acera.

Y cuando me giro para despedirme, para decir algo, lo que sea…

El coche ya se ha ido.

Y yo me quedo ahí plantada. Confundida. Y muy frustrada.

El lunes llega demasiado rápido.

Me despierto después de otra noche sin dormir. He revivido cada momento del fin de semana: cada beso, cada caricia, cada palabra que Oliver me susurró al oído.

Y ahora no sé qué esperar.

¿Seguirá como si nada hubiera pasado? ¿Habrá sido el fin de semana suficiente para él? ¿Se habrá cansado ya de mí?

Me visto con especial cuidado: traje pantalón gris oscuro, blusa de seda negra, tacones de aguja y el pelo recogido en un moño impecable.

Porque si Oliver ha decidido que esto se ha acabado, si hoy me va a tratar como a una compañera…

Necesito estar preparada.

Llego a la oficina a las ocho menos diez. Oliver ya está en su despacho temporal. Puedo ver su silueta a través del cristal.

Respiro hondo. Camino hacia mi despacho. Cierro la puerta.

Y espero.

A las ocho y media mi asistente entra con café y la agenda del día. Revisamos reuniones, llamadas, eventos. Todo normal.

A las nueve tengo una videollamada con un anunciante de Los Ángeles. A las diez una sesión de fotos en el estudio. A las once una reunión con el equipo editorial.

Y en ningún momento Oliver aparece.

No me manda un mensaje, ni una llamada. Nada.

Y con cada hora que pasa, con cada minuto de silencio, la certeza crece.

Se ha terminado. Solo ha sido un fin de semana. Y ya está harto de mí.

A las doce menos cuarto estoy revisando el diseño de la portada de julio cuando llaman a mi puerta.

—Adelante.

La puerta se abre.

Y el corazón me da un vuelco.

Porque no es Sarah. No es Oliver.

Es Christopher.

Mi hijo está en la puerta de mi despacho, con vaqueros y sudadera de Stanford y la mochila colgada de un hombro. Esa sonrisa que heredó de mí le ocupa toda la cara.

—¡Sorpresa!

Me levanto tan rápido que casi tiro la silla.

—Chris. ¿Qué haces aquí?

—He venido solo por hoy, a hacer unos papeles. Vuelo de vuelta esta noche. Y he pensado en pasar a ver a mi madre favorita. —Entra y me abraza—. ¿Interrumpo algo importante?

—No. Por supuesto que no. —Le devuelvo el abrazo y noto cómo se me cierra la garganta—. Me alegro de verte.

Y es verdad. Me alegro de verlo. Pero también noto el pánico burbujeándome por debajo.

Porque Oliver está aquí. En este edificio. A metros de distancia.

Y la idea de que vea a Christopher, de que se dé cuenta de lo cerca que está su edad de la de mi hijo, de que entienda lo inapropiado que es esto.

Me aterra.

—¿Puedo quedarme un rato? —Chris se deja caer en el sofá de mi despacho.

—Claro. Quédate todo lo que quieras.

Intento sonar normal. Como si no estuviera entrando en pánico.

Chris saca el portátil, se pone los auriculares y se sumerge en lo que esté estudiando.

Y yo vuelvo a mi escritorio e intento concentrarme, no mirar cada dos segundos hacia la puerta a la espera de que Oliver entre.

Cuarenta minutos después, justo cuando empiezo a relajarme, cuando pienso que tal vez puedo salir de esta sin que Oliver y Chris se crucen, la puerta se abre sin llamar.

Y Oliver entra.

Viste traje negro y camisa gris oscuro, sin corbata, el primer botón desabrochado y el pelo despeinado con una precisión que no puede ser casual.

Y esos ojos. Esos ojos que me miran como si quisiera devorarme aquí mismo.

—Dakota. Necesito hablar contigo sobre…

Se detiene. Porque acaba de ver a Chris en el sofá.

Chris se quita los auriculares. Mira a Oliver con curiosidad.

Y yo quiero que me trague la tierra.

—Oliver. Este es Christopher. Mi hijo. —Las palabras salen atropelladas—. Chris, este es Oliver Hawke. De Hawke Capital.

Chris se levanta. Extiende la mano.

—Encantado de conocerte.

Oliver estrecha su mano. Sin apartar los ojos de mí ni un segundo.

—Igualmente. —Ni un temblor en la voz—. Dakota me ha hablado de ti.

—¿En serio? —Chris me mira sorprendido—. Mamá nunca mezcla el trabajo con lo personal.

—Bueno. Hemos estado trabajando muy de cerca últimamente. —Oliver sonríe. Y esa sonrisa tiene un filo que no presagia nada bueno—. Muy de cerca.

El doble sentido es tan obvio que quiero matarlo.

—Genial. —Chris no se da cuenta de nada—. Espero que no te lo esté poniendo muy difícil. Mi madre puede ser… intensa cuando se trata de trabajo.

—Oh, tu madre es intensa, desde luego. —Los ojos de Oliver me queman—. En todo lo que hace.

Voy a matarlo. Juro que voy a matarlo.

—Oliver necesitaba hablar conmigo sobre algo. —Intervengo antes de que esto vaya más lejos—. ¿Podemos…?

—De hecho —me interrumpe Oliver—, iba a sugerir que saliéramos a comer. Esta mañana ha surgido un problema urgente en Hawke Capital y no he podido salir del despacho, pero ya está resuelto. Y ahora que Christopher está aquí, ¿por qué no venís los dos?

Me quedo inmóvil.

—No creo que…

—Sería genial. —Chris se ilumina—. Llevo haciendo papeles toda la mañana. Necesito comer.

—Perfecto. —Oliver sigue mirándome, tan fijo que me olvido hasta de parpadear—. Conozco un sitio muy bueno a dos calles de aquí. Podemos ir andando.

No puedo negarme. No sin que Chris se dé cuenta de que algo raro está pasando.

Así que sonrío. Cojo mi bolso. Y sigo a Oliver fuera de mi despacho con mi hijo a mi lado.

Rezando porque esto no sea el desastre que presiento que va a ser.

El restaurante es italiano, pequeño, acogedor. El tipo de lugar al que Marcus no me llevó ni una sola vez en veinte años.

Nos sientan en una mesa junto a la ventana. Chris a un lado. Oliver y yo al otro. Tan cerca que puedo sentir el calor de su muslo rozando el mío bajo la mesa.

—¿Qué estudias en Stanford? —pregunta Oliver mientras revisa el menú.

—Economía, con especialización en finanzas —responde Chris, entusiasmado—. Quiero trabajar en Wall Street.

—¿Ah, sí? —Oliver deja el menú. Le presta toda su atención—. ¿Qué área te interesa más?

Y entonces empiezan a hablar.

De mercados, de inversiones, de estrategias financieras que apenas entiendo.

Chris está animado, más hablador de lo que lo he visto en meses, impresionado por Oliver, por su conocimiento, por su éxito.

Y Oliver. Oliver le responde con paciencia, con interés genuino, como si de verdad le importara lo que mi hijo tiene que decir.

No como Marcus, que siempre ignoró a Chris, que nunca tuvo tiempo para sus intereses.

Y verlo así, ver a Oliver ser amable con mi hijo, interesarse por él, me ablanda de una forma que todavía no quiero nombrar.

¿Por qué demonios Oliver tiene que ser tan maravilloso también con mi hijo? Debería escandalizarle la edad que tengo, los pocos años que se lleva con Chris.

—¿Y tu madre? —pregunta Oliver de repente—. ¿Te apoya en esto?

Chris me mira. Sonriendo.

—Siempre. Mamá me apoya en todo. Incluso cuando tomé la decisión de estudiar finanzas en lugar de periodismo como ella quería.

—No quería que estudiaras periodismo —protesto—. Solo quería que hicieras lo que te hiciera feliz.

—Y soy feliz. —Chris me aprieta la mano sobre la mesa—. Gracias a ti.

Se me llenan los ojos de lágrimas ante sus palabras.

Y cuando levanto la vista, Oliver me está mirando con una atención nueva. Como si acabara de entender algo importante.

La comida llega: pasta, ensalada, pan recién horneado. Todo delicioso.

Y durante la hora siguiente, mientras comemos, mientras Chris y él siguen hablando, Oliver no deja de mirarme.

No de forma obvia. Chris no se da cuenta. Pero yo sí.

Cada vez que me llevo el tenedor a la boca. Cada vez que bebo agua. Cada vez que me inclino para escuchar mejor lo que dice Chris.

Oliver me mira.

Con esos ojos que prometen pecado, con esa boca que recuerdo en cada centímetro de mi piel, con esa fijeza que me obliga a apretar los muslos bajo la mesa.

Y poco a poco, a medida que veo cómo Oliver trata a mi hijo, cómo me mira a mí, la última defensa que me quedaba se viene abajo.

Porque no es solo deseo lo que siento.

No es solo atracción física. No es solo que Oliver sea el mejor amante que he tenido nunca.

Es más que eso.

Es que a su lado me siento vista, valorada, deseada como nunca. Es que es amable con mi hijo sin necesidad de serlo, que se interesa por lo que Chris cuenta. Es que me mira como si fuera lo más precioso del mundo y no pudiera creer la suerte que tiene.

Y la verdad aterradora, la que llevo semanas negando, me golpea con la fuerza de un tren.

Me estoy enamorando de Oliver Hawke.

No. Eso no es cierto.

Ya estoy enamorada de él.

Y estoy bien jodida.

Porque Oliver tiene veinticinco años, porque trabaja conmigo, porque esto es temporal y porque tarde o temprano se cansará de mí y se irá.

Y cuando lo haga, cuando me deje, va a destrozarme de una forma que Marcus nunca pudo.

Porque Marcus nunca tuvo mi corazón. No de verdad. No como lo tiene Oliver ahora.

—Mamá. ¿Estás bien?

La voz de Chris me saca de mis pensamientos.

—Sí. Perfectamente. ¿Por qué?

—Pareces… no sé. Triste.

—Solo estoy un poco cansada, cariño. —Sonrío, falsa, automática—. Ha sido un fin de semana largo.

Oliver me sostiene la mirada. Y sé que no me cree. Que puede ver a través de mi mentira como siempre.

Pero no dice nada. Solo sigue mirándome de esa manera suya que me da ganas de salir corriendo y de quedarme, todo a la vez.

La comida termina. Oliver paga la cuenta antes de que pueda protestar. Salimos al sol de la tarde.

—Gracias por la comida. —Chris estrecha la mano de Oliver—. Ha sido genial hablar contigo.

—Cuando quieras. —Oliver sonríe—. Si necesitas consejos sobre tu carrera. O prácticas en Hawke Capital. Solo tienes que pedirlo.

Chris se endereza de golpe.

—¿En serio?

—En serio.

—Eso sería increíble. Gracias.

Chris me abraza. Me besa la mejilla. Y comienza a caminar de vuelta a la oficina.

Me deja a solas con Oliver en la acera.

Nos miramos. El tráfico de Manhattan a nuestro alrededor. La gente pasando sin prestarnos atención.

Y todo lo que quiero decir, todo aquello de lo que acabo de darme cuenta, se me queda atascado en la garganta.

—Dakota…

—Tengo que volver a la oficina —lo interrumpo antes de que pueda decir algo que lo cambie todo—. Tengo que despedirme de Cris y tengo reuniones toda la tarde.

—Dakota —repite, más firme esta vez.

Pero no puedo. No puedo mirarlo a los ojos sabiendo lo que acabo de admitir para mí misma.

Así que me doy la vuelta. Y camino de vuelta a la oficina.

Con el corazón golpeándome las costillas.

Y con la certeza absoluta de que todo acaba de complicarse mucho más.

Porque enamorarse de Oliver Hawke no estaba en mis planes.

Pero aquí estoy.

Enamorada. Del todo. Sin remedio.

Y no tengo ni idea de qué hacer al respecto.