CAPÍTULO 22
DAKOTA
Me despierto con el sol entrando por las ventanas.
Y sola.
La cama está fría al otro lado. El lugar donde Oliver durmió anoche ya no tiene rastro de su calor. De su presencia.
Me incorporo despacio. El edredón cae hasta mi cintura. Todavía estoy desnuda de anoche.
Y él se ha ido.
Me siento como una idiota.
Porque claro que he pensado que lo de anoche significaba algo. Que porque me ha devorado entera. Que porque me ha hecho correrme hasta que no recordaba mi nombre. Que porque me ha abrazado mientras dormíamos y me ha susurrado cosas preciosas al oído.
He pensado que significaba que estábamos juntos.
Pero me he despertado sola.
Como siempre.
Me levanto de la cama con el cuerpo todavía dolorido de forma deliciosa. Voy al baño. Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente se lleve la vergüenza que siento por ser tan ingenua.
Oliver es un hombre de veinticinco años. Guapo. Rico. Poderoso. Debe de hacer esto a todas horas. Seduce mujeres. Las hace sentir especiales. Y luego desaparece por la mañana.
Y he sido lo bastante estúpida como para creer que era diferente.
Salgo de la ducha. Me seco y me visto con cuidado meticuloso para el brunch de cierre. Eso es lo que he venido a hacer aquí: negocios.
No a acostarme con un hombre quince años menor que yo.
Me pongo un vestido color crema hasta las rodillas, elegante pero no demasiado formal, tacones nude, me recojo el pelo en una coleta alta y me aplico maquillaje que esconde lo poco que he dormido.
Llevo mi armadura completa otra vez.
Porque voy a bajar a ese brunch. Voy a sonreír. Voy a hablar con Philippe y Simone. Voy a cerrar esta colaboración.
Y voy a fingir que anoche no pasó nada.
El brunch se celebra en la terraza principal del resort: mesas largas con manteles blancos, comida dispuesta en estaciones de bufé, café, zumo de naranja, champán para las mimosas. Todo impecable bajo el sol de la mañana.
Llego a las once menos cinco. Cinco minutos antes de la hora oficial. Porque llegar tarde significaría perder el control. Y necesito hasta la última pizca de control que me queda.
Philippe me localiza al momento. Cruza la terraza con Simone.
—Dakota. Buenos días. —Me besa en ambas mejillas—. Esperamos que hayas descansado bien.
—Perfectamente. Gracias.
La mentira sale sola. Ensayada.
—Excelente. Queremos hablar contigo sobre los próximos pasos de la colaboración. —Simone me guía hacia una mesa en la esquina—. Tenemos algunas ideas que creemos que te van a encantar.
Me siento con ellos. Saco el móvil para tomar notas. Me concentro en sus palabras sobre el calendario editorial, los eventos conjuntos, las oportunidades de expansión.
E intento no pensar en Oliver.
Intento no buscarlo con la mirada cada dos segundos.
Intento no sentir esa punzada de decepción cada vez que recuerdo que se ha ido sin decir nada.
—¿Dakota? —La voz de Philippe me saca de mis pensamientos—. ¿Qué opinas?
—Perdona. ¿Qué decías?
—El lanzamiento de septiembre. ¿Podríais hacer un número especial de Relish dedicado exclusivamente a Laurent & Co.?
—Sí. Por supuesto. Puedo…
—Buenos días.
La voz de Oliver detrás de mí me corta la respiración.
Me giro.
Y está ahí, con vaqueros oscuros, camisa azul marino con las mangas enrolladas, el pelo aún húmedo de la ducha y una bolsa pequeña de papel en la mano.
Y esa sonrisa.
Esa maldita sonrisa de quien me lee el pensamiento.
—Oliver. —Philippe se levanta para saludarlo—. Llegas tarde.
—He tenido que hacer un recado importante. —Sus ojos no me dejan ni un segundo—. Pero ya estoy aquí.
Se sienta en la silla vacía junto a mí. Demasiado cerca. Su muslo roza el mío bajo la mesa.
Y el calor que irradia hace que olvide por qué estaba enfadada.
—¿Un recado? —Simone pregunta curiosa.
—Sí. —Oliver deja la bolsa de papel sobre la mesa. Justo delante de mí—. He tenido que ir al pueblo a buscar algo para Dakota.
Me quedo de piedra.
—¿Para mí?
—Para ti. —Me lo dice pegado al oído—. Un juguete que vamos a disfrutar los dos.
Lo dice tan bajo que nadie más lo oye.
Y me pone el cuerpo entero en alerta.
—Abre la bolsa después —sigue, en un susurro—. Cuando estés sola. O mejor aún. Déjame abrirla contigo.
Se separa con una sonrisa inocente. Como si acabara de decir algo de lo más normal.
Philippe y Simone no han notado nada. Siguen hablando sobre el lanzamiento de septiembre.
Pero yo no puedo concentrarme. Porque la bolsa está ahí. A centímetros de mi mano. Y la curiosidad me está matando.
Espero diez minutos. Quince. Hasta que Philippe se levanta para hablar con otros invitados.
Y entonces cojo la bolsa.
La abro bajo la mesa donde nadie puede ver.
Y casi me atraganto.
Dentro hay una caja. Pequeña. Discreta. Con el logo de una boutique erótica.
Y cuando la entreabro. Cuando veo lo que hay dentro.
Un vibrador. Pequeño. Inalámbrico. Con control remoto.
—Joder. —Se me escapa en voz alta.
—¿Estás bien? —Simone me mira preocupada.
—Sí. Perfectamente. Solo… —Cierro la bolsa de golpe—. Me ha llegado un mensaje de trabajo que me ha sorprendido.
Oliver ríe a mi lado, grave, entre dientes.
Y entonces su mano me encuentra el muslo bajo la mesa.
—Quiero que te lo pongas —susurra mientras su mano me sube despacio por la pierna—. Ahora. Ve al baño. Póntelo. Y vuelve.
—Estás loco.
—Probablemente. —Me aprieta el muslo—. Pero vas a hacerlo de todas formas. Porque te mueres de curiosidad. Porque quieres saber qué se siente. Porque eres tan jodidamente valiente que vas a aceptar mi reto.
—No es un reto. Es una locura.
—Llámalo como quieras. —Sus dedos me rozan el borde de las braguitas—. Pero si no vuelves en cinco minutos con ese juguete dentro de ti, voy a ir a buscarte. Y voy a ponértelo yo mismo. Aquí. Delante de todos.
La amenaza me arranca un jadeo.
Oliver se levanta con una calma insultante, como quien cierra una charla de trabajo.
—Disculpadme un momento. Voy a saludar a algunos colegas.
Y se va.
Me deja temblando, con la bolsa en las manos y una decisión imposible que tomar.
Pero mi cuerpo ya ha decidido.
Porque me levanto. Cojo la bolsa. Camino hacia los baños con las piernas temblándome.
Y cinco minutos después, vuelvo a la mesa.
Con el vibrador dentro de mí. Mínimo. Apenas perceptible. Pero ahí.
Oliver vuelve treinta segundos después. Se sienta a mi lado.
Y coge el control remoto de mi mano bajo la mesa.
—Buena chica —susurra—. Ahora a ver cuánto tiempo puedes mantener la compostura.
Presiona un botón.
Y el vibrador cobra vida.
Suave. Apenas una vibración. Pero lo suficiente para hacerme jadear y apretar los muslos bajo la mesa.
—Relájate. —Oliver habla en voz normal ahora, vuelto hacia Philippe, que acaba de regresar—. Estábamos hablando del lanzamiento de septiembre, ¿verdad?
Intento concentrarme. Intento participar en la conversación. Pero cada vez que empiezo a hablar,
Oliver aumenta la intensidad.
Y tengo que morderme el labio para no gemir.
—Dakota. —Simone me mira—. ¿Qué opinas sobre hacer la sesión de fotos en París?
—Yo… creo que… —El vibrador aumenta otra vez—. Que sería perfecto.
Me sale la voz entrecortada, demasiado aguda.
Oliver sonríe. Y baja la intensidad. Me da un respiro.
Pero solo durante treinta segundos.
Porque entonces vuelve a subirla. Más alto esta vez. Más insistente.
Y tengo que agarrar el borde de la mesa para no perder el control del todo.
Esto continúa durante veinte minutos que no se acaban nunca.
Oliver habla con Philippe sobre inversiones, sobre oportunidades de negocio, sobre expansión internacional.
Y su dedo sobre ese maldito control remoto. Sube. Baja. Me tortura.
Me lleva al borde. Y luego me aleja. Una y otra vez.
Hasta que no puedo más.
—Disculpadme. —Me levanto con las piernas temblando—. Necesito… aire.
Salgo a la terraza exterior. Vacía a esta hora. Me agarro a la barandilla y espero a que se me calme la respiración.
Y Oliver aparece treinta segundos después.
—¿Estás huyendo otra vez?
—Eres un cabrón. —Me sale entre jadeos—. No puedo… no puedo seguir así.
—¿Quieres que pare?
—Sí. Quítamelo. Por favor.
Oliver se acerca hasta invadirme. Su mano en mi cintura.
—No.
—¿Qué?
—No voy a quitártelo. —Asegura su boca junto a mi oído—. Voy a hacer algo mejor.
—¿Qué…?
—Voy a llevarte arriba. A tu habitación. Y voy a quitarte este vestido. Y voy a complacerte justo como necesitas. —Su otra mano sube por mi espalda—. Voy a hacerte correrte con ese juguete dentro mientras te como entera. Y después. Cuando estés temblando y suplicando.
Se detiene. Me gira hasta que quedo contra la barandilla, su cuerpo pegado al mío.
—Voy a follarte por primera vez. Duro. Profundo. Hasta que grites mi nombre tan fuerte que todo el resort nos oiga.
Los pulmones se me vacían de golpe.
—Nada me habría gustado más esta mañana que despertarme entre tus piernas.
Comiéndote el coño hasta que me suplicases que parase.
—Continúa con esa voz oscura que me destroza—.
Pero he tenido que salir a conseguir esto.
Porque quería darte placer de todas las formas posibles.
Porque llevo semanas imaginando cómo sonarías con un juguete y mis dedos dentro al mismo tiempo.
Su mano baja por mi estómago. Rozando apenas.
—Así que no. No voy a quitártelo. Voy a subirte a esa habitación. Y voy a demostrarte exactamente lo que se siente cuando te follo de verdad.
Me besa duro, posesivo. Su lengua reclama, y yo cedo sin resistencia.
Y cuando se separa, tiene los ojos tan negros que apenas queda avellana.
Esta vez no hay vuelta atrás.
—Despídete de Philippe y Simone —ordena—. Diles que tienes una emergencia de trabajo. Y reúnete conmigo en tu habitación en cinco minutos.
—Oliver…
—Cinco minutos, Dakota. —Presiona el control remoto y sube la intensidad al máximo—. O voy a follarte aquí mismo contra esta barandilla.
Y se va.
Me deja temblando, con el vibrador vivo dentro de mí, el cuerpo ardiendo y la certeza de que los próximos cinco minutos van a ser los más largos de mi vida.
Vuelvo adentro con las piernas temblándome. Me acerco a Philippe y Simone con una sonrisa que espero parezca normal.
—Perdonad. Acabo de recibir una llamada urgente de la oficina. Tengo que ocuparme de un problema con la edición de julio.
—Por supuesto. —Philippe se levanta—. Esperamos que no sea nada grave.
—Nada que no pueda manejar.
La mentira sale suave aunque me tiembla la voz.
Me despido. Camino hacia los ascensores. Intento no correr aunque todo el cuerpo me pide a gritos que lo haga.
Y cuando las puertas se cierran, cuando estoy sola subiendo hacia mi planta,
me apoyo contra la pared.
Porque en cinco minutos. En menos de cinco minutos.
Oliver va a cumplir cada promesa que acaba de hacerme.
Y no sé si voy a sobrevivir.