Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

OLIVER

La puerta de su habitación se abre treinta segundos después de que yo entre por la comunicante.

Dakota aparece con la respiración acelerada, las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de necesidad.

Y ese maldito vestido color crema que lleva puesto.

—Cierra la puerta. —Mi voz sale como un gruñido.

Obedece. El clic del pestillo resuena en el silencio.

Y entonces camino hacia ella.

Despacio. Dejo que me vea. Dejo que sienta la intensidad de lo que está a punto de pasar.

—Quítate el vestido.

Sus manos van a la cremallera lateral, temblorosas, y la bajan despacio.

El vestido cae al suelo en un susurro de tela.

Y joder.

Lleva lencería blanca: sujetador de encaje, braguitas diminutas, medias hasta medio muslo y unos tacones de vértigo.

Y ese vibrador dentro de ella. Todavía encendido a intensidad baja. Una tortura lenta.

—Eres una visión. —Las palabras me salen sin pensarlas—. Y voy a destruirte de la mejor forma posible.

Me acerco. La giro hasta que queda contra la pared. Mi pecho contra su espalda. Mis manos en sus caderas.

—¿Sabes lo que me ha costado no follarte en esa terraza? —Le muerdo el cuello—. Ver cómo intentabas mantener la compostura con ese juguete dentro. Ver cómo apretabas los muslos. Cómo te mordías el labio.

Mi mano baja por su estómago, dentro de sus braguitas, y encuentra el vibrador empapado.

—Estás goteando. —Lo muevo apenas dentro de ella—. Tan mojada que lo noto en los dedos.

Se le escapa un gemido.

—Por favor…

—¿Por favor qué? —Saco el vibrador despacio. Lo apago. Lo dejo sobre la mesilla—. Dime qué necesitas.

—A ti. Te necesito a ti.

—Vas a tenerme. —La giro de frente. La levanto, y me rodea con las piernas sin pensarlo—. Toda la tarde.

La llevo hasta la cama. La dejo caer sobre el colchón. Y me quito la camisa en un movimiento.

Sus ojos recorren mi pecho, mi abdomen, y bajan hasta el bulto obvio de mis vaqueros.

—Tócate —ordeno mientras me desabrocho el cinturón—. Quítate las braguitas y tócate para mí.

Dakota obedece. Desliza las braguitas por las piernas. Las tira al suelo. Y su mano baja entre sus muslos.

—Así. —Me quito los vaqueros. Los bóxers. Mi erección queda libre—. Déjame ver cómo te tocas. Cómo te das placer cuando estás sola pensando en mí.

Sus dedos se mueven. Rozan el clítoris. Entran. Salen. Mientras me mira con esos ojos verdes oscurecidos.

Y verla así. Tocándose. Gimiendo. Completamente entregada. Me vuelve loco.

No existe nada más erótico.

Me subo a la cama. Me coloco entre sus piernas. Aparto su mano.

—Ya no necesitas tus dedos. —Mi boca baja por su estómago—. Me tienes a mí.

Beso su monte de Venus, el interior del muslo, y la muerdo suave hasta que jadea.

Y entonces mi lengua la encuentra.

Su gemido me pone aún más duro.

La lamo, le chupo el clítoris, y mis dedos entran en ella, se curvan, encuentran ese punto que la hace arquearse.

—Oliver… Dios… voy a…

—Córrete. —Ordeno contra su piel—. Córrete en mi boca. Déjame saborearte.

Y explota.

Grita mi nombre, con las manos en mi pelo, apretando. El orgasmo la sacude entera.

No paro hasta que baja. Hasta que está jadeando. Deshecha.

Y entonces subo por su cuerpo a besos, hasta que mi boca encuentra la suya.

El beso es desesperado. Hambriento. Se saborea a sí misma en mis labios.

—Quiero follarte. —Lo digo contra su boca—. Aquí. Ahora. Sin nada entre nosotros.

Dakota se tensa un poco debajo de mí.

—¿Sin condón?

—Sin condón. —Levanto la cabeza para mirarla—. Si tú quieres. Si confías en mí.

—Tomo la píldora por las hormonas. —Su voz es suave—. Y han pasado… años desde la última vez que estuve con alguien. Varios años antes de divorciarme siquiera.

Eso me frena en seco.

—¿Años?

—Marcus y yo dejamos de… acostarnos juntos mucho antes del divorcio. —Sus mejillas se sonrojan—. Y después del divorcio no he… no ha habido nadie más que tú.

Joder.

—Dakota. —Mi mano sube hasta su cara—. Yo nunca follo sin condón. Nunca. Con nadie.

—¿Entonces por qué…?

—Porque eres diferente. —La verdad se me escapa—. Porque quiero sentirte entera. Sin barreras. Sin nada entre nosotros.

Me sostiene la mirada, como si buscara algo en mi cara.

—¿Estás seguro?

—Completamente. —Le beso los labios con suavidad—. Pero solo si tú quieres. Si no, tengo condones en mi habitación y voy a…

—Quiero. —Me interrumpe—. Quiero sentirte. Sin nada.

Y esas palabras.

Esas jodidas palabras me abren en canal.

—Entonces prepárate. —Mi boca baja hasta su oído—. Porque voy a follarte tan duro que vas a olvidarte hasta de que ese imbécil existe. Voy a reemplazar cada vez que él te tocó con mis manos. Cada beso con mi boca. Cada momento mediocre con algo que te haga gritar.

Me coloco entre sus piernas. La punta de mi polla roza su entrada.

—Y cuando termine contigo hoy. Cuando tengamos que volver a Nueva York esta noche. —Me deslizo dentro. Lento. Dejo que sienta cada centímetro—. Lo único que vas a recordar es cómo te hice sentir. Cómo te adoré. Cómo te follé hasta que no podías caminar.

Entro hasta el fondo.

Y los dos gemimos al mismo tiempo.

—Joder. —Me sale como un rugido—. Estás tan apretada. Tan mía. Hecha para mí.

Empiezo a moverme. Lento al principio, para que se acostumbre. Para que reciba cada embestida.

Me rodea la cintura con las piernas. Me araña la espalda.

—Más. —Jadea—. Oliver, por favor, más.

Y esa súplica.

Ese jodido ruego hace que pierda el control.

Embisto más fuerte. Más rápido. Más profundo. Con una mano la sostengo por la cadera; con la otra le aprieto el pecho, le pellizco el pezón.

—Mírate. —Gruño—. Recibiéndome tan bien. Tan preciosa debajo de mí. Tu cuerpo está hecho para esto. Para mí.

—Oliver… yo…

—¿Vas a correrte otra vez? —Aumento el ritmo—. ¿Ya? Joder, eres perfecta.

Mi mano baja entre nosotros y le frota el clítoris mientras sigo follándola.

Y se deshace.

Grita. Tiembla. Me aprieta con una fuerza que casi me hace correrme también.

Pero me contengo. Porque no he terminado con ella. Ni de lejos.

Cuando el orgasmo remite y recupera la respiración, me salgo de ella.

—Date la vuelta. —Ordeno—. A cuatro patas.

Dakota obedece. Se coloca, con el culo en alto, y me mira por encima del hombro.

Y esa visión.

Esa jodida visión hace que la polla me palpite hasta el dolor.

Me coloco detrás de ella. Una mano en su cadera. La otra guiándome.

Y entro de una embestida.

Su grito llena la habitación.

—¿Te gusta así? —Embisto más fuerte—. ¿Profundo? ¿Sintiendo cada centímetro de mí?

—Sí… Dios, sí…

—Buena chica. —Mi mano baja por su espalda, la acaricia, la adora—. Tan buena para mí.

La follo más rápido. Más duro. El sonido de nuestros cuerpos al chocar llena el aire.

Y entonces veo su reflejo en el espejo junto a la cama.

Su cara. Los ojos cerrados. La boca abierta en un gemido continuo. Los pechos, que se balancean con cada embestida.

—Abre los ojos. —Ordeno—. Mírate en el espejo.

Dakota abre los ojos. Y cuando ve nuestro reflejo, cuando se ve a sí misma así, follada contra el colchón, se corre otra vez.

Grita. Se desploma hacia delante. El orgasmo la arrolla.

Y yo la sigo.

Embisto una última vez, profundo, y me corro dentro de ella con una fuerza que me deja ciego un instante.

Caigo sobre ella. Los dos jadeamos, empapados en sudor, sin fuerzas.

Nos quedamos así durante minutos. Mi peso sobre ella. Mi polla todavía dentro.

Y entonces me salgo despacio. Ruedo a su lado. La atraigo contra mi pecho.

—Joder —consigo decir cuando recupero el habla—. Eso ha sido…

—Increíble. —Termina por mí—. Eso ha sido increíble.

Le beso la cabeza. El hombro. La espalda.

—Y solo estamos empezando.

Dakota se ríe. Suave. Exhausta.

—No creo que pueda sobrevivir a más.

—Sí puedes. —Mi mano baja por su cadera—. Y lo harás. Porque tenemos hasta las ocho de la noche antes de tener que volver a Nueva York.

Miro el reloj de la mesilla. Son las dos de la tarde.

—Seis horas. —Sonrío contra su piel—. Tengo seis horas para follarte en cada superficie de esta habitación. Para hacerte correrte tantas veces que pierdas la cuenta. Para marcarte como mía de todas las formas posibles.

—Oliver…

—Y vamos a empezar. —La tumbo de espaldas. Me coloco sobre ella—. Después de comer algo. Porque vas a necesitar energía para lo que tengo planeado.

Cojo el teléfono de la mesilla. Llamo a servicio de habitaciones.

Pido comida. Mucha comida. Proteínas. Carbohidratos. Fruta. Agua. Todo lo que vamos a necesitar para las próximas horas.

Cuando cuelgo, Dakota me mira con esos ojos verdes que me destrozan.

—¿Lo tenías todo planeado?

—Siempre. —Sonrío—. Porque cuando termine contigo hoy, vas a necesitar haber comido.

Llaman a la puerta veinte minutos después.

Me levanto. Me pongo los bóxers. Recibo la comida y le doy una propina generosa al camarero.

Cuando vuelvo a la cama, Dakota está sentada, tapada con la sábana, el pelo despeinado, los labios hinchados, las marcas de mis dientes en el cuello.

Y verla así, deshecha por mí, esperándome, hace que se me ponga dura otra vez.

—Come. —Dejo las bandejas en la cama—. Vas a necesitar energía.

Le doy fresas. Queso. Pan. Agua. La alimento. Me aseguro de que está bien.

Y ella me deja. Sin protestar. Sin levantar muros.

Solo acepta lo que le doy.

Cuando terminamos, dejo las bandejas en el suelo. Vuelvo a la cama con una sonrisa que promete más.

Dakota no se resiste.

Solo abre los brazos. Y me recibe.

Y pasamos las siguientes cuatro horas follando en cada superficie de la habitación. En la cama. En la ducha. Contra la ventana. Sobre el escritorio.

Exploramos. Descubrimos. Nos marcamos el uno al otro con manos y bocas y cuerpos.

Hasta que el reloj marca las siete y media.

Y tenemos que parar.

Porque el coche nos espera abajo para llevarnos de vuelta a Nueva York.

Pero mientras nos vestimos, mientras recogemos nuestras cosas, mientras nos miramos con sonrisas cómplices, los dos sabemos que esto no termina aquí.

Que esto apenas está empezando.